De la campaña a la ruta

Después de seguir el segundo de los debates televisados de esta campaña electoral, vuelo a Pekín donde tendré la satisfacción de representar a España en la gran conferencia que el gobierno chino organiza sobre la Bell and Road Initiative, conocida coloquialmente como la Nueva Ruta de la Seda.

Aprovecho estas muchas horas de vuelo para asomarme de nuevo a estas páginas digitales. Escribir ayuda a matar el tiempo, sobre todo cuando se viven momentos que demandan una ordenada reflexión.

Desde el punto de vista de la campaña, el debate en la Sexta fue más embarrado que el de Radio Televisión Española (RTVE). Ofreció el espectáculo del enfrentamiento entre Casado y Rivera por el liderazgo del bloque de las derechas, con el permiso del ausente Vox, mientras que en el ala izquierda se percibía que Podemos podía complementar la mayoría relativa del PSOE. La acusación tantas veces reiterada por PP y Ciudadanos de que Sánchez había pactado con los independentistas catalanes, para llegar a la Moncloa a través de su apoyo a la moción de censura, tiene tan poca consistencia como argumentar que PP y Ciudadanos habían pactado con ellos para desalojarle del gobierno rechazando los presupuestos junto con los independentistas. Una convergencia coyuntural de intereses no implica necesariamente un pacto entre las partes para actuar contra un tercero.

Si entendemos la democracia como un proceso de deliberación social, a lo Habermas, del que el voto es solo su fase final, hay que preguntarse por la utilidad de esos debates como instrumentos de ese proceso. Cada participante ha dispuesto de poco más de media hora para exponer sus propuestas sobre todos los temas que componen un programa electoral y contraponerlas con las de sus adversarios. Una tarea imposible. ¡Y eso que los organizadores no consideraron necesario incluir entre los temas tratados ni la política internacional ni las cuestiones de la Unión Europea!

Debe haber formas más eficientes de desarrollar un debate político, que ilustre al ciudadano sobre la elección que debe efectuar cuando se acerque a las urnas. Los mítines tratan sobre todo de fidelizar a la parroquia provocando el aplauso de los que ya están convencidos. Y los debates contradictorios son insuficientes en tiempo y forma. Un problema que la democracia liberal deberá abordar en estos tiempos en los que la comunicación y la interactividad, hechas posibles por la tecnología de la información, han ido parejas con una creciente desafección hacia su funcionamiento, con la aparición de los movimientos que ahora llamamos nacionalpopulistas, tanto en Europa como en EE.UU., en estos tiempos del Brexit y de Trump.

Esperamos que los españoles seamos conscientes de la gravedad que encierran estas elecciones, bien diferentes de las anteriores y que, por ello, pueden llamarse “existenciales” para nuestro sistema político.

En los días que faltan hasta entonces, tendré oportunidad de palpar la fascinante emergencia de China. Y para mejor conocer lo que representa, me permito recomendar The New Silk Roads, de Peter Frankopan, que explica como la Silk Road es un término utilizado, a finales del siglo XIX por el geógrafo alemán Ferdinand Richthofen, para referirse a la red de intercambios trazada por la dinastía Han con el resto del mundo.

Ahora estamos de repente tomando plena conciencia de la dimensión económica, tecnológica, política y militar de China. Tanto en la UE, con la reciente comunicación de la Comisión, en la que se considera a China un “rival sistémico”, como en la OTAN, que, por primera vez, dedicó a China una de las sesiones de trabajo de la Conferencia de Washington con la que se celebró su 70 aniversario. Por su parte, los EE. UU de Trump se han instalado en una creciente animosidad con China, mientras esta muestra una actitud cada vez más reivindicativa en lo diplomático, tecnológico y lo militar, y más activa como inversor en todos los países y como actor geopolítico en todas las latitudes.

