España: horizonte 2030

Desde mi nombramiento como Ministro de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, hará ya pronto un par de meses, he estado ausente de estas páginas digitales, por las razones obvias que implican un aterrizaje imprevisto en una institución tan compleja y con tantas responsabilidades como es este Ministerio. Desde entonces, tengo muchas más cosas que comentar, información y vivencias que compartir, pero también mucho menos tiempo para hacerlo. No obstante, procuraré seguir asomándome de cuando en cuando a la atención de los lectores de la República de las Ideas, para que algunos de esos temas no se pierdan en la memoria.

Y uno de ellos, que ha sido poco mediatizado, pero que es de gran importancia, es la llamada Agenda 2030. De regreso de Nueva York, donde he acudido a presentar ante las Naciones Unidas el informe de España  con respecto al cumplimiento de esa Agenda y pasar lo que se llama el  Examen Nacional Voluntario ante las Naciones Unidas, donde todo empezó hace tres años, quisiera darle la importancia que merece. Con este examen, el nuevo Gobierno de España ha querido mostrar una radiografía fidedigna del estado actual de cumplimiento de los Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS) en nuestro país, que puede ser consultada en la página web: https://sustainabledevelopment.un.org/hlpf/2018. Y, sobre todo, hemos querido demostrar ante nuestros conciudadanos y ante la comunidad internacional que España sí tiene un proyecto colectivo y una hoja de ruta compartida para construir un país mejor en el horizonte 2030, que está más cerca de lo que parece.

Lo que tenemos que hacer para cumplir con la Agenda 2030 puede formar parte de ese relato colectivo  del que tantas veces nos hemos quejado, con razón, de que nuestro país no tiene. “España no tiene relato; carecemos de un proyecto colectivo, de una hoja de ruta, como en su momento lo fue la Transición y el retorno a Europa”. ¿Cuántas veces hemos oído esta frase en los últimos años? Si hay un lugar común frecuentado por izquierdas y derechas, por viejas y nuevas generaciones de españoles, es el de la ausencia de un ideal capaz de movilizarnos como sociedad y de proyectarnos hacia el futuro. También he podido constatar, en estos apretados días de ejercicio en los asuntos del mundo fuera de nuestras fronteras, que no se trata de un estado de opinión limitado a España. Esa sensación de falta de ilusión y desorientación están siendo, posiblemente, el caldo de cultivo de muchos de los males que hoy padecemos en muchas sociedades europeas y occidentales, temerosos de su envejecimiento, de su pérdida de poder relativo y de la llegada de inmigrantes que algunos utilizan para atizar el miedo y la xenofobia.

Pero no debemos aceptar este estado de cosas ni estas actitudes derrotistas. Es falso que España carezca de objetivos. No es cierto que estemos condenados a caminar a ciegas, sin conocer la meta que nos aguarda. Es importante señalar que, ahora mismo, la Agenda 2030 que vengo de discutir en la ONU, junto con otros miembros del gobierno, nos plantea 17 objetivos para alcanzar en poco más de una década y, para ello, hemos de superar 169 metas debidamente definidas y que afectan a toda la estructura de nuestra economía y sociedad.

Para que un relato guie la acción colectiva, exige bajar de las musas al teatro, como decían los clásicos. Aquí lo tenemos, se llama Agenda 2030. Los objetivos para inspirar nuestra vida colectiva existen, se llaman los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Y ya adelanto que no son cualquier cosa, ni fáciles de alcanzar. Se trata de erradicar la pobreza; de lograr la seguridad alimentaria; de garantizar una educación inclusiva de calidad; de lograr la igualdad efectiva de género; de promover un crecimiento económico inclusivo, que busque crear empleos sostenibles y promover la igualdad, luchar contra el cambio climático, construyendo infraestructuras resilientes u ofreciendo un trabajo decente para todos. Se trata de fomentar la innovación; de conseguir que nuestras ciudades sean modelos de convivencia entre sus habitantes y de éstos con el entorno; de sanar los océanos, los bosques y los ecosistemas dañados por la actividad humana; y de hacer todo esto contando con la plena colaboración de los actores públicos y privados, movilizando los recursos en cada país, con independencia de su nivel de desarrollo.

La Agenda 2030, con sus 17 ODS resumidos en el párrafo anterior, fue aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en septiembre de 2015 y tiene una vocación universal y transformadora. El Rey Felipe VI manifestó en aquella ocasión, con palabras inequívocas, el compromiso de España para su cumplimiento. Nuestros representantes en el Parlamento la respaldan, como lo demuestra la Proposición No de Ley 161/001253, aprobada por consenso en el Congreso por todos los grupos parlamentarios el 12 de septiembre de 2017.

Dicho todo esto, conviene hacer un ejercicio de autocrítica. Aun contando con los precedentes mencionados, es cierto que no hemos conseguido todavía un nivel suficiente de movilización colectiva, ni de impulso en nuestras políticas públicas, si queremos alcanzar a tiempo, como nos hemos propuesto, los 17 ODS. Ya vamos con retraso. Por ello, el actual Gobierno socialista ha situado la Agenda 2030 en el mismo centro de la acción política. El primer paso ha sido dar un impulso a las estructuras de gobernanza y al Plan de Acción existentes para el cumplimiento de los ODS. Con ese horizonte, se ha nombrado una Alta Comisionada para la Agenda 2030 en la persona de Cristina Gallach, que cuenta con una gran experiencia internacional en las Naciones Unidas y en la Unión Europea. También se ha recuperado el Ministerio de Igualdad, creado  el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades y el Ministerio para la Transición Ecológica, que aúna las competencias de energía, medio ambiente, cambio climático y agua que antes estaban dispersas. Nos hemos movido hacia posiciones más ambiciosas en los compromisos de la UE para el cumplimiento del Acuerdo de París sobre Cambio Climático. Hemos ampliado el acceso a la sanidad universal para incluir a los inmigrantes en situación irregular. Hay que reorientar la política de empleo para que el crecimiento económico no acreciente las desigualdades. Hemos situado en el eje principal, de nuestra lucha contra la desigualdad, a la infancia con la creación de una Alta Comisionada contra la Pobreza Infantil; es inaceptable que  2,1 millones de niños se enfrenten al riesgo de caer en la pobreza en este país. Y hemos mostrado la solidaridad de España en lo más álgido de la crisis de los refugiados con la acogida del barco Aquarius en nuestro territorio.

En el fondo, no se trata de medidas aisladas, forman parte de una idea de país: de un proyecto en común. A partir de ahora habrá que trabajar para elaborar y presentar en breve plazo una Estrategia de Desarrollo Sostenible asentada en unos objetivos realistas para cumplir con lo que nos exige la  Agenda 2030; y, en ello, habrá que involucrar a todos los actores responsables para la puesta en práctica de acciones concretas, en los distintos niveles de la Administración y de la sociedad, que nos permitan llegar a 2030 con los deberes cumplidos. Y gracias a ellos haber construido una sociedad mejor.