Carta de Irina

destrozos causados por proyectiles rusos en el barrio Saltivka, en Járkov (Ucrania)

EFEguerra de Ucrania

Kiev, 2 de junio de 2022

Mi querida Elena,

Llevo semanas queriendo escribirte para contestar a tu última carta que me hizo tanto bien. Saber que la vida sigue, allí en España, que tienes cerca a todos tus niños y que tus padres están bien, es un pequeño soplo de optimismo en este tiempo tan amargo en Ucrania.

Me pides que te cuente cómo estoy y, la verdad, es que debo pararme a pensarlo. La batalla constante por sobrevivir y la difícil tarea de cuidar a los tuyos no deja casi tiempo para reflexionar y sentir. Simplemente, eso da igual. Hay que conseguir las medicinas de la abuela Bodgana, ya sabes lo delicada que está del corazón. Me paso días enteros tratando de encontrar sus medicamentos en farmacias desabastecidas o cerradas. Su cardiólogo nos dejó recetas antes de irse pero ya sólo me quedan dos. Las niñas están bien, es increíble su capacidad de adaptación a una vida tan distinta a la que tenían antes de la agresión rusa. Como hemos comentado a veces, me preocupaba un poco el carácter caprichoso de la pequeña Sophía pero desde que empezó este infierno no ha vuelto a pedir nada; ni juguetes, ni dulces, ni mi constante atención. Ha madurado 10 años en tan sólo unos meses. Eso me apena, aunque supongo que es inevitable.

En la guerra todo se vuelve relativo, hay tanta gente pasándolo peor que uno que no queda espacio para la autocompasión.

De nuestras colegas del centro de mujeres solo puedo decirte que siguen luchando a brazo partido para proteger a todas las víctimas de los enfrentamientos y también a las que, siendo más vulnerables - niñas, muchas veces -, son pieza fácil para los explotadores y proxenetas que aprovechan la situación. El centro de acogida para mujeres maltratadas se ha reconvertido en un refugio para sobrevivientes de la guerra…Desgraciadamente la situación dificulta los tímidos avances que las feministas estábamos empezando a lograr en mi país. La guerra es el territorio de los hombres y de la misoginia; a nosotras la guerra nos borra.

Trato de seguir la información internacional sobre Ucrania pero es muy complicado, primero porque internet funciona muy mal y segundo porque ¡no tengo tiempo!

Me preocupa mucho que nuestros aliados se cansen de su apoyo a nuestra causa y a nuestro pueblo. Veo que el impacto de la guerra se está sintiendo mucho a escala global, y no me extrañaría que los gobiernos europeos, afectados por el descontento social, empiecen a pensar en buscar una salida negociada con Putin. Será terrible. En las zonas del país que ya controlan los rusos la esperanza para los ucranianos ya no existe. Y, sobre todo, si acabamos cediendo ante Moscú ¿para qué habrán servido tanto dolor y tantas muertes? La geopolítica tiene poco que ver con nuestros valores y con nuestras vidas, es cierto, pero dar una victoria a Putin sería un grave error que pagarán también otros pueblos.

Aquí escuchamos que la guerra tiene que resolverse antes del invierno y que Putin aún no ha lanzado su ofensiva final. ¿Qué más puede pasarnos, Elena? Han muerto muchos, muchísimos niños; otros han quedado heridos para siempre o huérfanos. Entonces piensas ¿un trozo de tierra vale más que todas esas vidas? Pero es tu país, tu gente que quiere ser libre y no está dispuesta a arrodillarse ante un gobernante cruel con delirios neo imperialistas. Supongo que todos los pueblos agredidos tienen las mismas dudas.

Nosotros dependemos de que los políticos europeos no bajen los brazos y de que la gente no nos olvide. La épica de la resistencia se agota, amiga, el tiempo pesa, aplasta.

Hay ya 6 millones y medio de compatriotas desplazados dentro del país y 4 millones y medio están fuera. Nos iríamos muchos más, si pudiéramos. Una no se acostumbra nunca al miedo.

A veces pienso que algo hemos debido hacer muy mal para que en el siglo XXI estemos volviendo a vivir una guerra, a consumir armas, a aumentar el gasto militar, a pisotear todo el derecho internacional y humanitario y a poner en riesgo la seguridad mundial.

Aquí, en Ucrania, cuando dentro de un refugio, hay niños y niñas, escribimos con pintura roja “Dity!” para que los rusos lo sepan y no bombardeen; pero lo hacen igual. ¿No es eso retroceder en la propia civilización?

Mi querida Elena, sigue escribiéndome, me gusta recibir tus cartas y las fotos. Disfruta del verano, tú que puedes. Brinda conmigo en la distancia con una de esas cervezas bien frías que volveremos a tomarnos juntas.

Recibe todo mi cariño y dulce recuerdo,

Irina Marchenka