Ni mayoría silenciosa ni para la ruptura

Ya conocemos la respuesta al segundo de los tres interrogantes a las que me refería en mi artículo Pelotas en el aire, del pasado 14 de diciembre. Me refiero, claro está, a las elecciones al Parlament de Cataluña, sobre cuyos resultados se han vertido ríos de tinta en los últimos días.

Esta vez las encuestas no se han equivocado, como en el caso de las presidenciales chilenas. Más bien han acertado al predecir que Ciudadanos seria el partido modal, el más votado, de Cataluña, y que los partidos independentistas estaban, sumando sus resultados, al borde de conseguir la mayoría absoluta en escaños, como así ha ocurrido. En cambio han errado bastante en el optimista resultado que atribuían al PSC, que ha quedado muy lejos de sus expectativas.

Debo confesar que mis previsiones han resultado más erróneas que las de las encuestas. Sinceramente creía esta vez el independentismo no obtendría mayoría parlamentaria, ni en votos populares que ya no la tuvo en el 2015.

Lo creía por cuatro razones. La primera porque la alta participación que se esperaba, y que realmente se ha producido, haría que la tantas veces citada mayoría silenciosa se expresase favoreciendo a los partidos contrarios a la independencia. La segunda, porque al no concurrir unidos los republicanos de Junqueras y lo que fue Convergencia, después renacida de sus cenizas como PdCat y ahora reconvertida en el partit del President, el sistema electoral les haría perder escaños marginales. La tercera porque se podía creer que los hechos habrían convencido a una parte, siquiera un 10 %, de los que apoyaban la independencia de que la vía unilateral era un camino a ninguna parte. Y la cuarta porque la apuesta, arriesgada, del PSC de atraer a una parte del electorado “nacionalista moderado”, daría algún fruto.

Y no ha sido así.

El record de participación no ha resuelto el empate. Con cerca del 82 %, algo menos incluyendo los votos del extranjero, los cuatro o cinco puntos adicionales con respecto al 2105 no han favorecido especialmente a los no independentistas. La abstención que quedaba no era ya una abstención diferencial, y el independentismo ha conseguido el 47,4 % de los votos, prácticamente el mismo porcentaje que en el 2015.

No existían mayorías silenciosas, o si existían cuando se han expresado no han cambiado el resultado. Cataluña sale de estas elecciones más dividida en dos mitades que han endurecido su confrontación y sus agravios. La división en el cuerpo social refleja dos relatos antagónicos, en un ambiente  extraordinariamente polarizado, cada uno exponiendo sus agravios y sus heridas, y sin dejar lugar a terceras vías.

A pesar de todo lo ocurrido, desde la sentencia del Estatut, con la ayuda de la crisis económica y la mala gestión que del problema ha hecho el gobierno del PP,  desde hace tres años hay 2 millones de personas que apoyan a fuerzas políticas que tienen como objetivo irrenunciable la independencia.  Y no parece importarles sus ya evidentes dificultades políticas y económicas.

Pero también es significativo que el partido más votado sea un partido claramente opuesto a ella. Después de la fallida independencia de fin de semana, incluso entre los independentistas surgieron dudas sobre si se había proclamado sin la mayoría social necesaria. Ahora el resultado ratifica que sigue sin haber mayorías sociales que justifiquen la ruptura, aunque ya está claro que tampoco esta vez van a reconocerlo.

Cierto que los partidos independentistas vuelven a tener la mayoría parlamentaria para formar gobierno. Y esta vez que la Cup tiene menor capacidad de condicionarlo. Bastaría con su abstención para que fuese elegido un President de Junts*Cat, como sería lógico puesto que han conseguido más escaños que ERC, o de ERC si Puigdemont no pudiese acudir a la sesión de investidura y, como reclaman, la reposición del govern legitimo se efectuara siguiendo la línea jerárquica en su anterior vicepresidente, Oriol Junqueras, suponiendo que quedase en libertad provisional. O en quien se pusiesen de acuerdo, lo que no parece fácil pero será inevitable.

No se puede tampoco obviar que esa mayoría parlamentaria es el resultado de la prima que el sistema electoral da a las zonas menos pobladas,  no de una mayoría social en votos. Y eso viene ocurriendo desde 1999. Esta vez  la división territorial del país es evidente; JxCat obtiene el 40 % del voto en las zonas menos pobladas y sólo el 20 % en el Barcelonés. Mientras que Ciudadanos gana en las 10 ciudades con mayor población de Cataluña. La división entre el mundo rural y el mundo urbano puede tener efectos más profundos de los habituales.

También ha quedado claro que por separado los independentistas sacan mejores resultados que juntos, que era la tesis de Junqueras. Lo que no podía prever es que la épica del exilio fuese más atractiva que la de la prisión y que Puigdemont protagonizase una espectacular remontada apelando a la reposición de la legitimidad estatuaria y contra la aplicación del art 155. El argumento ha funcionado. En realidad ERC ha obtenido el mejor resultado de su historia, con mucha diferencia, y los herederos de CiU el peor de todos. Pero las expectativas eran otras, ERC pensaba que iba a ser el primogénito del independentismo y, aunque por poco, lo ha sido Puigdemont, a pesar de sus actuaciones en Bruselas, o quizás gracias a ellas.

