Europa ante la inmigración y el mundo árabe-musulmán

Aunque la actualidad este dominada por el Brexit y la crisis de Venezuela, problemas ambos que parecen irresolubles, el mundo no se para y otras cuestiones reclaman nuestra atención de forma más estructural. Así, hemos celebrado en Bruselas en el seno del Consejo de Asuntos Exteriores de la UE una reunión ministerial con los países del sudeste asiático agrupados en Asean y otra con los de la Unión Africana. Y preparado otra para febrero entre la UE y la Liga de Estados Árabes (LEA), a la que seguirá en Egipto la Cumbre de jefes de Estado y de gobierno, que será la I Cumbre de esta naturaleza entre ambas organizaciones regionales.

Es evidente que, para nuestro continente y para España en particular, el mundo árabe-islámico tiene una gran importancia en el campo de la seguridad, la energía, el cambio climático y las migraciones, pero también desde el punto de vista del entendimiento entre culturas y civilizaciones, y por tanto en lo relativo a la dimensión política de nuestra relación.

Aunque hasta ahora nos creíamos inmunes a esas dinámicas, también en España empiezan a obtener réditos electorales los partidos políticos que quieren convertir a los inmigrantes, y en particular a los que son musulmanes y a la civilización islámica en general, en un enemigo exterior a batir o expulsar.

El fenómeno migratorio es parte de este rechazo. Pero nos guste o no, los desequilibrios demográficos lo van a convertir en algo con lo que tendremos que aprender a vivir. En 2.050 el mundo tendrá 9.700 millones de personas, y Europa, que seguirá teniendo más o menos los 500 millones actuales, representará el 5 por ciento de la población mundial. África, en cambio, tendrá 2.500 millones. Es decir, en 2.050 habrá cinco veces más personas en el continente vecino que en Europa. De ahí la necesidad de abordar la dimensión sociocultural del fenómeno migratorio.

Las migraciones podrían ser un activo para frenar la pérdida de población y revitalizar la fuerza de trabajo, y además para asegurar la sostenibilidad de nuestro sistema de pensiones y para construir una sociedad multicultural y dinámica. Salvo que queramos cerrarnos en banda y ser un continente de blancos (pocos), viejos y dependientes.

Pero no nos llamemos a engaño. La gestión de las identidades es una tarea muy compleja, mucho más que la gobernanza del euro, que puede solucionarse con dinero y reformas institucionales.

Si esta labor no se aborda adecuadamente, también desde el punto de vista de la canalización de los flujos, reduciendo los de naturaleza irregular en favor de los legales, la explotación que hace la ultraderecha populista de las migraciones puede convertirse en un factor disolvente de la integración europea.

Máxime cuando se pretende presentar Occidente y Oriente como polos opuestos en todo, como hace Huntington con su teoría del choque de las civilizaciones, desde la religión, al sistema político, pasando por la laicidad y el papel de la mujer. Pero, ¿es así realmente?

Este enfoque lleva inevitablemente a considerar estos dos espacios, Europa y el mundo árabe-islámico, como todos homogéneos. Pero en ellos existe una gran diversidad de aproximaciones a la fe, la democracia y la modernidad en general.

En Europa, por ejemplo, el derecho a interrumpir el embarazo no es universalmente aceptado, ni el matrimonio entre personas del mismo sexo. Por otro lado, países como Túnez, país sociológicamente islámico, está construyendo, como me dijo su ministro de Asuntos Exteriores recientemente, con dificultades sin duda, una democracia aconfesional con una Constitución que consagra la igualdad entre mujeres y hombres.

Se podría pensar que estos son ejemplos extremos, excepciones a la regla de una Europa liberal y un mundo árabe-islámico autoritario y teocrático, pero la generalización tampoco debiera conducir a simplificar lo complejo.

Al contrario, es importante aproximarse y apoyar las corrientes culturales y políticas que en tierras del islam buscan precisamente mostrar que no hay nada en su cultura que conduzca inexorablemente al establecimiento de dictaduras confesionales o al terrorismo.

Este enfoque es además fundamental en la lucha contra la radicalización que tiene lugar entre algunos jóvenes europeos de origen árabe, faltos de oportunidades, y no solo en los países islámicos.

Según datos de 2.017 (de la Unión de Comunidades Islámicas en España), hay 1,9 millones de musulmanes en nuestro país, aproximadamente un 4 por ciento de la población española. Una cifra que desmiente cualquier impresión de islamización como algunos quieren hacer creer, y no solo en nuestro país. Personajes como el líder xenófobo holandés Wilders, agitan este espantajo, cuando no hay en Holanda más que un 7 por ciento de personas que practican la religión islámica.

En todo caso, dada la importancia que el debate de las identidades ha cobrado en la sociedad europea, es oportuno lanzar la mirada al papel de la cultura árabe como parte del acervo europeo y, por supuesto, del acervo español,

¿Es el islam o, si se quiere, el mundo arabo-islámico, una parte integral, constitutiva, de la cultura y de la experiencia histórica europeas o, por el contrario, es un elemento ajeno o impuesto y, en todo caso, circunstancial y excéntrico?

