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Grandeza y flaquezas de Paul Newman, el hombre más guapo del mundo

Una autobiografía recién publicada desvela a través de sus páginas el lado más humano del actor, una persona corriente con sus debilidades e inseguridades

Grandeza y flaquezas de Paul Newman, el hombre más guapo del mundo

© Stewart Stern/Newman Family CollectionEl clan Newman-Woodward en Beverly Hills en 1965

Lo que entre las mujeres fue Ava Gardner (el animal más bello del mundo, según un tópico algo manoseado), lo fue Paul Newman entre los hombres. Ambos coincidieron una vez en la pantalla, dirigidos por el gran John Huston en la memorable El juez de la horca; él, platónicamente enamorado de ella, a la que nunca llegaba a ver en persona. Fuera de la pantalla compartieron también alguna cosa como la adicción a la bebida.

Esa adicción es una de las flaquezas que el propio actor pone de manifiesto en su autobiografía recién aparecida: Paul Newman, la extraordinaria vida de un hombre corriente. El título está bien traído, porque el tipo que emerge de sus páginas es, efectivamente, un hombre corriente, con sus debilidades e inseguridades. Como se dice en la introducción, no está aquí el mundo de los aviones privados y las alfombras rojas. Aparece a cambio una disección (“en parte confesional y en parte un autoanálisis”, según una de sus hijas) llevada a cabo por el propio Newman. Alrededor, una suerte de coro griego de voces y opiniones de parientes, amigos y compañeros de profesión. Ya que el método para hacer el libro ha consistido, por un lado, en las largas charlas que, entre 1986 y 1991, el actor mantuvo con su amigo Stewart Stern, escritor y guionista de Rebelde sin causa; y por otro, en las entrevistas que este hizo al citado conjunto de allegados a Newman. Está, así, la voz en primera persona del actor, complementada por las otras visiones.

Portada de 'Paul Newman, la extraordinaria vida de un hombre corriente'

Portada de 'Paul Newman, la extraordinaria vida de un hombre corriente'

“Quiero dejar alguna clase de testimonio que ponga las cosas en su sitio, abra brechas en la mitología que ha florecido a mi alrededor, acabe con algunas de las leyendas y mantenga a raya a las pirañas”, escribe él en el prefacio. Su hija Melissa, por su parte, habla de un “ajuste de cuentas en público tras haber sido maltratado por la prensa sensacionalista durante casi toda su vida”. Las pirañas.

Porro en lugar de magdalena

Lo cierto es que, por momentos, el ajuste de cuentas, parece hacerlo también consigo mismo. No hay asomo de complacencia y sí mucha sinceridad en las páginas del libro. La presunción y la solemnidad brillan por su ausencia. Así, no es precisamente una magdalena lo que pone en marcha los recuerdos. “Acabo de fumarme un porro”, escribe Newman, “mientras recordaba con absoluta claridad el trazado completo del mapa del pueblo en el que pasé la infancia”. En aquel próspero suburbio de Cleveland (Ohio) vino al mundo, aunque, al parecer, durante el embarazo, “se discutió en un buen número de ocasiones sobre opciones alternativas al nacimiento”. El ambiente familiar de sus primeros años lo resume así: “Nuestra casa albergaba los sonidos del conflicto constante”. Y en aquel entorno, destacaba con personalidad propia la figura de una madre posesiva y conflictiva, “la mujer más desconfiada que jamás pisó la faz de la Tierra”, según el actor. “No tenía conciencia alguna del daño que provocaba. Su necesidad de dar cariño no solo sobrepasaba al objeto sobre el que lo proyectaba, sino que lo anulaba y eliminaba del conjunto”. Una mujer que, según una cuñada suya, “prefería sacrificar a otras personas antes que su casa” y para la que su hijo Paul “era su muñequita”, al decir de la que sería esposa de Newman, Joanne Woodward. En cuanto al padre, “se mostraba despectivo conmigo, poco interesado en mí; en su voz había siempre una nota de sarcasmo”.

