Europa en el mundo que viene

La emigración y la despoblación, que tanto y con razón preocupa en la España interior, son fenómenos parejos. Los humanos siempre se han movido en busca de mejores oportunidades. Hace unos meses, en Sevilla, durante la campaña de las elecciones europeas, tuve ocasión de recordar a los andaluces que hicieron Cataluña, esos que llegaron con hambre en la cara y maletas de cartón. Yo los vi llegar, cuando de niño, llevaba el pan a las tabernas de mi pueblo del Pirineo. Se integraron, prosperaron, y hoy son parte de la sociedad catalana, aunque algunos quieran convertirlos en extranjeros en su propia tierra.

De España salieron también muchos de nuestros compatriotas hacia América, hacia países como Argentina, donde también impulsaron sus sociedades. Allí en Mendoza, nació mi padre, hijo de emigrantes catalanes, para después hacer el camino inverso al Pirineo. Y es que todos llevamos un inmigrante dentro, en busca de una vida mejor. Somos un inmigrante en potencia. El desequilibrio demográfico a un lado y otro del Mediterráneo es cada vez más patente. Cuando yo nací, en 1947, el Viejo Continente y África tenían aproximadamente la misma población. Ahora, África va camino de los 2.500 millones de habitantes frente a los 500 de Europa. Algunos, claro, quieren explotar el miedo al diferente, al que se caracteriza como invasor. “Cerremos los puertos” dice Salvini, trasladando el problema al vecino, con el riesgo de provocar más ahogados en el Mediterráneo…

¿Es posible cerrarse al mundo, a la interdependencia? ¿Es posible desconectarse? ¿Salir de Europa, del euro? Esto tendría muchos costes, va contra el sentido de la historia y es lesivo para nuestros intereses. Nos necesitamos los unos a los otros. No hay que levantar muros, ni entre españoles, ni entre europeos, ni entre los seres humanos en general, aun cuando no podemos obviar que los Estados se definen por su territorio, y las fronteras exteriores de la Unión deben garantizarse y la movilidad gestionarse ordenadamente.

¿Somos, como dicen algunos, entre ellos Junqueras, tan diferentes, los catalanes y el resto de los españoles, que no podemos vivir juntos? No demos más pasos atrás en la moviola de la historia, no más repliegues, no más divisiones. Pero las fronteras mentales son más peligrosas que las físicas. Las que segregan por la raza o la religión, o el género. No hay que dejar de combatir también estas fronteras. Decía Einstein que es más difícil destruir un prejuicio que desintegrar el átomo…

El Brexit es otro ejemplo de los efectos negativos del nacionalismo. Éste ha sumido en una grave crisis a la más antigua democracia parlamentaria del mundo. Por un lado, los británicos no pueden quedarse ignorando un referendo ganado aunque sea por la mitad más uno. Pero por otro, no saben cómo irse, sin infligirse daños graves a su economía y sociedad. No se van porque no encuentran la puerta de salida. Pero no sería deseable que se quedaran por no saber cómo irse.

¿Puede verdaderamente a alguien quedarle ganas de repetir semejante experimento, con consecuencias mucho más graves, con Cataluña, la cual está muchísimo más integrada en España que el Reino Unido en la UE? Desgraciadamente, parece que sí. Vivimos en un mundo nuevo, donde la información es instantánea, pero también la falsedad. Cada vez es más difícil distinguir lo cierto de lo falso. Antes los bulos circulaban de oreja a oreja…ahora se difunden masivamente en las redes sociales, y a una velocidad mucho mayor.

En Gran Bretaña decían que dejar la UE les reportaría 350 millones de libras semanales, igual que en Cataluña se decía que tendrían 16.000 millones más de euros de ser independiente. Aseveraciones falsas en ambos casos, y que no se han refutado suficientemente. Decía Hanna Arendt que el mejor sujeto para un régimen totalitario no es el fanático convencido, sino el que es incapaz de distinguir la verdad de la mentira. Esta lúcida afirmación es hoy, en la sociedad de la comunicación en la que vivimos, más cierta que nunca.

La democracia funciona sobre la base de opiniones, las cuales deben fundarse en un conocimiento de los hechos, de lo contrario estaría operando con un combustible inadecuado. La democracia es sobre todo una deliberación colectiva, el voto es solamente la última fase de ese proceso, y no tiene sentido sin él. Pero empieza a construirse un sistema de toma de decisiones demagógico y plebiscitario, que profundiza la polarización social, cercenando así la representación y la deliberación.

El caso del Brexit es también paradigmático: un país que por una mayoría muy pequeña decide abandonar la Unión como consecuencia de promesas falsas y que termina profundamente dividido internamente y paralizando en buena parte al resto de Europa. En la UE, llevamos tres años tratando de avanzar con la mirada puesta en el retrovisor, y al final, quizás los británicos tendrán que acabar organizando otro referendo.

Pero todas estas tendencias nacionalistas en España y Europa no surgen de la nada. Ciertamente la globalización y la crisis del euro han generado perdedores en los sectores populares, que se han empobrecido, y que afrontan con inquietud un futuro en el que no parecen tener cabida, ante los empleos que desaparecen deslocalizándose rumbo a Asia, o son sustituidos por robots. En el período 2007-2016, en España, el 40 por ciento más pobre ha perdido muchos puntos porcentuales de renta per cápita (diez puntos el percentil veinte de la distribución de la renta, o sea el veinte por ciento más pobre, y veinte puntos el percentil diez, mientras que el uno por ciento más rico ha aumentado su renta en un veinte por ciento).

