Entre Nueva York y Bruselas

Superada la audición, el llamado “hearing” en el Parlamento Europeo, por el que deben pasar los candidatos a comisario de todos los Estados miembros (en mi caso como Vicepte encargado de coordinar las relaciones en el exterior de la Unión Europea), dentro de pocos días dejaré el Ministerio de Asuntos Exteriores. Seguiré en él como Ministro en funciones hasta el último momento puesto que si dimitiera antes el Gobierno en funciones no podría sustituirme y otro Ministro tendría que hacerse cargo de mi cartera.

Habrá sido un inmenso honor servir a España como Ministro de Asuntos Exteriores y una enriquecedora experiencia en lo intelectual y en lo humano, que me ha llevado a visitar 45 países durante los quince meses que habrá durado mi mandato.

Pero tiempo habrá de despedidas. De momento, seguimos trabajando. Escribo estas líneas en el tren de regreso de Barcelona, donde he participado como anfitrión de la conferencia ministerial de la Unión por el Mediterráneo (UpM), copresidida por la todavía Alta Representante Margarita Mogherini, y por el Ministro jordano de Asuntos Exteriores, Ayman Safadi. Mientras tenía lugar la conferencia llegaban las noticias de la intervención militar turca en territorio sirio. Otro episodio más del mundo turbulento en el que nos toca vivir y al que me acercaré todavía más como futuro Alto Representante de  la Unión Europea para la Poltica Exterior y la Seguridad Común. Otro inmenso honor y una gran responsabilidad.

Una semana antes del “hearing” en Bruselas estuve en Nueva York asistiendo a la semana ministerial de Naciones Unidas, la gran cita anual que coincide con la Asamblea General de esta organización. Esta vez era la número 74 de su historia. Así pues, he saltado de Nueva York a Bruselas para pasar quince días entre ambas capitales. Y debo reconocer que la experiencia de la semana ministerial ha sido una excelente escuela para reparar el “hearing” ante los diputados europeos. Y un buen entreno para mis posteriores funciones.

En efecto, la cita de Naciones Unidas se convierte cada año en el mayor foro de debate internacional a escala global, convocado por el más relevante promotor del multilateralismo. En un momento en el que el multilateralismo vive horas bajas y en el que el clima general de polarización y desacuerdo lastra el progreso, me parece evidente la utilidad de este tipo de encuentros. Pero también es razonable que los ciudadanos se pregunten para qué sirve y qué resultados tangibles se derivan de este descomunal despliegue de recursos humanos y materiales que se repite cada año.

Es cierto. La Asamblea General de la ONU, y todos los eventos colaterales que en ella se celebran, es un evento mastodóntico. Un enorme plató por el que desfilan anualmente los líderes mundiales de los 193 países miembros. El mundo vive un clima de tensión generalizada, con decenas de conflictos manifiestos (Venezuela, Siria, Libia, Oriente Medio,…) o latentes (tensión en el Golfo Pérsico, guerra comercial China-Estados Unidos, movimentos migratorios, personas desplazadas por la guerra buscando asilo, discrepancias en torno al problema del cambio climático…). Este encuentro ofrece la posibilidad de dialogar sobre estas cuestiones en multitud de encuentros bilaterales programados, o al azar del encuentro por los pasillos. Pero también es lógico que la opinión pública se pregunte si todo eso es algo más que un caro escaparate puesto al servicio de unos líderes siempre dispuestos a monologar pero bastante menos proclives a entenderse, a llegar a acuerdos y a tomar decisiones que tengan un impacto real sobre la vida de la gente.

Este año pasaron por la sede de Naciones Unidas 183 responsables gubernamentales, entre ellos 91 Jefes de Estado, que han participado en más de seiscientas reuniones y en decenas de eventos paralelos. La lucha contra el cambio climático o el derecho a la sanidad universal han sido los temas estrella. Antes de la apertura oficial, millones de jóvenes se manifestaban contra el cambio climático. El Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, hacía un llamamiento exigiendo más acciones inmediatas y decididas y menos palabras para atajar el calentamiento global.

Como Ministro de Asuntos Exteriores en funciones, recuerdo ahora la larga lista de actividades en las que partcipé representando a España, además de acompañar al Presidente del Gobierno y seguir su intervención en la Asamblea General. Reunión con las organizaciones judías más influyentes de Estados Unidos, a las que mostré el compromiso de España para combatir el lamentable repunte del antisemitismo en Europa. Firma del Acuerdo Marco de Asociación Estratégica con PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo Sostenible), para hacer más efectiva la aplicación de los objetivos de la Agenda 2030, con la que España está firmemente comprometida. Presentación en el Instituto Cervantes del Informe de Progreso de dicha agenda junto a la Alta Comisionada, Cristina Gallach. Debate sobre la situación en Oriente Medio, donde reiteré el compromiso de nuestro país con la solución de los dos Estados, que sigue siendo la posición oficial de la UE. Otro, sobre el presente y el futuro de la relación transatlántica. Multitud de reuniones sobre Venezuela. Encuentros bilaterales con Ministros de Exteriores de todo el mundo, como los de Argentina, China, Marruecos o Brasil.

También, claro está, se habló de recursos financieros, sin los cuales, a fin de cuentas, poco se puede hacer. España aportará 150 millones de euros en los próximos cinco años al Fondo Verde para el Clima de Naciones Unidas. La Unión Europea comprometió cinco millones de euros para apoyar los esfuerzos de consolidación de la paz y prevención de conflictos de la ONU. Y 70 países se comprometieron en la Cumbre Climática a disminuir más sus gases de efecto invernadero.

España apoya activamente al Secretario General Guterres en su reforma de las Naciones Unidas para hacerla más eficiente y activa frente a los nuevos problemas globales, como el cambio climático. El mundo no se puede permitir prescindir de una organización que contribuye a preservar la precaria paz en el mundo previniendo conflictos y, ahora, impulsando el desarrollo sostenible.

La Unión Europea puede y debe ser un actor decisivo para contribuir a ello y espero ayudar a conseguirlo.