Isla de Pascua

Isla de Pascua: 777 gigantes de piedra en medio de la nada

Rapa Nui vuelve a ser de este mundo después de que la Covid-19 obligara a cerrar sus fronteras. Ahora, los moais están de vuelta y con ellos uno de los grandes misterios del planeta.

En medio de la nada, hija de tres volcanes y madre de 777 gigantes de piedra nacidos no se sabe muy bien ni cómo ni por qué, Isla de Pascua, o Rapa Nui como prefieren llamarla sus moradores, es una mota de lava de 24 kilómetros por 16 situada al sur de trópico de Capricornio. Rodeada por el Pacífico, debe su aparición en los mapas a esos 777 moáis que no han dejado escrita su historia, pero sí un halo de misterio e irresistible fascinación que han convertido la isla, además de en el territorio habitado más alejado del planeta -se encuentra a 3680 kilómetros de Chile y a 4050 de Tahiti-, en un destino mágico y único, que se puede recorrer a pie, bicicleta, moto, todoterreno o incluso a caballo.

Repleto de preguntas sin respuestas y fantasías insondables, de leyendas y realidades, de parajes lunáticos y transparentes aguas coralíferas, las esquinas de Isla de Pascua -como estas que caprichosamente les recomiendo- han sido testigo del inexorable paso del tiempo y han vivido en primera línea la lucha de estos semidioses para sobrevivir a los elementos y, fundamentalmente, a los hombres.

RANO RARAKU

También conocido como el semillero, Rano Raraku es el indiscutible corazón de Isla de Pascua. De las entrañas de este volcán emergieron los gigantes. Y casi 400 todavía siguen viviendo ahí, bien en la cantera y todavía sin hacer del todo, bien en las laderas exterior e interior de esta fábrica que cuenta con los atributos imprescindibles para ser catalogada como uno de los puntos mágicos del planeta. No hay nada igual a estas verdes laderas repletas de moáis a medio enterrar que parecen crecer como semillas.

Es obligatorio, y las reducidas dimensiones la isla lo permiten, ver a sus inmóviles habitantes a todas las horas del día: cuando el sol lucha por alcanzar la verticalidad, cuando desde lo más alto sujeta bajo sus rayos a estos gigantes poderosos y sobrecogedores o cuando decae al final de la tarde y el dorado más poderoso se apodera de estas figuras que parecen recién salidas de las entrañas del volcán.

No hay que cansarse de hacer cuantas más veces mejor el denominado camino de los moáis y es obligatorio también pasar a la vera de estas moles una y otra vez con el deseo inconfesable e ilusorio de que nos cuenten su secreto. Un estudio reciente nos dice que el moái tipo mide más de cuatro metros y pesa más de 12 toneladas. El moái más grande que salió del semillero (Te Pito Kura) se acerca a las 80 toneladas de peso y a los once metros de altura; solamente sus orejas ya superaban los doscientos centímetros; en la actualidad, Te Pito está tumbado boca abajo al lado de su ahú, en la costa norte de la isla. También hay otro de casi 22 metros de altura y doscientas toneladas, pero este jamás pudo abandonar el vientre materno.

En cualquier caso, no hay resolución de misterio que pueda superar esta belleza que nos avasalla, que se apodera de nosotros, que nos envuelve. Estar en el centro del semillero, rodeado por sus silenciosos protagonistas, viendo como languidece el día, no tiene igual. Se acaba convirtiendo en una ilusión, casi en un milagro del que somos privilegiados beneficiarios. Y en ese momento poco importa no saber a ciencia cierta por qué nacieron, que significan o cómo los transportaban a lo largo y ancho de la isla.

AHU TONGARIKI

Se calcula que 288 de los 777 moáis que nacieron en Rano Raraku fueron trasladados y puestos en pie en sus ahú o altares, aunque muchos de ellos perecieron destrozados por la naturaleza y por la mano del hombre. 15 de ellos llegaron a su destino en Ahu Tongariki, la plataforma funeraria más grande de la isla con cerca de 200 metros de longitud.

Su visión es imponente, especialmente desde lo más alto de Rano Raraku, cota que es necesario alcanzar por la ladera interior del volcán por un bello camino serpenteado por un sinfín de moáis. Entre 1992 y 1995, arqueólogos chilenos volvieron a poner de pie en su altar a los 15 colosos después de que en 1960 un maremoto destrozara el ahú, derribara las portentosas figuras y las esparciera hasta 100 metros tierra adentro.

