Después del verano…

Planta nuclear en Lingen, Alemania

EFEPlanta nuclear en Lingen, Alemania

Va a ser este otro verano raro, y ya llevamos tres. Pandemia, guerra, inflación, mega incendios e incertidumbre, mucha incertidumbre ante el inmediato futuro.

En este escenario y a pesar de todas las dificultades, las playas, los aviones y los trenes, las carreteras y los hoteles están a rebosar de gente que quiere disfrutar de un tiempo de descanso. La mayoría de españoles, y ello a pesar de los mensajes inquietantes que anuncian un otoño “difícil”, han optado por un  oportuno “carpe diem” y, después del verano, ya veremos…

Bien está que nos regalemos unas semanas de veraneo que siempre se hacen cortas, sobre todo para quiénes crecimos con veranos de 3 meses ¿lo recuerdan? Era durante esa parte de nuestra vida en la que no había incertidumbres. Acudamos pues a la nostalgia; el lugar de los recuerdos alojados en la parte brillante de la memoria. Y, después del verano, ya veremos…

Formo parte de las personas privilegiadas por una infancia feliz y segura. A estas alturas de mi vida creo que esa suerte marca la diferencia entre los que vamos bien pertrechados para afrontar la vida adulta y quiénes tendrán que superar muchos más obstáculos. Hoy sabemos hasta qué punto haber recibido cariño y gozado de bienestar en la niñez, condiciona nuestra personalidad y cómo el sufrimiento infantil o las carencias afectivas, en esos primeros años, se convierten en un herida larga de sanar.

Nuestros veranos eran largos y mediterráneos. Seguro que en el norte también lo habríamos pasado bien pero, entonces, no recordaría ese tiempo inundado de luz, de olor a jazmín y del gusto de las ciruelas amarillas, y tampoco me conectaría automáticamente a mi infancia el potente sonido de las cigarras.

La playa de mi niñez no es de arena sino de cantos rodados, redondos y calientes, que no te ensucian ni se te pegan a la piel, siempre limpios y llenos de posibilidades: coleccionar los que tienen forma de corazón, recoger todas las piedras color ámbar o las grandotas para, más tarde, dibujar sobre ellas la cúpula azul de la iglesia. Nosotras correteábamos por esa playa de piedras sin zapatillas y sin hacernos daño; era nuestro suelo cálido y firme.

También eran muy largas las siestas en las que aprendimos a leer y a aburrirnos. Mi padre decía que aburrirse era muy bueno. Y, a lo largo de los años, he comprobado cuánta razón tenía.

La casa de verano estaba llena de gente que nos quería y nos cuidaba; precisamente por eso teníamos horarios estrictos y normas de educación; así se llamaban.

Si avanzo un poco en la pantalla de los recuerdos me veo cantando y bailando en la terraza por la noche, delante de los mayores; padres, abuelos y amigos. Preparábamos una suerte de festival de la canción, poesía y teatro convencidas de que allí se estaba gestando nuestra segura y brillante carrera artística.

Nuestra casa de Altea tenía personalidad. Llena de vida, se bastaba ella sola para ser un lugar mágico. De pequeñas, por las tardes, explorábamos el jardín y el huerto o trepábamos por el bancal de las vecinas para adentrarnos en zona prohibida y, hasta la hora de la cena, “no había niñas”.

Mis veranos están rodeados de cañas y naranjos, de flores y aromas dulces, de canciones y de historias fantásticas que hacen crecer. La memoria de mi primera infancia sabe a pan tostado con aceite y sal y a paella marinera cocinada por mi abuelo. Nada malo podía pasar.

Al levantarnos de la siesta cogíamos en la terraza capullos de jazmín para hacer bronchas y collares. Según pasaba la tarde la flor se iba abriendo y llegábamos a la noche envueltas en esa fragancia. El jazmín sigue siendo mi aroma preferido, el que busco siempre y he encontrado en muchos lugares del mundo en los que me siento como en casa.

Algunas veces, durante las largas tertulias vespertinas de las que disfrutaban los mayores, escuchábamos sin ser vistas para tratar de descubrir secretos. Aparentemente, nuestros padres y abuelos y sus amigos hacían planes: “cuando acabe el verano…”

Y no lo entendíamos porque para nosotras, el verano era infinito.