TEATRO REAL

Arabella: de desconocida a gran acontecimiento operístico de la temporada

El literalmente esperado estreno de Arabella, de Richard Strauss, se vivía anoche con un éxito incontestable, que abarca a la propia obra, inédita en Madrid, así como a su dirección tanto musical como escénica y a las voces protagonistas encabezadas por la soprano Sara Jakubiak, el barítono Josef Wagner, el tenor Matthew Newlin y la soprano Sarah Defrise

Arabella: de desconocida a gran acontecimiento operístico de la temporada

Javier del Real. Teatro RealElena Sancho Pereg (La fiakermilli), Josef Wagner (Mandryka), bailarines y actores.

Si de gran acontecimiento operístico de esta temporada hablaba el director artístico del Real hace unos días, hoy, tras la primera función de las siete programadas de Arabella, puede decirse que, a pesar de estar solo enero, aún con mucho cartel por delante, la velada de anoche será de las que más pesen a la hora de hacer el correspondiente balance del año. Porque el estreno de Arabella en Madrid 90 años después de que se subiera a un escenario por primera vez en Dresde, llenó este martes el teatro de la Plaza de Oriente para ver en persona cómo Madrid saldaba con Strauss la gran deuda que tenía con él a propósito de este título. Una laguna inadmisible, “quizá la más importante en el repertorio del Teatro Real”, en palabras de Joan Matabosch, ahora remediada con la icónica, magnífica y aplaudida producción del director de escena Christof Loy creada originalmente para la Ópera de Gotemburgo. Y lo único que no hubo fue decepción.

Gran perfeccionista, Loy comenzó los ensayos de la cuarta obra de Strauss que sube al escenario del coliseo madrileño el pasado 4 de diciembre. Y, desde el inicio, trabajó con todo y con todos, prestando atención al más mínimo detalle: la forma de hablar o el acento que caracteriza a cada personaje según su origen o rango – gran parte del elenco es alemana o de origen germánico – o los gestos aparentemente insignificantes que, sin embargo, otorgan una inimaginable profundidad dramática. Y tan intenso trabajo, partiendo además de una estructura sólida que sabe de dónde viene pero, sobre todo, a dónde quiere llevar al espectador, por fortuna siempre acaba por alzarse con el más preciado de los premios: el aplauso de un público que anoche vivió entregado, a veces con el corazón desprendido, el alma sobrecogida y la conciencia trastocada, una obra de exquisita factura cargada de intensas emociones. De todo tipo, también desagradables.

Loy despoja la comedia de Strauss de la decoración palaciega y los trajes engalanados, trasformando el lujoso hotel donde vive la familia protagonista de la obra en un blanco espacio diáfano, concebido por el escenógrafo y figurinista Herbert Murauer, en el que unos paneles deslizantes van dejando al descubierto las estancias interiores donde se desarrollan las sucesivas escenas. Una suerte de “caja” que alberga muchas otras en distintos planos, algunos más cercanos para subrayar el carácter psicológico de los protagonistas. No se trata, sin embargo, de una escenografía rígida o monótona como podría desprenderse del aludido concepto de “capas”. Tampoco resulta en ningún momento abstracta, simplemente “liberada” de todo aquello que pueda resultar superfluo a lo que realmente se dirige nuestra atención, es decir, al incesante devenir de los acontecimientos que tienen lugar en un día y una noche, así como en la forma en que los protagonistas han de lidiar con ellos.

La comedia dramática siempre ha sido una importante vía para la crítica política y social. La forma de retratar una sociedad, un régimen, un mundo, que se asoman peligrosamente al abismo. Y que permite, además, colocar frente a un espejo a los protagonistas del momento que se vive, precisamente aquellos que quizás “podrían” contribuir a remediar en algo la situación o, al menos, no seguir apoyándola o escondiéndose de ella. Que se consiga algo, no está nada claro. Aun así, el arte y la cultura no solo viven del entretenimiento. Al contrario, como parte del alma de su creador, sirven para dar testimonio de una época en esta Historia, la nuestra, que siempre, una y otra vez, acaba por repetirse. En la concepción de Arabella no residía, sin embargo, la crítica como principal motor. Cuando en 1927 Strauss escribió a su habitual libretista, el poeta y dramaturgo Hugo von Hofmannsthal, lo que le encargó fue un texto que emulara “El caballero de la rosa”, obra con la que ambos habían triunfado. Quería una nueva comedia romántica que resultara, en palabras del propio compositor bávaro, “divertida y sentimental”, esta vez ambientada en la Viena de 1860, época convulsa que vivía el desmoronamiento de un gran Imperio, como convulso era también el momento en que el compositor eligió empezar a trabajar: el imparable auge del nazismo.

