Ni todas las mujeres somos putas, ni todos los hombres son puteros

Europa PressExplotación sexual

Lo veo imposible pero qué importante sería que pudiéramos abordar la cuestión de la prostitución sin llenar el debate de prejuicios, de banalidades y de insultos; sabiendo de lo que hablamos y haciendo ese ejercicio, tan inteligente como en desuso, que consiste en ponerse en el lugar del otro/a.

¿Podemos intentarlo?

La primera y sencilla pregunta que debemos hacernos es la siguiente: ¿porqué la inmensa mayoría de quiénes compran sexo son varones y la inmensa mayoría de las que se prostituyen son mujeres? Los datos de las organizaciones, los expertos/as y las agencias internacionales fijan en más del 95% la incidencia del fenómeno para ambas categorías. Los porcentajes son tan apabullantes que cualquiera que se acerque al debate sobre la prostitución debería considerarlos como elemento central del análisis. Cuando la realidad es tan desigual para uno y otro sexo es porque estamos ante un hecho de profundas raíces culturales: los más difíciles de abordar y de transformar, sin duda.

La discriminación que sufren las mujeres, en todo el mundo, es histórica, estructural, económica, política y social. Viene determinada por una desigualdad de origen ancestral en la que el cuerpo de las mujeres ha sido un territorio dominado por los varones. Por otro lado, la construcción de la identidad masculina se sustenta, en gran medida, sobre su vigor sexual, más bien híper sexual. Desde mi punto de vista, ambos sexos y no sólo el femenino, son víctimas de esta cultura que llamamos patriarcal.

La segunda pregunta, también muy simple, es: ¿por qué la inmensa mayoría de las mujeres que ejercen la prostitución son víctimas del tráfico de personas y proceden de países empobrecidos? Según las Naciones Unidas, la forma más común del comercio de seres humanos es el que se dedica a la explotación sexual: 79%. Y los datos para España indican que más del 80% de las mujeres prostituidas son víctimas de ese tráfico criminal. Aunque puede haber algunas excepciones, no tiene mucho sentido negar que las mujeres que se prostituyen lo hacen por una situación de necesidad y de desamparo además de constituir la categoría más estigmatizada de la cadena social. La narrativa - muy documentada y al alcance de todos - sobre las condiciones de vida de todas esas mujeres en los burdeles o viviendas clandestinas de nuestras ciudades, no deja lugar a la duda: son explotadas, sufren todo tipo de violencias y vejaciones, no son libres para entrar o salir y, en definitiva, carecen de los derechos que reclamamos para cualquiera de nosotros.

Quiénes se acercan al actual debate sobre la necesidad de ir erradicando la prostitución o bien de convertirla en una profesión “como cualquier otra” deben plantearse la reflexión desde estas premisas contrastadas y verificables en cualquier país del mundo.

Estoy convencida de que hay muchos hombres que consideran que la prostitución es una forma de explotación intolerable y por eso rechazo las generalizaciones y las simplificaciones que, muchas veces, acompañan esta discusión. Necesitamos voces masculinas porque no habrá transformación de la desigualdad que sufren las mujeres sin el concurso de los varones que creen en nuestra libertad.

Por último, más allá de la sociología de la prostitución, sería útil abordar el problema desde una perspectiva ética; el espacio que debe importarle a una sociedad decente y el mejor legado que podemos dejar a nuestros jóvenes. También se trata de un ejercicio muy sencillo y que está en la base de un comportamiento acorde con la empatía ante el sufrimiento: ponerse en el lugar del otro, de la otra en este caso. El hombre que se acerca a un burdel y pasa un buen rato de ocio o de placer tiene enfrente a una mujer muchas veces menor de edad, cuyo cuerpo es alquilado hasta 12 veces al día y que vive un auténtico infierno físico, psicológico y afectivo.

¡Me pregunto cuántos hombres, incluso los que son “clientes”, querrían eso para sus hijas, madres o hermanas!

Algunos dirán que hay mujeres que se prostituyen libremente y es cierto, aunque representan un muy bajo porcentaje en el conjunto. Pero no son esas las mujeres de las que aquí hablamos. Cuándo hayamos logrado abolir la explotación sexual, cuyas víctimas son la mayoría de las mujeres prostituidas, podremos abordar del ejercicio de la prostitución elegida. Ese no es el problema en este momento.

Conviene recordar que la poderosa industria del sexo se nutre de la clandestinidad, el dinero negro y de una lógica mafiosa en la que imperan el miedo, la extorsión y la violencia. Se trata de una industria que podríamos catalogar como híper capitalista con grandes márgenes de beneficio para los empresarios frente a la desprotección total de las “trabajadoras”. Por eso resulta inverosímil que exista una izquierda que cuestione la necesidad de penalizar a los proxenetas y a todos aquellos cuyos beneficios provienen de la explotación ajena.

Enfrentamos uno de esos debates sociales y culturales que requieren mucha pedagogía y poca demagogia y una buena dosis de ética. Hacer leyes es muy necesario, cambiar las costumbres y creencias es más importante y el camino es más largo.