Franquismo

Castigar a los rojos: Ángel Viñas y los fundamentos jurídicos e ideológicos de la represión franquista

El escritor junto a Francisco Espinosa y Guillermo Portilla ponen “bajo la lupa crítica de la historia” a “uno de los personajes más siniestros de la dictadura”, el general Acedo Colunga

Ángel Viñas

Ángel Viñas

Decía Günter Grass que la larga sombra del nazismo no terminaba nunca. Algo parecido ocurre con la guerra civil española. Aparte su eventual uso político, los historiadores siguen excavando la veta; y encontrando novedades. La más reciente es la que recoge el libro Castigar a los rojos (Crítica) de Ángel Viñas, Francisco Espinosa y Guillermo Portilla, un trabajo que, como sugiere su título, va al núcleo duro de la represión franquista contra la República. El asunto no va en este caso de hechos ni de cifras, aunque se dan algunas cifras y se explican algunos procesos, como el de Julián Besteiro; se trata de los fundamentos teóricos, jurídicos, ideológicos, de la represión. Además de esa novedad, el libro contiene otra, al poner “bajo la lupa crítica de la historia”, escriben los tres autores, a “uno de los personajes más siniestros de la dictadura franquista”, el general de división del Ejército del Aire y jurídico militar Felipe Acedo Colunga, el autor de la Memoria (Memoria del fiscal del Ejército de Ocupación, era su título) en que se basó el castigo de los rojos. Por lo que respecta en particular a Ángel Viñas, el libro puede verse, y así lo destaca él, como un nuevo eslabón en la tarea a la que se viene aplicando en los últimos años: desmontar los mitos franquistas que algunos se empeñan en mantener vigentes. Mitos como el de quién quiso la guerra (“que fueron los monárquicos”, precisa Viñas) o que la primavera del Frente Popular fuera una orgía de sangre. Tras atacar esas y otras versiones interesadas de lo que ocurrió en 1936, a Viñas se le presentó la ocasión de tratar el asunto susodicho.

Castigar a los Rojos

Castigar a los Rojos

El primer paso lo dio el historiador Francisco Espinosa, que encontró el documento fundamental alrededor del cual gira el libro: la Memoria escrita por Acedo Colunga, lo que en la jerga historiográfica se llama una EPRE (evidencia primaria relevante de época). Tras darla a conocer en algún congreso especializado, se la envió a Ángel Viñas hace tres o cuatro años, y este no tuvo duda de que “allí había un libro”. Como la cosa iba de Derecho, ambos buscaron a un experto en Derecho Penal, Guillermo Portilla, para completar el abordaje de aquella Memoria, de sus circunstancias y, especialmente, de su autor, el oscuro “Acedo Colunga, el gran arquitecto de la represión franquista”, según reza el subtítulo del libro que empezaron cuando empezaba también la pandemia. “Un libro colectivo, escrito a seis manos, del que hemos hecho diez o doce versiones de cada parte, mancomunadamente, con correcciones mutuas”, dice e insiste en ello a lo largo de la entrevista Ángel Viñas.

La Memoria es “un furibundo ataque al derecho civil en beneficio del derecho militar… su modelo era una mezcla de la tradición española procedente del pensamiento reaccionario y del derecho nazi”, como escribe Francisco Espinosa. En palabras de Ángel Viñas, “sienta las bases ideológicas, jurídicas y políticas de la exterminación republicana; combina la Inquisición, el rechazo de las Luces, el repudio de la antiEspaña y la asunción de los principios de Carl Schmitt, el jurista nazi por excelencia. Acedo Colunga asume los principios esenciales del derecho penal de autor, que consiste en juzgar por lo que se es y no por los hechos, como se hizo con los judíos, y que también lo aplicaron los soviéticos”.

Un purasangre fascista

Si la Memoria consiste en eso, su autor, dice Viñas, “es un purasangre fascista, nazi desde antes de la guerra y que ve en ella la oportunidad de lucirse. ¿Cómo? Yendo a lo suyo. Creo, porque hay cosas de las que no hay constancia documental, que lo que le mueve es hacer un alegato para la exterminación física, moral, ideológica y política de la antiEspaña. Y hace circular la memoria urbi et orbi; la manda a todo el mundo, a sus compañeros, a Franco. Acedo Colunga está en contacto con las más altas esferas, así que la distribuye y a todo el mundo le parece bien. Él está en el Cuartel General de Franco, donde hay tipos absolutamente siniestros que han acompañado a Franco desde Tenerife: Blas Pérez y otros, acostumbrados a matar y matar y matar”.

El teniente general y fiscal jefe del bando nacional en la Guerra Civil, Acedo Colunga.

