La Unión Europea y la crisis del orden liberal

Empieza la campaña de las elecciones europeas. Esperemos una mayor participación que en las del 2014, que fue la más baja de la serie histórica. Coincide el inicio con el día de Europa, y con este motivo participo en distintos actos conmemorativos del 69 aniversario de la Declaración Schumann, con la que empezó la integración europea.

También tuve el honor de participar, en el palacio de La Granja, en la reunión del Consejo Científico del Real Instituto Elcano, presidido por el Rey Felipe VI, donde pude compartir mis reflexiones sobre el futuro de la Unión Europea, y que ahora me permito compartir desde este espacio digital.

Cualquier análisis sobre el futuro de la UE debe partir de la constatación de que vivimos en un mundo con una volatilidad, incertidumbre y complejidad sin parangón desde el fin de la segunda guerra mundial.

Nos encontramos en un momento de los que Antonio Gramsci llamó interregnum: cuando lo viejo se está muriendo y lo nuevo no acaba de nacer. Y nos podemos plantear si nos encontramos ante un nuevo “momento Tucídides”, del historiador griego que describió el conflicto que aparece cuando una potencia emergente (en este caso China) trata de desplazar a la dominante (EE. UU.).

El orden mundial liberal que se estableció después de la Segunda Guerra Mundial gracias, en gran medida, al liderazgo de los Estados Unidos está en cuestión. Por supuesto, este orden mundial no ha sido nunca perfecto, , ni tan orden, ni tan liberal, ni tan mundial, pero ha permitido 70 años de paz y prosperidad global sin precedentes en grandes partes del mundo.

Pero ya no podemos dar por sentado este modelo. Y los dos desafíos más visibles a los que se enfrenta son el debilitamiento del multilateralismo y la pérdida de peso económico de la clase media.

Empecemos por el multilateralismo: Tras la caída del muro en 1989, pasamos por un breve período de poder unipolar de los Estados Unidos que terminó en 2014 con la anexión rusa de Crimea. Desde entonces, hemos entrado en un escenario de competencia estratégica entre Estados Unidos, Rusia y China.

Más allá del riesgo de uso de armas nucleares, la principal consecuencia de esa competencia geopolítica entre grandes potencias es el uso de todas las opciones políticas e instrumentos disponibles para perseguir sus objetivos.

La tecnología, las relaciones económicas y comerciales o la aplicación de sanciones extraterritoriales, forman parte, cada vez más, de la ecuación geopolítica. En el caso de las sanciones extraterritoriales estadounidenses tenemos ejemplos recientes como el uso de la Ley Helms-Burton en Cuba o la retirada de EEUU del acuerdo nuclear con Irán.

El resultado es que, en un momento en que debemos trabajar juntos más que nunca para enfrentarnos a desafíos de naturaleza transnacional como el calentamiento global, la crisis financiera o la migración, los mecanismos que tenemos para hacerlo se están erosionando, a veces deliberadamente.

El segundo elemento desestabilizador del orden liberal es la pérdida de poder adquisitivo de las clases medias en un contexto de cambio global vertiginoso impulsado por la tecnología.

Por primera vez, un aumento de la productividad no viene acompañado de un aumento de salarios ni  de creación de empleos.

La revolución tecnológica y la automatización en los empleos está causando profundas fracturas en el contrato social:

– En 1970 la industria americana necesitaba 26 trabajadores para producir 1 millón de dólares. Hoy  necesita 6 empleados.

– Una de cada seis personas de ingresos medios tiene empleos que corren el riesgo de automatización.

– En el sector servicios se calcula que 47% de los empleos están en riesgo de automatización.

El problema es que el valor añadido generado por los aumentos de productividad vinculados a la automatización no se distribuye de manera equitativa en toda la sociedad. Y la enorme transferencia de tecnología y capacidad productiva de occidente a oriente, ha venido acompañada de la transferencia de los correspondientes empleos.

