La Europa que viene: los retos de la nueva legislatura

El pasado 16 de julio los eurodiputados invistieron, por un margen muy estrecho, a Ursula Von der Leyen, hasta ahora ministra alemana de Defensa, como la primera mujer Presidenta de la Comisión Europea. En su brillante discurso, la nueva Presidenta esbozó una Unión Europea ambiciosa que debe utilizar todos los instrumentos a su alcance para afrontar los problemas de los europeos, gracias al potencial que representa su unión.

El aumento de la participación, particularmente entre los jóvenes, en las pasadas elecciones europeas, a las que por cierto la señora Von der Leyen no se presentó como candidata, y el freno a las opciones extremas (de derecha e izquierda) demuestra que los ciudadanos empiezan a entender la importancia de la UE y la necesidad de actuar juntos para preservar nuestro modelo europeo, el que sabe conjugar prosperidad económica, libertad política y bienestar social.

Los ciudadanos, sin embargo, no nos han dado un cheque en blanco. Los políticos no podemos pedir el voto a los europeos, y que elijan entre varias opciones políticas, para después mostrar una Comisión tecnocrática que aplica las mismas políticas al margen de los resultados electorales. Por esto, considero decisivo que el apoyo a la investidura de Ursula Von der Leyen haya estado precedido por intensas negociaciones entre los grupos políticos del Parlamento Europeo y la candidata a presidir la Comisión para influir en su programa de gobierno para los próximos cinco años.

Del sólido discurso de la nueva Presidenta de la Comisión se desgajan tres prioridades políticas que suscribo ampliamente: Un pacto por el clima; completar la unión económica y monetaria; y reforzar el papel de la UE en el mundo.

  1. Pacto por el Clima

Von der Leyen dejó clara su voluntad y el compromiso de Europa para liderar la transición a una economía neutral en emisiones de carbono en el horizonte 2050. En concreto, propuso un nuevo Green New Deal y una ley europea sobre el clima, dos iniciativas que lanzaría en sus primeros cien días de mandato.

Este pacto por el clima es una respuesta a las demandas de los jóvenes que se manifestaron por toda Europa en los Fridays for Future y puede servir de leitmotiv para que las nuevas generaciones se comprometan con la integración europea.

La transición ecológica, que supone básicamente una transición energética a una economía sin carbono, será el mayor reto de la política económica y fiscal. Y Europa debe liderarla.

Es algo que Ursula Von der Leyen reconoció no saldrá gratis, pues los beneficios a largo plazo tendrán costes a corto en términos de inversión y de redistribución de la renta. Además, los segmentos más vulnerables de la sociedad pueden ser los más perjudicados puesto que suelen trabajar en sectores más intensivos en carbono y el consumo de energía supone una mayor parte de sus ingresos.

Las emisiones deben tener un precio que cambie nuestro modo de vida y de consumo. De una manera u otra tendremos que pagar por el carbono que hasta ahora hemos generado sin tener en cuenta los costes que ello significaba. El precio de la tonelada de carbono, con una tasa de actualización que tuviera en cuenta los efectos a largo plazo de no actuar ante el cambio climático, sería de entre 250 y 550 euros. Para poner esta magnitud en perspectiva, ahora el mercado de derechos de emisión lo sitúa entorno a los 25 € y ¡los chalecos amarillos salieron en Francia a la calle ante un impuesto al carbono de 55 euros por tonelada!

El precio de la transición ecológica no puede recaer sobre los más desfavorecidos. No podemos pedir a quien se preocupa por llegar a fin de mes que se preocupe por el fin del mundo. Hizo muy bien la Presidenta de la Comisión en proponer crear un fondo para una transición justa que apoye a los principales perjudicados de la transición ecológica.

Por otra parte, la transición a una economía baja en carbono ofrece una ventana de oportunidad para la armonización fiscal y para impulsar políticas de crecimiento. Es posible y fundamental financiar esta de manera justa. Debemos desarrollar un sistema fiscal europeo acorde con los nuevos retos y aprovechar que los tipos de interés en Europa son muy bajos, al igual que la inflación, para invertir en la transición energética.

En su discurso en Estrasburgo, Von der Leyen recogió las propuestas que hemos hecho los socialistas para financiar la transición ecológica mediante tres instrumentos: un plan europeo de inversión sostenible, transformar parte del Banco Europeo de Inversiones en un banco climático con préstamos de bajo tipo de interés, y un impuesto de ajuste en frontera para terceros países que permita generar nuevos ingresos fiscales.

