Entre Roma y Berlín

En Roma hace más frío que en Soria, donde la semana pasada homenajeábamos a Machado. La calles guardan todavía retazos de la gran nevada, pero parece que el domingo el sol acompañará a los votantes en unas elecciones claves para el país, y para Europa, cuyo resultado nadie se siente capaz de predecir.

También este domingo se acaba el plazo para que los militantes del SPD envíen su voto por correo para validar, o no,  el acuerdo para formar una nueva gran coalición. Pero en Berlín las cosas parecen estar más claras y, salvo sorpresas de ultima hora y aunque sea por un estrecho margen, los socialdemócratas darán luz verde a esa nueva Groko que habían jurado no repetir.

Y lo harán porque la alternativa, nuevas elecciones, puede situarles por debajo del 15 % y por debajo también del partido de extrema derecha, Alternativa para Alemania (AfD). De manera que, mal si vuelven a ser socios junior de Merkel porque muchos creen que han vendido su alma a plazos y por eso cosecharon el peor resultado, rozando el 20 %, de todas las elecciones legislativas desde el fin de la II Guerra, y mal si van a otras elecciones porque tendrían un resultado peor.

Tampoco las cosas pintan bien para lo que queda de la socialdemocracia en Italia. Aunque Renzi anuncie los peores males para el país, si el Partido Democrático, amalgama de cristiano demócratas y socialistas, no consigue ser la fuerza más votada, mis amigos italianos no creen que quede muy por encima de ese mínimo simbólico del 20 %, que obligaría a Renzi a dimitir como ha tenido que acabar haciendo Schulz en Berlín.

En ambos países parece confirmarse el declive electoral de la socialdemocracia. Poco antes de su muerte prematura, Julian Priestley, un  british  gentlemen que fue secretario general del Parlamento Europeo durante mi presidencia, escribió un artículo profético, “Get used to the 20 %”, en el que explicaba las razones por las que los partidos socialistas o socialdemócratas europeos, que habían representado el 40 % del electorado, tendrían que conformarse con el 20 %. Así ha sido en España y Alemania, y menos que eso en Francia y en Holanda, y no digamos en los países del Este, con la excepción de Rumanía. El Brexit puede dar una oportunidad a los laboristas en el Reino Unido y Portugal es la única historia de éxito.

Veremos si en Italia también el 20 % se confirma como la nueva marca electoral del socialismo democrático. Pero lo que parece seguro es que nadie va a estar en condiciones de formar gobierno. Y es posible que haya que escoger entre lo malo y lo peor, es decir entre una alianza de los dos populismos, el neofascista de La Liga del Norte y el antisistema de los grillinos de 5Stelle, o un gobierno de coalición entre la Força Italia de Berlusconi, que ya ha propuesto como primer ministro a Tajani,  actual Presidente del Parlamento Europeo, y lo que quede del PD.

Suponiendo que alguna de esas dos alianzas consiga la mayoría. Y suponiendo también que dentro de la alianza de los 4 partidos de la derecha, no sea la neofascista Liga del Norte, capitaneada por su nuevo líder Matteo Salvini,  el que consiga mayor numero de votos, en cuyo caso reclamaría la jefatura del gobierno y en ese gobierno no podrían entrar los del PD, con lo cual tampoco habría mayoría.

Nadie duda que 5Stelle vaya a ser el partido más votado. Pero nadie cree que pueda llegar al 40 o 45 % necesario para formar gobierno. Eso, con la nueva  Ley electoral y la división en muchos partidos del arco político italiano, sólo lo pueden conseguir las coaliciones y los de 5Stelle no se coaligan con nadie del viejo sistema político.

Pero 5Stelle ha cambiado. El grito de protesta contra “la casta”, similar al de nuestro 15 M, que lanzó hace ya más de 10 años Beppe Grillo en una plaza de Bolonia, les ha dado mucha fuerza porque el sistema político italiano merecía todas las criticas. Pero la protesta se ha ido agotando en sí misma, en la irrelevancia parlamentaria que han demostrado tener los diputados de 5Stelle y la confrontación con las dificultades reales del gobierno en las alcaldías de Turín y de Roma.

Y así han aprendido que la protesta anti política no basta. Beppe Grillo ha dado un paso atrás, o al lado, como primero Mas y ahora Puigdemont en Cataluña, y 5Stelle está dispuesto a entrar en el sistema, porque a todos los movimientos de protesta les llega el momento de la madurez y de afrontar la realidad o de diluirse en la irrelevancia, como le puede pasar a Podemos en España. El nuevo líder de 5Stelle ya ha presentado lo que sería su gobierno, un poco prematuramente, pero como señal clara de su disponibilidad, de sus incontenibles ganas diría, de gobernar. La mayoría de sus miembros son profesores de ciencias políticas y, entre ellos, algunos exministros y colaboradores de Renzi.

Esta transición  no se ha hecho sin tensiones. En realidad en 5Stelle anidan dos almas, la del nuevo líder Di Maio, dialogante y moderada, y la de di Battista, radical, protestataria y tribunizia. Un poco como le pasa a Podemos, pero al revés en lo que a las posiciones del líder principal y del secundario se refiere.

