Ley trans: habría que pensarlo bien

La ministra de Igualdad, Irene Montero

EFELa ministra de Igualdad, Irene Montero

Se está produciendo, en España, un debate desordenado y bronco a cuenta de la nueva ley* que dará carta de naturaleza a la sustitución de la categoría sexo por la de identidad de género. Esto significa que cualquier varón podrá “auto determinarse” mujer con su deseo y su palabra como único requisito. Voy a tratar, en estas breves líneas de explicar lo que esta iniciativa, desde mi punto de vista muy poco reflexionada por el actual gobierno, significa para la lucha por los derechos de las mujeres.

Si hay una verdad que cruza fronteras y no se detiene en ninguna parte ni exime a ninguna civilización es la desigualdad entre hombres y mujeres, o si se prefiere, el predominio del sexo masculino sobre el femenino. En este caso además, no nos referimos a una minoría excluida sino a una mayoría discriminada por estructuras sociales construidas hace siglos. Sobra decir que el grado de desigualdad entre mujeres y hombres está directamente relacionado con la cultura de los distintos colectivos sociales y es relativo en cuanto a los niveles de renta, formación, etc. Pero lo cierto es que dentro de cada grupo humano se repite una misma pauta: las mujeres son “más desiguales” que los hombres.

Desde sus orígenes la causa del feminismo se ha levantado contra la tradición cultural, religiosa, sexual, política y social, que, ha construido una muralla de discriminacion, injusticia y violencia, en torno al sexo femenino.

Durante siglos la filosofía, la ciencia, la literatura y las religiones afirmaron que nuestra condición subordinada venía determinada por nuestra biología y que ello era inmutable. Entonces, Simone de Beauvoir identificó el ingente contenido cultural que va moldeando la realidad de las mujeres, “una mujer no nace, se hace”. Lo que nos enseñaron de Beauvoir y muchas otras es que no es el sexo con el que nacemos sino el género cultural, aprendido e impuesto, el que debemos deconstruir, al que debemos derrotar.

Desde finales del siglo XVIII la lucha de las mujeres por su emancipación ha consistido en enfrentarse a los estereotipos asociados a nuestro sexo. Son estos los que impedían -y todavía lo hacen hoy en muchas regiones del mundo- que las mujeres recibieran educación o pudieran heredar o que trabajaran sin permiso expreso de un varón. Las leyes, asociadas a esa tradición, prohibían a las mujeres votar o administrar su patrimonio, viajar o elegir marido. Es la maldita estructura de roles la que nos hace vulnerables a la violencia masculina en todas sus formas y la que mantiene privadas de sus derechos más básicos a millones de mujeres en el mundo.

La razón por la que el feminismo se opone, mayoritariamente, a las exigencias del movimiento queer, que consagra la nueva ley, tiene dos motivos fundamentales. El primero es que, el identitarismo de género consolida los estereotipos y roles contra los que hemos luchado siempre. Las mujeres (y los hombres) deben poder saltar todas las barreras y romper todos los moldes que reducen nuestras capacidades y constriñen nuestra personalidad sin que ello suponga renunciar al sexo con el que nacimos. La segunda es que si sustituimos la definición legal de sexo por la definición legal de identidad de género estaremos ignorando las enormes desigualdades que que sufren las personas de sexo femenino. Si ser mujer se convierte en un hecho subjetivo las mujeres quedarán borradas.

A partir de ahora, un hombre que rechace tratamientos hormonales, quirúrgicos y psicológicos puede identificarse como mujer y nadie debería impedírselo. El problema es que será reconocido, legalmente y a todos los efectos, como mujer. Sus datos personales, laborales, médicos, etc, quedarán registrados en las estadísticas que corresponden al sexo femenino. Si participa en una competición deportiva, si ingresa en prisión o en un hospital, lo estará haciendo una mujer.

Más allá de si se está de acuerdo o se discrepa de la ley que comienza su tramitación urgente en el Congreso de los Diputados, ¿no sería razonable que nos detuviéramos a analizar y valorar, seriamente y sin prejuicios, el contenido de lo que está a punto de legislarse y sus efectos?

En el Reino Unido, los procesos de transición de las adolescentes y jóvenes han aumentado un 4.400%. Los expertos hablan de un auténtico y descontrolado contagio social. La disforia de género de origen temprano debe ser objeto de preocupación, estudio y atención; madres y padres afirman estar alarmados por una realidad que se les plantea en casa, de manera abrupta. La adolescencia es una etapa de búsqueda acelerada de identidad y es vital acompañarla con cautela vigilando la presión externa que ejercen los grupos, las redes sociales, las modas…

No es discutible que las personas trans merecen protección, solidaridad y reconocimiento pero la presión, casi siempre hostil y agresiva, del activismo queer para saltar por encima de las categorías biológicas y, así, convertir su identidad sentida en sexo legalmente registrado va a generar una gran confusión legal y, en todo caso, representa una enmienda a la totalidad para el feminismo. Habría que pensarlo bien.

* Proyecto de Ley para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas LGTBI