Situado en la costa sur de la isla, de espaldas al Pacífico, como casi todos los moáis de la isla, los inquilinos de Ahu Tongariki no dejan de mirar al cielo y al más allá, un más allá representado por la ladera exterior de la cantera donde nacieron, como si no quisieran olvidarse jamás de donde proceden. No son los únicos moáis de la zona; cerca del ahú podemos observar los restos de otros colosos que se rompieron antes de llegar a su destino. Y también petroglifos con figuras de tortugas con rostro humano, atunes u hombre pájaro, así como diversos motivos de rongo-rongo, un sistema de escritura propio de la isla que todavía hoy encierra no pocos misterios.

Este altar con sus 15 legendarios colosos, algunos con sus pukaos -moños- y otros si ellos, bien merecen una mañana o una tarde de contemplación con el único acompañamiento del sonido de las olas del mar al romper contra la pedregosa playa.

AHU AKIVI

Ahu Akivi es un misterio dentro del gran misterio que son los moáis de Isla de Pascua. Por si ya hubiera pocos, estos siete imponentes gigantes plantean dos interrogantes que aún hoy no tiene una respuesta clara: ¿Por qué es el único ahú erigido tierra adentro? ¿Por qué a diferencia del resto de monolitos, orientados hacia el interior de la isla, estos miran directamente hacia el mar?

Posiblemente, solo posiblemente, la respuesta este en el hecho de que durante los equinoccios las siete figuras miran directamente al sol poniente, lo que demostraría, según los expertos, que Akivi tuvo una gran importancia en su época por su significado astronómico. Otras teorías abordan la posibilidad de que este altar fuera un homenaje y que por ello sus siete figuras miran directamente al Pacífico, a los siete exploradores que Hotu Matua envió a la isla para que en el año 450 la inspeccionaran antes de tomar posesión de ella.

Ubicado en la ruta norte, fue restaurado en 1969 por el norteamericano William Mulloy y el chileno Gonzalo Figueroa. Mulloy, el primero en hacer ver a los lugareños que el futuro de la isla pasaba por estos gigantes de piedra y por los millones de visitantes que viajarían hasta allí para verlos, pasará a la historia por su amor a los moáis y a Rapa Nui, y por ser uno de los grandes estudiosos de todos los interrogantes que el paso del tiempo no ha logrado resolver.

Este antropólogo calculó que para hacer un moái con moño debían trabajar al menos 30 personas ocho horas al día durante un año, a lo que había que sumar los dos meses y los más de 90 hombres necesarios para trasladarlos a su ahú correspondiente. Salvo que fuera cierta la leyenda que corre por la isla según la cual, una vez tallados, los moáis caminaban solos y erguidos gracias al maná que los sumos sacerdotes les proporcionaban y que les otorgaba esa fuerza indescifrable que había en su interior, hasta colocarse ellos mismos en el altar correspondiente.

ANAKENA

Es otra, y parece ser que bastante más real, la leyenda que cuenta que los primeros pobladores, con el ya citado Hotu Matua a la cabeza, desembarcaron en la playa de Anakena. Además de ser la mejor de la isla, y casi la única, gracias a sus aguas transparentes y su fina arena, Anakena está en los libros por ser una de las contadas playas de la tierra que tiene unos restos arqueológicos tan importantes como Ahu Nau Nau y Ahu Ature Huki. El segundo de ellos es el moái que el noruego Thor Heyerdhal -el navegante que creía que los pascuanos procedían del sur de América y no de Polinesia- puso nuevamente en pie, con la ayuda de una veintena de hombres, cuando visitó la isla en 1956.

Rodeados de palmeras, Ahu Nau Nau es uno de los grandes altares de la isla y una de las visitas imprescindibles: cuatro de sus siete moáis llevan pukao y de dos de ellos solo queda el torso. Los pukao cilíndricos o moños, que para los antiguos polinesios era símbolo de jerarquía, no proceden de la cantera de Rano Raraku sino de Puna Pau, un pequeño cráter situado a 13 kilómetros del semillero y tampoco están hechos de toba, como los gigantes, sino de escoria volcánica; en la actualidad quedan 100 pukaos, 60 en los distintos ahús de la isla mientras que el resto se quedaron en la cantera o en su camino al altar.