Orfandad emocional e intelectual

Semejante ambiente familiar puede explicar dos rasgos del actor. Que, como dice su hermano, Paul fuera “un chico resuelto a escapar por sí mismo de su entorno”; y lo que el propio Newman llama su “anestesia emocional”, aspecto en el que insiste a lo largo del libro. “Yo era algo así como un republicano emocional (sic)… una persona emocionalmente anestesiada en la vida real”. “Hasta donde sé, nadie me prestó nunca apoyo emocional”. Por su parte, su confidente, Stewart Stern se pregunta “por qué está tan distanciado de sus emociones… tampoco se ha permitido nunca sentir las cosas hasta sus últimas consecuencias”.

Ese déficit emocional va de la mano de un déficit intelectual que Newman también proclama sin ambages: “Muchas de las personas que han tenido la fortuna de vivir plenamente tienen en común el recordar a alguien –un profesor, una figura religiosa, un padre, un tío, un abuelo…- de quien decir: ‘Fue mi mentor. Mi roca. Quien me mostró el camino a seguir, me inspiró y me proporcionó un modelo del que aprender y que emular’. Yo nunca lo tuve”. Admite que nunca hizo nada destacable a nivel académico, de modo que, cuando se hizo amigo de Gore Vidal, “me resultaba muy difícil relacionarme con alguien capaz de hablar de forma tan inteligente sobre tantos temas”. “Siempre lo he pasado mal estudiando de un libro… No leo bien. De hecho, sigo teniendo dificultades para memorizar guiones”, dice en otro momento. Y ante directores prestigiosos y cultos como Martin Ritt o John Huston, reconoce que “estaba convencido de que, en su presencia, debía comportarme de cierta manera a fin de complacerlos”. Sobre el segundo, en concreto, añade: “Hay algo en John Huston que hace que tomes su aprecio como si de un regalo se tratase”.

Entrando en escena

La actuación le abrió más que un camino, una nueva expectativa vital. “Estamos hablando”, dice Newman, “de alguien que había resultado mediocre en prácticamente cualquier cosa y que de repente da con algo que, como mínimo, es lo que mejor sabe hacer”. Todo empezó en el teatro en su etapa universitaria. Para un compañero de clase de aquellos años, “Paul era salvaje, lascivo y peligroso… Bebía más que nadie. Follaba más que nadie”. Una compañera de la Escuela de Arte Dramático de Yale le veía como “el más carismático y atractivo” de todos los actores. El propio actor, sin embargo, no estaba tan seguro de sí mismo. “Nunca sentí que tuviese talento, ya que era alguien que seguía a los demás, alguien que interpretaba lo de otros, pero nunca creaba por sí mismo… Principalmente aprendí por ósmosis y mediante la observación”.

Ni siquiera su atractivo sexual era unánimemente reconocido. “No posees ningún reclamo sexual”, le soltó Josh Logan, que lo dirigió en Picnic en 1953 en Broadway. Con todo, aquella obra le abrió las puertas del cine. La primera experiencia, El cáliz de plata, no fue ningún éxito, lo que le ganó algún sarcasmo de James Dean, exultante a la sazón por su papel en Al este del Edén”.

Paul Newman afeitándose

© Stewart Stern/Newman Family Collection_Paul Newman afeitándose

Pero otro cambio más importante se produjo entonces en la vida –y, consecuentemente, en la obra- de Paul Newman. La aparición de Joanne Woodward, la mujer con la que compartiría el resto de su vida. En aquel momento, él andaba arrepintiéndose de un primer matrimonio, hecho de inexperiencia e irresponsabilidad, “con la primera chica con la que tuve una relación seria”. Del papel de Woodward dan idea algunas frases del libro. “Pasé de no poseer ningún reclamo sexual a algo completamente distinto y que todo el mundo destacaba… Algo se me había pegado al conocer a Joanne y que su sexualidad entrase en mi vida… No soy más que una criatura de su invención”. En cuanto a la relación entre ellos, “dejamos un rastro de lujuria allá por donde pasábamos: hoteles, moteles, parques públicos, cuartos de baño, piscinas, playas, asientos traseros y coches de alquiler. Joanne y yo no nos deteníamos a preguntarnos por la moralidad de lo que hacíamos. Lo nuestro se basaba en la pasión”. Él seguía casado y las dudas eran inevitables en aquella situación de práctica bigamia. “Pero siempre regresábamos al punto en el que lo que nos unía resultaba irresistible”.

