Pelotas en el aire

Para escapar del “monotema catalán” asistí en Lisboa a la reunión del Consejo del Partido Socialista Europeo y de allí a Santiago de Chile, invitado a participar en los debates de la Fundación Salvador Allende sobre las respuestas progresistas al nuevo escenario internacional.

En Chile está teniendo lugar la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, en la que se enfrentan el candidato de la derecha, Sebastián Piñera, que ya fue Presidente, y el de la izquierda Alejandro Guillier, un conocido periodista con muy poca experiencia política  que en la primera vuelta obtuvo un resultado mucho mejor de lo previsto.

La elección de Pinera se daba por segura, pero ahora la incertidumbre sobre el resultado de la segunda vuelta es total. La pelota está en el aire y caerá del lado que decidan los votantes del denominado Frente Amplio, una amalgama de 14 partidos o movimientos de izquierdas que han surgido al calor de la crisis y de la enorme desigualdad que sufre la sociedad chilena, y que serían el equivalente de lo que aquí representa Podemos.

Su candidata también obtuvo un muy buen resultado, y a punto estuvo de ser ella la que pasara a la segunda vuelta, puesto que quedo solo 1,5 puntos por debajo de Guillier. Ahora este tiene el apoyo de los partidos que forman la coalición gubernamental de la presidenta Bachelet, que van desde los demócrata cristianos a los comunistas, pasando por socialistas, radicales, y el partido democrático de Lagos. Pero necesita además sumar los votos del Frente Amplio, y sin ellos volverá a gobernar la derecha de Piñera.

La candidata del Frente Amplio ya ha dicho que ella, a título personal, va a votar a Guillier. Pero la organización no ha dado la consigna de apoyar a un candidato que no consideran suficientemente de izquierdas. Hay dirigentes que creen que con Piñera se agudizaran las contradicciones y podrán ser la opción mayoritaria de la izquierda la próxima vez, sorpassando al conglomerado de los partidos “progresistas” tradicionales.

Otros piensan que si gana Guillier, podrán condicionarle desde la oposición para empezar a aplicar políticas que combatan la desigualdad, cambien el sistema de pensiones, condonen el insoportable endeudamiento de las familias más pobres y aumenten, aunque sea un poco la bajísima capacidad fiscal del Estado.

Piñera trata de asustar a la clase media anunciando la debacle económica que se avecina si dejan que Guillier “meta la mano en sus bolsillos”, y endeude el país. Lo cierto es que sus propuestas económicas, en un país  que tiene una presión fiscal del 22 %, son muy moderadas, seguramente demasiado para atraer a los votantes del Frente Amplio y para aumentar la participación de las clases populares, tradicionalmente abstencionistas, y nadie espera que el próximo domingo la participación llegue ni siquiera al 45 %.

Una situación que de alguna manera recuerda a la española de hace poco más de un año. La “nueva” izquierda se niega a completar los apoyos que necesita un gobierno socialista y  acaba prefiriendo que gobierne la derecha. Pero no es seguro que esa sea la elección final que hagan los chilenos, que han visto lo que ha ocurrido en España, y observan con mucha atención e interés los acontecimientos de Catalunya.

Que las viejas y las nuevas fuerzas progresistas chilenas sean capaces, o no, de sumar sus votos para elegir al Presidente del país, plantea un interesante interrogante cuya solución nadie parece ser capaz de anticipar. Los debates televisados entre los dos candidatos que he tenido ocasión de presenciar, y que por cierto no tienen nada que ver con los nuestros ni por su formato ni su temática ni por el carácter extraordinariamente incisivo y sin contemplaciones de los periodistas que les interrogan, tampoco parecen haber decantado las preferencias de los electores.

En Portugal, en cambio, todas las izquierdas, las viejas y las nuevas, prefirieron investir a un gobierno socialista en minoría y los resultados han sido muy positivos. Portugal ha conseguido el milagro de cumplir con las exigencias de Bruselas y recuperar el crecimiento mejorando su situación social, aunque siga teniendo, como todos, un grave problema de desigualdad.

En Lisboa también vimos como en el escenario europeo hay otra gran pelota en el aire. Me refiero a la incertidumbre acerca de quién y con quién acabará gobernando en Alemania, de lo que dependerá crucialmente el futuro del proyecto europeo.

