Las sin sombrero de La Odisea

Carmen Estrada vuelve a contar la maravillosa historia de Ulises con otra mirada, la de una mujer del siglo XXI

Carmen Estrada, autora de 'Odiseicas'

Carmen Estrada, autora de 'Odiseicas'

Escribía Marguerite Yourcenar que el tiempo es un gran escultor y así ocurre con los cuerpos, con los paisajes y con los libros y, de éstos, algunos tienen la tozudez de quedarse e insistir, aún después de pasados miles de años, y así permitir que las nuevas y los viejos lectores puedan leer con otros ojos: más valientes, dispuestos a rencontrase con viejas palabras, “palabras aladas”, y desconstruirlas. Palabras que son como lámparas mágicas que ponen luces en lo que se creía ya sabido.

Si bien es verdad que la Iliada y la Odisea son “poemas paralelos” también es verdad, que la primera es una epopeya más “simple y patética”, según la califica Estrada y añado: henchida de ardor guerrero. Los protagonistas son los hombres siempre. Todo pasa en un solo lugar, una sola voz narra y son las mujeres las desencadenantes del horror; la pobre y bella Helena. La Odisea, muchas veces considerada obra menor, es mucho más compleja, donde hay otras protagonistas y donde se conjugan varias voces, lugares varios y transcurre a lo largo de varios años. “La Odisea se adelanta a su tiempo”.

Odiseicas (Seix Barral) es un libro escultor pues navega a través del tiempo para presentarnos a unas mujeres protagonistas, que se revelan como hacedoras de sus propias vidas y que acompañan y salvan al héroe que no parece serlo tanto. Odiseo, el Ulises de los romanos, resulta ser más dependiente de las mujeres de lo que parecía y Penélope no es sólo la mujer que espera, tejiendo y destejiendo, al príncipe azul que se fue a recorrer mundo y vuelve solo y envuelto en el traje de un mendigo. Más sabio sí, pero sin haber conseguido los logros pretendidos.

Lo que hace Estrada es volver a mirar de frente a estas mujeres que han sido reinterpretadas y vistas desde visiones atávicas y que salvo en contadas ocasiones no han hecho más que insistir en los estereotipos sabidos de los roles atribuidos a mujeres y hombres. Gracias a Ovidio, Aristóteles y muchos otros. Pero después de leer este libro de lectura amable y sesuda, es imposible aburrirse con él, vamos a descubrir una Odisea más fascinante, más humana y menos heroica, mas cotidiana, donde las mujeres son poderosas: eligen, construyen y deciden incluso a quién quieren amar. Una de las novedades “que aporta la Odisea es que el deseo erótico y la voluntad amorosa no son exclusivos de los varones”.

Aunque es una consideración que ya otros, pocos, apreciaron antes, con nulo aplauso, no sería sorprendente que La Odisea fuese escrito por una mujer y es a mi juicio una tesis a tener en cuenta si nos liberamos de algunos tópicos adheridos. Incluso que hubiese mujeres, que las hubo, recordamos a Safo, que escribieron en ese tiempo atávico, donde ellas eran consideradas sólo propiedades. Pero sabemos que la norma también está hecha para romperla. Pequeñas excepciones sí, pero esas mujeres existieron y fueron poetas, matemáticas o filosofas, “aedas”, enterradas por la arena del tiempo. Ocultas o catalogadas como hechiceras o putas se les negó, la mayoría de las veces, un lugar en el mundo y la historia las redujo a meros estereotipos.

Vamos pues, de Odiseo a La Odisea, a las odiseas de unas mujeres principales, que son las que realmente tejen la tela de este viaje, retratadas en sepia violeta y que surgen a nuestros ojos con inesperados matices y colores. Como bien dice Estrada son: “mujeres con madera de protagonistas”: Penélope, Helena, Atenea, Arete y Alcínoo, Circe, la adolescente Nausícaa, Calipso o Euriclea, la que todo lo sabe. “A pesar de las dificultades de estar en el interior, “oikôs”, porque no tenían otra opción, consiguieron influir y transformar el medio que las rodeaba, oponiéndose a la insolencia y a la bravuconería de los varones con su astucia y su inteligencia, en las que eran capaces de medir sus fuerzas en igualdad de condiciones”.

