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CULTURA

Libros para el verano

Es tiempo de lectura: ya sea para los títulos ligeros o preferiblemente, aprovechando el estío, para enfrentarse a esas grandes obras para las que nunca se encuentra tiempo

Acerca del verano y los libros, se dan dos opiniones contrapuestas: la de quienes sostienen que, con el calor, el cuerpo sólo admite –como con la comida- cosas ligeras; y la de los partidarios de aprovechar las largas horas de los días estivales y las vacaciones para enfrentarse a esas grandes obras para las que nunca se encuentra tiempo durante el resto del año, esos títulos fundamentales que “hay que leer” y que postergamos una y otra vez. Con todos los respetos para los primeros, aquí optamos preferentemente por lo segundo. Los clásicos también (o sobre todo) son para el verano. El Ulises, Moby Dick, Dostoievski, La (Divina) Comedia, Proust… Obras de largo aliento que piden tiempo y cierto ánimo por parte del lector, cierto esfuerzo porqué no decirlo, pero que siempre recompensan. Lo que sigue es una forzosamente breve selección de algo (los clásicos y las novedades editoriales) prácticamente infinito. Como el mar de todos los veranos.

Palabras mayores

Si hay un clásico contemporáneo difícil e ineludible a la vez, este es el Ulises de James Joyce, de cuya publicación se cumple el centenario, es decir, los primeros cien años de los muchos que tendrá ocupados a los críticos, según vaticinio del propio autor. A las varias ediciones felizmente existentes en España se acaba de sumar la que saca Alianza con traducción de María Luisa Benegas y Francisco García Tortosa. Ulises es una obra compleja, rebosante de experimentación lingüística y estilística, en la que Joyce lleva a las últimas consecuencias el monólogo interior (stream of consciousness), técnica utilizada sólo esporádicamente antes de él. Reelaboración personal de muchos mitos (especialmente La Odisea como indica el título, pero también Hamlet y otros), Ulises puede ser vista como la gran novela de la ciudad de Dublín, protagonizada por unos personajes sin ningún relieve especial, casi vulgares en su cotidianidad.

La novela, que despertó tanta expectación como escándalo por la crudeza de sus descripciones (fue publicada en París, y prohibida por la censura en Inglaterra y Estados Unidos), eleva lo ordinario a extraordinario. La multiplicidad de los puntos de vista es otra de sus características. El 16 de junio de 1904, en el que transcurre toda la acción, ha quedado ya fijado en la literatura moderna; es el Bloomsday (por su protagonista, Leopold Bloom).

Y como el Ulises es arduo, el experto Eduardo Lago ha sacado en Galaxia Gutenberg una guía para abrirse paso en él: Todos somos Leopold Bloom. Razones para (no) leer el ‘Ulises’. Dividida, como la novela, en dieciocho capítulos, cada uno explica desde las correspondientes coordenadas espacio-temporales a las técnicas, símbolos o referencias implicados en dicho capítulo.

Junto con Joyce, Proust, de cuya muerte se cumple también este año el centenario, es otro de los grandes renovadores de la novela a principios del siglo XX. Al monumento que es En busca del tiempo perdido, le conviene un verano (y más allá) para leerlo. La obra proustiana es un perfecto ejemplo de la exigencia recompensada, de lo que pide al lector y lo que le da: introspección y retrato social, la vida y todo lo demás. Y ese estilo de largo aliento marca de la casa: “alrededor de Combray había dos lados para ir de paseo… cuando queríamos ir por el lado de Méséglise…” y a partir de ahí, una narración salpicada de descripciones y digresiones. Mas de cuarenta páginas después, retoma el hilo: “si era muy sencillo ir por el lado de Méséglise, ir por el lado de Guermantes era otra cosa”, y nueva narración. O sea que a Proust hay que leerlo con atención y en serio. Pero recompensa con creces. En Alianza está la traducción clásica de Pedro Salinas y Consuelo Bergés.

Pasión humana

Decía T. S. Eliot sobre La Comedia de Dante (el adjetivo Divina es un añadido posterior) que, tomada en conjunto, “no podemos compararla con nada más que con la obra dramática entera de Shakespeare… Dante y Shakespeare se reparten el mundo moderno entre ellos; no existe un tercero… Shakespeare ofrece la mayor amplitud de la pasión humana; Dante, la mayor altura y la mayor profundidad”. Bien, hay una magnífica versión reciente de La Comedia (Acantilado), debida al filólogo, traductor y poeta, además de profesor y músico, José María Micó; una versión que, respetando escrupulosamente a Dante, rebosa de frescura y modernidad y consigue sacar a este gran clásico “del purgatorio de la erudición” para devolverlo al “paraíso de la lectura”. La riqueza y complejidad de Dante vertidas en un atractivo odre nuevo.

