80 AÑOS DE UN MITO ETERNO

Siempre nos quedará 'Casablanca', la película más amada de la historia del cine

Nació como un pequeño proyecto propagandístico, se rodó en el caos más absoluto y, sin embargo, se convirtió en uno de los títulos más legendarios del cine. Un clásico inagotable con Bogart y Bergman como la quintaesencia de un amor imposible que aún perdura 80 años después de su estreno

Siempre nos quedará 'Casablanca', la película más amada de la historia del cine

WARNER BROSBogart y Bergman dieron vida en 'Casablanca' a una de las parejas más legendarias del celuloide

El tiempo pasará y, sin embargo, las notas de piano y la inolvidable melodía que emana de la boca de Sam siguen resonando en el Café de Rick, como si el tiempo se hubiera detenido en la Casablanca que inmortalizó la Warner Bros en 1942. Pese a haber transcurrido 80 años desde su estreno, el filme mantiene intacto su poder de seguir sorprendiendo al espectador una y otra vez, como la primera vez que la vio. Es la magia de una película eterna, la de una historia de amor imposible que traspasa la pantalla gracias a la magnética pareja formada por Humphrey Bogart e Ingrid Bergman.

Casablanca es una película hecha del material de los sueños de Hollywood, que apenas necesita presentación y de la que se han escrito decenas de artículos, ensayos, libros y tesis doctorales. Es cine en estado puro. Para muchos, la PELÍCULA. Así, en mayúsculas. Todo un mito, no solo del séptimo arte sino también de la cultura occidental del siglo XX, alabado por los círculos más dispares, incluso ajenos del cine. Nacida de una suerte de casualidades, el cine tal y como lo conocemos hoy no sería lo que es, si no se hubiera rodado jamás Casablanca.

Un caótico rodaje salvado por el talento

Casablanca es todo lo contrario a lo que hoy se entiende como cine de autor. Es fruto de la creación colectiva y del talento de la Warner Bros de la época. A los mandos, el director Michael Curtiz; la mítica banda sonora a cargo de Max Steiner, que venía de componer la música de Lo que el viento se llevó; el brillante y ácido guion fue fruto de la colaboración de los hermanos Julius y Philip Epstein y Howard E. Koch. Humphrey Bogart e Ingrid Bergman pusieron la guinda al pastel con unas interpretaciones memorables. Ninguno de ellos pudo vislumbrar que estaban contribuyendo a crear una película que tocaría el techo del séptimo arte.

La Warner promocionó Casablanca como el típico romance de la época y Hal B. Wallis, el jefazo del estudio, que tampoco creía mucho en sus posibilidades, la trató como un mero melodrama propagandístico antinazi de serie B. Las circunstancias en las que nació no hacían presagiar nada bueno. Con un bajo presupuesto, un guion inconcluso, rodada íntegramente en estudios y sobreponiéndose a decenas de adversidades, la película fue fruto de un cúmulo de casualidades que obraron el milagro.

WARNER BROS | La película está basada en la obra teatral 'Everybody comes to Rick’s'

La película atravesó una larga travesía por el desierto hasta que vio la luz. Nació como una obra teatral, Everybody comes to Rick’s (Todo el mundo viene al bar de Rick), que jamás había sido representada y cuyos autores, Joan Alison y Murray Burnett, eran dos auténticos desconocidos. Habían sacado la idea de un viaje a Europa en 1938, en el que habían sido testigos de los primeros avatares de los refugiados que huían del nazismo y cómo un crisol de nacionalidades se citaba en un local nocturno del sur de Francia, probablemente la inspiración para el Café de Rick.

No obstante, el libreto permaneció en el cajón guardando polvo durante varios años hasta que llegó a la Warner el 8 de diciembre de 1941, un día después del ataque japonés a Pearl Harbor que desencadenó la entrada de Estados Unidos en la II Guerra Mundial.