Retratos

Las mujeres de esta Odisea son “personajes que se distinguen por sus valores humanos y no heroicos” y no como pensaron algunos “excelentes” que se trataba sólo de esposas y rameras. Tipificadas hasta la saciedad, este libro les da alas y así aparece Penélope, que se presenta en un telar, como era costumbre en las mujeres de bien. Es una mujer que no depende de su padre, que no depende de su marido y que no depende de su hijo, aún menor. Se dice semejante a una diosa, es discreta y sensible y sobre todo inteligente y astuta. Cuando su hijo va a ser mayor de edad discurre toda una trama, tejer por el día y destejer por la noche, para no tener que volver a casarse y ser así dependiente de un hombre. Su fama “no va asociada a la muerte sino a la vida” y yo añadiría: a la supervivencia. No es para nada una mujer objeto.

Helena, que es mujer maléfica en La Iliada: objeto de deseo, causa de disputas y “motivo de una guerra”. Seductora e intrigante, es sólo una propiedad, botín de guerra. En La Odisea es la prima de Penélope y ella la ve humana, y esa mirada la dignifica, aquí Helena es “sabia, curandera, perspicaz y participante activa”, una mujer madura que no es calificada por su belleza. No la ven unos “ojos masculinos”.

Y aparece una diosa, Circe, estirpe de los titanes, y como bien apunta Estrada uno de los personajes más manipulados, que ha sufrido y ha arrastrado un estereotipo que hemos heredado. Conoce las hierbas y la magia y cuando los hombres llegan a la isla quiere convertirlos “en lo que realmente son”. Su presentación es también convencional, en un telar, pero ella vive sola y es sabia y poderosa. Se enamora de Odiseo pero no lo retendrá y lo dejará ir, lo ayudará para que pueda volver. Circe es una “benefactora más que una maga”. Ovidio la retratará como una “hembra peligrosa”. Pero Circe en el relato “es un prototipo inverso” una mujer libre, autosuficiente y no es mundo éste que soporte esa libertad, así que la historia la conduce como un personaje maligno y peligroso.

Atenea, otra diosa, “es guionista y actriz”, la que enseñó las artes del tejer a las mujeres, “la que calma el viento o prolonga la noche deteniendo la aurora”, urde la trama y su objetivo es que consiga Odiseo regresar. Lo acompaña hasta el final convirtiéndolo en mendigo para pasar desapercibido a su llegada a Ítaca. Es la Atenea más humana y más cómplice. Enamorada y no correspondida.

La adolescente Nausicaa se encontrará con el viajero y se sentirá enamorada y deseará retenerlo y casarse con él, pero el héroe la ve niña y no la desea. Hay una vuelta de tuerca y el cuento tradicional se invierte. Es una joven que tiene sus propias ideas y piensa por sí misma. Su deseo no será el deseo del protagonista, ni el deseo de sus padres. “La conciencia de la imposibilidad por una parte u otra”, diría Carpentier.

Otra vez vamos a volver a ver como se invierten los géneros y será Calipso quien va a convertir en esclavo sexual a Odiseo, no al contrario. La mirada de la crítica tradicional sobre ella la calificará como una “mujer fatal”.

No sólo hay diosas están también, las esclavas como Euriclea, esa mujer que lo sabe todo, al mando del resto de esclavas de la casa de Penélope y que ha sido nodriza del viajero y de su hijo Telémaco. Esclava privilegiada pero esclava. Una mujer fiel al linaje que en su lealtad a la casa puede ser poco piadosa. Es inteligente y tenaz al igual que Penélope.

Aparecen diosas menores como Idotea e Ino Leucótea que van a ser esenciales para que el aventurero pueda llegar a casa, son auxiliadoras y sin su intervención como ocurre con Leucótea, que cambia los ropajes de Odiseo para que en medio de la tormenta no se hunda y así lo salva de una muerte segura.

Poco a poco, se van rompiendo los tópicos que se han regenerado a lo largo de casi 3000 años y así es como este libro, precioso, rescata a estas “brujas” y “malvadas mujeres”, transformándolas en verdaderas heroínas, fundamentales, sin las cuales Odiseo no volvería jamás a su casa. Odiseo no es un héroe al uso y se distancia mucho de otros héroes guerreros que frecuentan La Iliada. Sabemos que las autorías se atribuyen a Homero pero la tesis de Estrada es que La Odisea podría haber sido escrita por una mujer.

El ensayo ofrece un breve resumen de la epopeya, una explicación de los términos griegos que están en el texto y un análisis de algunos personajes que se explican a ellos mismos.

Carmen Estrada vuelve a contar la maravillosa historia de Ulises con otra mirada, la de una mujer del siglo XXI, y descubre personajes complejos, más libres y menos convencionales, alejándose de las interpretaciones al uso. Una nueva mirada a la que me sumo.

*Teresa Agustín es poeta