Conflictos y polémicas

Ya me lo advirtió una vez, en circunstancias que no vienen al caso, un campesino cubano: “hay más vida que tiempo”. Y esa sabia advertencia resulta tanto más cierta cuanto menos tiempo queda por vivir. El tiempo vuela, y cuando se viaja mucho queda poco para escribir. Por eso, casi sin darme cuanta, ha pasado más de un mes sin que me asomara a estas páginas digitales. Y no será por falta de temas que comentar. Al contrario, hay tantos y se suceden a un ritmo trepidante de conflictos y polémicas, que uno no sabe ya donde mirar y a que dedicar la atención y el análisis.

En estos días de “ayuno escribidor” he pasado de la Universidad de Oxford a la de Yale, de allí a Bruselas, Barcelona y A Coruña para acabar el periplo en Cantabria recibiendo en Potes el Premio “Beato de Liébana”, ocasión que he aprovechado para pisar las abundantes nieves acumuladas en los Picos de Europa.

Todas ellas experiencias enriquecedoras. Vaya por delante mi agradecimiento al gobierno de Cantabria por esa distinción. Oxford y Yale impresionan por su capacidad de formación de élites intelectuales y su posición en las fronteras del conocimiento. Tanto allí como en la capital de la Unión Europea he podido constatar como el relato del independentismo catalán ha ganado la batalla de la comunicación política en los medios de comunicación y en los círculos intelectuales. Con algunas excepciones, se ha “comprado” la versión de un “pueblo catalán”, como si fuera una realidad homogénea y sin la profunda división que hay en su seno, que lucha pacíficamente contra un Estado represor y un gobierno que encarcela a líderes políticos por defender su voluntad de independencia.

Una opinión basada la mayor parte de las veces en una profunda desinformación acerca de la realidad política española y de la llamada “cuestión catalana”, cuando no de prejuicios que se resisten a los hechos y al razonamiento. El independentismo catalán, desde las instituciones del gobierno de la Generalitat y desde una sociedad civil muy movilizada, ha invertido muchos recursos materiales y humanos en propagar este relato, mientras que la versión del gobierno español ha sido inaudible entre otras cosas porque ha carecido de una estrategia y unos medios de comunicación a la altura del desafío.

En Yale he tenido que explicar varias veces que en España el gobierno no encarcela a nadie, porque existe una separación entre los poderes ejecutivo y judicial, con sus problemas pero que resiste bien la comparación con otros países de reconocida democracia. Pero eso mismo es abiertamente puesto en cuestión, y en Bruselas he tenido que escuchar a un alto funcionario comunitario que en España los jueces, todos los jueces, los nombra el gobierno, lo que, de ser cierto, no permitiría que fuésemos miembro de la UE.

Y, por supuesto, tener que salir al paso de las burdas manipulaciones propagadas por los independentistas del lugar, como algunos profesores catalanes en Yale, que citaban como muestra de los agravios que justificarían la independencia, el que el corredor ferroviario del Mediterráneo se pretenda construir pasando por Madrid (¿¿??), que el Estatut de Autonomía hubiese sido “derogado” por el Tribunal Constitucional, o que nuestra democracia fuese de tan baja calidad que no permitía la celebración de un referéndum de autodeterminación, mientras que este derecho estaba reconocido en todo el mundo.

En realidad, en lo que a esta cuestión se refiere, nuestra Constitución es igual que la de EE. UU, la de Alemania, la de Francia y la de Italia, países todos ellos por lo visto de muy baja calidad democrática. Ni siquiera es un derecho reconocido como tal en el Reino Unido, ya que se saca tanto a colación el caso de Escocia, puesto que si realmente fuera un derecho, su ejercicio no dependería de la voluntad del gobierno de turno. Y los escoceses no tendrían que pedir permiso a la premier May para repetir el referéndum que autorizó Cameron y que esta se niega ahora a que se celebre.

Cuando el fugado Puigdemont dice en una reciente entrevista en The Times, en la que se le presenta como un héroe digno de todas las admiraciones, que Catalunya no ha tenido la suerte de encontrar un Cameron en Madrid, oculta, como ocultaban mis contertulios en Yale, que no se trata de encontrar a un gobernante con “voluntad política”, o a un aprendiz de brujo, que es como pasara a la Historia el Cameron del Brexit, porque por encima de cualquier presidente del gobierno, el Tribunal Constitucional ya ha dicho que cualquier cuestión que afecte a la integridad territorial de España solo puede formularse en el marco de una reforma de la Constitución. Pero cuando se expone este argumento, se te contesta que esto se arregla cambiando al Tribunal Constitucional, ya que al que eso sentenció lo nombró el gobierno del PP, y otro podría decir otra cosa. Portentosa ignorancia acerca de cómo se nombran a los miembros del Tribunal Constitucional y a su jurisprudencia….