Tuviera Strauss intención o no de hacer crítica con su nueva ópera, en lo que siempre se mostraron interesados compositor y libretista fue en las familias disfuncionales, quizás como recordatorio de su propio origen y pasado. En “Arabella”, la familia sometida al escrutinio de las tablas es la del conde Waldner, un jugador empedernido que ha dilapidado su patrimonio, su intrigante esposa Adelaide y sus dos hijas, Arabella y Zdenka. La ruina que se cierne cada vez más amenazante sobre su acomodada vida es la “excusa” del matrimonio para disponer el destino de sus hijas: a la mayor, la bella Arabella, le aguarda un marido rico que les saque del precipicio y a la pequeña, sin dote siquiera para seguir ese camino, simular que es un chico. El enredo, por supuesto, está servido. Nadie, por mucho que quiera y pretenda, puede controlar los sentimientos. Es la lección que, al final de la obra, Arabella reconoce haber aprendido de su hermana pequeña.

Sin embargo, hasta llegar a ese momento, como tiene que ser en cualquier comedia de enredo que se precie, ocurrirán muchas cosas. Algunas inesperadas y otras, inevitables, que provocarán la montaña rusa de emociones tan impecablemente trabajadas en esta producción que cumple sobradamente con la exquisita profundidad del libreto de Von Hofmannsthal. Zdenka, la hija pequeña, es quien en el inicio del primer acto lleva el peso de la acción. Interpretada con solvencia por la soprano belga Sarah Defrise – se trata de un rol que requiere una fuerte expresividad para mostrar su alto grado de apasionamiento a lo largo de toda la ópera –, Zdenka es la chispa que prende la crisis que mostrará la verdadera personalidad de cada personaje a la hora de afrontar la parte que le toca en el malentendido amoroso que está a punto de dar al traste con la boda de Arabella. Por supuesto, sin intención. También sin demasiado acierto, ya que alimenta el amor que siente por su hermana el hombre a quien ella, a su vez, ama, Matteo. Incluso por encima de su propia felicidad: lo prefiere casado con Arabella a tener que dejar de verle, si esta le rechaza.

A partir de ese momento, la acción en apariencia felizmente encauzada para la romántica Arabella, enamorada del recién llegado terrateniente Mandryca, se complicará hasta el límite en los dos actos siguientes, planteando dudas sobre el amor, el perdón y, cómo no, las diferencias de los caracteres humanos cuando de superar montañas hablamos. Matteo y Madrynca, representan los opuestos y son el ejemplo más claro de que no siempre las personas son quienes aparentan. Ni siquiera quienes ellas mismas creen ser. Ambos apasionadamente enamorados de la misma mujer, se comportarán de la forma en que creeríamos que lo haría su rival. Matteo defendiendo el honor de Arabella a pesar de estar convencido de haber pasado parte de la noche en su cama y Mandryca, profunda e injustamente despechado, desprendiéndose de ese traje de hombre recio y honesto, para sacar su lado más oscuro y ofender con su actitud y sus palabras a todos. También, de manera especial, a quien hasta entonces consideraba su reina. El ovillo, por descontado, logra desenredarse, pero el final dulce para Zdenka ya no se antoja tanto para Arabella. ¿De quién se ha enamorado realmente? ¿Qué vida le espera?

Por su parte, David Afkham, gran conocedor de la música de Richard Strauss, que, después de «Bomarzo» en 2017, dirige su segunda ópera en el foso del coliseo madrileño fue este martes, junto al dúo protagonista, la soprano estadounidense de ascendencia alemana Sara Jakubiak y el barítono austriaco Josef Wagner, el más premiado por el aplauso del público ya desde el inicio del segundo acto. Como en todas las óperas de Richard Strauss, la orquesta tiene un gran protagonismo y en Arabella, está superlativamente concatenada con las intervenciones vocales. Destaca el preludio del Acto III, de fuerte acento sinfónico, donde brilla la extraordinaria capacidad orquestadora de Strauss. Una partitura en definitiva que se interpreta basándose en el texto, describiendo en sus notas los conflictos psicológicos, los elementos cómicos, la confusión, el dramatismo y, por supuesto, el amor. Anticipándose a la acción, notas que expresan igual que las letras. A veces lírica, sentimental, ufana o despreocupada; otras, poderosa, descarnada, abatida o violentada. La vida en un día y una noche. Un logradísimo cóctel de emociones que el trabajo actoral y en general escénico de Chistroff Loy unido al ejecutado por Afkham desde el podio, hacen la ansiada justicia con esta gran obra del compositor alemán.