Vísperas europeas

Las elecciones al Parlamento Europeo podrán haber sido una buena oportunidad para explicar lo que la Unión Europea representa y las dificultades a las que se enfrenta actualmente.

Y estas dificultades no son pocas, porque en los últimos cinco años le han surgido muchos enemigos desde dentro y fuera de sus fronteras. Hasta el punto de que podemos decir que la UE se enfrenta hoy a al riesgo existencial de su propia supervivencia. En lo que a su posicionamiento geoestratégico se refiere, el mundo ha cambiado mucho: su gran aliado (los EE.UU) se le vuelve hostil, su antiguo gran adversario (Rusia) renace y le surge un nuevo rival sistémico (China).

Desde las últimas elecciones, el número de europeos favorables a la UE no ha dejado de aumentar, hasta situarse en máximos históricos (68 %), pero también han crecido las fuerzas antieuropeas en muchos países, principalmente en forma de partidos de la derecha extrema. Después de las dificultades del Brexit, ya no proponen abandonar la Unión, sino transformarla desde dentro dando marcha atrás en el proceso de integración.

Y esta situación es lo que hacía especialmente atractivas estas elecciones, para que su campaña permitiera un debate ciudadano sobre una cuestión trascendental para nuestro futuro.

Como dice el filósofo alemán Habermars, “la democracia es un proceso de deliberación colectiva”, no sólo el voto. El voto es la última fase de un proceso que contribuye a crear una inteligencia colectiva. Y a eso he pretendido contribuir, procurando que los discursos políticos no fueran una apelación al voto fácil de los ya convencidos, sino que, como decía Azaña, hicieran que “la emoción ilumine a la razón”.

Lamentablemente, los debates no han servido todo lo que deberían para exponer ideas, contraponerlas y debatirlas dialécticamente, aumentando el conocimiento de causa del ciudadano que al final tiene que decidir su voto. Por ello, me gustaría compartir aquí, en las últimas horas de esta campaña, algunas de las reflexiones y propuestas a las que me he referido a los largo de los últimos quince días.

La UE nació por miedo a repetir su trágico pasado (de guerras entre europeos) y hoy puede desintegrarse por miedo al futuro (a los nuevos desafíos, temores y amenazas). Y lo que vaya a ocurrir no está escrito, dependerá de nuestra forma de afrontar esos retos.

En las elecciones europeas de 2014 todo el mundo estaba de acuerdo en que hacía falta más Europa, aunque se discrepase de la forma de orientar sus políticas. Pero ahora aparecen formaciones políticas que quieren dar marcha atrás en la historia: levantar fronteras, rechazar la inmigración y renacionalizar las políticas que se han comunitarizado.

Ocho de los veintiocho gobiernos de la Unión tienen ya partidos populistas en su seno o como parte de la mayoría parlamentaria en la que se apoya el gobierno. Y los nacional-populistas y euroescépticos podrían llegar a ocupar más de ¼ de los escaños en el próximo Parlamento Europeo.

Por eso, el 26 de mayo debemos decidir entre seguir avanzando en la creación de espacios compartidos para hacer frente a los grandes desafíos de nuestro tiempo o comprarle los argumentos a brexiters e independentistas de que “solos nos lo montamos mejor”.

Pero lo que no admite duda es que los europeos vamos a vivir en un mundo de gigantes, y cada uno por separado, incluso el país más grande, Alemania, con sus poco más de 80 millones de habitantes, vamos a ser totalmente irrelevantes. Por eso creo que, para sobrevivir en el mundo, debemos unirnos más.

Los populistas tienen respuestas fáciles, aunque erróneas, a problemas complejos. No hay que descalificar a la gente que apoya opciones nacional-populistas. Hay que entender sus razones, porque las tienen.

Tampoco hay que caer en el error de los “eurobeatos”, que son acríticos y piensan que todo lo que viene de la Unión Europea está bien. Hay que reconocer que la UE ha hecho cosas mal, y que, frente a situaciones imprevistas, como la crisis del euro o el alud de refugiados sirios, ha tenido que improvisar respuestas insatisfactorias. Y que estas han creado dolor social. Hoy, tras diez años de austeridad, el PIB europeo ha vuelto a los niveles de 2008, y el nivel de empleo en la UE ha vuelto a caer por debajo del 7 % como antes de la crisis. Pero esta década pérdida, en términos económicos, y de dolorosos ajustes ha dejado a mucha gente atrás.

Las clases medias europeas se han diluido, precarizado y perdido poder adquisitivo. Se ha roto el contrato social europeo por el cual, si se trabajaba duro, las generaciones de nuestros hijos vivirían siempre mejor que la de sus padres.

Tras las buenas cifras de desempleo en la UE (6,4% en marzo de 2019), el dato más bajo desde 2000, se esconde una realidad de precariedad y degradación de las condiciones laborales. En 2018, el 11,2% de los trabajadores entre 20 y 64 años tenían un contrato temporal, mientras que en 2003 representaban el 9,5%.

Nuestros jóvenes son los principales perjudicados. El 14,5% en Europa siguen sin empleo. Entre los menores de 25 años los contratos temporales han pasado del 34% al 41% entre 2003 y 2018. 67% de los contratos en el caso de España.

Bajo los efectos de la globalización y la revolución tecnológica, aumenta la brecha entre los trabajadores con altas cualificaciones y los menos cualificados, más expuestos estos últimos a la temporalidad y los contratos precarios.

El modelo social europeo se erosiona poco a poco como consecuencia de la competencia fiscal entre los Estados miembros de la UE. Desde 1980, el 1% más rico de los europeos han visto sus ingresos medios aumentar dos veces más rápidamente que el del 50% de menos recursos. Persiste también la desigualdad de acceso a un trabajo, a una vivienda, o a las prestaciones sociales.

