Música

Eternamente Pablo

Se apaga la voz del trovador cubano que cantó al amor y a la revolución

Pablo Milanés en una imagen de archivo

EFEPablo Milanés en una imagen de archivo

De qué callada manera se me adentra usted sonriendo, como si fuera la primavera, yo muriendo, yo muriendo.

Se apaga la voz del trovador que cantó al amor, aquel que siempre dijo que la música lo era todo para él, un privilegio que le acompañó desde la infancia y el camino que empleó para expresar sus sentimientos y su manera de pensar. “Con gran dolor y tristeza, lamentamos informar de que el maestro Pablo Milanés ha fallecido la madrugada del 22 de noviembre en Madrid. Agradecemos profundamente todas las muestras de cariño y apoyo, a toda su familia y amigos, en estos momentos tan difíciles. Permanecerá eternamente en nuestra memoria”. Este escueto comunicado, difundido desde las redes sociales del artista, anunciaba la noticia.

Pablo Milanés (Bayamo, Cuba, 1943) con más de una veintena de operaciones a su espalda, llevaba años diagnosticado de cáncer y había superado un trasplante de riñón. El bardo del amor aprendió a vivir con una mala salud de hierro, pero jamás permitió que la enfermedad le amilanara. Hoy deja un legado colmado de himnos, cinco mujeres, siete hijos y nueve nietos (una compartida con el Che).

El más romántico de los rapsodas tan solo necesitó 20 minutos para escribir Yolanda, la canción más sublime de la historia. Mujeriego impenitente, confesó que lo suyo era vivir un solo querer. “Pero lo he diversificado. Mi amor se lo he dado a Yolanda, a Olga, a Zoe, a Sandra y a Nancy. Siempre es el mismo amor, la misma disposición a abrirse, amar y entregarse”. Si Pablo Milanés tuvo talento para componer y cantar, lo atesoró aún más amar y diversificar ese amor.

Cada mujer que pasó por su vida se llevó un canto al salir. Si a Yolanda le compuso Yo no te pido o Yolanda (Si me faltaras no voy a morirme. Si he de morir quiero que sea contigo); a Olga le cantó Para vivir y Olga (Si después de la muerte quien sabe qué viene); A Zoe, Comienzo y final de una verde mañana y Amor (Cuerpo, manos, ojos, pelo, carne y hueso inanimados que cobran vida. Y por eso quiero vivir a tu lado); a Sandra le regaló Sandra (prefiero pensar que nuestro amor es mortal) y para la gallega Nancy interpretó El largo camino de Santiago, Regalo o Cuando tú no estás (Porque cuando tú no estás, todo es ausencia). Todas ellas con la idea de la muerte o la pérdida pululando entre sus versos porque Milanés fue el trovador del amor y de la tristeza.

Ellas fueron las cinco mujeres oficiales, con las que se casó, pero hubo muchas más; como también parece que engendró, eso dicen los rumores, algún vástago que jamás reconoció.

Voz única

Hijo del soldado Ángel Milanés y de la modista Conchita Arias, pronto brotó de su garganta aquella voz dulce, atiplada, única, aquella voz que estaba llamada a enamorar a sus plurales. Su madre forzó el traslado familiar a La Habana, para que el pequeño Pablo pudiera acudir al conservatorio. El niño Milanés creció con los acordes de la música tradicional cubana, aprendió piano y exploró junto a otros creadores nuevas tonalidades y textos.

En 1968 se incorporó al centro de la Canción Protesta de la Casa de las Américas, formó parte del Grupo de Experimentación Sonora (GES) y colaboró con el Cuarteto del Rey y Los Bucaneros antes de arrancar su carrera en solitario y sumarse a la Nueva Trova Cubana, un movimiento musical que entrelazó la tradición musical cubana con temas de arraigado tinte político y revolucionario. De la mano de cantantes como Silvio Rodríguez, Noel Nicola, Eduardo Ramos o Sergio Vitier, aquella trova se enfrentó a las dictaduras de Chile y Argentina, sus voces se convirtieron en el altavoz del alma de la izquierda y del movimiento revolucionario en Latinoamérica.

Dada su naturaleza romántica o mujeriega, según se mire, Milanés aprendió a conciliar el compromiso político con sus soberbias odas al amor y al desamor. Así escribió himnos como El breve espacio en que no estás, Yo no te pido, De que callada manera o Cuanto gané, cuanto perdí al tiempo que ponía música a los versos de Nicolás Guillén y José Martí, mientras componía canciones políticas como Yo pisaré las calles nuevamente, La vida no vale nada, o Yo me quedo.

Nunca se alejó de la isla, necesitaba pisar el malecón cubano de vez en cuando para sentirse vivo.

Revolucionario comprometido fue capaz de criticar la evolución del castrismo al que el óxido del tiempo le robo su esencia. “Soy un abanderado de la revolución, no del Gobierno. Si la revolución se traba, se vuelve ortodoxa, reaccionaria, contraria a las ideas que la originaron, uno tiene que luchar”. Así jamás abandonó sus ideas de izquierdas, alzó siempre la voz contra el racismo, el machismo, las injusticias y la homofobia.

A pesar de las críticas y de los que le llegaron a tachar de gusano, sus conciertos en Cuba siempre fueron todo un acontecimiento. El verano pasado regaló a su público un multitudinario recital en el Coliseo de La Habana. Público y trovador en perfecta comunión protagonizaron toda una declaración de amor y, por qué no, una despedida. Consciente de que la parca le rondaba cerca se despidió de su gente antes de regresar a Vigo, ciudad en la que vivía con Nancy, su última esposa y madre de dos de sus hijos pequeños.

A sus 79 años Pablo Milanés aún conservaba en su mirada esa claridad que rezuman los miopes, la bonhomía de su sonrisa y, lo más llamativo, aún custodiaba la voz vigorosa con la que sobresalió entre todos los componentes de la trova. En el camino se olvidó del zagal de melena afro, aquel que revoluciono el universo musical, ese que llegó a abrazar un par de Premios Grammy, el artista que, además de una extensa discografía, dejó duetos inolvidables con Joan Manuel Serrat, Víctor Manuel, Miguel Ríos, Ana Belén, Aute, Chico Buarque, Armando Manzanero, Gal Costa, Mercedes Sosa, Fito Páez, Soledad Bravo y Simone, entre otros.