Pese a que la Warner calificó al filme como una “tontería sofisticada”, sabía que sacaría rédito en la taquilla si se daba prisa en adaptar una obra con marcado trasfondo ideológico ante el aluvión de películas que se habían empezado a rodar con el propósito de alimentar el patriotismo estadounidense en el conflicto bélico.

El baile de directores comenzó con Howard Hawks y William Wyler, dos de los cineastas más reputados del momento, pero declinaron la oferta por falta de interés o estar inmersos en otros proyectos. Finalmente y casi por descarte, la película cayó en manos de Michael Curtiz, un director todoterreno que no gozaba de las simpatías de una crítica que siempre le había considerado un mero artesano. Sin embargo, el cineasta de origen húngaro tenía a su favor varios taquillazos en los años 30 como Robin de los bosques o el biopic musical Yanqui Dandy.

Casablanca fue cobrando forma sobre la marcha con múltiples improvisaciones. Su guion dio muchos quebraderos de cabeza y fue escrito y reescrito cientos de veces. Se creó una primera versión a cargo de dos guionistas que luego fueron sustituidos por los gemelos Epstein, responsables del tono irónico y cínico de la película. Como no lo habían terminado y estaban hasta arriba de trabajo, la Warner decidió contratar a otro guionista para trabajar otros aspectos del argumento. El elegido fue Howard E. Koch, que venía de escribir el guion radiofónico de La guerra de los mundos junto a Orson Welles. Incluso, hubo otro guionista y que no figura en los créditos, Casey Robinson, que también hizo aportaciones y escribió escenas durante el rocambolesco rodaje.

Así las cosas, con un guion incompleto hasta el último día de rodaje y una guerra total entre guionistas, el optimismo sobre el resultado final de la película brillaba por su ausencia. Se cuenta en muchos libros sobre el rodaje de Casablanca que hasta el propio Wallis escribió algunos diálogos, como es el caso de la célebre frase del final en la que el personaje de Bogart le dice al de Claude Rains: “Louis, presiento que este es el comienzo de una hermosa amistad”.

El amor en tiempos de guerra

Casablanca es una película de amores imposibles, guerra y salvoconductos. Es, ante todo, uno de los grandes dramas románticos de todos los tiempos. Se trata de la historia de un amor que renace de sus cenizas, con Bogart y Bergman como la quintaesencia del amor imposible. “El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”, se lamentaba Ilsa al ver que la guerra se interpondría entre ella y su amante tras la llegada a París de las tropas alemanas. Con una historia así, de pasiones seccionadas por el sinsentido bélico y reencuentros conmovedores, no es de extrañar que la película ocupe desde hace décadas el primer puesto en la lista de las ‘mayores historias de amor’ del cine en la lista elaborada por el American Film Institute.

Rodada en plena Segunda Guerra Mundial, Casablanca es también un thriller con trasfondo político que sigue la senda iniciada años antes por la exitosa Argel (1938) y en el que el exotismo de Argelia se traslada a un Marruecos francés cada vez más cercado por la contienda internacional. La película no esconde sus fines propagandísticos para tratar de convencer al pueblo estadounidense de que había que abandonar la tradicional neutralidad del país ante la barbarie de la guerra. De hecho, el personaje de Bogart, que vira de la indiferencia más absoluta ante el conflicto a renunciar a su amor en aras de la lucha contra el nazismo, es una metáfora de lo que Estados Unidos podía lograr si abandonaba su tradicional aislacionismo.

La película tenía previsto distribuirse en la primavera de 1943, pero el conflicto se encargó de precipitar los acontecimientos. El 8 de noviembre de 1942 las tropas estadounidenses desembarcaron en el norte de África para contrarrestar el avance de las fuerzas del Eje y la ciudad de Casablanca era mencionada en todos los noticiarios. Hal B. Wallis, que se las sabía todas, estuvo atento al contexto bélico y decidió adelantar al 26 de noviembre la fecha del estreno para aprovechar la coincidencia. Sin embargo, el estreno general en Estados Unidos tuvo que esperar hasta el 23 de enero de 1943, recibiendo una calurosa acogida por parte del público y de la crítica.

