45 ANIVERSARIO DE SU MUERTE

María Callas: “El destino es el destino, no hay escapatoria”

Han pasado 45 años de la muerte de la mítica María Callas, la gran soprano que dejó para la historia conmovedoras e irrepetibles interpretaciones y una intensa biografía con triste final.

María Callas: “El destino es el destino, no hay escapatoria”

Maria Callas

Los aficionados la recuerdan de manera recurrente, cada vez que escuchan alguna de esas desgarradoras arias que solo ella supo (y pudo) interpretar hasta provocar el llanto más profundo. Los homenajes, como es lógico, se reservan para las fechas señaladas. Aniversarios que nos recuerdan la velocidad a la que nos sobrevuela el tiempo y la trágica pérdida que sufrió el mundo de la música cuando la gran soprano falleció a los 53 años. Ahora, en el 45 aniversario de su muerte, diversas iniciativas sirven no solo para recordar a la inolvidable soprano sino también para acercarnos a su lado más humano, aquel que vivió con la misma intensidad que caracterizó siempre sus interpretaciones.

En la certera definición del musicólogo Kurt Pahlen, el canto de Callas se asemejaba “a una herida abierta, que sangra entregando sus fuerzas vitales”. El fenómeno Callas duró apenas algo más de una década – antes de conocer a Onassis -, pero su irrupción en el mundo de la lírica dejó una marca imborrable y visionaria. Ella fue la artífice de la revaluación del género belcantista e impulsó la interpretación del verismo desde la técnica del belcanto, provocando una importante revisión desde el punto musical e interpretativo. El mayor don de Callas se hallaba en su innata musicalidad que le permitía internarse instintivamente en el universo personal de cada compositor. Su enorme magnetismo en escena marcaba asimismo la diferencia. No era solo una soprano con dotes vocales inusuales, sino también una gran actriz que supo encarnar sus personajes de un modo único.

El acercamiento de Tom Volf

El éxito que la hacía cada vez más inmortal no le evitó tener que atravesar trágicos episodios que hicieron tambalear sus cimientos, ni ayudó a que dejara atrás el doloroso pasado que la marcó para siempre. En sus propias palabras: “Es algo terrible ser Maria Callas. Porque significa pasarse la vida intentando entender algo que en realidad es incomprensible”. Esta una de las declaraciones que el fotógrafo y documentalista Tom Volf recoge en el libro “Cartas y Memorias de Maria Callas”, que la editorial Akal se ha encargado de publicar el pasado septiembre en nuestro idioma y que reúne sus memorias inconclusas y más de 350 cartas, en buena parte inéditas y redactadas a lo largo de tres décadas. La publicación viene precedida del éxito de las ediciones internacionales en italiano (Rizzoli) y francés (Albin Michel). Y, sin duda, a la pasión y el compromiso de Tom Volf, rendido admirador de la diva greco-estadounidense, debemos este acercamiento en profundidad a lo que Callas sentía y expresaba en su entorno más íntimo. A veces, solo para ella, que en dos ocasiones empezó a escribir sus memorias sin que la empresa llegara a buen puerto.

Volf, fascinado por su arte y su personalidad, la ha consagrado varios libros y un documental (Maria by Callas) al que dedicó cinco años. Un relato hagiográfico repleto de momentos que erizan la piel, mientras la propia diva repasa su vida y las polémicas y escándalos que la persiguieron, con entrevistas a diferentes personalidades del entorno de Callas y reuniendo un valioso material, hasta ahora inédito en español. Volf, fundador y presidente de la Fundación Maria Callas, que vela por el legado artístico y personal de la cantante y que, próximamente, abrirá un museo en París, es también el responsable de la adaptación teatral de “Maria Callas. Lettres et mémoires”.  La exquisita obra protagonizada por la actriz italiana Monica Bellucci, que recita en francés una serie de fragmentos epistolares de la cantante, acompañada de una orquesta que interpreta las piezas de su repertorio más conocido. Un espectáculo íntimo, a veces desgarrador, que sigue recorriendo el mundo tras su paso por el Festival de Peralada el pasado mes de julio para recordar, una vez más, a la mujer que nos dejó el gran tesoro de sus arias.