Su relato ha sido el vencedor, frente al 155, frente a ERC  e incluso frente su propio partido, cuyos dirigentes han estado notablemente ausentes de la campaña electoral.

La fidelidad de los votantes independentistas se ha mantenido a pesar de que han podido constatar las falacias de un relato basado en que la independencia no tendría costes económicos, ninguna empresa abandonaría Cataluña, la nueva República sería aceptada por la UE, e internacionalmente reconocida. La realidad ha demostrado la falsedad de esas promesas, incluso la falta de preparación con la que se había acometido la declaración de independencia que ahora se pretende que era meramente simbólica. Pero  parece que eso ha sido menos importante para los electores que el efecto rebote contra la represión policial del referéndum, la intervención del 155, las actuaciones judiciales, los encarcelamiento preventivos, y el poderoso argumento de la reposición del gobierno legitimo.

Pero el independentismo unilateral también ha despertado un sentimiento de rechazo en muchos otros catalanes y consolidado un amplio espacio identitario antagónico que hasta ahora no se había expresado con toda su fuerza y que ha agrupado sus votos entorno a Ciudadanos.

El voto a Ciudadanos ha sido un voto de protesta de muchos catalanes que se han considerado menospreciados y a los que de forma expresa y explícita se les había expulsado del cuerpo social. A los que se les ha dicho por las más altas autoridades del Parlament y del Govern que los que no votaban independencia no eran catalanes, y que si los independentistas no ganaban sería un problema para la dignidad de Cataluña. Será difícil volver a argumentar que los 1,1 millones de votantes de Ciudadanos no son catalanes, como decía la Sra Forcadell, revestida de su dignidad de Presidenta del Parlament.

El espectacular resultado de la Sra Arrimadas, que no solo ha ganado en votos sino, lo que era menos previsible, en escaños, no le permitirá gobernar porque no tendrá los apoyos parlamentarios suficientes para su investidura. Hace bien en no escuchar los cantos de sirena del PP, e incluso del PSOE y de los dirigentes empresariales, para que presente su candidatura en su condición de partido más votado. Rajoy tampoco lo quiso hacer en su día. No tiene los apoyos necesarios para ello y, en todo caso, primero habrá que constituir la Mesa del Parlament para saber a qué juegan los unos y los otros.

Pero, aun así, no deja de ser cierto que Puigdemont ha  obtenido menos votos y escaños que Arrimadas y por ello ninguno puede cantar que ha conseguido plenamente la victoria.

La extrema polarización de la situación política explica que resultado del PSC no haya confirmado las expectativas que le daban algunas encuestas, aunque otras ya detectaban que su discurso de transversalidad y reconciliación no cuajaba en el electorado enfrentado a la disyuntiva del sí o no a la independencia.

Iceta ha hecho la campaña  más racional posible, pero  la estrategia del PSC de atraer al nacionalista moderado, sin aumentar los recelos de los que ya en el 2015 desertaron para engrosar el voto de Ciudadanos, no ha dado los resultados esperados. Detiene su caída e incluso progresa ligeramente en porcentaje de votos y escaños, pero ni la mayor participación le permite obtener los votos que tuvo en el 2015 sumados a los de la extinta Unió.

La ambigüedad de los Comuns les ha pasado factura; Podemos aparece cada vez más perdido en su laberinto territorial y no pueden jugar ningún papel arbitral, como pretendían.

De manera que en el escenario político catalán, la pelota sigue en el aire. Nadie sabe muy bien por donde está la salida al embrollo coyuntural que se superpone a un grave problema estructural. Dependerá de las de las decisiones judiciales y de las personales de Puigdemont, que no creo que mantenga su promesa electoral de volver a Barcelona si ganaba a ERC.

La situación es realmente complicada. Los que puedan deberán hacer todo lo posible para evitar que la división en dos mitades antagónicas  se enraíce definitivamente y haga imposible la convivencia, fracturando a la sociedad y provocando frustración política y recesión económica.

La evolución de la economía puede tener su influencia, pero a corto plazo, es decir en los dos próximos meses, no se van a percibir los efectos negativos de todo lo que está ocurriendo. La economía española va a crecer por tercer año consecutivo por encima del 3 %, lo que se inscribe en la recuperación general de la economía europea, pero lo que ocurra en Cataluña puede ser un freno a esta positiva tendencia

Como también lo puede ser lo que acabe ocurriendo en Alemania, la tercera de las pelotas en el aire. No hay grandes progresos en la negociación entre el SPD y la CDU, entre otras cosas por las diferencias en lo que a la política europea se refiere.

Habrá que prestar más atención a lo que ocurra en Europa. Propongámonos hacerlo en el próximo año, para el que deseo lo mejor a los lectores de estas páginas digitales.