Con este plan se podrían crear unos cinco millones de empleos de calidad en Europa en los próximos años. Convertiríamos, así, la crisis climática en una oportunidad: salvar el planeta, aumentar el crecimiento sostenible y crear nuevos empleos.

Sin embargo, este plan no será suficiente. Debemos combinar la acción dentro de nuestras fronteras con una diplomacia climática activa. Los europeos sólo generamos el 10% de las emisiones. De modo que, aunque las suprimiéramos mañana por arte de magia, no resolveríamos el problema. Hemos de involucrar al resto de países, especialmente aquellos cuyo desarrollo no puede seguir las mismas pautas que tuvo el nuestro.

Los europeos fuimos capaces de liderar y controlar las tecnologías del pasado pero no estamos siendo capaces de liderar las del futuro, como el 5G. No hay empresas europeas entre las quince primeras empresas digitales. Debemos revertir esta tendencia porque el futuro no nos esperará. En el siglo XXI la tecnología será un factor determinante del progreso humano: el motor de la economía pero también de la guerra.

En 1950 los europeos pusimos en común el carbón y el acero. En 2050 debemos conseguir que nuestros hijos y nietos puedan vivir en una economía baja en carbono. Hagamos de ello el próximo elemento que permita impulsar la construcción europea.

  1. Completar la Unión Económica y Monetaria (UEM)

En una unión monetaria que carezca de integración política y fiscal pierden eficacia los instrumentos estabilizadores tradicionales (política monetaria y fiscal) para hacer frente a crisis que afecten especialmente a un Estado miembro. Ya lo dijo Delors: “Si la UEM se dota solo de un pilar monetario, y carece de un pilar económico, tropezará hasta caer”.

Los gobiernos no pueden gestionar autónomamente la deuda soberana cuando no ejercen el control sobre su propia moneda. La falta de un pilar económico hace que la disciplina presupuestaria sea el único instrumento disponible de política fiscal.

Ya nos alertó Draghi en su discurso en Sintra1 de que ignorar las debilidades institucionales de la UEM puede llevar a poner en peligro lo conseguido. Para evitarlo, es necesario pasar de una política fiscal únicamente basada en reglas a institucionalizar una capacidad fiscal.

Este será uno de los grandes retos de la próxima Comisión: completar la arquitectura de la Unión Económica y Monetaria, con un pilar fiscal, y dotarla de capacidad de respuesta frente a nuevas crisis.

Para ello, deberá superar algunos de los elementos paradigmáticos sobre los que se ha basado la política económica en la UE, en particular revisar las reglas fiscales del euro mediante cambios formales (mayor simplificación y flexibilización) o mediante una interpretación “más flexible” del Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Por eso es muy positivo que en su discurso de investidura, la Presidenta Von der Leyen apostase por usar toda la flexibilidad permitida por las reglas actuales.

Hasta ahora, la función de estabilización la ha llevado a cabo el BCE con su política de flexibilidad cuantitativa (Quantitative Easing) y las operaciones de compra de deuda y otros activos (SMP, OMT y APP2).

Como consecuencia de las rebajas de tipos de interés del BCE, los intereses pagados por las familias europeas han pasado de 40.000 millones en 2008 a 4.300 millones en 2018. Sin embargo, con los tipos de interés actuales, el margen de maniobra del BCE es muy reducido. Es necesario coordinar las políticas monetaria y fiscal. En el contexto actual de “estancamiento secular”, la política fiscal debe complementar la política monetaria.

La política monetaria del BCE también ha tenido consecuencias negativas: ha beneficiado a los bancos y ha aumentado los precios de los activos, beneficiando así a los que disponen de un mayor patrimonio.

Existen varias respuestas ante la necesaria creación de una unión fiscal: desde la ampliación del presupuesto de la UE, mediante nuevos recursos propios, a la creación de un seguro de desempleo europeo. La que cuenta con más apoyo entre los expertos es la creación de un rainy day fund, es decir, un fondo de transferencias entre países de carácter estabilizador y adaptado a las fases del ciclo. Pero con la anterior Comisión no se ha podido alcanzar hasta ahora un acuerdo a pesar de los denodados esfuerzos de nuestra ministra de Economía, Nadia Calviño.

Otra posibilidad sería adoptar la “regla de oro” que sugirió Delors en su día, es decir, detraer del cómputo del déficit las inversiones públicas productivas. Desde 2007 la inversión pública en la UE ha disminuido un 0,8%.