Un actor de un millón de dólares

Probablemente, fue entonces cuando nació la estrella del cine. ¿Le ayudó, además, la muerte de James Dean? Algunas lenguas así lo sugirieron. Elia Kazan pensó en él para La ley del silencio. “Si no conseguimos a Brando, voto por Paul Newman. Ese chico va a ser una estrella. No me cabe la menor duda. Es tan guapo como Brando, pero su masculinidad, siendo también marcada, resulta más actual”, le escribió al guionista de la película. Su carrera había despegado por completo. “Fue mi aspecto el que me abrió las puertas. ¿Qué hubiese sido de mí si me hubiese parecido a Golda Meir?”, escribe en el libro. Fue el tercer actor, tras Elizabeth Taylor y Richard Burton, en ganar un millón de dólares por una película (500 millas). Por cierto que, con Elizabeth Taylor, una de las pocas candidatas a disputarle el trono a Ava Gardner, hizo en La gata sobre el tejado de zinc el que se diría que es el papel más difícil para cualquier actor: “Mi principal cometido era el de hacer que el rechazo del personaje a tener relaciones sexuales con Elizabeth resultase creíble”.

Para entonces, Hollywood ya le había decepcionado. Le parecía un sitio horrible en el que sus mandamases harían cualquier cosa por dinero. Una parte del atractivo que le encontró a las carreras de coches a las que se dedicó, también con éxito, residía en que era un mundo que no tenía nada que ver con el de Hollywood. En los sesenta aumentaron tanto su conciencia como sus actividades políticas, apoyando a candidatos demócratas y causas civiles. Su implicación en el movimiento contra el racismo hizo que muchos dueños de salas de cine en el Sur retiraran sus películas.

Frente a otros aspectos de su personalidad, como la afición a la bebida, con las “cosas peligrosas” que acarrea -“me asombra haber sobrevivido a ellas”, dice él; y Joanne Woodward: “para Paul la única forma de encontrar cierta paz era emborracharse hasta las trancas”- ese compromiso cívico es una de sus mejores caras. Eso, y la generosidad que le reconocen propios y extraños. “No tengo otros amigos que dediquen tanto tiempo y esfuerzo a apoyarme”, dice George Roy Hill, el director de Dos hombres y un destino y El golpe. Cuando murió en 2008, el obituario que le dedicó The Economist le definía como “el individuo más generoso, en relación a sus ingresos, de Estados Unidos durante todo el siglo XX”.

Junto a sus trabajos en la pantalla (¡El juez de la horca!), esa es la grandeza de un hombre que, efectivamente, se autodisecciona en este libro: “La incertidumbre ha sido una constante para mí. Siempre he estado herido, siempre he necesitado ayuda”.

Un libro con un final que casi podría firmar Woody Allen: “Sólo dispongo de unas pocas convicciones firmes. No creo en el más allá. No creo en la resurrección. No soy un místico ni creo en lo sobrenatural. Pero estoy convencido de que esta vida no es más que un ensayo de vestuario. Cuando muera y me metan en el ataúd, alguien gritará: ¡Corten! Entonces el director, sea quien sea, dirá: De acuerdo, volvamos a la primera posición, volvamos a colocar las cámaras y rodemos la escena de nuevo. Y el ataúd se abrirá y otra vida seguirá su curso. Creo que moriré aún unas siete u ocho veces, hasta que todo acabe siendo solo un chiste”.

Galería de Imágenes

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    Paul Newman, a través de las fotos de su familia

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