ENTREVISTA

Albert Boadella: "Hay un par de generaciones que al primer contratiempo recurren al psicólogo, a la química o al suicidio"

Publica "Joven, no me cabree" contra el infantilismo progre. “Los hijos de mi generación, la de mayo del 68, abrimos compuertas, cosas que había que ventilar, pero abrimos demasiado”

Albert Boadella

EFEAlbert Boadella

Que fuera Fernando Savater el presentador del título más reciente de Albert Boadella -Joven, no me cabree, Ediciones B- no es sorprendente. Ambos comparten trincheras, ideas e inquietudes; por ejemplo en el terreno de la educación; asunto que, en cierto modo, está en la base del libro. "Ahora hay un par de generaciones que tienen falta de entrenamiento y de doma, que no han sido correctamente domadas, sobre todo en su infancia", sostiene Boadella.

"En todo el proceso de formación", añade, "desde que un individuo nace a la vida hasta los años de juventud, hay etapas que, algunas, o no han existido o han sido mal implantadas. Los dos o tres primeros años de vida necesitan una doma que contenga los impulsos que son naturales, pero que hay que controlar; luego viene la educación. Hoy los niños son los reyes de la casa, todo se hace en función de ellos, se les ríen todas las gracias; así, el entrenamiento empieza mal. Luego, en el colegio, hay consejos de padres que pueden echar un rapapolvo al profesor si consideran que presiona al niño. Se subvierten los principios de autoridad, sobre todo la autoridad del conocimiento. Al final, hay un par de generaciones poco entrenadas a las dificultades de la vida, y al primer contratiempo recurren al psicólogo, a la química o, lo que es peor, al suicidio, algo que no se había visto antes. Aquí hay un problema que hay que resolver. Son los hijos de mi generación, de la generación de mayo del 68, que abrimos compuertas, cosas que había que ventilar, pero abrimos demasiado; falta el entrenamiento a la dureza de la propia vida. Nosotros quisimos evitarles muchas cosas, algunas razonables, pero otras tocan al mundo natural de la educación".

El libro es un diálogo poco socrático -hay más dureza que ironía- con uno de esos jóvenes malcriados y escasamente domados. "Me busco un antagonista que lo más amable que piensa de mí es que soy un facha", explica el autor del libro. "Está construido con fragmentos de gente que he conocido vinculada a mi magisterio. No es del todo inventado, algunos se podrán reconocer. Me he imaginado un poco a Pla, ese Pla cabreado con el mundo, ante unos discípulos literarios. Yo no estoy cabreado con el mundo; tengo una buena vida, vivo en una masía, con una mujer con la que llevo cuarenta y cinco años, no estoy resentido de nada. Pero mis ideas sí son esas que aparecen en el libro; tengo una seguridad razonable en lo que digo porque han sido comprobadas".

Lo de Pla es tan cierto que Boadella -seguramente en un guiño para enterados- repite con su antagonista lo que, al parecer, le soltó el ampurdanés a Terenci Moix cuando éste fue a entrevistarle: "Perdone, joven. ¿Es usted marica?". La relación entre los protagonistas del libro es así, con una dureza que recuerda las pruebas a las que los maestros orientales sometían a sus discípulos en su camino de iniciación.

"Es como se hacía antes", argumenta Boadella. "En el taller de Verrocchio, Leonardo haría trabajos inferiores antes de empezar a pintar. A mí, mis padres me empujaron a aprender un oficio manual, que fue el de grabador y cincelador de metal. Los tres primeros meses lo que hice fue barrer el taller y limpiar las herramientas; eso era parte del aprendizaje. Me fue más útil que el paso por la escuela de teatro de Estrasburgo".

La factoría académica

Lo anterior puede relacionarse con su poco optimista visión de la universidad actual, a la que llama "la factoría académica" y considera un escarnio a sus esencias. "Sin duda", corrobora en la entrevista. "Antes tendía más a la excelencia; ahora es masiva, burocrática, politizada. Yo no puedo expresar mis ideas en la universidad, me hacen escarches. Y no me parece el lugar más adecuado para ciertos oficios artísticos, como las Bellas Artes. Es mejor ser aprendiz de un pintor, es más útil para llegar al conocimiento de ese oficio. Creo que la universidad no debería tener ciertas materias. La universidad me tenía que haber pagado unos aprendices cuando yo estaba en Els Joglars".

