Cambio climático, precios de la energía y la política exterior europea

En Glasgow empieza la nueva Conferencia de las Naciones Unidas sobre cambio climático, la denominada COP26. Combatir el cambio climático es un imperativo global en el que la UE tiene un gran papel y responsabilidad.

La COP26 se produce en un momento de fuertes tensiones en los precios de la energía , en particular del gas que se trasmiten a los de la electricidad. Y las políticas para hacer frente al cambio climático tienen un gran componente geopolítico, por lo que son verdaderas políticas exteriores sobre todo para la UE ya que afectaran a sus proveedores de energía carbonada y , si se llega a aplicar el mecanismo fiscal de ajuste del carbono en frontera, a todos los proveedores de productos en cuya producción se haya generado mas emisiones de Co2 que en sus homólogos europeos.

Los europeos solo somos en este momento responsables del 8 % de las emisiones mundiales de CO2 por lo que solos no podemos resolver el problema. Necesitamos un gran acuerdo global, un gran "Green deal" a escala planetaria. Y Glasgow es una ocasión para ello. Pero la actual subida de los precios del gas y la electricidad no van a ayudar a crear el mejor ambiente porque habrá quien le eche la culpa a la política contra el cambio climático o a las consideraciones geopolíticas. Mientras esperamos los desarrollos de la COP26, puede ser interesante analizar las causas de la subida de los precios energéticos desde la perspectiva de la política exterior de la UE

La reciente , desde medidos del pasado verano, subida de los precios de la energía se debe a una serie de factores entre los que destacan la elevada demanda global de gas y la notable recuperación económica post-pandemia. Los mercados de gas europeo y asiático (principalmente China, Japón, Tailandia y Corea del Sur) están vinculados ya que se abastecen de los mismos proveedores. China se ha convertido en el mayor importador de Gas Natural Licuado (GNL) con un aumento del 20% en 2021. Todo ello configura una tendencia global que afecta a muchos países independientemente de dónde estén o los acuerdos comerciales que tengan. También ha afectado un verano muy cálido y poco ventoso y varias centrales nucleares paradas por mantenimiento de forma simultanea. Pero estos son factores muy coyunturales que no pueden marcar una tendencia aunque si empeorar una coyuntura si por ejemplo este invierno fuera muy frío.

La cuestión es saber si este aumento de la demanda es transitorio y responde a la recuperación post pandemia o a causas mas estructurales. Hay buenas razones para pensar que este shock pueda ser transitorio, pero el mero hecho de que se haya producido plantea cuestiones importantes para la UE tanto de carácter interno como externo.

Europa debe actuar debido a que el alza del precio de la electricidad conlleva el riesgo de aumentar la pobreza energética, de desestabilizar gobiernos, de hacer descarrilar la recuperación económica, de socavar el apoyo político y social a la transición verde en los Estados miembros y de aumentar nuestra vulnerabilidad en las relaciones con determinados países como Rusia.

Para hacer frente al aumento de los precios de la energía, desde la Comisión Europea hemos presentado recientemente una Comunicación para movilizar los instrumentos de los que la UE dispone y que los Estados miembros pueden utilizar a corto plazo Casi todos los han hecho ya, como reducir el tipo del IVA y/u otros impuestos sobre la energía, adoptar medidas para apoyar a los consumidores vulnerables y mediante apoyos temporales a hogares y pequeñas empresas. Como se indica en la Comunicación conjunta, todas ellas cumplen con las normas de la UE. Pero no atacan el fondo del problema, sino que pretenden mitigar sus consecuencias

En efecto, estas medidas mitigan el impacto de la subida de precios distribuyendo su coste entre todos los contribuyentes. Por ello, soy de los que creen que también debemos revisar las normas que rigen nuestros mercados de la electricidad y el gas aunque hacerlo solo sea posible a medio plazo. Con la normativa actual de la UE, el precio del gas determina de facto el precio de la electricidad y debemos analizar si el modelo actual es el mejor para alcanzar los objetivos del Green Deal y de la agenda geopolítica de la UE.

El aumento de los precios de la energía plantea problemas importantes para la política exterior y de seguridad de la UE. Nuestra dependencia exterior de los combustibles fósiles es mayor que en casi todas las demás regiones del mundo porque hemos sido los primeros en industrializarnos y, por tanto, hemos agotado la mayoría de los combustibles fósiles en nuestro territorio. En 2019, según Eurostat, la tasa de dependencia externa de la UE27 era del 70% para el carbón, del 90% para el gas natural y del 97% para el petróleo. Ese mismo año, según Eurostat, importamos combustibles fósiles por valor de 363.000 millones de euros, el 2,6% de nuestro PIB o el equivalente del coste de más de 9 millones de empleos europeos. Y además, esta dependencia externa aumenta año tras año y esta muy concentrada en algunos países como Rusia que suministra el 40 % del gas que consumimos todos los europeos y en algunos países mucho más todavía.

Esta fuerte dependencia externa es una importante razón importante para impulsar la descarbonización que se suma a la urgencia de la lucha contra el cambio climático. La dirección está fijada y tenemos que acelerar según lo acordado en abril en el Pacto Verde Europeo al comprometernos legalmente a reducir nuestras emisiones de gases de efecto invernadero en un 55 % en 2030 y a ser neutros en carbono en 2050.