En otras palabras, ¿es el islam una religión que ha venido a Europa en patera y por la misma vía tendría que irse, como desean algunos, o, por el contrario, es una religión, y sobre todo una cultura, con raíces multiseculares en Europa y que nos enriquece, como lo habría hecho durante siglos?

Una pregunta que nos retrotrae al debate que vivimos durante la negociación de la non-nata Constitución europea, sobre las esencias greco-romano-judeo-cristianas de Europa.

Claro que ello nos llevaba a otras preguntas: ¿dejamos para siempre fuera de esa Europa esencialista a Turquía e integramos a la Rusia cristiana hasta Vladivostok?

Si hablamos del Cáucaso, ¿es la Armenia cristiana candidata nata a Europa pero no así Azerbaiyán, que tiene mayoría islámica en su población?;

Los ciudadanos de la Unión Europea que profesan la religión islámica, ¿deben ser por ello ciudadanos de segunda por no pertenecer a los europeos de pura raza, religión y cultura, por así decirlo? En España, este debate tiene una relevancia especial.

Después de todo, junto con el sur de Italia y parte de los Balcanes, aunque con mucha mayor intensidad en nuestro caso, nuestro país es la parte de Europa donde la presencia del islam ha dejado una mayor y más duradera impronta. Y no hablamos de una impronta muerta, sino viva. Vive en nuestra lengua, en nuestros topónimos, en nuestra gastronomía, en nuestra arquitectura y urbanismo. Y por tanto no se debiera considerarlo como algo ajeno a nuestra sociedad, muchos menos como un factor antagonista.

Es precisamente la presencia del islam en España durante siete siglos el principal elemento diferencial al que propios y extraños han recurrido cuando han pretendido hablar de una supuesta “excepcionalidad española”.

España como el Oriente de Occidente, según la versión romántica. A este respecto, es interesante recordar la “querella de los historiadores” a mediados del pasado siglo sobre el lugar del Islam y lo árabe en la experiencia histórica española.

Me refiero, claro está, al debate entre Américo Castro y Sánchez Albornoz. En síntesis, el primero ve España en la convivencia de las tres culturas, y el segundo encuentra ya la esencia nacional en el reino visigodo. Un debate cuya vigencia en la Europa actual salta a la vista.

La pregunta que cabría hacer a los “albornozistas” es si podemos considerar siete siglos de historia como una mera desviación. Y la pregunta que se les podría hacer también a los “castristas” es si no han sobrevalorado el factor islámico por encima de su aportación real a la totalidad de nuestra historia.

En todo caso, lo importante, y lo necesario, es aceptar nuestra experiencia histórica en su totalidad, comprenderla, aprehenderla, hacerla inteligible para nosotros mismos y para los demás y ver en qué medida es útil para el actual momento de Europa y Oriente.

Ello pasa por comprender y, llegado el caso, integrar el componente islámico, en su justa medida, dentro de nuestra historia, y, por tanto, dentro de la historia europea. Ante la pregunta de si hay un pilar árabe en la cultura europea sólo puede responderse de forma afirmativa si aceptamos la existencia del mismo en nuestra propia cultura española.

En determinadas épocas históricas ese pilar ha sido no sólo consustancial a la trayectoria histórica de nuestro país, sino, gracias a la presencia del islam en España, también al crecimiento y a la madurez de una Europa que había permanecido ensimismada durante siglos, hasta la recuperación del legado clásico gracias a las traducciones y reinterpretaciones árabes que llegaron al resto del continente a través de la península.

Por todo ello, la influencia arabo-islámica en Europa no se debe exclusivamente a la afluencia reciente de inmigrantes en nuestras sociedades a raíz del proceso descolonizador o de los recientes flujos de refugiados, sino que históricamente el islam y el mundo árabe han formado parte de nuestro acervo cultural.

Aceptada pues esta premisa, nuestro siguiente paso debe consistir en analizar en qué medida esa temprana impronta nos permite encontrar soluciones a muchos de los dilemas actuales que afronta Occidente.

La Alianza de Civilizaciones, una iniciativa española que Naciones Unidas ha hecho suya, y cuyo Alto Representante es el ex ministro Miguel Angel Moratinos, es sin duda una plasmación política de este enfoque.

La Iniciativa 5+5 en el Mediterráneo Occidental o la Unión por el Mediterráneo, con las que España tiene un compromiso particular, podrían igualmente desempeñar un papel importante en la gestión mutuamente beneficiosa de las migraciones y de otros bienes públicos regionales, como el agua o el comercio, y en el redescubrimiento de esa cultura compartida entre las dos orillas.

Por todo ello, frente a las visiones cerradas y xenófobas de la sociedad, debemos apostar por una sociedad abierta a las ideas e influencias, al conocimiento, a la transferencia tecnológica, a los bienes y servicios, y también a las personas, mediante canales seguros, ordenados y legales como propone el Pacto Mundial de Marrakech.

Finalmente, la impronta andalusí, como parte del ser español, y del europeo, nos ofrece una gran oportunidad para desarrollar no solo una importante labor de diplomacia cultural, sino para reforzar nuestra interlocución política con el mundo mediterráneo, árabe e islámico, que debemos potenciar al máximo.