Sólo en contadas ocasiones, como en un tweet de The Economist he visto una reflexión contraria a las tesis del independentismo, diciendo que se trata de un portentoso éxito de relaciones públicas el haber conseguido que un movimiento de base rural e ideológicamente reaccionario pueda pasar por el sumun de la modernidad y de la democracia…

Así es. Y va a ser difícil cambiar esta situación, sobre todo porque la torpeza del gobierno Rajoy le ha regalado al “argumentario indepe” varias armas de gran calibre para apoyar la presentación positiva de su relato.

Aparte de ésta un tanto deprimente constatación, en la escena europea e internacional se suceden conflictos y polémicas de extraordinario interés. Como el inesperado proceso de paz entre las dos Coreas, que le puede regalar a Trump la aureola de gran político. O el proceso de reforma de la gobernanza del euro, que deja poco lugar a esperar que Merkel se mueva en la dirección que señala Macron, consagrado como el líder más europeísta del momento. O a la dinámica de la socialdemocracia en Europa, con el SPD en trance de ser “merkelizado” en Alemania y al Partido Democrático de acabar aliándose con 5 Stelle en Italia.

Pero, en lo que a conflictos y polémicas se refiere, estos temas ceden el paso a la sentencia de los jueces navarros sobre la brutal agresión sexual perpetrada por los de “la Manada”, que no se considera que haya sido un caso de violación, y con un miembro del tribunal pidiendo la libre absolución porque solo percibió “práctica de sexo en medio de un jolgorio”.

Esta sentencia, y especialmente el voto particular exculpatorio, ha abierto un foso entre la administración de la justicia y la opinión pública. Y también con respecto a la actitud de ciudadanos y responsables políticos ante las decisiones de los tribunales. Esas decisiones se acatan y se recurren, por supuesto, pero también se pueden criticar con toda la dureza que se considere que merecen porque ningún poder del Estado está libre de crítica. No es cuestionar la independencia del poder judicial criticar las sentencias de los tribunales, ni el hecho de acatarlas implica necesariamente respetarlas en el sentido intelectual del término. Y, en mi respetuosa opinión hacia el poder judicial, ese voto particular no es respetable y plantea muchas cuestiones como las que han formulado el Ministro de Justicia y la portavoz socialista en el Congreso, juez de profesión.

No comparto el rechazo que han expresado el Presidente del Tribunal Supremo y del CSPJ, así como las de las asociaciones profesionales de jueces y fiscales, a esas críticas. Dado el caso, harían mejor en estudiar su fundamento. Porque el respeto que merece la administración de justicia depende más de la calidad de sus sentencias y del juicio que expresan jueces y magistrados en sus votos particulares, que de las críticas que provocan.

Al Ministro de Justicia se le pide la dimisión por haber expresado una opinión crítica sobre un voto particular y el papel del CSPJ en este caso, argumentando que se trata de una injerencia de una autoridad política en el funcionamiento del poder judicial. Pero, cuando el Presidente del Parlamento de Catalunya se ha permitido de manera solemne denunciar que en España hay presos políticos, lo que es la más dura crítica que se pueda imaginar a las decisiones judiciales, no ha habido que yo sepa una reacción parecida llamándole al orden por parte de los máximos responsables del poder judicial.

En mi respetuosa opinión, es preocupante que en nuestra administración de justicia haya un juez que pueda formular un juicio exculpatorio de lo que hicieron esos 5 bárbaros contra una mujer a la que penetraron uno tras otro, por arriba y por abajo, por delante y por detrás, sin que apreciase en ello nada punible penalmente.

En todos los colectivos profesionales, jueces, médicos e ingenieros, hay de todo. Pero médicos e ingenieros se juegan la posibilidad de seguir en su profesión en función de las responsabilidades en la que incurren en el ejercicio de la misma. Lo ocurrido debería servir al menos para redactar mejor nuestros textos legales y analizar críticamente y sin complacencias corporativas el funcionamiento de un poder público tan importante para la vida de los ciudadanos como es la administración de justicia.