La falta de constancia documental a que se refiere Viñas es un problema para los historiadores de este periodo. ¿Se puede decir que ha habido un borrado de huellas? “Ha habido –dice Viñas- un barrido no completo, pero sí muy importante, hecho por los interesados al jubilarse o por sus sucesores, caso de Serrano Suñer”. Además de que, como escribe Espinosa en el libro, estos archivos siguen en poder de las mismas instituciones que los generaron y se ignora lo que escribieron otros juristas próximos a Franco como el citado Blas Pérez o Lorenzo Martínez Fuset.

Acedo Colunga es nombrado Fiscal Jefe del Ejército de Ocupación en noviembre del 36. El Ejército de Ocupación, explica Viñas, era una forma de llamar a las unidades cuya misión era hacer juicios sumarísimos según se iban ocupando nuevas ciudades. Como tal Fiscal Jefe, Acedo Colunga escribe a finales de 1938, y sin que nadie se la hubiera solicitado, una Memoria, fechada en enero del 39, que pretendía “sentar las bases de una doctrina destinada a ajustar cuentas” (Espinosa).

Un capítulo de la historia de la infamia

Castigar a los rojos, que, por momentos, tiene cierto tono beligerante (no faltan pequeñas pullas al Diccionario biográfico de la Academia de la Historia: “hay cosas que están bien, pero está hecho con los pies, sobre todo a partir de la República”, dice Viñas), se cierra con la reproducción del documento fundamental, la EPRE que es la Memoria de Acedo Colunga. El texto, verborreico y de prosa torturada, tiene indudable valor histórico y arqueológico, y abunda en perlas ante las que no se sabe si reír o temblar. Empieza afirmando que “hay que desinfectar [sic] el solar español”, continúa proclamando la necesidad de desechar “las concepciones sentimentales del humanitarismo de Beccaria” [¡del siglo XVIII!] y sosteniendo “la casi-derogación científica y práctica de los dos principios nullum crimen nulla pena lage e in dubis pro reo [sic]”; y sigue hablando de “una depuración despojada de todo sentimiento de piedad personal” para “eliminar a todos los funcionarios que no estén identificados espiritual y materialmente con todo lo que nuestro Movimiento significa”, afirmando que “podemos transigir con todo menos con el sector rojo de España” y que “los delitos contra el sentimiento religioso hemos de conceptuarlos como Rebelión Militar”, incluyendo como criminales a ciertos estamentos como porteros de casas “de malos antecedentes cuando existiere denuncia contra ellos… y siempre que no probaren su falta de culpa” [es decir, probar la inocencia, recurso inquisitorial que atenta a la base de la justicia] o a “caricaturistas habituales, dibujantes especializados en términos revolucionarios, autores de letras de himnos o cantos” u “organizadores de Centros Deportivos adscritos a la política roja”.

La criatura parida por Acedo Colunga le parece a Viñas merecedora de figurar en la Historia universal de la infamia de Borges. Para él (para Acedo, no para Borges) “todo el derecho es militar, es la militarización de la sociedad” y quizá su aberración suprema consistió, según Ángel Viñas, en invertir los términos en un aspecto esencial. “Según el Código de Justicia Militar de 1896, quienes se sublevan contra el gobierno legítimo son bandas armadas; él sostiene que el único gobierno legítimo es el de los sublevados y convierte en rebeldes a los leales”.

La inspiración inquisitorial y nazi de la Memoria la suscribe también el experto en Derecho Guillermo Portilla, que apunta además al papel de la Iglesia católica en la represión franquista. Esta, dice Portilla, fue decisiva en las condenas impuestas por unos tribunales especiales que identificaban el delito con el pecado. “Acedo Colunga –escribe el catedrático de Derecho Penal- concibió un derecho penal más interesado en evidenciar la supuesta peligrosidad criminal de la ideología republicana que en demostrar la existencia de actos concretos constitutivos del delito de rebelión”.

Felipe Acedo Colunga

El “tenebroso” Acedo Colunga, el “carnicero empedernido”, hizo después de la guerra una carrera brillantísima, al decir de Viñas. Curtido en consejos de guerra, participó en el de Julián Besteiro, del que había sido alumno y para el que pidió la pena de muerte. Al parecer, en el juicio, Acedo lamentó que Besteiro se hubiese apartado del recto camino, ya que, de no descarriarse, habría llegado “a ser un Balmes”. Hombre de la confianza de Franco, Acedo Colunga culminó su carrera política al ser nombrado gobernador civil de Barcelona, cargo al que llegó en 1951 a raíz de la famosa huelga de tranvías de aquel año para sustituir al que permitió que se produjera. Falleció en 1965 y su nombre y su trayectoria cayeron prácticamente en el olvido… Hasta ahora.

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