Sanfermines 2022

Pamplona, 1.089 días después

Jugarse la vida para sentirse más vivo: contradicción, metáfora o todo junto

Santiago Llopis, padre e hijo, en Pamplona

Santiago Llopis, padre e hijo, en Pamplona

Han pasado 1.089 días desde el último encierro. Aquel domingo, 14 de julio de 2019, nadie creía posible que los sanfermines se pudieran suspender. Jamás. A escasos metros de los corrales de Santo Domingo, a las 6.30 horas del 7 de julio, el paisanaje en el recorrido del encierro lo conforman los últimos de la noche con los primeros de la mañana, mozos de blanco nuclear con caras de circunstancia.

Santiago Llopis tiene 51 años y sus primeros sanfermines fueron los de 1997, “el año de Miguel Ángel Blanco”. Corre el encierro desde hace tres lustros. Le acompaña su hijo Santiago, de 18 años, que se estrena en Pamplona. Están nerviosos. El padre, por el hijo, y el hijo, un poco por todo. “A las ocho menos cinco se te seca la boca de los nervios que no veas”, dice el progenitor justo después de beber un trago de agua, a una hora de la carrera. “Siempre corro al encuentro”, explica con los ojos vidriosos, “bajo unos metros y voy a buscar al toro. Hoy no hay mucha gente y me da más miedo porque hay más huecos”. El padre cuenta que en este primer tramo del recorrido los toros corren diez metros en dos segundos, “van a unos 30 kilómetros hora, más o menos”.

Han venido a Pamplona desde Burriana, Castellón, y han alquilado un piso para los dos, alejado del centro de la ciudad, que les permite descansar por la noche para afrontar el día como toca: “a las diez, a la cama, fresquitos”. Después de tantos años, los Llopis tienen una red propia en Pamplona: “Javier, Carmelo, Poti, Mariano el fotógrafo. Venimos como quien viene a su casa”.

En el filo de la vida

A todos les cuesta hacerse entender sobre por qué son capaces de arriesgar su vida por correr unos pocos metros: “es una adrenalina que se pone de 0 a 100 en cerocoma”, dice el hijo. “Yo no sé describirlo”, interrumpe el padre.

Subiendo la cuesta de Santo Domingo aparece Chapu Apaolaza, periódico en mano. El periodista donostiarra corrió su primer encierro en 1992, hace ahora treinta años. El autor de 7 DE JULIO se retira a una zona más apartada para calentar un poco. “No nos llega la camisa al cuello”, responde con emoción. En su libro, Apaolaza aborda el tema del miedo y de la muerte con una naturalidad que aturde.

Luisma es de Madrid, pero hace unos años que se trasladó a Pamplona, donde ha formado una familia. No se acuerda muy bien de cuánto tiempo lleva corriendo, puede que una década: “soy corredor esporádico, empecé con 35 años. Tenía amigos corredores, escuchaba su experiencia y llega un momento que dices: yo esto lo tengo que probar. Y el día que lo pruebas es una droga…”. Él tampoco sabe explicar el porqué: “eso me pregunto yo, qué me lleva a cometer esta locura. No sé, es algo que te sale de dentro. Es como renovarte cada año y sentir que estás vivo. Y que la vida tiene cosas como ésta, en la que lo pasas mal pero luego lo disfrutas enormemente”.

Jugarse la vida para sentirse más vivo, contradicción, metáfora o todo junto. “Precisamente es eso, estar en ese filo es lo que te hace valorar lo que tienes y lo que puedes perder. Es difícil de explicar, no sé, es complejo definirlo con palabras”, se sincera Luisma.

Marta es la mujer de Santiago y este año no ha podido trasladarse a Pamplona, pero “estará mirándolo por la tele y sufriendo”. Llopis hijo lleva el teléfono móvil en el bolsillo del pantalón, protegido por una cremallera para que no se le caiga durante la carrera: “lo primero que hacemos es llamar a casa, ten en cuenta que en la tele siempre se ve con unos segundos de retraso. Enseguida te llaman para preguntarte si estás vivo”, suelta con risa de ansiedad.

En casa de Luisma no se habla mucho del tema: “intuyo que mi mujer lo lleva mal, no lo dice abiertamente, pero lo respeta. Más que palabras, creo que son miradas. Sólo me dice que me cuide”. Lleva con los ojos abiertos desde las 4.30 am, “me he despertado de los nervios, con muchas cosas en la barriga. Y pensando mucho en qué es lo que puede pasar, cómo puede salir. Piensas en muchas cosas”. No se ha tomado ni un café, “es que no te entra nada. Después del encierro, el caldo del Juanito es el que nos devuelve a la vida”.

La casa de Marcela y Rafa

Cuando faltan veinte minutos para el primer encierro, en la casa de Marcela y Rafa impera el silencio. Su casa es la Librería Abarzuza y donde los corredores compran el periódico del día. Dentro, otros mozos se concentran, o se evaden del ruido, o se encuentran con el miedo. Es de esos momentos en los que preguntar algo no parece una buena idea. Sólo rompe esa liturgia un grito de ¡hijoputa! callejero al paso del alcalde de Pamplona. Y la carcajada interior desabrocha la tensión.

Se acerca el momento y los corredores van saliendo de la librería de Marcela para ocupar sus posiciones. Un hombre que se queda dentro confiesa que “con lo que ha pasado en casa, creo que no voy a correr más”. Acaba de ser padre. El parto se complicó y su mujer se ha salvado de milagro.

Marcela conoce a casi todos los corredores que hacen el tramo de la cuesta. Hace una semana que dice estar “con muchos nervios, que parece que se nos habían olvidado los sanfermines después de tres años”. Aunque vende algunos ejemplares de El País, los periódicos más vendidos son los dos locales. “Hoy no sabría decirte cuál se está vendiendo más. La gente de fuera compra en función de las fotos de portada. Los de aquí, son o del Diario de Navarra o del Diario de Noticias”.

Ver el encierro por la tele es una tradición en muchos hogares de España y de América. Verlo in situ es emocionante y fugaz. Pero escuchar el encierro, sin tener referencia de imagen, tiene un punto que hace que la imaginación se dispare en ambos sentidos.

Una avalancha de corredores entra en la librería de Marcela nada más correr con los Núñez del Cuvillo. “Buuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu”, grita uno. “Ya ha pasado el peor”, dice otro. “No he corrido a gusto, mucho trompicón”, cuenta insatisfecho otro más. Santiago hijo responde por wasap que “para ser el primero, muchos nervios, pero bastante bien”. Para Chapu Apaolaza “ha ido bien porque hemos llegado a almorzar”, sinónimo de respirar, “pero he visto los toros solo por abajo porque se ha empezado a caer la gente y hemos empezado todos a rodar”.

“El día 15, todos con covid”, ríe una mujer.

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