Digámoslo alto y claro: no hay musical ni versión cinematográfica que le haga justicia a ese monumento que son Los miserables de Victor Hugo. El perspicaz lector que es Vargas Llosa ha aplicado su bisturí de crítico literario a unas pocas obras descollantes a las que ha dedicado detenidos ensayos. Junto a Cien años de soledad, Flaubert o, recientemente nuestro Pérez Galdós, una de esas obras es Los miserables; lo que supone un magnífico aval, si es que Victor Hugo lo necesitara. No hay musical ni versión cinematográfica que puedan contener la descripción de la batalla de Waterloo o las reflexiones sociales (sobre la iglesia y el monacato, por ejemplo) del intelectual que es Victor Hugo y que, como tal, interviene en la novela. Y Jean Valjean, Javert, los Thénardier o Gavroche palpitan en el libro con una vida que es imposible conseguir fuera de la letra impresa. Sus casi 2.000 páginas, dependiendo de las ediciones, piden ese tiempo que el verano da con creces.

A menudo, la actualidad nos hace volver los ojos a ciertos clásicos. Las modernas corrientes de pensamiento que se agrupan en la etiqueta woke o cultura de la cancelación están poniendo en la picota muchas (demasiadas) cosas, incluyendo libros como Lolita de Vladimir Nabokov, la historia del hombre maduro enamorado de la nínfula. Por lo que es buen momento para disfrutar de un título esencial de uno de los grandes narradores del siglo XX y, a la vez, saber a qué atenerse en el debate suscitado. Por cierto, Lolita ha quedado como sustantivo, igual que Gavroche en sinónimo del golfillo callejero.
Por otra parte, los clásicos lo son porque nunca terminan de decir lo que tienen que decir (Italo Calvino) y porque permiten nuevas versiones y miradas. Natalie Hayes en Las mil naves (Salamandra) vuelve a la guerra de Troya para recontarla desde una perspectiva femenina.

Novelón por lo extenso, pero moderna, ligera, de género (de qué género es otra cuestión), es decir, para todos los públicos, es la trilogía victoriana de Félix J. Palma: El mapa del tiempo (Algaida), El mapa del cielo y El mapa del caos (ambas en Plaza & Janés), un prodigio de imaginación, inventiva, sentido del humor, metaliteratura, con historias de amor, invasiones marcianas y viajes en el tiempo y el multiverso, alrededor de la obra de H. G. Wells. Una auténtica gozada que algún será también un clásico.

Policíaca y otros géneros

Entremos, pues, en la actualidad (en sentido amplio, no necesariamente rabiosa). Ya que la saga jurásica acaba de sumar un nuevo eslabón cinematográfico, no se pierdan la novela original de Michael Crichton. Tiene ya unos años, pero, salvo por la ausencia de las imágenes (gran logro, ese sí, de la serie peliculera), gana en nervio narrativo y, tanto en la trama como en los personajes, en complejidad. Y puestos a comparar novelas con sus versiones cinematográficas, no hay que perderse El poder del perro (Alianza), de Thomas Savage, tan sutil como la película, pero, como siempre, con elementos que se pierden en el trasvase. Leyéndola, se entiende que enamorara a la directora que la llevó a la pantalla.

Si hay un género de éxito en los últimos años –décadas, en realidad- y, digamos, veraniego, este es el de la novela policíaca. Los escaparates y catálogos están especialmente bien surtidos y nutridos de crímenes, detectives y todo lo que conllevan. Unos pocos títulos entre los muchos posibles: un autor indiscutible de estos años, que no necesita presentación para el aficionado, es James Ellroy. Acaba de sacar Pánico (Random House) sobre un personaje real, un tirano que, en los años cincuenta, chantajeó a toda la industria del cine. Eficaz mezcla de novela policíaca e histórica es la que lleva a cabo el sueco Niklas Natt och Dag en su aclamada trilogía de Estocolmo. La cierra ahora con 1795 (Salamandra) en la que vuelve a situar una intriga absorbente en un mundo oscuro con el trasfondo de los ecos de la Revolución Francesa.

Siruela recupera un gran clásico del género: Las diabólicas, de la prolífica pareja Boileau-Narcejac; si no el mejor, el más popular de sus títulos, que tuvo una adaptación cinematográfica también clásica a cargo de Henri Clouzot. Introspección psicológica y suspense de la mejor especie. Cátedra recupera, con honores de clásico, Máscaras, el origen de la serie del policía Mario Conde del cubano Leonardo Padura (autor de la magnífica El hombre que amaba a los perros, sobre Ramón Mercader, el asesino de Trotski), entre otras cosas, un retrato de la sociedad cubana.

John Connolly y Pierre Lemaitre no necesitan presentación. El primero saca una nueva aventura de su personaje Charlie Parker, En lo más profundo del Sur (Tusquets), con sus acostumbradas atmósferas oscuras y ominosas. Del segundo, Salamandra recupera su primera novela negra, La gran serpiente, con una sorprendente protagonista, una trama que engancha, ritmo ágil y sentido del humor. La exitosa Alicia Giménez Bartlett inicia con La presidenta (Alfaguara) una nueva serie protagonizada por dos inspectoras, Berta y Marta Miralles, llamadas a ser tan populares como su Petra Delicado.