Los orígenes

Ana María Cecilia Sofía Kaloyerópulos, “la Callas”, era hija de Evangelia Dimitriadis y George Kaloyerópulos, un matrimonio de emigrantes griegos que llegó a Nueva York en agosto de 1923. En 1929 George Kaloyerópulos, farmacéutico de profesión, abrió un negocio familiar en un barrio griego de Manhattan y, por la complejidad del apellido, lo cambió por Callas. Tras la separación de sus padres, María viajó a Grecia en 1937 con su madre y su hermana Yacinthy y comenzó su formación en el Conservatorio Nacional de Atenas. La relación con su madre era difícil, muy difícil, y la marcó para siempre. Para bien y para mal, porque su madre fue quien la presionó con sus clases de canto, solicitando a sus profesores que le informasen de todos sus avances. Años después, María confesaría que su madre la apoyó solamente para tener algún sustento económico y que, si bien admiraba su fortaleza y agradecía ese apoyo, nunca se había sentido querida por ella. Lo cierto es que Evangelia solo encontraba un atractivo en su hija María: la voz. Cuando no estaba cantando, María era solo una “gorda” muy poco agraciada. Y así se lo repetía Evangelia.

Callas debutó en febrero de 1942, en el Teatro Lírico Nacional de Atenas, con la opereta Boccaccio y su primer éxito llegó en agosto del mismo año con Tosca, en la Ópera de Atenas. Pronto cantó Fidelio, Tiefland y Cavalleria rusticana, también en Atenas. En 1944, durante los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, María decidió volver a Nueva York para encontrarse con su padre. Allí conoció al tenor italiano Giovanni Zenatello, director de la Arena de Verona, quien la contrató para cantar La Gioconda, de Ponchielli, en el famoso anfiteatro. Viajó entonces a Italia, donde conoció a quien sería su esposo, el acaudalado constructor Giovanni Battista Meneghini, treinta años mayor que ella y decisivo en la gestión de la incipiente carrera de la soprano. Gracias a él, logró continuar con sus estudios privados de canto y hacer una audición para el papel protagonista de Tristán e Isolda, de Richard Wagner, que se iba a presentar en el teatro La Fenice de Venecia en la siguiente temporada. Logró el papel y debutó en el teatro veneciano con un clamoroso éxito que le permitió cantar Turandot, de Puccini, y el personaje de Brünnhilde en Die Walküre, en las temporadas de 1948-1949.

Maria Callas y Luchino Visconti durante el ensayo general de La Traviata

El ascenso

En 1949, María se casó con su mentor, Giovanni Meneghini. Mujer alta y muy corpulenta, acomplejada tras años de escuchar a su madre llamarla “fea y gorda”, María se propuso bajar de peso para “hacer justicia a Medea”, el papel que iba a interpretar en La Scala a las órdenes de Leonard Bernstein. Entre 1953-1954 adelgazó más de 36 kilos. Cuando reapareció como la tísica Violetta junto a su amigo y frecuente compañero, el tenor siciliano Giuseppe Di Stefano, en la puesta en escena de Luchino Visconti de La traviata, ni el director de orquesta Carlo Maria Giulini la reconoció. Era “otra mujer”. Por su parte, Visconti había hallado la cantante-actriz ideal para sus escenificaciones cinematográficas: la convirtió en ideal Violetta y, más tarde, en Ifigenia, Elisabetta y Anna Bolena. En 1954, la Callas debutó finalmente en Estados Unidos, en la Lyric Opera of Chicago, como Lucia di Lammermoor, y en 1955 interpretó una Norma que adquiriría estatus de legendaria, junto a Mario del Mónaco. Poco después, en Berlín, dirigida por Herbert von Karajan, cantó una Lucia di Lammermoor histórica para la reapertura de la Deutsche Oper Berlin. Fue tal el delirio del respetable que hubo de repetirse el sexteto del segundo acto.

María había llegado a lo más alto. Nadie podía imaginar que no tardaría en caer. La tortuosa relación sentimental con el magnate naviero griego Aristóteles Onassis por la que en noviembre de 1959 María dejó a su marido, cambió sin remedio su carrera artística además de su vida personal. De aquel éxito ella misma se reconoció ajena, como si en realidad fueran otros quienes lo persiguieran a través de ella: “A mi esposo se le subió la gloria a la cabeza. La gloria se les sube a los que me rodean, no a mí. Se emborrachan. Es como el vino”, declaró en una entrevista rescatada ahora también por Volf. Así que la soprano se retiró durante su relación con Onassis, y a su regreso - por falta de práctica, excesiva vida social y altibajos emocionales -, a nadie se le escapó que su voz había perdido fuerza y evidenciaba signos de decadencia. 

