Aniversario de su asesinato

John Lennon: aquel lejano 8 de diciembre

Famoso más allá de los Beatles, aquel día nos habían arrebatado a aquel poeta excéntrico, mensajero de amor y paz, exquisito compositor y rebelde enamorado

John Lennon: aquel lejano 8 de diciembre

EFEImagen de archivo de una exposición sobre John Lennon

De forma regular, cada dos años como prevé la ley, el asesino de John Lennon, Mark David Chapman, sigue solicitando la libertad condicional. La última vez, el pasado mes de octubre. Aunque asegura que no supone un peligro para la sociedad y jura haber encontrado la paz en Jesús, su petición ha vuelto a ser denegada. Sin embargo, cada vez se escuchan con más fuerza las voces, antes muy tímidas, que ahora cantan a su favor.

No existían los móviles y solo había dos canales de televisión. Aún no escribíamos en pantallas y ni siquiera nuestra fértil imaginación juvenil era capaz de elucubrar con algo parecido a Internet. Pero, incluso entonces, recién inaugurada la década de los 80, cuando una noticia era impactante no tardaba mucho en llegar a cualquier rincón del mundo. La trágica sorpresa de la muerte de John Lennon aquel lejano y frío 8 de diciembre de 1980 alcanzó a muchos de nosotros mientras disfrutábamos con los amigos de un día sin clases. Difícil recordar después de tantos años a quién pertenecía la voz que nos dejó a todos sin la nuestra, cuando nos contó las todavía confusas informaciones procedentes de Nueva York que sólo dejaban un dato cierto y brutal: Lennon ya no respiraba.

Demasiado lejos, no sólo físicamente, del edificio Dakota, encontramos sin buscar una esquina escondida en la que cambiar conversaciones por guitarras y lágrimas por canciones. Un gastado y frío banco de madera como improvisado escenario para desahogar la congoja por el triste e injusto final de quien había conseguido que tantos imagináramos “All the people living life in peace”. Aunque únicamente fuera durante los escasos 4 minutos que dura la que es una de las baladas más poéticas del pacifismo de verdad, ese que para combatir la guerra no entra en guerra.

Lennon se acababa de marchar, pero en este país en el que nos tenían que traducir incluso el “THE END” de las películas habíamos aprendido inglés para no quedarnos sin cantar, bien o mal, aquellas geniales letras suyas. Para no limitarnos a tararear los soñadores mensajes de un espíritu profundamente romántico sin ápice de vulgaridad. “You may say I’m a dreamer, but I’m not the only one”. Y así, aquella mañana, la del hoy lejanísimo 8 de diciembre de 1980, se convirtió de inmediato en otra de esas fechas malditas imposibles de olvidar. Famoso más allá de los Beatles, nos habían arrebatado a aquel poeta excéntrico, mensajero de amor y paz, exquisito compositor y rebelde enamorado.

Buscando la fama

Igual que la impactante noticia había recorrido velozmente el mundo, junto a la música del cantante de Liverpool empezó a sonar el nombre de su asesino, Mark David Chapman, que disparó cinco veces contra su famoso objetivo. La primera bala entró por la espalda de Lennon alcanzándole el pulmón. Las dos siguientes hicieron blanco en un brazo y en el cuello. Por fin, la cuarta, velozmente mortal, acertó una arteria provocando la imparable hemorragia. Solo la quinta bala se desvió y quedó incrustada en la pared del edificio frente a Central Park.

El autor de los disparos ni siquiera había intentado huir. Paralizado, quizás fascinando por su propia “hazaña” que finalmente le haría famoso, fue detenido por la policía en el lugar de los hechos e inmediatamente identificado. Se trataba de un joven texano de 25 años, obsesionado con Holden Caulfield, protagonista del libro de J.D. Salinger “El guardián entre el centeno”, que unas horas antes de apretar el gatillo ya había abordado a Lennon en la calle para conseguir el autógrafo de su “objetivo”. Yoko Ono lo recordaba, a pesar de que nunca faltaban las interrupciones de algún fan durante sus paseos por la ciudad.

Como suele ocurrir, los problemas mentales de Chapman venían de largo y las alarmas sonaron más de una vez, pero – también como suele ocurrir – nadie puso o quiso imaginar qué tramaba aquel joven de infancia marcada por las drogas y el maltrato, que a los dieciséis años quiso poner rumbo en su deriva refugiándose en el cristianismo. La novela de Salinger volvió a prender la mecha de su locura, como en realidad lo habría hecho cualquier otra cosa. “Me estoy volviendo loco. El guardian entre el centeno”, escribió Chapman en una carta a su amiga Lynda Irish tres meses antes de viajar a Nueva York.