Así, la sociedad se divide cada vez más entre nómadas cosmopolitas, que extraen de la integración europea todo su potencial, con la libre circulación, el Erasmus, el euro (no tener que cambiar de moneda al pasar la frontera), etcétera, y sedentarios perdedores, que no se benefician de las ventajas de la movilidad.

Nos encontramos con una suerte de tormenta perfecta, una pérdida de estatus social y económico por parte de una buena parte de las clases trabajadoras, los llamados perdedores de la globalización, junto con una amenaza, o percepción de amenaza, de pérdida de la identidad por el conjunto de la sociedad.

De eso se aprovechan los nacional-populistas emergentes. Ante problemas reales proponen falsas soluciones y un peligroso repliegue nacional, que también se basa en cuestiones identitarias. Por ello, no basta con defender sociedades abiertas, tenemos que construir también sociedades cohesionadas, de lo contrario iremos no solo hacia sociedades cerradas, sino crecientemente autoritarias.

Ninguna conquista social es irreversible. Tenemos que hacer frente a un nuevo mundo del trabajo, a la digitalización, a la robotización, y a las consecuencias de la descarbonificación de la economía: nuevos retos para la equidad ante las profundas transformaciones a las que hay que hacer frente. Es imposible, y hasta inmoral, pedir que se preocupen del fin del mundo a aquellos que no llegan a fin de mes.

En este nuevo entorno, es preciso conformar una Europa que sepa distinguir los derechos de las mercancías, una Europa social que garantice el pleno empleo en el marco de un gran plan verde para la transición ecológica, proteja al parado con un seguro complementario al nacional, y asegure un marco común de salarios mínimos.

También hay que proteger los nuevos derechos, como los que debemos tener sobre nuestra intimidad y datos personales. Los derechos son intangibles. No tienen precio, aunque su ejercicio tenga costes. Pero la derecha neoliberal sigue creyendo que todo puede ser un producto en el mercado, olvidando aquello que decía Machado: “solo un necio confunde valor y precio”.

La educación es un derecho fundamental, además de la mejor inversión para construir igualdad. Recuerdo que en la panadería de mi padre trabajaba un joven emigrante andaluz. Era más listo que yo, pero yo pude estudiar y él, no. Siendo yo ministro de Fomento, un día me visitó y me explicó muchas cosas sobre el transporte por carretera: era conductor de camiones. Su inteligencia se desaprovechó. La moral y la eficacia exigen que no se desperdicie ni un gramo de inteligencia de ninguna persona.

Hace pocos días, en la conferencia de fin de curso de la Universidad Euromediterránea de Fez tuve ocasión de decir que el bien más preciado no es el oro ni el petróleo, sino las neuronas ávidas de conocimiento de la juventud. Resulta dramático que los cerebros del 20 por ciento de los niños del mundo no se desarrollarán por las carencias alimentarias que sufren…¡qué gran despilfarro!.

El proyecto europeo seguirá siendo clave para nuestro porvenir. Podemos criticar las insuficiencias de Europa todo lo que se quiera, pero es evidente que si la UE no existiera, tendríamos que inventarla, particularmente en este nuevo mundo de grandes potencias que buscan afirmarse sin complejos. Porque, a pesar de sus defectos, el éxito de la UE es un gran sistema de regulación de la mundialización con la dimensión adecuada para encontrar soluciones a los retos globales, desde los flujos migratorios a la evolución de la economía digital, pasando por la protección de los ciudadanos en una globalización caótica, y la seguridad en una era estratégica inestable.

En el mundo que viene, en el que ya está aquí, el tamaño importa. Decía Spaak, el padre del mercado común, que se afirma que en Europa hay países grandes y pequeños. Y él contestaba que todos eran pequeños, solo que algunos no se habían enterado…¿Puede Alemania, con sus ochenta millones de habitantes, competir con los 1.300 de China, que son los que tendrá India en pocos años?

La europea Airbus ha conseguido ganar el contencioso a la empresa norteamericana Boeing en el tribunal de la Organización Mundial del Comercio, y la UE poner varias multas a Google y Apple por competencia desleal y evasión de impuestos. ¿Podríamos hacer esto solos, desde España, Alemania, o Francia? ¿Podríamos haber sacado las tropas de Irak sin el escudo del euro? ¿Qué le habría pasado a la peseta? ¿Cómo podemos tener una relación con China equilibrada, sino es como europeos?

Las grandes potencias continentales dominan la globalización, por su peso demográfico y potencial productivo y tecnológico, como China, India, Estados Unidos, Rusia o Brasil. Y también por su fuerza militar. Entretanto, Europa será la principal perjudicada por una nueva carrera de armamentos entre Rusia y EEUU, al igual que nos afectaría mucho una guerra comercial mundial. Para hacerles frente, Europa tiene que unirse más, para ser más fuerte y ser un actor de la globalización. Necesitamos entre otros elementos capacidades europeas para rechazar amenazas híbridas compuestas por ciberataques y fake news, y que propalan movimientos anti-europeos aliados de potencias extranjeras.

En la integración europea, no se trata de ceder soberanía, sino de compartirla, para influir más en el mundo, para ser más eficaces en la solución de los problemas que desbordan el ámbito de los Estados. De poco o nada sirve la soberanía formal en la era de la mundialización.

Las elecciones europeas del pasado 26 de mayo de 2019 eran importantes precisamente porque de su resultado -por suerte los euroescépticos y eurófobos han progresado mucho menos de lo temido por algunos- dependía el tipo de Europa que queremos. Más social, más progresista, más verde, más digital, más unida, y más fuerte en el mundo global, capaz de actuar con una lógica de potencia: los europeos nos jugamos nuestra supervivencia como civilización, aquella que combina mejor, a pesar de sus carencias, la libertad política, la prosperidad económica, y la justicia social.