En la Europa ensimismada con el Brexit, el Consejo Europeo de marzo se ocupó de la relación estratégica entre la UE y China. No lo hacía desde 1989, cuando los entonces 12 Estados miembros decidieron imponerle sanciones por los acontecimientos de Tiannamen. Es sorprendente que se haya tardado tanto, porque en los últimos 40 años el ascenso económico de China ha cambiado la geopolítica mundial.

Probablemente, en los últimos 10 años, los europeos hemos estado demasiado ocupados con nuestras crisis, e interesados solo en las ventajas económicas del rápido crecimiento de China, que es nuestro primer socio comercial (especialmente para Alemania, como ejemplo Volkswagen vendió allí el 40 % de su producción en el 2018), como para ocuparnos de otras consecuencias de su ascenso en la escena mundial.

Esto ha cambiado y cambiará más de forma cada vez más rápida. Las guerras comerciales, propias y ajenas, las cuestiones de la competencia por las nuevas tecnologías, la política industrial y la ciberseguridad, entre otras, han puesto a China en la agenda política y estratégica europea. Así, para preparar el Consejo Europeo de marzo, los ministros de exteriores de la UE compartimos mesa, mantel y debate con nuestro colega chino. Era la primera vez que ocurría en 30 años, a pesar de que es difícil encontrar una personalidad relevante de la política internacional, que no haya participado en esos almuerzos, donde se produce un dialogo más directo del que solo queda un informe de calculada vaguedad, sin atribución a los participantes de los aspectos concretos que allí se ha comentado.

¿Por qué esa prolongada desatención, a pesar de que el ascenso de China a potencia global haya sido objeto de miles de comentarios, ensayos y análisis? Seguramente porque, mientras China crecía a tasas espectaculares, aumentaba su influencia internacional, iba ocupando espacios, primero en Asia Pacífico, luego en África, en América Latina, incluso en el tejido económico y empresarial europeo, el problema del momento – el euro, los refugiados, el Brexit – absorbía toda la atención y las energías políticas de las instituciones, empezando por las del Consejo Europeo.

El Brexit interminable nos había hecho mirar el futuro por el retrovisor, pero ya no podía aplazarse por más tiempo una reflexión colectiva sobre los desafíos planteados por la nueva China. Hasta que ha sido imposible no ver “el elefante en la habitación”. Y el detonante ha sido muy probablemente la posición de liderazgo tomada por China en tecnología 5G.

La comunicación presentada por la Comisión ha supuesto tres cambios fundamentales en la perspectiva con la que la UE había observado a China durante los últimos 30 años.

Primero, que no podemos seguir considerando a China como un país en vías de desarrollo, lo que le proporciona una discutible ventaja competitiva. Difícilmente puede ser considerado así un país que tiene un PIB per cápita superior a algún Estado miembro de la Unión o que está a punto de alcanzar a Estados Unidos en el número de empresas entre las 500 más grandes del mundo.

Segundo, que China, sin perder su carácter de socio potencial clave, es también un competidor. Y no sólo en el campo tecnológico o industrial. Es un competidor estratégico al haber sumado, en los últimos años, ascendencia política, influencia diplomática y poder militar a su ya considerable capacidad económica. En bruselense a eso se le llama un systemic rival.

Tercero, la necesidad de ampliar el foco cuando pensamos sobre China, añadiendo consideraciones geoestratégicas y de seguridad nacional a los efectos de su expansión económica. Hay que pensar China globalmente, como un país que retoma el lugar que ocupó durante siglos “en el centro del mundo”, con las implicaciones que ello tiene para nuestra península europea en el extremo occidental de Eurasia. Ya no es solo una oportunidad. Es un reto que no se puede ignorar. Un reto existencial. Y Europa debe hacer de él una nueva oportunidad de refundación de sí misma, de fundar la Europa del s. XXI. Y China, en parte, nos despierta a esta oportunidad histórica.

