El Mundo desordenado

El primer ministro italiano, Mario Draghi, en la cumbre de la OTAN celebrada en Madrid antes de la críticas de Salvini

Europa PressCumbre OTAN

La Cumbre de la OTAN, celebrada con éxito en España los días 29 y 30 de junio, ha deparado momentos brillantes, decisiones de gran calado y un mensaje sólido de unidad de los países occidentales como no se daba desde hace décadas.

La injustificable invasión de Ucrania por el ejército ruso ha sido la trágica pero útil amalgama que le faltaba a la OTAN para ampliarse, renovarse y consolidar el bloque. Se trata de un efecto colateral que no debió imaginar el propio Putin, o tal vez sí.

La incorporación de Suecia y Finlandia a la Alianza, la actualización del Nuevo Concepto Estratégico con la inclusión de nuevos desafíos como el cambio climático, el ciberespacio, el terrorismo y una - aún tímida - mirada al Sur, así como el mensaje contundente de permanecer al lado de Ucrania, constituyen objetivos cumplidos e inimaginables hace tan sólo un año. Todo ello son buenas noticias. El gobierno español ha conseguido proyectar una magnífica imagen del país y ello a pesar de las serias disensiones que mantienen los dos partidos coaligados en materias tan sensibles como la política exterior y de seguridad y las alianzas internacionales - entre muchas otras diferencias que están socavando la credibilidad del Ejecutivo -.

Sucede que, a pesar de los esfuerzos encomiables de las llamadas democracias liberales por organizarse en un compacto bloque político-militar, todo lo que queda fuera de ese marco se aleja y contradice la voluntad de un orden mundial equilibrado y seguro. Así, África, gran parte de Asia y de América Latina no están siguiendo la lógica del club Euroatlántico. En amplias regiones del mundo no quieren elegir entre Occidente y Rusia; consideran que ha llegado la hora de ajustar un equilibrio muy escorado hacia los Estados Unidos y sus aliados. En la pasada Cumbre de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) quedó claro que no se haría seguidismo de la postura occidental. Y en la reunión que mantuvo el Presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, con los miembros de la Unión Africana, Macky Sall, Presidente de Senegal y de la UA, resumió su posición con una afirmación llena de sentido: “ nosotros no estamos en el debate sobre quién tiene razón, queremos, sencillamente, tener acceso a los cereales y a los fertilizantes”. Los dirigentes africanos saben que van a enfrentarse a una hambruna de proporciones ingentes en los próximos meses.

Jean-Marie Guéhenno, ex secretario general adjunto de la OTAN se ha expresado en estos términos: “muchos países, sin llegar a defender la agresión rusa, no se molestarán porque el mundo deje de ser unipolar y ven en la guerra de Ucrania más una batalla para restablecer una relación de fuerza con Europa que una batalla sobre principios que todos han violado”.

En otro orden de cosas, China e India están comprando el crudo ruso y, por lo tanto, haciendo casi inocuas para Putin las sanciones sobre la energía dictadas en Occidente. Es un hecho que tras la firma de su acuerdo de cooperación, en febrero de este año, China y Rusia están más cerca que nunca. Putin y Xi Jinping han priorizado su enemistad compartida contra los Estados Unidos frente a las diferencias estratégicas que hasta ahora mantenían. Es otro de esos efectos colaterales que también debieron estar previstos cuando Putin lanzó su invasión contra Ucrania; el día después de su Cumbre con el Presidente chino.

El fondo del problema es el regreso a una dinámica de polarización y a una espiral de conflictos en el mundo. El poso que dejan las decisiones adoptadas en la Cumbre Atlántica de Madrid es el de una geopolítica marcada por una nueva carrera armamentista - incluida la nuclear - en la que habrá que invertir decenas de millones de dólares y por un abandono resignado de la política y la diplomacia de apaciguamiento.

Es indiscutible que Occidente debe plantar cara al delirio imperialista de Putin y que no vamos a abandonar a Ucrania pero, a veces, parecería que la guerra de Putin es solo una excusa para la verdadera partida que juegan en el tablero mundial los dos gigantes: Estados Unidos y China. La Unión Europea se queda sin margen para desarrollar lo que Borrell llamó la fórmula Sinatra “my way”; una posición propia, autónoma e inteligente con respecto a China que es nuestro principal socio comercial y sin cuyo concurso será imposible alcanzar, por ejemplo, el equilibrio climático.

La Alianza Atlántica está llamada a defender mejor a sus países miembros y el compromiso ha quedado bien sellado en Madrid. Pero la sola estrategia defensiva no garantiza un mundo más seguro y en paz que debe ser el objetivo último de las democracias defensoras del Estado de Derecho, la justicia y el equilibrio internacional. No bastará con las armas ni será útil la dinámica de polarización. Un mundo complejo e interdependiente necesita la política, la conversación con el adversario, la diplomacia que rebaja las tensiones y los actores que medien en la búsqueda de amplios acuerdos, en definitiva, se trata de seguir apostando por el multilateralismo. No hay una forma más eficaz, justa e inteligente de construir el orden mundial.