Entrando ya en materia teatral (Joven, no me cabree tiene esas dos patas: hablar de su oficio y flagelar al "infantilismo progresista de la sociedad actual", como reza el subtítulo), Boadella sostiene en el libro que el ingenio y la malicia conforman núcleo esencial del teatro. "Hay que ser muy malicioso para organizar una falsedad en hora y media y tener al público encandilado. Y el ingenio, obviamente", explica. Sostiene también que Beethoven es más importante que Shakespeare para un autor. "No sabemos lo que hacían los griegos en Epidauro o cómo se representaba a Shakespeare en El Globo. La cadencia, el tiempo, el dominio del tiempo, que está en todas las artes, es un elemento muy importante. Que se vea el ingenio y la malicia de Beethoven para explotar unos temas. Y en Shakespeare cuesta más encontrar eso".

Dado el tipo de libro que es, no faltan en él afirmaciones rotundas, casi aforismos. Como estos: "Engañar a la gente más fácil que convencerla de que la han engañado". O "la moral progre es laxa en lo esencial, inquisitorial en lo superfluo". "Cuando la gente está engañada es una labor titánica hacerles ver la realidad. Lo veo en mi tribu en Cataluña. Están engañados totalmente; es un engaño histórico, social, sobre la solidaridad,… pero siguen votando lo mismo", dice, ampliando la primera afirmación.

Y sobre la moral: "Es lo que tenemos ahora, auténticas ocurrencias en todos los campos, el animalismo, el feminismo, el cambio climático. Y se legisla sobre eso con posibilidad de incurrir en delito. Este me parece un camino peligroso, inquisitorial, sobre cosas superfluas. El animalismo se ha convertido en tabú y quien lo toca es masacrado; es peligroso. Todo eso provoca una autocensura en gente que trabaja con la expresión pública. Es un mundo obsesionado con cabrear a lo que considera conservador o facha; aquello que no les gusta a sus antagonistas, a ellos les parece bueno. Lo que les mueve en el fondo es esto. La izquierda se ha encontrado con que la derecha ha asumido sus principios básicos: la escuela pública, el subsidio de paro, la sanidad pública, incluso el aborto. Y se ha encontrado sin espacio y ha entrado en las ocurrencias. Lo vemos aquí, en Francia, en Italia, en Alemania".

Hablando de Italia… "Desconozco la sociedad italiana que conocía más hace treinta años. Se me hace difícil tener un criterio asentado sobre lo que pasa allí", dice Boadella. "Pero las democracias se van degradando y hay gente que busca medidas populistas para parar esa degradación. En España hay un gobierno que tiene aliados que están por la destrucción de la nación española. Esto es una corrupción de la democracia, de la igualdad, como lo es la desigualdad fiscal por el Concierto Vasco. Los catalanes desprecian la lengua común, riéndose de los tribunales y sin que se ponga remedio. Esto es una corrupción de la democracia que provoca que salga gente que quiera acabar con esto. Es una situación de alto riesgo porque la medicina a aplicar puede tener consecuencias letales. Está por ver su eficacia porque no hemos visto gobernar a Vox o a Le Pen; veremos a Meloni. Desconfío un poco de esto; no sé si vamos a salir del fuego para caer en las brasas. Pero sí hay una degradación de la democracia que afecta a los grandes partidos".

"La belleza siempre es transgresora"

Por cierto ¿qué fue de Tabarnia, ese Estado imaginario que se niega a seguir el procés y quiere seguir en España? "Sale de cuando en cuando, sale y hace sus parodias. Tuvo su momento al empezar el procés. Colocamos un espejo ante la ridiculez de lo que estaban haciendo. Ahora su ridículo es insuperable. No quisimos hacer una salida política, que hubiera sido posible, pero hubiera afectado a partidos con cierta penetración. En Francia, Coluche también se tiró para atrás".

Aunque asegura que el suyo es un oficio de exhibicionistas, él es pudoroso, o lo es por comparación con Sánchez Dragó con el que escribió un libro al alimón hace unos años, y frente al que quedaba como un modelo de pudibundez. "Tengo un pudor personal sobre mi intimidad", aclara. "No se me ocurre contar lo que hago en la alcoba con mi mujer. Pero pertenezco a un gremio exhibicionista. Y en estas historias que escribo sobre mi vida hay una exhibición".

Quizá por ese pudor, el día del orgullo gay, otra diana de sus dardos, le resulta "chabacano y grotesco". "La exhibición me parece una memez. Me parece fantástico que cada uno haga lo que quiera con sus aparatos reproductores, pero el orgullo gay me parece de un exhibicionismo cursi, deleznable. No es ni divertido. Me divertiría verlo en Teherán, pero en democracia me parece un exhibicionismo ridículo y casposo".

Pero también dijo en alguna ocasión que hay que practicar el mal gusto, que el bueno es sinónimo de poder y moda. No hay contradicción: "La Venus de Velázquez era de mal gusto en su momento. Yo estoy por la transgresión a través de la belleza. La belleza, que es la verdad, siempre es transgresora".