De momento Merkel, no ha podido formar coalición con Verdes y Liberales del FDP. Quizás no hubiera sido la mejor solución para relanzar la UE. Los verdes son ciertamente proeuropeos, pero la construcción europea tampoco es su prioridad, y el FDP ha adoptado una línea dura y propone que Grecia salga del euro. La competición por la derecha con los populistas de Alternative for Deustchland y el cambio de liderazgo de sus aliados bávaros, donde ha tomado las riendas un partidario de la línea dura contra la inmigración, con tintes cuasi xenófobos, no deja mucho margen de maniobra a Merkel

Así, al SPD se le vuelve a plantear la elección entre dejar que gobierne Merkel, absteniéndose o formando una coalición, o repetir las elecciones. Lo mismo que le pasó al PSOE y el dilema acabó en grave crisis, con la muerte y resurrección del líder que se negaba a dejar que gobernara Rajoy. Pero el temor a seguir perdiendo hizo que el PSOE eligiera la abstención y dejar que Rajoy gobernara en minoría.

Esta solución no la quiere Merkel. O coalición o elecciones. Pero no depende de ellas convocarlas. Y bajo la presión del Presidente de la Republica, que es quien tiene la capacidad de hacerlo, y no está para nada por la labor, Schimtz, reelegido presidente del SPD, tendrá que iniciar conversaciones para llegar de nuevo a un gobierno de coalición.

Está claro que, después de haber cosechado los peores resultados electorales de la historia del SPD, Schultz preferiría ser vicecanciller a quizás no repetir como cabeza de cartel electoral. De entrada ha puesto alto el listón del acuerdo, planteando como condición el dar un impulso a la integración europea en la línea de lo propuesto por Macron, lo que es una buena noticia.

Pero está por ver que lo consiga. Y sobre todo, que al final los militantes del SPD aprueben el acuerdo en votación directa. Otra pelota en el aire y otro interrogante al que no tenemos respuesta inmediata. Pero es curioso ver como un partido tan antiguo y asentado como el SPD, somete a la decisión directa de sus militantes esa decisión de gran importancia.

Esa fue la crítica que se hizo a Sánchez, acusándole de podemización, cuando propuso consultar a la militancia la decisión acerca de dejar o no que gobernara Rajoy. Algunos pensaran, preocupados, que el SPD también se esta podemizando. Pero en realidad la consulta directa a los militantes acerca de gobernar en coalición con Merkel, ya tuvo lugar en anteriores ocasiones, no hay nada nuevo en esa práctica de la participación directa que tantas olas levantó en el socialismo español. Lo nuevo puede ser el resultado, porque esta vez pudiera ocurrir que las bases no ratificaran los posibles acuerdos a los que lleguen las direcciones de los partidos.

Y, claro está, la tercera pelota en el aire es la de las elecciones en Catalunya cuando ya hemos pasado el ecuador de la campaña electoral y el número de indecisos sigue siendo muy alto.

La decepción entre los independentistas debería ser muy alta, al oír a algunos de sus dirigentes decir que realmente no tenían nada preparado para hacer efectiva la proclamada República. E incluso reconocer que no tenían el apoyo social necesario, y que todo fue meramente simbólico. Ante la magnitud del daño económico que han causado a la sociedad catalana, cabe preguntarse cuando descubrieron que no tenían ese apoyo, ni esa preparación y sin embargo decidieron tirar adelante para encontrarse, como se les había advertido, con  el rechazo explicito y expreso de la UE.

Se comprende la frustración de Puigdemont, pero no tanto como para aceptar que Catalunya salga de lo que el llama ese “club de países decadentes”.

Cuesta creer que después de todo lo ocurrido todavía pueda volver a haber una mayoría parlamentaria, de electores nunca la hubo, que siga defendiendo la independencia como objetivo. Pero hay que reconocer que el planteamiento de Puigdemont tiene su lógica política para los que rechacen la aplicación del artículo 155 de la Constitución. Su apelación a reponer con la fuerza del voto al Gobierno defenestrado por Madrid que sigue siendo el Gobierno legítimo de Catalunya, tiene una fuerza argumental que explica la remontada en las encuestas hasta casi igualar a ERC, con la inestimable ayuda de las pobres prestaciones de la Señora Rovira en sus intervenciones mediáticas.

Pero con tantos electores indecisos, la pelota está en el aire. Y mucho dependerá de la capacidad del PSC de atraer al centro nacionalista y a los desencantados del process sin perder la izquierda y sin aumentar los recelos de los votantes socialistas de toda la vida del cinturón metropolitano de Barcelona que en el 2015 desertaron para engrosar el voto de Ciudadanos, porque les merecía más confianza para contener el independentismo. Recuperar ese espacio al tiempo que se recoge el voto desencantado de las aventuras independentistas no es una operación sin riesgo que exige mostrar igual empatía hacia ambas partes.

Y de ello dependerá que la pelota caiga de manera que se consiga el objetivo fundamental de que no se repita un Gobierno pro independentista.