Cartelera del cine Callao de Madrid donde se anuncia Casablanca

A España no llegó hasta 1946, y con la censura franquista haciendo de las suyas. Ocultó a través del doblaje que Rick había luchado en el bando republicando durante la Guerra Civil como miembro de las Brigadas Internacionales, y se mutilaron algunas escenas que ensalzaban el sentimiento antifascista, como aquella en la que los soldados alemanes cantan su himno y los franceses les desafían haciendo lo propio con La Marsellesa.

La película es de una militancia política abrumadora que, incluso, llegó a influir en la diplomacia de EEUU. Cuentan varios libros sobre Casablanca que el presidente Theodor Roosvelt lloró al ver su proyección en la Nochevieja de 1942 y que, curiosamente, diez días después viajó a Casablanca para reunirse con Winston Churchill y cambiar el posicionamiento de su país en la campaña militar en el norte de África. Si realmente sucedieron así los hechos no se sabrá con exactitud, pero lo que sí es indiscutible es el poder propagandístico que tuvo la película en el contexto bélico.

El mito de Bogart

Junto a Marylin Monroe, Humphrey Bogart es probablemente el mito más universal que ha dado el cine. Su inconfundible figura -con su sombrero, su cigarrillo, su característica voz y su gélida mirada hacia las mujeres, está ligada al mejor cine negro de Hollywood (El sueño eterno, Tener y no tener, Cayo Largo). Sin embargo, su amplio registro interpretativo también le llevó a desenvolverse con soltura en otros géneros, como la comedia (La reina de África y Sabrina) o el western (El tesoro de Sierra Madre). Pero por encima de todo, ‘Bogie’ representó como ningún otro actor al arquetipo de antihéroe indómito, cínico y desencantado de la vida, pero poseedor de una nobleza apabullante.

El actor neoyorkino se hizo un hueco en el cine interpretando a gánsteres y villanos en películas de serie B de la Warner Bros durante la década de los años 30. Su espaldarazo definitivo en el cine llegó en 1941 de la mano de Sam Spade, el rudo detective de Dashiell Hammett en un clásico absoluto del cine negro, El halcón maltés. Ya convertido en una gran estrella, llegó el turno de Casablanca, la película que añadió un aura romántica a su imagen y le impuso como un galán de insólito atractivo. Había nacido un mito cuya influencia en el cine alcanzaría posteriormente a otros grandes actores como Robert Mitchum, Marlon Brando o Robert De Niro,

El papel de Rick Blaine le iba como un guante a la medida de Bogart. Fue su interpretación más memorable, por la que eternamente será recordado. Construyó el personaje de un hombre desengañado que protege su desgarrado corazón con una dosis extraordinaria de cinismo e ironía. Es algo así como el clásico norteamericano de la literatura de Ernest Hemingway que ha aprendido a moverse en un mundo corrupto para poder sobrevivir. Los diálogos más ácidos de la película son aquellos que salen de su boca, como uno de los que mantiene con el oficial nazi Heinrik Strasser.

Mayor Strasser. “¿Cuál es su nacionalidad?”

Rick: “Soy borracho”.

Su abrumador sarcasmo también queda patente en otra escena con el perfecto de policía Renault.

Renault: “¿Pero, por qué demonios vino a Casablanca”.

Rick: “Mi salud. Vine a Casablanca a tomar las aguas.

Renault: “¿Qué aguas? ¿Qué aguas? ¿Las del desierto?”

Rick: “Bueno, me informaron mal”.