La consecuencia primera de la extraordinaria proyección exterior, y ya también militar, de China es el final del llamado “ascenso pacífico”, que ha caracterizado su reincorporación al sistema internacional. Desde Deng Xiaoping, los líderes chinos, actuando con una encomiable visión estratégica, han ido acumulando poder e influencia mientras evitaban el conflicto, conscientes de la necesidad de no suscitar temores y de inspirar confianza. Salvo en asuntos que tocaban la fibra profunda, Taiwán, la integridad territorial, Pekín evitaba la imposición pura y dura. Se sentaban las bases de la relevancia global con un mensaje permanente de cooperación, de buena voluntad, de armonía, por utilizar un término caro a la diplomacia china de inspiración taoísta. En palabras del propio Deng Xiaoping; “esconde tus fuerzas, espera tu momento”. Pues bien, el momento de China ha llegado.

Pero hay un límite en lo que se puede crecer, en un espacio necesariamente limitado, sin hacer demasiado patente nuestra presencia y sin dar algún pisotón. Sobre todo, cuando a la voluntad de crecer se suma la de prevalecer, al menos en el marco regional. China ha cruzado ya ese límite y según lo ha ido haciendo, sus dirigentes han abandonado en parte el discurso anterior de Deng.

Todo ello sitúa a Europa ante la necesidad de no llamarse a engaño sobre las posibilidades reales de la relación bilateral. China propugna un modelo de sociedad, y tiene una visión de las relaciones internacionales, distinto del nuestro. Nuestras sociedades abiertas, basadas en el respeto de los Derechos Humanos y el Estado de Derecho, son distintas del modelo chino. Ni nuestra economía social de mercado con las profundas desigualdades que caracterizan el capitalismo de Estado. Ello no impide la colaboración, por supuesto. Pero también nos avisa de la necesidad de gestionar una relación que ya difícilmente estará exenta de tensiones. Los tiempos han cambiado. Lo que tenemos delante no es una nueva Unión Soviética ni una nueva guerra fría, sino algo mucho más complejo que se juega en campos muy diferentes del militar, el tecnológico particularmente, en los que Europa solo puede actuar unida o ser irrelevante. Y el problema es, precisamente, que, en su relación con China, Europa no está suficientemente unida.

Creo que el debate en el que nos hemos embarcado debe conducir al menos a dos conclusiones. Por una parte, la toma de conciencia de que ningún Estado miembro de la UE puede aspirar a tener una relación equilibrada con China. La relación será siempre asimétrica.

Sólo como Unión Europea podremos tener una relación de equilibrio. Aquí, como en tantas otras cuestiones, Europa no es una opción. Es una necesidad si queremos preservar nuestro modelo de sociedad.

Por otra, la convicción de que la relación será compleja, pero puede beneficiar a las dos partes y, dadas las responsabilidades globales de ambos actores, a todo el planeta. En los últimos años ha ido extendiéndose la visión de que el ascenso chino nos abocaba a un nuevo “momento Tucídides”. El historiador griego describió con maestría el conflicto que aparece cuando una potencia emergente trata de desplazar a la dominante. Pero creo que se impondrá la lógica de la cooperación sobre la de un enfrentamiento que solo puede ser catastrófico.

Pero solo contribuiremos a que esa lógica se imponga desde una visión y una actuación europeas, evitando así quedar aprisionados en nuestro modelo político-social sea arrastrado, por la nueva gran dualidad que emerge en la frontera del indo-pacifico.

Evitando así que nuestro modelo político-social sea arrastrado, por la nueva gran dualidad que emerge en la frontera del indo-pacifico.

Si en el siglo XX la UE se creó sobre el carbón y el acero, en el siglo XXI debemos refundarla sobre la tecnología. Solo a través de ella podremos ser globalmente competitivos, ganar autonomía estratégica y hacer frente a los retos que nos plantean oriente y occidente. Solo así evitaremos que nuestro modelo político-social sea arrastrado, por unos o por otros, a juegos de suma cero que solo restan para todos.