Pesos pesados españoles

Parecido favor del público tiene la fantasía. La última revelación en este campo es la británica Annabel Steadman y su Skandar y el ladrón del unicornio (Salamandra), primer título de una saga de esas que llevan el rótulo de juvenil (Harry Potter es el ejemplo evidente), pero que leen con gusto lectores adultos. Steadman da la vuelta al mito de los unicornios más o menos como Kiril Yeskov se la daba a los elfos en El último anillo, otra irreverente gozada a cuenta de El señor de los anillos, quizá difícil de encontrar a estas alturas pero que vale la pena buscar.

En ciencia-ficción, otro género popular y veraniego, Nova recupera un gran clásico, la trilogía de la Fundación de Isaac Asimov, una reflexión sobre el auge y caída de los imperios en un entorno galáctico. Por su parte, Ian McEwan, uno de los grandes autores de estos años, usa los mimbres de la ciencia-ficción (concretamente, la robótica, tan asimoviana) para hacer una inteligente, profunda y divertida reflexión sobre el ser humano y la identidad en Máquinas como yo (Anagrama).

Al margen de los géneros populares, los pesos pesados de la narrativa española siguen dando títulos importantes. En Alfaguara coinciden dos maestros: Luis Mateo Díez, que en Celama (un recuento), vuelve a su mundo más característico, con esa mezcla de reflexión existencial y lenguaje depurado que le es propia, y Javier Marías, que en Tomás Nevinson conjuga también el lenguaje elegante con las reflexiones morales en una inteligente y muy sui generis novela de espías. Entre la cosecha más joven destaca Xita Rubert, y Mis días con los Kopp (Anagrama), un debut de insólita madurez en el que sobresale un estilo que aúna la ligereza formal con la profundidad de los asuntos tratados, y que ya le ha ganado el aplauso de la crítica.

No son pocos los lectores que buscan en la novela ecos de la historia o de la actualidad. Dos títulos para saciar esta sed pueden ser El cielo sobre Canfranc de Rosario Raro, una historia de amor y aventuras en un entorno y un momento especialmente atractivos: la estación internacional de Canfranc y la retirada de los nazis de Francia tras Normandía, y Todos al infierno, en la que Fernando Delgado mete el bisturí en la corrupción valenciana con tono de realismo mágico (ambas en Planeta).

La Guerra Civil no acaba nunca

Y quienes busquen esas cuestiones históricas o de actualidad sin el recurso de la ficción, pueden leer Las costureras de Auschwitz (Planeta) de Lucy Adlington, una historia de solidaridad y supervivencia en el corazón del monstruo; La prensa libre no fue un regalo (Marcial Pons) de José Antonio Martínez Soler, un análisis de la Transición desde el punto de vista de la prensa; Vecinos de sangre (La Esfera de los Libros) de Pedro Corral, crónica a pie de calle de “aquel Madrid de milicianos” de la Guerra Civil, en el que se desataron, el miedo, el odio, la violencia, y también la solidaridad y la decencia por encima de las diferencias ideológicas; Nadie por delante (Destino), en el que Lorenzo Silva se ocupa de las guerras que van ya en este todavía joven siglo XXI, y de la apenas publicitada participación de España en ellas; o una curiosa Historia marxista de la Segunda Guerra Mundial (Pasado y Presente), en la que su autor, Chris Bambery, explica ese conflicto como la guerra imperialista por la hegemonía global que ya viera Lenin, y en la que los Aliados, dice Bambery, fueron hermanos enfrentados.

Como parece que el verano remite a los viajes y las aventuras, una lectura adecuada puede ser Magallanes & Co. (Acantilado) de Isabel Soler, especialista en cultura portuguesa que ya nos ha dado títulos atractivos como El sueño del rey. Ahora narra la epopeya de la primera vuelta al mundo, incluyendo la experiencia de Magallanes en las Indias orientales al servicio de la armada portuguesa. Y una muy agradable sorpresa: Las tres Venecias (Viajes por la Italia mitteleuropea), de Jorge Canals Piñas, un recorrido por los paisajes, la historia, la cultura, los viajeros y habitantes del territorio del subtítulo (el Trentino y Alto Adigio, el Tirol Sur…) que saca la pequeña editorial La línea del horizonte.
Muchos piensan que el siglo XXI va a ser el de las mujeres y el feminismo.

Dos acercamientos a la cuestión son los de Sandra Sabatés, que en No me cuentes cuentos (Planeta) recoge historias de mujeres que actualizan el machismo latente o patente en los cuentos tradicionales; y Caitlin Moran, que en Más que una mujer (Anagrama) continúa el éxito de su Cómo ser mujer y lo que se ha llamado feminismo grouchomarxista.

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