Nadie en la Warner se planteó que Bogart no fuera el personaje que da vida al propietario del selecto Café Americain. Los guionistas de la película lo tenían claro y escribieron el personaje pensando en él. Y el productor, Hal B, Wallis, también tuvo clara su elección desde el principio, pese a leyendas y algunos curiosos bulos publicitarios que llegaron a situar en el casting inicial a George Raft o Ronald Reagan, entre otros actores.

La confusión de una actriz en estado de gracia

Bogart culminó una interpretación redonda, pero Ingrid Bergman tampoco le fue a la zaga. Estuvo sublime en el papel de Ilsa Lund. Descubierta por el todopoderoso productor David O. Selznick, la actriz sueca había aterrizado en Hollywood tres años antes para convertirse en la nueva Greta Garbo, aunque alejada de la imagen de diosa inalcanzable de su compatriota. Bergman había construido una aureola de naturalidad y pureza, esa misma que brilló en Casablanca. La intérprete nórdica nunca ha estado más bella en una película, como cuando le pide a Sam que toque al piano As time goes by o en la desgarradora secuencia final, cuando Rick convence a Ilsa para que suba con su marido a bordo del avión que les trasladará a Lisboa.

La actriz crea junto a Bogart una de las parejas más legendarias del celuloide. La química existente entre ambos queda patente en todas y cada una de las escenas que comparten. Él a través de su dialéctica, ella con su forma de amar con la mirada, mil veces imitada en el cine y nunca superada. El magnetismo que desprendían, no obstante, lo lograron a pesar de que ambos apenas tenían relación fuera de las cámaras y con la certeza de que el público iba a rechazar la película de pleno y sus carreras se irían al infierno.

WARNER BROS | Bogart y Bergman desprenden magia en la pantalla, pero no se soportaban durante el rodaje

Bergman estuvo desorientada durante todo el rodaje sobre lo que que debía sentir por Bogart y Henreid, y no paraba de preguntar al director a quién tenía que mirar con ojos de enamorada. De hecho, la confusa actriz no supo hasta el último día de rodaje si su personaje se subiría al avión con el uno o con el otro. Toda esta incertidumbre favoreció, sin duda, a la ambivalencia emocional de la actuación de Bergman y al éxito arrollador de la película.

Bergman no lo tuvo fácil para hacerse con el papel. La actriz escandinava, que aún no había alcanzado la fama que se presumía a su llegada a la meca del cine, no era ni de lejos la primera opción del productor. La favorita era la austriaca Hedy Lamarr, pero en ese momento no estaba disponible. Tantearon a Ann Sheridan, a la que Michael Curtiz había dirigido en Ángeles con caras sucias junto a Humphrey Bogart. También fue considerada la francesa Michele Morgan, pero pedía la friolera de 55.000 dólares por protagonizar la película y fue descartada. Y en esas entró en acción Ingrid Bergman.

Su fichaje se antojaba complicado. La actriz nórdica acababa de ser contratada para incorporarse al rodaje de Por quién doblan las campanas y pertenecía a la Metro Goldwyn Mayer. Unos obstáculos que el testarudo Wallis logró sortear al pedir que O’Selznick le prestara la actriz por 25.000 dólares. Su actuación le convirtió en una estrella de primer nivel de la noche a la mañana, siendo adorada por el público y venerada por la crítica. Llegó a ser la actriz más icónica de la década de los años 40 con papeles memorables, como los de Luz que agoniza, Encadenados y, por encima de todos, el de la dulce heroína de Casablanca.

El resto del elenco de secundarios también está formidable. Un excelente reparto conformado por un casting  internacional, con intérpretes como el inglés Claude Rains en el papel del corrupto pero leal prefecto de policía Louis Renault; el también actor inglés Sidney Greensetreet en el papel del orondo Ferrari; el austriaco Paul Henreid como Viktor Laszlo, el héroe de la resistencia antinazi y rival de Rick por el amor de Ilsa, o los alemanes Conrad Veidt y Peter Lorre como el mayor Strasser y el contrabandista Guillermo Ugarte, respectivamente.

