Postverdades, falsedades y realidades

Ahora llamamos postverdad a las falsedades aderezadas por el uso pervertido de datos y argumentos, y amplificadas por el potente altavoz de Twitter y demás redes sociales. Antes, en castellano viejo, se les llamaba bulos.

Los ha habido siempre, desde que se propagaban en la boca a oreja de las comunidades cerradas de antes de la era de la información. Y siempre se han utilizado como instrumentos de la agitación y la movilización social, como los rumores sobre la muerte de niños cristianos a mano de perversos judíos que comerciaban con su sangre, servían para provocar y justificar los progroms medievales. O estos días, lamentablemente, cuando los mensajes difundidos en la red sobre la muerte de un inmigrante senegalés en situación de ilegalidad, supuestamente causada por una persecución policial, ha provocado graves disturbios en el barrio multiétnico madrileño de Lavapiés.

El castellano viejo también ha acuñado la expresión “calumnia que algo queda”, para referirse al efecto que produce una falsedad adecuadamente difundida. Pero ahora esta dinámica se ha visto aumentada al infinito por la inmediatez y la universalidad de la difusión de cualquier mensaje, sin que su veracidad de pueda, o se quiera, comprobar, antes de pasar a los actos.

Lo ocurrido en Lavapiés es un buen ejemplo. Hará bien el Ayuntamiento de Madrid en investigar a fondo lo ocurrido y en depurar responsabilidades, entre ellas los de los líderes políticos, incluidos los del equipo de gobierno municipal, que se han apresurado a responsabilizar a la policía de la muerte de una persona que parece ser que sufrió un paro cardiaco sin relación con persecución policial alguna.

La vida de los inmigrantes ilegales, siempre bajo la amenaza de la detención y la expulsión es sin duda dramática. Lo pensaba cada vez que, cuando caía la lluvia en Florencia, surgían como por encanto decenas de jóvenes africanos vendiendo paraguas a los turistas, con el rabillo del ojo vigilando la llegada de la policía, como hacían los vendedores de bolsos falsificados que llenaban el Ponte Veccio. Eso es todo lo que las opulentas sociedades europeas tienen que ofrecer a la juventud africana…

Y el caso del joven senegalés fallecido en Lavapiés, que ha permanecido 12 años en esta situación, después de la dolorosa odisea que debió ser su viaje desde Senegal a España atravesando el Sáhara, lo ilustra perfectamente. Una vida en esas condiciones de ocultación, marginalidad y pobreza, siempre persiguiendo el sueño imposible de ganar dinero para volver a casa, es sin duda una fuente de estrés que puede derivar en cualquier accidente cardiovascular. Pero de aquí a acusar sin fundamento de que esa muerte fue debida a la “brutalidad policial” y a que ese triste suceso demuestra que “no hemos estado a la altura del respeto a los derechos humanos”, hay el abismo que separa la realidad de su deformación interesada.

A los propagadores de post-verdades, léase falsedades puras y simples, no les interesa la realidad. El caso de la crisis de Catalunya es una mina de ejemplos. Recibo cantidad de mensajes que relatan hechos que son pura invención, pero que la gente se cree y contribuye a divulgarlos dándoles más apariencia de verosimilitud. Por ejemplo, el que circula diciendo que el coronel de la Guardia Civil Pérez de los Cobos que dirigió la (infausta) actuación policial para intentar impedir la votación del pseudo referéndum de autodeterminación, atribuyéndole haber formado parte del grupo de guardias civiles que al mando de Tejero asaltó el Congreso de los Diputados

Ya por simples razones de tiempo y edad, tal acusación debería parecer infundada a cualquier persona con uso de razón. Pero, por si acaso, lo verifiqué y constatada su falsedad se lo trasmití al que me lo había rebotado, para que dejara de difundirlo. Su respuesta mostraba a las claras el condicionamiento ideológico de su comportamiento, bien lejos de cualquier intención de conocer la verdad : ”¡a mí que me cuentas, yo lo recibo y lo trasmito, no me importa si es verdad o no!”.

El mito de los 16.000 millones que España “roba” a Catalunya todos los años, que con tanta dedicación y esmero ha propagado Junqueras, o el de las inexistentes balanzas fiscales alemanas que el gobierno español debería imitar, son otros ejemplos de cómo se emponzoña la percepción que de la realidad puede llegar a tener una sociedad, de una manera un tanto irreversible, porque al final a los interesados ya no les interesa saber si era verdad o no, sino su efecto movilizador.

Ahora todo el mundo se acuerda en decir que la declaración de independencia, solemne y sin efectos prácticos como reconocen los que la hicieron, ha puesto de manifiesto las falsedades sobre las que se sustentaba su viabilidad, como el reconocimiento internacional, la aceptación de la UE, o que ninguna empresa se iría de Catalunya, como aseguraba a voz en grito ese gran político que ha sido Artur Mas. Pero poco se ha dicho sobre la amplia difusión de las razones por las que se justificó la necesidad de esa independencia, cuya aceptación por una parte muy importante de la ciudadanía, ante el silencio o la inhibición de la otra parte, nos ha llevado hasta aquí.

Pero más allá de las falsedades, está la dramática realidad, en particular del problema de la inmigración, que la sociedad europea no sabe cómo resolver. Para recordárnosla, casi al mismo tiempo que moría el mantero de Lavapiés, en la noche de este viernes a sábado se ahogaban en el Egeo al menos 16 persona entre ellas seis niños, cuando se hundió el barco que transportaba a unos 20 inmigrantes de la costa turca.

Y eso ocurre en vísperas del segundo aniversario del pacto UE-Turquía para detener el flujo migratorio entre Turquía y las islas griegas, en 2015, e impedir la llegada de demandantes de asilo a las costas de Europa.

Esta tragedia ha sido la más mortal en la región desde la firma de ese acuerdo. Un acuerdo que ha reducido las llegadas, a pesar de que todavía se producen centenares todos los meses, y también el número de víctimas mortales, mientras que más de mil, muchos de ellos niños, murieron ahogados en el Egeo en el 2015 y el 2016. Pero fue y sigue siendo muy discutido desde el punto de vista humanitario, ya que prevé el regreso de todos los que consiguen llegar, incluidos los refugiados sirios, a Turquía.

Este acuerdo también ha provocado en el confinamiento de miles de inmigrantes en las islas griegas, en condiciones denunciadas por los defensores de los derechos humanos, creando muchas tensiones con los habitantes de esas islas.

La realidad es todavía más dura en el corredor que une Italia con Libia. El acuerdo del gobierno italiano con el libio, suponiendo que tal cosa exista, es todavía más criticable. Y el número de muertos en ese trayecto mucho mayor que el que alarmó la conciencia de las sociedades europeas hace dos o tres veranos. Alguien twiteará que todos ellos son víctimas del “sistema capitalista”, que no les concede el derecho a la libre elección del lugar de residencia.

Desde luego son víctimas inocentes del sistema político y económico de la globalización y del subdesarrollo. Pero su llegada está desequilibrando a las sociedades europeas y produciendo un preocupante auge de la extrema derecha, apoyada por el voto de los ciudadanos, que también habrá que tener en cuenta. Eso explica que la Liga Norte, que ya no se llama Norte, sino simplemente Liga, haya conseguido convencer a los italianos del sur de que la inmigración es un peligro para todos.