También en esta línea la Presidenta Von der Leyen propuso iniciativas importantes, como la del seguro complementario de desempleo europeo, y abogó por completar el Semestre Europeo, centrado actualmente en garantizar las reformas y la convergencia entre las economías europeas, para garantizar el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

3) Reforzar el papel de la UE en el mundo

Gracias a su peso demográfico y potencial productivo y tecnológico, las grandes potencias continentales como China, India, Estados Unidos, Rusia o Brasil dominan la globalización. Y también por su fuerza militar.

La única forma de sobrevivir en este mundo de gigantes es unirnos para ser más fuertes juntos y ser un actor de la globalización. Casi nada podremos hacer solos. Casi todo tendremos que hacerlo juntos.

En 2030 África tendrá 2.500 millones de personas, cinco veces más que nosotros. Sólo una revolución cultural que pase por el empoderamiento de la mujer podrá cambiar esta tendencia demográfica.

¿Cómo imaginar que cualquier país europeo pueda pesar en un mundo dominado por las potencias continentales?

En este mundo que viene, que ya está aquí, el tamaño importa. Decía Spaak, el padre del mercado común, cuando oía que en Europa hay países grandes y pequeños, que en realidad todos son pequeños, solo que algunos no se han enterado. ¿Puede Alemania, con sus más de ochenta millones de habitantes, competir con los casi 1.400 de China, que son los que tendrá India en pocos años?

La europea Airbus ha conseguido ganar el contencioso a la empresa norteamericana Boeing en el tribunal de la Organización Mundial del Comercio. Ningún país europeo lo hubiera podido hacer solo.

También, la UE ha impuesto varias multas a Google y Apple por competencia desleal y evasión de impuestos. ¿Podríamos hacer esto solos, desde España, Alemania, o Francia? ¿Podríamos haber sacado las tropas de Irak sin el escudo del euro? ¿Qué le habría pasado a la peseta? ¿Cómo podemos tener una relación equilibrada con China sino es como europeos?

La UE es una enorme fuerza de estabilización mundial. Un enorme instrumento de regulación de la globalización. No podemos prescindir de ella.

Europa tiene que unirse más para ser más fuerte y ser un actor de la globalización, solo así será capaz de dar respuesta a los problemas que van desde los flujos migratorios a los retos de la economía digital, de la protección de los ciudadanos en una globalización caótica a la de la seguridad en una era estratégica inestable.

Como dijo en su discurso la Presidenta Von der Leyen, la OTAN siempre será el pilar principal de nuestra defensa colectiva. Pero, pese a la importancia de la relación transatlántica, necesitamos desarrollar capacidades europeas para rechazar amenazas híbridas como los ciberataques y las fake news que propagan movimientos anti-europeos aliados de potencias extranjeras. Vivimos inmersos en una nueva guerra por el relato.

El desarrollo de estas capacidades no implica ceder soberanía, sino compartirla, para contar más en el mundo, para ser más eficaces en la solución de los problemas que desbordan el ámbito de los Estados. Este es el verdadero valor de la UE: la comunitarización. Porque acuerdos entre Estados los ha habido, al menos, desde la paz de Westphalia.

Hasta ahora los europeos pensaban que la Europa que les beneficiaba la hacían los diplomáticos, los técnicos, los gobiernos…y que les bastaba con aplaudir de vez en cuando.

Eso ya no es así. Europa no se hace sola. Europa no se hará si los europeos no la quieren, si los europeos no lo exigen a sus gobiernos y a sus eurodiputados.

A pesar de todas sus carencias, la historia de UE es la historia de un éxito político extraordinario, porque ha conseguido el principal objetivo para el que nació, que era la paz entre europeos. Si la Unión Europea no existiera habría que inventarla, porque ahora se enfrenta a nuevos problemas, que son menos intraeuropeos que los de ayer y afectan a la relación de Europa con el resto del mundo.

Ojalá pueda contribuir a ello desde las responsabilidades de Alto Representante para la Política Exterior y de Seguridad, para las que me ha propuesto el Consejo Europeo, si antes consigo, como ya lo ha hecho Ursula Von der Leyen, la confianza del Parlamento Europeo.

1 Mario Draghi, “Twenty years of ECB’s monetary policy”, ECB forum on central banking, Sintra, 18 June 2019.

2 Security Market Program (SMP), Outright Monetary Transactions (OMT) y Asset Purchase Program (APP).