El amor

Maria Callas y Aristóteles Onassis se conocieron el 3 de septiembre de 1957 en un baile de máscaras celebrado en el hotel Danieli de Venecia. Él tenía 53 años y ella, 33. El idilio se forjó más tarde, durante un crucero en el yate del naviero, el Christina, en el verano de 1959. Allí empezó la conocida historia apasionada de amores y desamores, infidelidades y reencuentros, que duró hasta el final de sus días. Así lo contó el escritor norteamericano Nicholas Gage en “Fuego griego”, un libro sobre la explosiva pareja griega que protagonizó un amor que, en su día, fascinó y escandalizó a medio mundo. Onassis, en cualquier caso, al principio estaba convencido de que podría disfrutar de su nueva amante sin perder a su esposa y a sus hijos; mientras que Maria lo único que quería era casarse y tener hijos. Cuentan sus íntimos, que la soprano se sintió por primera vez amada como persona y no por su talento. Y decidió dejar la ópera. Ni siquiera la insistencia de Onassis para que siguiera cantando consiguió convencerla. No volvió a hacerlo hasta nueve meses después.

EFE | Aristóteles Onassis y María Callas durante una cena Palma de Mallorca

Según la biografía de Gage, la soprano se había quedado embarazada en 1959, al principio de su relación con el armador, y la pareja empezó a buscar casa en Suiza, donde Maria pudiera vivir con el bebé. Maria dio a luz, el 30 de marzo de 1960, a un varón que falleció dos horas después. En el documento que incluye Gage en el libro, puede leerse que el niño “nació vivo y murió antes de ser notificado su nacimiento”, y fue enterrado en el cementerio de Milán. Maria pasó por el trance sola - el naviero se hallaba de crucero con los Churchill –, pero su relación duraría hasta octubre de 1968. Hasta que Onassis la abandonó para casarse con Jacqueline Kennedy. Callas, herida en lo más profundo, nunca pudo superar el golpe y jamás le perdonó, a pesar de que él, más tarde, intentara en repetidas ocasiones volver con ella, cuando su matrimonio con la viuda estadounidense se había convertido en un martirio. No pudo ser. Onassis falleció en París el 15 de marzo de 1975. Dos años después, moría Callas en la misma ciudad.

La soledad y el olvido

La cantante pasó sus últimos años olvidada. Falleció a los 53 años en su piso de París el 16 de septiembre de 1977; la placa de un nicho en el famoso cementerio parisino de Père Lachaise la recuerda, aunque siempre se dijo que sus cenizas fueron esparcidas - otro episodio más de su vida rodeado de misterio y de polémica - en el mar Egeo. Su mar, donde nació aquel amor por el que dejó los escenarios y que más tarde se convertiría en un drama que no pudo superar. Cantó por última vez el 11 de noviembre de 1974 en Sapporo, fue el último lugar del planeta donde se escuchó la voz de la genial soprano, aunque hacía años que estaba “retirada”. El público de la época, al que tanto había dado, no le perdonó que su pasional naturaleza marcada por el desamor hiciera mella en su garganta y hacía tiempo que intentaba reemplazarla. 

Para la memoria de los aficionados quedó, por ejemplo, el infame “Rome walkout”, la gran mancha de su carrera. Aquel triste y escandaloso episodio que protagonizó la cantante el 2 de enero de 1958 en la capital italiana, ciudad en la interpretó muchos de los grandes títulos, como “Turandot”, ópera con la que debutó en la ciudad eterna, “La Traviata” o “Norma”. Fue precisamente durante la primera función de este bello melodrama de Vincenzo Bellini cuando Callas, tan genial como impredecible, abandonó el escenario de forma abrupta al final del primer acto. No hubo más remedio que suspender la representación que estrenaba la temporada con el público abarrotando el teatro, incluidos el presidente de la República, Giovanni Gronchi, y las actrices Anna Magnani y Gina Lollobrigida. En definitiva, con lo mejorcito de la política y la vida social romana congregado para una velada cuyo desenlace fue reseñado por los medios del todo el mundo, cada uno aventurando una posible teoría que explicara la fuga de la diva.

Para algunos, los abucheos que llegaban desde el patio de butacas fueron la razón de la retirada de escena de la cantante; para otros, Callas no había tenido tiempo de recuperarse de los excesos de las fiestas de Año Nuevo. Una vez más, Tom Volf sale al quite para explicar aquel suceso que tanto dolor causó a la soprano. “Lo de Roma no fue un escándalo porque Callas dejara el escenario” – insiste en aclarar ahora el director -. “Fue un escándalo porque la empujaron a subir al escenario a pesar de estar enferma y seguir después con la representación cuando se estaba quedando sin voz”. Sin embargo, célebre por su volátil temperamento, la artista fue acusada de dar la espantada y los medios fueron despiadados con ella, exacerbando su imagen de diva caprichosa que no terminaba las actuaciones. Quizás porque en su más profunda esencia, fue la gran artista que nunca quiso ser. Por encima del éxito, siempre buscó ese amor que le fue esquivo desde la cuna. De nuevo, en sus propias palabras, “Hubiera dejado esta carrera varias veces, pero fui forzada a seguir: primero por mi madre, después por mi marido. El destino es el destino, no hay escapatoria”.