Fin de un agitado verano: la UE ante los problemas de su vecindad

El verano se acaba ha sido especialmente agitado, y no solo a causa del Covid que no cesa. A pesar de las vacaciones, la política exterior nunca se detiene porque el mundo nunca se para. Pero en este pasado agosto del 2020 hemos vivido una larga sucesión de crisis en nuestra mas próxima vecindad: Líbano, Bielorrusia, Mediterráneo oriental, y finalmente con Mali. Y no parece que vayan a tener una solución rápida y satisfactoria como pudimos constatar en el Consejo informal de ministros de asuntos exteriores, lo que en la jerga comunitaria se llama el “Gymnich“, que celebramos en Berlín los pasados 27 y 28 de agosto. Esta reunión, que se celebra al principio de cada presidencia rotatoria del Consejo de la Unión Europea, (¡¡ a no confundir con el Consejo Europeo ¡¡¡) sirve para marcar el camino a seguir en estos próximos seis meses durante los cuales es urgente reforzar la influencia de Europa en el mundo.

Uno de los eventos más destacados del verano ha sido la explosión devastadora del 4 de agosto en el Líbano. Entre escenas apocalípticas, el siniestro causó por lo menos 220 muertos, dejó a miles heridos y centenares de miles sin casa y provocó daños valorados en mas de 15.000 M de euros. Además, sus repercusiones afectarán al sistema político del país evidenciando la urgencia de las reformas necesarias (y conocidas desde hace tiempo) que permitan superar la captura del estado por parte de élites incapaces de una buena gestión.

Ahora, en plena pandemia del COVID-19, las reformas no pueden posponerse más. La Unión Europea ha demostrado solidaridad con los ciudadanos del Líbano en este momento de máxima necesidad. Continuaremos apoyando con ayuda humanitaria y también, en coordinación con el Fondo Monetario Internacional, con ayuda financiera destinada a mejorar la situación macroeconómica. Pero todo ello requerirá reformas profundas en la gobernanza política del país con un nuevo acuerdo político, que, por supuesto, debe ser forjado por los libaneses.

Pocos días más tarde, el 9 de agosto, se celebraron elecciones presidenciales en Bielorrusia. Siempre supimos que el régimen de Lukashenko nunca permitiría elecciones libres y justas. No las habido desde hace muchos años. Pero el anuncio de su reelección con el 80% de los votos, a pesar de numerosos indicios en sentido contrario, ha sido una flagrante negación del deseo de cambio de los ciudadanos bielorrusos. Y la respuesta del régimen a las manifestaciones multitudinarias ha consistido en arrestos masivos y violencia policial. De manera ejemplar e impresionante, los ciudadanos de Bielorrusia han salido a la calle una y otra vez pidiendo respeto para sus derechos democráticos.

En la UE hemos dejado claro que no reconocemos el resultado de las elecciones y que damos todo nuestro apoyo a estas aspiraciones democráticas; que un diálogo nacional es necesario y urgente; y que impondremos sanciones a los responsables del fraude electoral y posterior violencia.. Tal como manifesté con claridad al ministro ruso de Asuntos Exteriores, Sergey Lavrov, en la última conversación que hemos mantenido, no se trata de un problema geopolítico en el que Bielorrusia tenga que escoger entre la UE y Rusia, pero los bielorrusos necesitan y tendrán nuestro apoyo en sus reivindicaciones democráticas.

El 18 de agosto, el presidente y el primer ministro de Mali fueron depuestos por un golpe de estado militar. Fue rechazado inmediatamente por inconstitucional tanto por la UE como por la Unión Africana y la ECOWAS (Comunidad Económica de Estados de África occidental). Se trata de otro recordatorio de las crisis profundamente enraizadas que afectan al país y el Sahel en su gobernanza, seguridad y desarrollo. Un golpe militar no es una respuesta correcta en ningún caso, pero la situación nos obliga a analizar cómo cambiar la manera en que la UE presta su apoyo a una población que desea por encima de todo seguridad y un desarrollo económico inclusivo.

La mayor crisis ha sido la que se ha desarrollado durante todo el verano en el Mediterráneo oriental, que ha ido subiendo de tono a medida que Turquía avanzaba en la prospección sísmica en busca de recursos gasísticos en aguas reclamadas por Grecia y Chipre. Tratando de prevenir esos acontecimientos, en julio, antes de intentar tomar algunos días de vacaciones, ya había visitado Grecia y Chipre así como Turquía, y mantuve el contacto durante todo el verano, entrevistándome, el 6 de agosto, con el ministro turco de Asuntos Exteriores en Malta. Una reunión que se frustró porque ese mismo día Atenas anuncio un acuerdo con Egipto sobre delimitación de sus aguas territoriales que provoco el enfado turco y acabó con el intento de negociación que Alemania había estado propiciando.