WARNER BROS | Humphrey Bogart y Dooley Wilson en una escena de Casablanca

Mención aparte merece la actuación de un desconocido cantante y actor llamado Dooley Wilson, que fue el encargado de inmortalizar al pianista más famoso del cine, Sam, cuyo personaje estaba destinado en principio a dos grandes estrellas del jazz, Ella Fitzgerald o Lena Horne. Sin la más remota idea de tocar el piano -lo suyo era la batería-, el actor tuvo que aprender a marchas forzadas cómo simular que tocaba este instrumento musical.

El final feliz de una canción inolvidable

Es inevitable no tararear durante días después de haber visto Casablanca la canción estrella de la película, As time goes by (El tiempo pasará). El melancólico tema fue compuesto en 1931 por Herman Hupfeld para una comedia musical de Broadway llamada Everybody’s Welcome e interpretado en aquel momento por Frances Williams. Otros artistas lo interpretaron durante los años 30, pero no se convirtió en un éxito hasta que Warner Bros decidió incluirla para una de las escenas más recordadas de la película en la voz de Dooley Wilson.

Aquella escena dio lugar a una célebre confusión que se ha perpetuado con el tiempo. Contrariamente a lo que creen muchos aficionados al cine, en los diálogos entre Sam y el personaje de Ingrid Bergman, nunca se dice “Tócala otra vez, Sam” (“Play it again, Sam”, en inglés), sino “Tócala, Sam” (“Play it, Sam, play”). Buena culpa de esta falsa creencia la tiene Woody Allen y el título original de la película protagonizada por el actor y director en 1972, que en España se tituló como Sueños de un seductor.

As time goes by es un momento único en Casablanca y una de las claves de su éxito, pero también lo es dentro de la historia del cine y sus bandas sonoras. Un tema tan mítico como la propia película y que está considerada, según el American Film Institute, la segunda canción más famosa de la historia del cine, solo superada por Over the Rainbow en El Mago de Oz.

Cuesta creer hoy en día que la inolvidable canción estuviera a punto de ser suprimida porque el compositor de la película, Max Steiner, la odiaba y persuadió al productor para que le permitiera reemplazarla por otra de composición propia. Pero como Casablanca es una sucesión de felices casualidades, As time goes by no se eliminó afortunadamente del metraje gracias a que Ingrid Bergman se había cortado el pelo para su papel en Por quién doblan las campanas y no pudo volver a rodar las escenas necesarias.

El tema ha tenido decenas de versiones en todos los idiomas, incluida una en español interpretada por los cubanos Ibrahim Ferrer y Omara Portuondo. La más célebre de todas ellas es la que grabó Carly Simon en 1987, casi tan popular como la original. Artistas de la talla de Frank Sinatra, Bong Crosby, Louis Armstrong, Nat King Cole, Jimmy Durante o Rod Stewart, entre muchos otros, se han atrevido a grabar e interpretar la maravillosa melodía.

Nace el culto a 'Casablanca'

Casablanca es una de las películas más mitificadas de la historia del cine, una nostálgica reliquia de un Hollywood que ya no existe. Pero qué es lo que la hace tan cautivadora para nuestros abuelos, nuestros padres y probablemente a nuestros hijos el día de mañana. Quizás sea la propia artificiosidad cinematográfica que no trata de esconder. Quizás sea porque exuda cine por todos sus poros. En sus diálogos, sus planos, su fotografía, su ambientación, sus decorados de cartón piedra, sus actuaciones. Tiene una fuerza dramática inusitada y verosímil en la que permanecen el amor y la soledad, los ideales y la amistad. Y, sobre todo, permanece el cine. Son 102 minutos de leyenda en los que no importa cuántas veces los hayamos visto, siempre parecen la primera vez. Es su magia. El de una obra de arte que perdura al paso de los años, el refugio eterno para los que se disfrutan apasionadamente del cine.