Pero para cambios, el de la Liga Norte. Hay que ver a Salvini, el nuevo líder del partido que lanzó el slogan ‘Roma ladrona’, el equivalente del ‘España nos roba’ y se basó en el rechazo de la solidaridad de las regiones industriales del Norte con el Sur atrasado, irrecuperable, corrupto y mafioso, a hacer campaña en el sur profundo de Calabria.

Han estado haciendo de Italia una palabra tan impronunciable como España lo es en TV3 y exigido que el dinero de los venecianos se quede en Venecia para no alimentar a los perezosos del Sur (¿les suena de algo?). Y ahora han abandonado su discurso regionalista para conquistar el detestado Mezzogiorno. Hasta el punto de que Salvini se presenta como senador por Reggio de Calabria, que es como si Puigdemont se presentara a diputado por Cádiz.

Lo que han hecho es cambiar de enemigo. Ahora ya no es el Sur, sino los inmigrantes. Y este discurso, apoyado por los movimientos neofascistas, cada vez más fuertes en Italia, es un discursos que vende en un país cada vez más impregnado de racismo y xenofobia, que se ha enfrentado a la crisis de los refugiados con la falta total de solidaridad de los demás países europeos. No hay que olvidar que, en los últimos 4 años a Italia han llegado y se han quedado, 450.000 inmigrantes ilegales, declarados como tales después de arribar a sus costas pero no devueltos a sus países de origen y que deambulan por el país, como nuestros “sin papeles”, aunque nadie sabe cuántos de ellos han conseguido pasar a Francia o Alemania.

La coalición que dirige Berlusconi, que buscando la amnistía por sus pecados fiscales y licenciosos parece haber conseguido al menos la amnesia de sus conciudadanos, promete expulsar a 600.000 de esos inmigrantes ilegales, y sin duda el tema de la inmigración ilegal jugará un papel fundamental en estas elecciones

La situación es tan mala que Berlusconi aparece como un mal menor. Quien diría que en el 2011, el presidente napolitano tuvo que empujarle a la dimisión y substituirlo por el tecnócrata Monti porque Italia estaba a punto de salir del euro. Ahora, condenado por fraude fiscal e inelegible, a pesar de lo cual aparece como candidato en las papeletas de Força Italia, no podrá ser diputado ni primer ministro, pero en sus manos estará qué clase de coalición -si es que hay alguna- puede formar gobierno.

También puede que al final se forme un gobierno de amplio espectro, formalmente no una coalición, políticamente asexuado y presidido por el actual primer ministro Gentiloni, que, probablemente por su grisura y discreción, que contrasta con el acelerado y fogoso Renzi, es el político más popular de Italia.

Pero eso llevaría tiempo e Italia no es Alemania. En Alemania han prolongado seis meses la interinidad de Merkel, para intentar evitar nuevas elecciones. Pero el objetivo estaba claro, formar de nuevo una Groko y que lo aceptaran los militantes de los dos partidos. Y creo que lo estuvo desde el principio aunque se ensayaran otras soluciones menos factibles. Pero en Italia no esta claro cual sería el objetivo y su situación económica es muy frágil. Los mercados, que hasta ahora habían estado bastante indiferentes, empiezan a inquietarse y en Bruselas están de los nervios ante la posibilidad de que Salvini, antieuropeista declarado, sea  primer ministro apoyado por 5Stelle

Pero guste o no, Italia ya no es el país eurófilo que ha sido hasta la crisis. Roma está llena de banderas europeas, que ondean en los mástiles de todos los edificios oficiales junto a la italiana. Pero su opinión pública es una de las más euroescépticas y hostiles al euro. Y no sólo por el sentimiento de que les hemos dejado solos ante el problema de la inmigración. Desde el punto de vista económico, Italia lleva mucho tiempo paralizada.

Antes del euro, el PIB italiano era 3 puntos superior a la media de la eurozona y ahora está 13 puntos por debajo. Su endeudamiento publico es el más alto de la OCDE, después del de Japón, y la distribución de la renta no ha hecho sino empeorar y la precariedad laboral aumentar. No es raro que en estas condiciones los dos populismos, el de la nostalgia neofascista y el del antisistema posmoderno, tengan la fuerza que tienen. Insuficiente para gobernar el país pero más que sobrada para hacerlo ingobernable.

Algo así pasa en Cataluña. El independentismo no tiene suficiente fuerza para conseguir su objetivo pero le sobra para desestabilizar el país y para debilitar a España, que junto a Italia, no tienen fuerza para jugar un papel relevante en una Europa que solo puede contar con la pareja franco-alemana para impulsar su proyecto.

Mientras, en Barcelona el Parlament ha elegido a un presidente “simbólico”, como no podría ser de otra manera ya que la Republica fue también declarada de forma “simbólica”. La ceremonia de la confusión, y de la provocación al gobierno español,  continua, y no tiene visos de que vaya a terminar pronto.