Nuestro objetivo en esta crisis principal es y será mantener una fuerte solidaridad con los estados miembros de la UE y, al mismo tiempo, desescalar las tensiones y afrontar mediante el dialogo y la negociación los complejos e interrelacionados problemas del Mediterráneo oriental. En agosto, la situación experimentó un giro negativo que conllevó el riesgo de desencadenar un conflicto. Hubo que convocar de urgencia un Consejo de Asuntos Exteriores el 14 de agosto, seguido de un Consejo Europeo el 19 del mismo mes al sumarse la crisis de Bielorusia a la del Mediterráneo.

Las relaciones de la Unión Europea con Turquía son complejas y tienen múltiples aspectos: Turquía es un vecino y un socio para Europa en muchos terrenos; un aliado en la OTAN; y ambas partes queremos mantener un acuerdo cooperativo en inmigración. Pero la dinámica política interna en Turquía y el papel que juega en la región son cada vez más problemáticos con demostraciones de poder que también tienen lugar en Siria, y Libia.

Debemos definir una estrategia de largo plazo firme y equilibrada para las relaciones entre la Unión Europea y Turquía que tenga en cuenta en primer lugar la solidaridad con los estados miembros más afectados y que la diplomacia solo funciona si todas las partes invierten en la generación de confianza mutua.

En el encuentro en formato Gymnich en Berlín, los ministros de Asuntos Exteriores de la UE tratamos estos asuntos y las consecuentes crisis geopolíticas. Fue encuentro bianual informal, concebido para discutir los temas sin llevar corbata y sin la presión de tener que tomar decisiones formales. Pero la corbata se impone cada vez más y la presión de los acontecimientos exige adoptar posiciones políticas mas que reflexiones con una cierta distancia de la realidad. Pero es necesario llevar a cabo una reflexión con mejor perspectiva y mayor profundidad sobre cómo afrontar el conjunto de nuestras relaciones con Turquía, con Rusia, nuestra involucración en el Sahel y, sobre todo, cómo podemos reforzar nuestra autonomía estratégica para el mundo que vendrá después de la pandemia. He expresado con anterioridad que Europa debe posicionarse como un “socio de elección” para los demás, un socio prioritario e imprescindible. Con principios, pero no dogmático. Abierto, pero no débil. Progresista, pero no ingenuo. Y preparado para actuar multilateralmente donde podamos y de forma autónoma si así debemos.

Al acabar el verano voy a entrar el noveno mes de mi mandato como Alto Representante para la política exterior y de seguridad común y a la vez como vicepresidente de la Comisión Europea, lo que en la jerga de Bruselas se llama el HRVP. Y creo que existe una consciencia colectiva de la seriedad de los retos que tenemos tanto en nuestro vecindario como los que se originan por las tendencias globales de nuestro mundo . Está claro que nos enfrentamos a actores cada vez más asertivos y que algunos actúan con un marco conceptual con resonancias imperiales, estando dispuestos a desplegar una gran variedad de muestras de su poder a escala global. Y frente a ellos, es necesario reconocer, siendo sinceros, que las respuestas de Europa no siempre están a la altura. A veces no somos suficientemente claros, o no suficientemente rápidos, o no actuamos con el necesario impacto y consistencia.

En un plano meramente intelectual, se tiene a coincidir con este diagnóstico, pero cuando se trata de cambiar las cosas, entonces con frecuencia la dinámica política se bloquea. Es el problema de sobras conocido de tener 27 puntos de vista de 27 Estados miembros y estar sujetos al requisito de unanimidad. Su combinación produce una política exterior de la UE caracterizada por “sustantivos fuertes y verbos bastante débiles”, tal como decía el que fue Comisario de Relaciones Exteriores Chris Patten, cuya función desempeño ahora. Una política con retórica abundante, pero a la que no siempre dedicamos los recursos necesarios para hacerla realidad.

Lo positivo de todo ello es que todas nuestras limitaciones son autoimpuestas. No podemos cambiar las grandes tendencias globales, pero podemos cambiar cómo respondemos a ellas. Con nuestro mecanismo actual de toma de decisiones, todos los países pueden bloquear por sí solos todas y cada una de nuestras tomas de posición y acciones. Pero eso es poder negativo. Aferrarse a un punto de vista y esperar a que los otros converjan hacia él no es la manera de marcar la agenda global. Para ello, se necesita poder positivo. Apostando por la unidad, todos los estados miembros ganarían en influencia porque obstaculizando o debilitando nuestra capacidad de acción también se causan daño a sí mismos.

En la Unión Europea, lo que importa no es cómo empieza una discusión que necesariamente incorporará 27 visiones, Historias e intereses distintos. Lo que importa es que acabe con una visión conjunta sobre qué hacer y un compromiso de aportar recursos para hacerla realidad.

Si somos capaces de juntar la unidad del Consejo con las capacidades de la Comisión y del potente Servicio Europeo de Acción Exterior, el EEAS por sus siglas en ingles, la Unión Europea puede tener impacto efectivo actuando como un poder real. A la vuelta de este verano que no ha sido de todo reposo, seguiré haciendo todo lo que esté a mi alcance para conseguirlo mediante la imprescindible unidad entre los estados miembros.