En occidente hemos retenido sólo los trabajos de alta cualificación y los de baja cualificación con bajos salarios, muchos de ellos no exportables al ser empleos en el sector servicios.

Esta desagregación económica se ha traducido en una desagregación política con el auge de los movimientos nacional-populistas. La UE se construyó por miedo al pasado (de guerras entre europeos) y hoy puede desintegrarse por miedo al futuro.

Los nacionalistas y los populistas se nutren de los miedos y la precariedad resultantes de un mundo interdependiente y de la incapacidad de los gobiernos para responder a estos cambios de manera efectiva, ofreciendo protección, seguridad y prosperidad.

En este contexto, la gente busca refugio en la identidad. Si el lema de campaña “it’s the economy stupid” llevó a Bill Clinton a la Casa Blanca en 1992, el lema de hoy sería “it’s identity stupid”.

Hay una creciente brecha entre los que nos preocupamos por el fin del mundo y los que se preocupan por llegar a fin de mes. ¿Cómo podemos pedir a nuestros ciudadanos que se interesen por Europa si tienen la sensación de que Europa no se preocupa por ellos?

Los nacionalismos y populismos suponen un peligro para la democracia, tanto por su carácter intrínsecamente excluyente (fuera los “distintos”, los inmigrantes, etc.) como por su tendencia a falsear la realidad para acomodarla a sus objetivos (proliferación de las “fake news”/ bulos, favorecidas por las nuevas tecnologías).

El sueño americano o la llamada European way of life están en riesgo. Hoy, un millennial nacido en 1980 tiene un escaso 50% de prosperar para superar su situación social de partida. Trump hizo su campaña sobre la muerte del sueño americano.

Las consecuencias deberían alertarnos. Para un 70% de los americanos nacidos en 1940 era necesario vivir en democracia. Entre los nacidos en 1980 solamente es necesario para un 22%. Los mismos datos se dan en Suecia, Holanda o  Reino Unido.

Para responder a las expectativas populares, debemos ir más allá de la integración económica y desarrollar un nuevo contrato social a nivel europeo: una dimensión social y política a nivel supranacional, que garantice la inclusión y una distribución justa de la riqueza.

A nivel mundial, el principal objetivo de la política exterior de la UE debería ser el refuerzo del multilateralismo. El multilateralismo es parte del ADN de la UE. Estamos acostumbrados a trabajar entre nosotros de forma permanente. Este compromiso a largo plazo favorece una visión compartida, así como la confianza, la complementariedad y una cierta dosis de complicidad para lograr objetivos comunes.

Los europeos somos, probablemente, quienes más perderemos si la arquitectura del multilateralismo se erosiona. Nuestra visión del mundo se basa en la fuerza del derecho y no el derecho de la fuerza. Nuestra seguridad se basa en alianzas. Nuestra prosperidad se basa en el comercio libre y justo. Nuestra influencia global se construye alrededor de nuestra Unión, que nos hace ganar soberanía.

Pero para pesar en el mundo debemos garantizar nuestra autonomía estratégica, complementando la que proporciona la OTAN. ya que no contamos con el paraguas protector de EE. UU.

No podemos simplemente confiar o esperar que todos sigan las reglas. Si somos una potencia económica pero un peso pluma político, no podremos defender efectivamente nuestros valores e intereses, y podemos terminar viendo nuestra posición económica debilitada. En el contexto actual la autonomía estratégica no es una opción, es una necesidad.

La alternativa al multilateralismo no es solo el unilateralismo o el bipolarismo. En términos prácticos, la alternativa al multilateralismo es la confrontación.

En la Unión Europea hemos conseguido mucho juntos. La UE es el único lugar del mundo donde existe un triángulo virtuoso entre democracia, progreso económico y solidaridad. Para preservarlo en el nuevo orden mundial, los europeos deben unirse mucho más. Porque lo que está en juego es el modelo de comunidad internacional en el que vivirán nuestros hijos y nietos.