La transición energética irá acompañada, sin duda, de un aumento del precio de los combustibles fósiles para desincentivar su uso. Para eso hemos inventado los derechos a emitir CO2 que se cotizan en los mercados financieros y me temo que ya están siendo objeto de especulación. Sin embargo, este aumento debe ser gradual y controlado para dar tiempo a todas las partes afectadas a adaptarse de forma ordenada a la nueva situación. Los shocks de precios como el actual generan el riesgo de poner en peligro la descarbonización al afectar negativamente a la economía y debilitar el apoyo social a las medidas de lucha contra el cambio climático.

Para limitar los diversos riesgos relacionados con las crisis de los precios de la energía, debemos garantizar mejor la seguridad energética de la UE. Ello implica actuar proactivamente para diversificar nuestras propias fuentes, proveedores y rutas, para ayudar a otros países a acelerar su propia transición energética y para contribuir a estabilizar nuestro entorno internacional de forma particular en nuestra amplia vecindad.

La seguridad energética es una razón importante para que los europeos redoblemos los esfuerzos para contribuir a la estabilidad del Mediterráneo Oriental (una zona gran potencial energético incluidas las renovables) y en el Golfo (a través del acuerdo nuclear con Irán/JCPoA o ayudando a Irak). Los países del Golfo siguen dependiendo en gran medida de las exportaciones de petróleo y gas pero también comparten la necesidad de hacer la transición a las renovables, una cuestión en la que podemos cooperar, así como en la adaptación para hacer frente a los problemas de seguridad de abastecimiento de agua. También necesitan seguir siendo proveedores fiables si quieren serlo también en el futuro con otros suministros como, por ejemplo, el hidrógeno verde.

La seguridad energética también es relevante cuando ayudamos a estabilizar la región del Sahel y países como Libia o Mozambique e intentamos evitar que el terrorismo se extienda por el continente africano. Esta es también una razón por la que debemos ser un proveedor global de seguridad marítima, como ya lo somos con EUNAVFOR Atalanta, para ayudar a combatir la piratería radicada en Somalia, con nuestro nuevo planteamiento de Presencias Marítimas Coordinadas (PMC) en la costa de África Occidental.

Por último, nuestra dependencia energética es una de las cuestiones clave en nuestras relaciones con Rusia. Si bien está cumpliendo con los contratos de suministro, Rusia está contribuyendo a la subida de precios al no estar introduciendo, como podría, más gas en el sistema europeo. Como he dicho muchas veces, compartimos continente con Rusia y sigue siendo un actor vital en numerosos frentes. Por tanto, no tenemos otra alternativa que desarrollar una relación que sea equilibrada y estratégica". La UE depende de Rusia para las importaciones de combustibles fósiles, pero la economía y el Estado rusos también necesitan los ingresos que pagamos. El suministro energético es una de las razones importantes por las que la UE debe actuar más cohesionada en su relación con Rusia. Esto no siempre ha sido así en el pasado y para superar esta crisis debemos avanzar en esta dirección. La propuesta del gobierno español de compras de gas todos los países europeos juntos como hemos hecho con las vacunas es un buen ejemplo de lo que haría que hacer.

En cualquier caso, la actual subida de los precios de la energía y la lucha contra el cambio climático son buenas razones para que Europa actué más unida en la escena global y en las relaciones con nuestros vecinos. Aislados, ninguno de nosotros puede abordar esta cuestión.

Esta crisis exige una gobernanza energética mundial mejor coordinada, más inclusiva y coherente para garantizar tanto el pleno funcionamiento de los mercados mundiales como una energía asequible a lo largo de la transición verde para todos los habitantes del mundo. Debemos poner esta cuestión sobre la mesa en foros internacionales como la Agencia Internacional de la Energía y el G20. En 2008, cuando los precios del petróleo eran muy altos, pedimos una conferencia internacional de proveedores y compradores. Podríamos hacer una propuesta similar en relación con el gas. El mercado mundial del gas no tiene un actor obvio como la OPEP para el petróleo. Una mayor coordinación internacional no reducirá automáticamente su precio, pero el hecho de que el mundo actúe visiblemente unido podría contribuir a calmar los mercados especulativos.

La descarbonización de nuestras economías es una tarea clave para la UE. Será el reto que definirá el siglo XXI y que marcará el futuro de la humanidad. La cuestión principal será proporcionar energía adecuada a toda la población que hoy consume muy poca energía (o nada), al tiempo que se lucha contra el cambio climático. En 2019, 759 millones de personas seguían sin tener electricidad. No les podemos decir que en la atmosfera ya no hay lugar para ellos porque nosotros empezamos antes y hemos agotado su capacidad de absorción de C02. Hay que producir mas energía pero al mismo tiempo descarbonizando su producción. Y teniendo en cuenta de que actualmente 80 % del mix energético mundial es energía carbonada, carbón, petróleo y gas, no va a ser una tarea fácil. No deberíamos minusvalorarla.

Conseguir la transición verde de una forma social y geopolíticamente justa es un delicado proceso que debe evitar los shocks a corto plazo y que debe coordinarse con nuestra política exterior y de seguridad. Es una gran cuestión de equidad y eficacia a nivel de cada país y de la comunidad internacional. De como la abordemos depende nuestra supervivencia a medio plazo pero también muchas peligrosas tensiones sociales y políticas en el corto plazo. Esperemos que así lo entiendan los representantes de todos los países en Glasgow.