Europa desde Roma

Que mejor sitio que Roma para celebrar el día de Europa, o de “San Schumann”, en el argot comunitario, en el que se une el recuerdo de la famosa declaración que inició el proceso de integración y el del armisticio que puso fin a una de las más atroces guerras entre europeos.

Llegué a Roma desde Oviedo, donde por la mañana participé en el jurado de los premios Princesa de Asturias a la Cooperación Internacional, y por la noche en una cena debate sobre la situación, en fecha tan señalada, de la Unión Europea. Difícil tarea la de conceder un premio a uno, y sólo a uno, de entre una veintena de candidatos cuando casi todos ellos tienen méritos suficientes para recibirlo. Por eso las deliberaciones del jurado, numeroso y diverso en su composición, se alargaron considerando los diferentes criterios que permiten valorar los méritos de las candidaturas propuestas. Al final nunca llueve a gusto de todos.

También se pueden usar distintos criterios para juzgar el estado de salud del proyecto europeo y sus perspectivas de futuro. En las últimas ocasiones que he tenido ocasión de hacerlo, el auditorio se suele quedar con una sensación agridulce, considerando que mi análisis es demasiado pesimista, casi propio de un euroescéptico. Puede que lo mismo me haya sucedido en Roma.

No creo merecer la etiqueta de euroescéptico, siendo como soy un ferviente partidario de la integración política, y no solo económico-monetaria, de Europa. Pero tampoco soy un euro-beato, de aquellos a los que todo lo que viene de la UE les parece bien y cierran los ojos a sus evidentes carencias y disfuncionalidades, limitándose a pedir “más Europa”, sin precisar de qué clase de Europa se trata.

De según de cual Europa se trate, no deseo más. Por el contrario, la discusión sobre las carencias y errores del proceso de integración me parece una tarea prioritaria en un momento en el que la amenaza de desintegración del continente, tanto desde el punto de vista de la integración en una estructura supraestatal, como el de las fracturas internas de algunos de los Estados miembros, es mayor que nunca.

Podemos de nuevo hacer el repertorio de los síntomas de estas amenazas : la crisis de la eurozona, que ha producido una enorme divergencia socioeconómica entre sus miembros, el Brexit, por supuesto, y las consecuencias que va a tener para la unidad del hasta ahora llamado Reino Unido, la crisis migratoria, que no es coyuntural y que se vive con especial intensidad en una Italia que se siente abandonada por la UE , la nueva situación geopolítica, con la belicosa actitud de Trump hacia los europeos, que le ha hecho decir a Merkel que los EE.UU ya no son un aliado en el que se pueda confiar, el terrorismo, patente en Roma con el despliegue del ejército en la operación “estradesecure”, los conflictos en las fronteras del Sur y del Este y la desestabilización de muchos de nuestros vecinos que agravan el problema migratorio, etc..

Pero por encima de todos esos problemas, algunos de los cuales podríamos considerarles coyunturales, aunque no por eso menos graves, el proyecto europeo sufre de un problema mayor, un problema político de naturaleza estructural que tiene que ver con la clarificación de sus objetivos y con su legitimación democrática, que no puede ser sólo una legitimación por sus resultados, como hasta ahora ha sido. Y sin resolverlo, no tendrá fuerza para enfrentarse a los demás problemas, ni para cumplir con su papel en el nuevo mundo que están alumbrando la emergencia de China, la retirada de EE.UU y la reivindicación de la Rusia de Putin de su pasado de gran potencia mundial.

En efecto, como rezaba el título de mi intervención en Roma, la UE baila sobre una encrucijada que puede conducir a mas integración o a su desintegración.