Otros amigos aseguraron entonces que Chapman estaba enfadado con Lennon por haber dicho que “los Beatles eran más grandes que Jesucristo”. Y por haberle pedido a la gente que imaginase un mundo sin posesiones cuando él tenía millones de dólares, “riéndose de gente como yo que se creyó sus mentiras y compró sus discos y construyó una gran parte de su vida alrededor de su música”. Sin embargo, a la sinrazón nunca le han hecho falta excusas.

Hoy, aquel joven sudoroso de gafas ahumadas y gesto adusto que descubrimos en la ficha policial que dio la vuelta al mundo es un hombre de 67 años a quien ya se le ha denegado la libertad condicional en doce ocasiones. Después del asesinato y tras ser evaluado por los correspondientes psiquiatras – de los seis que trabajaban en su defensa, cinco diagnosticaron esquizofrenia paranoide y el último lo calificó de maniaco-depresivo -, todo parecía indicar que Chapman iba a ser ingresado en un hospital, pero él negó que fuera “un loco” y despidió a su defensa, confesándose culpable de un asesinato que, según aseguró, llevaba años planeando.

Buscando la libertad

La sentencia le condenó a un mínimo de 20 años de cárcel a un máximo de cadena perpetua. Sin embargo, incluso en este tipo de penas, transcurridas las primeras dos décadas, la ley prevé que el reo pueda presentarse frente a un nuevo juez y pedir la libertad condicional. En el año 2000, Chapman se sometió por primera vez a reconocimiento para determinar si se le concedía la libertad condicional. Fue también la primera que se le denegó. Yoko Ono envió una carta oponiéndose a la liberación en la que alegaba temer por su propia seguridad y la de sus hijos. El tribunal determinó que poner en libertad al asesino de Lennon “sería menospreciar la gravedad del crimen y socavar el respeto por la ley”.

De forma regular, cada dos años, Chapman ha seguido solicitando en vano la libertad condicional. Asegura que no supone un peligro para la sociedad y jura haber encontrado la paz en Jesús, pero continúa en la prisión de alta seguridad de Wende, en Nueva York, donde su convivencia con otros reclusos es todavía restringida. La viuda de Lennon nunca ha cambiado de opinión: lo quiere entre rejas. Igual que la hermana del artista, para quien Chapman debe seguir recibiendo tratamiento psiquiátrico en prisión.

Sin embargo, el debate sobre la libertad de Chapman está cada vez más abierto. Todavía de forma mayoritaria en contra, pero con el tiempo, año tras año, cuando llega el momento de volver a comparecer ante el tribunal, se escuchan con más fuerza las voces, antes muy tímidas, que cantan a favor de que Chapman salga en libertad. Tendrá que esperar a 2024 para volver a presentarse ante la Junta de Libertad Condicional.

La leyenda

Cuarenta y dos años después de su asesinato por la espalda a manos de ese repetitivo y cinematográfico personaje del fan trastornado, las canciones de John Lennon, en concreto aquellas que compuso durante su andadura en solitario, siguen recordando que la poesía es, la mayoría de las veces, el único y fugaz alivio del espíritu atormentado, aquel que sangra palabras y melodías como único medio posible para seguir respirando. El músico de Liverpool lo era y ni siquiera la contestada figura de su amada compañera Yoko Ono, fue capaz de despejar sus negras nubes por completo. De hecho, el ex Beatle con más alma y, también más rebelde, había pasado las semanas anteriores a su muerte sumido en uno de esos episodios de desesperación. Su último álbum no despegaba como era de esperar y Lennon se movía en la contradicción de los genios que buscan la paz interior, a pesar de saber que será ella quien silencie a su musa.

Y como ocurre con todos los genios a los que la temprana tragedia convierte en mitos, sin permitirles luchar con algo tan prosaico como el paso del tiempo – el pasado 9 de octubre habría cumplido 82 años - Lennon sigue celebrando aniversarios a pesar de estar muerto. De su rostro ha quedado el gesto de incomprensión; de su música y sus palabras, la eterna juventud de la perfecta composición y la ingenuidad de su mensaje. “After all, it is written in the stars. Now and forever”.