El malestar con la deriva que ha tomado nuestra Unión se ha manifestado de diferentes maneras en función de los países: Brexit en el Reino Unido, el movimiento de los chalecos amarillos en Francia o el voto a fuerzas euroescépticas en Italia.

Para responder a los populismos necesitamos propuestas que afronten los problemas sociales y generen esperanza frente al futuro combatiendo a los que solo saben plantear miedo y nostalgia

La creación de un mercado único sin armonización fiscal y social ha creado una competencia desleal entre europeos. Eso ha provocado una pérdida de capacidad económica de los Estados y un debilitamiento de los sistemas de protección social. La próxima legislatura ha de ser la del relanzamiento de la integración europea por lo social: Europa será social o no será.

Necesitamos avanzar en la armonización social y fiscal, un seguro europeo de desempleo, complementario de los nacionales, y un salario mínimo europeo vinculado a la competitividad de la economía de cada uno de nuestros Estados miembros. Hay que reconciliar a Europa con sus ciudadanos. La idea de que Europa era la paz ya no vende. Si los ciudadanos no perciben que la UE se preocupa por ellos, no van a sentirse implicados en su construcción. Y Europa no se construye sola.

Para defender nuestro modelo de civilización, debemos pesar en el mundo. Hemos de llevar de la mano la justicia social con la preocupación por los grandes desafíos globales. Para ello debemos compartir la soberanía de los Estados a través de instituciones comunitarias. Hemos de aprender, y ser capaces de explicar, que, en la práctica, tener menos soberanía formal supone tener más soberanía real.

Europa tiene que empezar a actuar con una lógica de potencia. Hasta ahora la UE estaba basada en la libertad de mercado y en la fuerza de la Ley, es decir, la competencia, las relaciones comerciales y el Estado de Derecho. Escarmentada por sus experiencias bélicas pasadas, la UE había renunciado actuar como una potencia. Había renunciado a usar su peso económico y político como palanca para influir en el mundo. Pero ahora la UE tiene que aprender a actuar como una potencia, porque el “poder blando” no le va a bastar en un mundo donde los grandes agentes geopolíticos están dispuestos a actuar con todos los instrumentos de la potencia geoponía. La UE tiene que desarrollar su autonomía estratégica, de manera complementaria a su participación en la OTAN,

Entre las prioridades de la próxima legislatura también debe estar estabilizar el euro, completando la Unión Económica y Monetaria (UEM) con un presupuesto del euro y un seguro de garantía de depósitos europeo que proteja a los pequeños ahorradores en todos los países por igual.

La lucha contra el cambio climático es un terreno propicio para relanzar la unión de los europeos, de la misma manera que la Comunidad Europea del Carbón y el Acero jugó un papel fundamental en los inicios del proyecto europeo. Durante la campaña hemos expuesto las grandes líneas de un nuevo PEC, no otra versión del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, sino un nuevo “pacto clima-empleo”, para luchar contra el cambio climático y, a la vez, generar empleo a través de una transformación profunda del sistema económico que descarbonice nuestras formas de producción y consumo.

Hay que evitar la catástrofe climática y al mismo tiempo un futuro catastrófico para nuestros jóvenes, dándoles nuevas oportunidades de empleo. Con los niveles de desempleo y de subinversión que tenemos y con el dramatismo del cambio climático, un gran pacto por el clima y el empleo debería ser uno de los grandes motores del renacimiento de Europa.

Europa necesita una nueva razón de ser. No veo ninguna mayor ni mejor que luchar contra el desempleo juvenil y al mismo tiempo contra el cambio climático. Pero hay que hacerlo teniendo en cuenta los efectos sociales de las medidas fiscales que se toman para evitar las emisiones de gases. No podemos pedir que se preocupen por el fin del mundo a los que su gran preocupación es llegar a fin de mes.

Otro tema clave de la próxima legislatura será desarrollar una política de inmigración legal, ordenada y segura. Hace tres años que en Europa muere más gente de la que nace. Cada vez somos menos, más viejos y más dependientes.

Necesitamos inmigrantes para cubrir nuestro bache demográfico. Pero, siendo realista, hoy por hoy no creo que se pueda llegar a acordar una política migratoria común a 27 Estados. Es evidente que hay una distancia entre lo que dicen los gobiernos de algunos países del Este de Europa, Italia incluida, y lo que decimos los socialistas europeos. Por eso debemos establecer una coalición de países comprometidos con la defensa de los valores humanistas europeos ante el gran reto de la inmigración y los demandantes de asilo.

Finalmente, también deberemos negociar las perspectivas financieras, el presupuesto de la Unión para los próximos siete años. Debemos defender la política agrícola común (PAC) y los fondos estructurales a la par que inversiones de futuro que nos permitan estar en la vanguardia tecnológica. Eso requiere destinar más recursos a nivel de la UE. Por eso defendemos aumentar los recursos propios de la Unión acabando con la elusión fiscal de las grandes empresas digitales y una tasa a las transacciones financieras.

El orden liberal en el que nació nuestra Unión está en crisis y las sociedades abiertas cuestionadas. No creamos que la paz es el estado natural de las cosas. Al contrario, es muy fácil volver a soplar sobre las cenizas de un fuego que se creía apagado para volver a provocar un incendio. Ante la involución, necesitamos una Europa social, verde y digital, que actué como una potencia en el mundo para defender una civilización, la europea, basada en la libertad política, la prosperidad económica, la sostenibilidad ambiental y la cohesión social.