No es extraño que el proyecto europeo este hoy mucho más cuestionado que hace 10 o 15 años. En esos últimos años se han producido al menos 5 schoks que le han afectado negativamente, y los cito sin ordenar cronológicamente la fecha en la que empezaron a manifestarse porque son dinámicas de fondo que perduran

Primero, desde el 2004, el proceso de ampliación al Este, que, queramos o no reconocerlo, ha fragilizado políticamente a la UE

Segundo, el proceso de liberalización y debilitamiento de los servicios públicos, iniciado en el 2.000, que ha fragilizado a las sociedades europeas

Tercero, la crisis financiera seguida por la crisis del euro que ha fragilizado socioeconómicamente a la UE

Cuarto, el problema de la inmigración y de los demandantes de asilo que ha provocado una crisis de solidaridad de la UE con sus vecinos más cercanos y entre los Estados miembros

Y, finalmente, los ataques terroristas que han provocado una crisis de seguridad

La crisis del euro ha creado una gran división Norte-Sur, o si se prefiere entre países deudores y acreedores, y la crisis de la inmigración ha creado otra división entre los países del Este y del Oeste. Pero en todas partes se produce un bajo nivel de identificación de los ciudadanos con una identidad política de carácter supranacional, y una débil relación entre las preferencias que se expresan en las elecciones y la orientación política de la UE. Esta es vista como un sistema distante, movido por su propia dinámica tecnocrática, un bajo nivel de accountability (rendición de cuentas) y una clara falta de liderazgo político.

Estos problemas se perciben en Italia más que en ningún otro país. Con una economía estancada, altos niveles de paro y de endeudamiento, una fractura territorial Norte-Sur que se ha expresado de una forma clarísima en las pasadas elecciones, y una presión migratoria a la que no sabe cómo hacer frente, Italia ya no es el país europeísta que fue. En las pasadas elecciones los dos partidos euroescépticos, uno por la derecha y el otro por la izquierda (Liga, que ya no es Ligas Norte, y 5 Stelle), sumaron el 45 % de los votos. Si le añadimos los votos de la Forza Italia de Berlusconi, el voto de los que desconfían de Europa alcanza el 63 %, casi un tercio de los electores.

Desde el 2011, cuando Napolitano desfrenestó a Berlusconi y le sustituyó por el tecnócrata Monti, al que siguieron dos primeros ministros más, Letta y Renzi, que no se habían presentado a las elecciones, los italianos han interiorizado que, gobierne quien gobierne, las decisiones se toman en Bruselas. Y sí da igual, porque no elegir a un cómico como Grillo; no cambiará nada pero puede ser más divertido.

Y así hemos llegado a una situación en la que puede acabar gobernando una coalición entre los dos partidos euroescépticos, 5 Stelle y la Lega. Con di Maio, el heredero de Grillo, como primer ministro y Salvini, jefe del partido más radicalmente contrario a los inmigrantes, como ministro del Interior. Mis amigos italianos progresistas, solo saben ya gritar ¡que desastre!

Esa es una de las novedades que han aparecido en Roma, como un regalo envenenado para celebrar el día de Europa. Con Berlusconi retirando su veto a esta alianza, los dos han pedido al Presidente de la República unos días de plazo para, a lo largo del fin de semana, acabar de cerrar un acuerdo que se da por hecho. Por lo que se sabe en materia de impuestos y de gasto público, haría saltar por los aires la disciplina presupuestaria que Bruselas exige. Buen tema para revisitarlo el lunes

La otra novedad que afecta a la UE en su frente exterior es la denuncia por Trump del acuerdo de contención nuclear con Irán. Otro regalo envenenado para el día de Europa, porque demuestra que a Trump le da igual lo que los europeos piensen, él va a la suya.

Todos los líderes europeos de importancia han pasado por Washington para convencerle de que no lo hiciera. Cada uno a su manera, Merkel con claridad y firmeza teutónica y Macron, que quiere jugar a ser el puente entre EE. UU y la UE, a base de carantoñas y abrazos. Pero nada, en este como en otros temas, ni caso. Trump esta empeñado en destruir el legado de Obama tanto en asuntos domésticos, como el obamacare, como en los geopolíticos. ¿Cuál será la respuesta de los europeos, más allá de considerar que el acuerdo con Irán sigue vivo?

El próximo martes la italiana Mogherini convoca a los ministros de exteriores para ver cómo se da contenido a esta declaración de principio. Veremos en qué medida su actitud se corresponde con las palabras del Presidente Matarella en Florencia diciendo que es un gran engaño hacer creer a la gente que los europeos pueden enfrentarse, cada uno por su lado, a los grandes problemas que el mundo de hoy les plantea.