TAHAI

Para muchos, el complejo ceremonial de Tahai, situado a menos de un kilómetro del centro de Hanga Roa, la capital de Rapa Nui, es uno de los puntos clave de la isla. El complejo, que también fue restaurado por Mulloy entre 1968 y 1970, está formado por tres ahús: Ahu Tahai, que está situado en el centro y consta de un solo pero espectacular moái de extraordinaria belleza; Ahu Ko Te Ricu, al norte del complejo y único en la isla porque además de portar moño tiene ojos de coral transparente para la parte blanquecina y de obsidiana para la pupila; y Ahu Vai Uri, al sur, una plataforma de cinco moáis de distintos tamaños y muy castigados por el paso del tiempo y de los elementos.

Además de estos tres ahús, el complejo cuenta con lo que debieron ser antiguas construcciones de los primeros pobladores como un Hare Paenga, una casa bote así llamada por su similitud con un bote hacia abajo; un Hare Maoa, una estructura de piedra de gruesos muros que aparentemente se utilizaba como gallinero; y un Paina, un lugar que utilizaba los antiguos pobladores como lugar ceremonial. Una de las grandes virtudes que tienen todos los monumentos de Isla de Pascua, y Tahai no es una excepción, es que hay un sinfín de horas a lo largo del día en el que puedes ser el único visitante, en el que todo es para ti, en el que eres el amo y señor de lo que te rodea... aunque sea por unos instantes.

AHU VINAPU

Es aquí donde el explorador noruego Tor Heyerdhal debió poner sus ojos para plantear la tesis sudamericana de Isla de Pascua. Cerca del aeropuerto de Mataveri se encuentra Ahu Vinapu, otro de los puntos enigmáticos de la isla. La forma de uno de los dos pedestales, construidos con perfectos bloques de piedra seca tallada, se asemeja enormemente a los que pueden verse en las antiguas ruinas incas.

Todos los gigantes que piedra que soportaban las dos plataformas está ahora caídos y semiderruidos. Detrás del ahú principal hay una cabeza de moái mucho más redondeada que la mayoría pero de gran belleza, mientras que al lado del segundo altar se aprecia un moái sin cabeza y con piernas muy cortas --estos monolitos casi nunca tienen extremidades inferiores-- muy parecido al de las antiguas esculturas andinas preincaicas. La verdad es que a Heyerdhal nadie le debió contar que el moái sin cabeza tenía realmente dos en su origen y se utilizaba para secar al sol los cadáveres antes de ser enterrados.

RANO KAU Y ORONGO

Y cuando cae el telón, Rano Kau, uno de los tres volcanes que engendraron la isla. Asomarse al atardecer a su caldera interior de más de kilómetro y medio de diámetro y una profundidad de 200 metros provoca en el viajero una dulce sensación de vértigo. El cráter está cubierto por una capa de totora y lleno, durante casi todo el año, de aguas opalescentes repletas de plantas terrestres que se han adaptado, como no podía ser de otra manera, al medio acuático.

Y el vértigo se multiplica cuando después de asomarnos al cráter volvemos la vista al Pacífico y, además de disfrutarlo, posamos nuestros ojos en el pueblo ceremonial de Orongo, milagrosamente sujeto al cráter y a un largo acantilado que finiquita en el azul cobalto del océano infinito. Restaurado parcialmente estos últimos años, puede verse claramente la forma casi subterránea de las viviendas y los materiales de que estaban construidas, principalmente losas de piedra traslapada horizontalmente.

Al borde del acantilado, muy cerca de cráter, existen un buen número de rocas talladas con petroglifos de pájaros con picos largos y huevos en las manos. Y es entonces cuando alguien nos empieza hablar de la leyenda del Hombre Pájaro y de su elección anual entre todas las tribus de la isla.

El elegido, que gobernaba Rapa Nui durante los doce meses siguientes, era el que consiguiera el primer huevo de la temporada del manutara o gaviotín pascuense que se criaba en los pequeños islotes de Motu Nui, Motu Iti y Motu KaoKao, situados justo enfrente de Orongo. Cuando llegaba la primavera, todos los clanes de la isla elegían a sus competidores que debían descender por el acantilado, nadar hasta los islotes, encontrar un huevo y traerlo de vuelta a la playa de Orongo sin que se rompiera. El ganador -el último data de 1867- se convertía por un año en Tangata Manu y tenía el poder absoluto.

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