Cartel promocional de Casablanca

Sin embargo, el mito que ha llegado de Casablanca hasta hoy no siempre fue así. Pese a que la película cosechó un gran éxito en su momento y la Academia de Hollywood supo recompensar su impronta con tres Oscar (mejor película, mejor director y mejor guion adaptado), el nacimiento del culto al filme no tuvo lugar hasta 1957, cuando un cineclub universitario, el Brattle Theater de Cambridge, en Massachussets, decidió volver a proyectarla.

El éxito fue apabullante. Los estudiantes de Harvard y otras universidades cercanas atiborraron la sala y el Brattle prorrogó su exhibición durante tres semanas más, convirtiéndose en una tradición en los años siguientes con motivo de los exámenes finales. La muerte de Bogart también contribuyó a perpetuar las reprogramaciones.

Sin embargo, los espectadores no se limitaban a ver la película y muchos de ellos vivían su historia con la película acudiendo a la proyección vestidos como el personaje de Bogart y recitando sus diálogos cuando éste lo hacía en la pantalla. En otras ciudades de EEUU empezó a suceder lo mismo. En Nueva York, muchas salas minoritarias batían récords de taquilla cada que pasaban el clásico de la Warner y en otras muchas ciudades se celebraban festivales de Bogart.

En los años 60 siguió creciendo el culto hasta dar el salto a Europa. El público francés empieza a reivindicar la película e incluso la revolucionaria Nouvelle Vague empieza a dedicarle loas y alabanzas en varios artículos. La leyenda de Bogart se internacionaliza hasta el punto que Al final de la escapada, la película de Jean-Luc Godard que definió el movimiento, el personaje interpretado por Jean-Paul Belmondo se detiene frente a un póster de una película del actor intentando imitar a su ídolo.

Es evidente que, pese a los 80 años transcurridos, el poder de atracción de la película sobre los espectadores ha seguido intacto. Un poder que se ha manifestado en los resultados de sus pases en los cine y la televisión y en la acogida de la serie de objetos de coleccionismo basados en el filme. Un icono de la cultura popular que ha dejado como legado multitud de frases para el recuerdo y que el imaginario colectivo se ha encargado de incorporar como suyas hasta incorporarlas en el lenguaje cotidiano.

“Tócala, Sam”, “Siempre nos quedará París”, “Creo que este es el principio de una gran amistad”, “Los alemanes iban de gris y tú ibas vestida de azul, “Capturen a los sospechosos de siempre”, son algunas de ellas, muchas de las cuales figuran entre las 100 mejores citas según el American Film Institute, siendo el clásico del cine que más citas ha regalado para la historia. Casablanca, asimismo, ostenta el título de mejor guion de la historia del cine, según el criterio del sindicato de guionistas de Estados Unidos, por delante de El Padrino o Ciudadano Kane.

Casablanca es inagotable. Un monumento al séptimo arte que década tras década acrecenta su leyenda y que seguirá aguantando revisiones con el paso del tiempo y ampliando fieles. Quienes no la han visto aún lo celebrarán porque probablemente le jurarán amor eterno, mientras que los que ya lo han hecho seguirán volviendo a ella porque saben que en ella se encuentra la eternidad del cine. 

A los cinéfilos siempre les quedará Casablanca, "la película más amada de la historia", como dijo el genial Billy Wilder.

Sobre el autor de esta publicación

Samuel Jiménez

Samuel Jiménez (Madrid, 1980) es redactor en Republica.com. Sus primeros contactos con el periodismo fueron en radio, aunque la mayor parte de su trayectoria profesional está ligada a la prensa digital, primero en Estrella Digital y desde hace cinco años en este diario. El cine es una de sus grandes pasiones y disfruta de esa cinefilia en cada uno de los artículos que escribe sobre el séptimo arte. Buena parte de su trabajo también lo dedica a temas sociales, tratando de que el periodismo haga reaccionar al lector frente a las injusticias.