Recordando a Machado

En Soria, la Fundación Antonio Machado, que preside Manuel Núñez Encabo, quien fue diputado socialista por esta provincia y colega como Catedrático de La Universidad Complutense de Madrid, celebra de forma sencilla, pero emotiva, el 79 aniversario de la muerte de Antonio Machado.

Me han hecho el honor de invitarme a participar en dicho acto, celebrado en el salón de actos del viejo palacio que alberga el instituto de enseñanza media donde Machado ensañaba francés. Está pared por pared con su aula, que guarda todavía los pupitres de madera donde sus alumnos se sentaban, de dos en dos, idénticos a los que yo utilicé en la escuela de mi pueblo natal, con su orificio circular para encajar el tintero y su ranura para guardar lápiz y plumilla.

Entonces Soria era una pequeña población de 7.000 habitantes,  y Don Antonio no debía tener muchos alumnos. Gracias a ello tuvo tiempo de dejarse impregnar por el paisaje castellano y producir su obra cumbre, Campos de Castilla. Era, como dijo a un periodista un año antes de morir, refugiado ya en Barcelona, “muy sensible al lugar en el que vivo”, y así lo demostró en sus versos donde surgen “monótonas hileras de chopos invernales, en donde nada brilla, renglones como surcos en pardas sementeras y a lo lejos las montanas azules de Castilla”.

Hoy las montañas de Castilla relucen cubiertas de un manto espeso de nieve que hace imposible subir a la Laguna Negra, como hubiera deseado. En su lugar visito la maravilla de los arcos trenzados del claustro de san Juan de Duero y repito los paseos del poeta por las alamedas que bordean el rio. El profesor Núñez me recuerda que por aquí estuvo en su tiempo proyectado que pasaría la carretera de circunvalación de Soria, que hubiera anegado en cemento ese paisaje donde, en palabras del entonces académico Díaz Plaja,  Machado encontró la poesía y el amor, trágicamente breve, de Leonor. Fue la firme oposición de Núñez Encabo y la de otros intelectuales y artistas la que consiguió que ese paraje se conservara y que la variante, proyectada en 1983, buscara otro trazado que evitara alterar ese lugar que tiene algo de sagrado.

Me recuerda  que fui yo, como Ministro de Obras Públicas, el que corté la cinta de su inauguración en los últimos días de mi mandato, allí por finales de abril de 1996. Y que le ofrecí un trozo de la cinta inaugural, con los colores de la bandera española, como recuerdo de ese día y reconocimiento a sus esfuerzos para preservar un patrimonio intangible. Debo reconocer que no fui yo, como Ministro, quien decidió el cambio de trazado, bastantes problemas tuve con otros, sino que ya había sido decidido por los anteriores ministros socialistas. Sólo me toco recoger el fruto que otros sembraron, como suele ocurrir muchas veces.

La memoria se resiste a creer que hayan pasado más de 20 años desde entonces. Pero así es, y las rodillas se encargan de recordarlo cuando acompañados del alcalde de Duruelo, ultimo pueblo soriano en el límite con Burgos, intentamos subir hacia el Urbión a través de los majestuosos pinares cubiertos de nieve. Esto de la despoblación, que resumimos en la fría cifra de habitante por Km2, sólo unos 8 en Soria, hay que verlo en vivo y en directo en los pueblos de las montañas sorianas, que Machado  visitó en busca de sus leyendas y tradiciones poéticas.

Yo conocí a Machado, mejor dicho a su obra, muy pronto, siendo un adolescente estudiante de  bachillerato. En el examen de reválida del bachillerato, porque entonces había reválidas, no una sino dos, la de cuarto y la de sexto y no recuerdo en cuál de ellas, me pidieron que comentara el texto de la inmortal poesía que empieza con aquello de “mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla…”, y sigue con lo de “corren por mis venas gotas de sangre jacobina…”.

Gracias a Serrat, que le puso voz y música a las palabras de un poeta proscrito por el franquismo, esos versos, hoy de sobras conocidos,  nos acompañaron a los de mi generación, la de la tan denostada transición a la democracia, en nuestro recorrido vital.

Pero cuando me enfrenté a ese texto, sabía poco de Machado y menos aún de lo que quería decir “sangre jacobina”. Con lo que salí del paso argumentando que el bueno de Don Antonio debía tener  una enfermedad de la sangre llamada jacobinismo, porque algo me sonaba acerca de la prematura muerte de su mujer aquejada de tuberculosis. Mi imaginativa  divagación debió enternecer al que corrigió el examen, porque a pesar de todo lo aprobé.

Pero esa expresión, “corren por mis venas gotas de sangre jacobina”, tan pronto conocida y tantas veces repetida oyendo a Serrat cantarla, debió quedarse grabada en mis neuronas adolescentes. Y por eso, durante las elecciones primarias para elegir candidato a la presidencia del gobierno que el PSOE celebró en 1998, cuando Almunia, a la búsqueda de los votos del PSC, me tildó de “jacobino irredento”, mi espontánea reacción fue contestarle con los versos de Machado. No es hoy habitual, ni quizás lo era entonces, que el debate político se haga a golpe de versos de Machado. Más bien lo que se celebra y ocupa la actualidad son las vomiteras de estiércol y serrín que algún diputado vierte sobre los escaños de la Carrera de San Jerónimo, como si no hubiese argumentos mejores para defender la causa independentista de Cataluña.

La amarga referencia de Machado a las dos Españas, hoy podría perfectamente referirse a las dos Cataluñas, enfrentadas a partes casi iguales en su relación con España. Y cuando se sabe que hay gente, supuestamente docta y formada, que puede proponer que se suprima el nombre de Antonio Machado de las calles de Sabadell,  por ser representante de una españolidad  neofranquista enemiga de Cataluña, y que a Serrat se le trate de franquista y de traidor por no haber dado su apoyo a la independencia, es difícil evitar, desde la Soria donde Machado alumbró su poesía, un sentimiento de profunda tristeza por lo que está ocurriendo en Cataluña.

Cataluña fue el último refugio de Machado. Llegó allí desde Valencia un año antes de su dramática huida a Francia, el 22 de enero, donde murió un mes después y fue enterrado envuelto en la bandera republicana.

Todo eso es historia, histoire ancienne que dirían los franceses. Sí, pero es la nuestra, y no conviene ni removerla ni adulterarla. En los periódicos del día me entero de que el grupo parlamentario de ERC ha presentado una proposición de Ley para que la cruz de San Andrés,  deje de identificar a la aviación militar española por ser un símbolo franquista.

En efecto, los Messersmicht de García Morato llevaban esa aspa en su timón de cola durante la batalla del Jarama. Y las viejas avionetas biplano Bucker de mi servicio militar, también. Pero, ¿no tenemos nada mejor que debatir en el Congreso de los Diputados? Cómo se encargo de recordarle el diputado, cuyo nombre no recuerdo, que se oponía a esa proposición, la cruz de San Andrés es un símbolo de los ejércitos españoles desde al menos la batalla de Rocroi. Pero dudo que los promotores de tan trascendental propuesta lo supieran ni les importara. Y mientras, en Cataluña siguen esperando que los independentistas se bajen de sus ensueños y de una forma u otra se ponga en marcha el reloj que marque el plazo para intentar formar un gobierno o que se convoquen nuevas elecciones.

Como diría Machado, que hagan camino al andar, en vez de estar permanentemente “echando la vista atrás”.