Vísperas catalanas (V)… y otras cuestiones

Esto de las “vísperas catalanas” ya dura un rato, casi demasiado. Desde la vuelta del verano, cada día estamos a la espera de un nuevo acontecimiento con tintes cada vez más dramáticos. Si no fuera por la trascendencia de lo que está en juego, el tema empezaría a aburrir y a producir hastío.

Y en Europa y en el mundo pasan otras muchas cosas a las que hemos dejado de prestar la atención que merecen. En particular el continuo y preocupante retroceso de la socialdemocracia en la UE, del que el último capítulo han sido las elecciones en  Austria que han llevado a la extrema derecha al gobierno y a los socialdemócratas a la oposición, desgastados por su larga colaboración con los conservadores. Solo en Portugal resiste, gracias a una colaboración de todos los partidos de izquierdas que en España ha resultado imposible, sí Pablo iglesias hubiera sido portugués, el socialista Costas no estaría gobernando.

Pero siendo su integridad territorial la primera cuestión que tiene que preservar un Estado, es inevitable estar pendientes de esas permanentes vísperas, en las cuales hemos evitado, de momento, la tragedia, pero a costa de continuar con una comedia que está llegando ya a sus últimos capítulos.

En mi anterior crónica digital, la cuarta que llevaba el título genérico de “vísperas catalanas”, estábamos a la espera de la respuesta de Puigdemont a la requisitoria de Rajoy, tratando de averiguar sí alguna autoridad había declarado la independencia de Catalunya. Y, después de unas respuestas llenas de evasivas, ahora parece que estemos en la víspera de otra sesión del  Parlamento de Catalunya de la que puede salir una respuesta definitiva que hará inevitable la intervención de la autonomía catalana vía la aplicación del ya famoso art. 155 de la Constitución.

Estos días se debe haber producido un intenso forcejeo entre los grupos políticos que sostienen el gobierno Puigdemont, y en el interior de cada uno de ellos, acerca de la respuesta a dar al emplazamiento del gobierno español. Se ha planteado detener la aplicación del 155 si Puigdemont convocaba elecciones autonómicas Aunque esa convocatoria difícilmente se podría entender como una vuelta plena a la legalidad constitucional, podría ser una vía para evitar la aplicación de unas medidas que, no nos engañemos, serian de muy difícil aplicación. Y, en una especie de tregua tácita, dar la voz a los ciudadanos en un proceso con plenas garantías democráticas.

Pero mientras escribo estas líneas, los teletipos y los rumores parecen indicar que Puigdemont seguirá su huida hacia delante y propondrá al Parlament la declaración unilateral de independencia a la misma hora que el Senado debate la propuesta del gobierno para aplicar el art. 155. Parece como si se buscase una representación teatral perfectamente orquestada para que la Historia la recuerde. Si así fuera, esperemos por lo menos que someta su propuesta  a votación y no haga como la otra vez, cuando salió corriendo sin esperar a que el Parlament se pronunciara sobre su propuesta de suspender los efectos de una decisión que él no podía haber tomado. Y sí esa votación se produce, está por ver que todos los diputados pro independentistas apoyen el salto en el vacío que representaría esa declaración de independencia, esta vez ya sin ambigüedades ni eufemismos para seguir mareando la perdiz.

A algunos les gustaría hacer caso a voces como las del economista y ex conseller Mas-Colell, o la del propio Mas, que ahora descubren que ni la Generalitat ni el pueblo catalán están preparados para la independencia. Habría que preguntarles cuando se dieron cuenta de ello, después de haberlo propuesto con ardor y entusiasmo durante tanto tiempo, despertando falsas ilusiones y entusiasmos que ahora tendrán difícil reconducir.

Pero a otros muchos les parece que ha llegado un momento histórico que les habían prometido, lleno de ventajas y ausente de inconvenientes ¿Recuerdan las arengas de Mas proclamando que “ninguna empresa se iría de Catalunya, y menos los bancos, al contrario se pelearían para instalarse aquí”? “¡No se irá nadie!”, aseguraba Junqueras. Y ahora que ya son más de 1.200 las que se han ido, la respuesta es que no importa. Resulta enternecedor leer a ilustres economistas que no se esperaban un boicot tan grande ni una respuesta tan contraria por parte de la UE, como sí por su formación podían haberlo ignorado.

Estas advertencias llegan tarde. No se quieren escuchar, y el sistema de propaganda del independentismo militante no las ha querido difundir, y ha conseguido que no trascienda una entrevista de media hora de Mas-Colell en el sancta santorum del independentismo que es la emisora Rac1, (propiedad por cierto del conde de Godò, para más inri un Grande España). En cambio, en estos momentos, en estas horas de la tarde de vísperas, tienen lugar en Catalunya numerosos actos donde se enardece a la gente asegurándoles que el gobierno catalán lo tiene todo preparado, planteándoles que solo hay tres opciones, victoria, derrota o rendición, que rendición no habrá y que la victoria depende de su capacidad de movilización y resistencia, despertando un gran entusiasmo y exaltación patriótica

¿Europa? Ningún problema. España será  la primera interesada en que nos quedemos o en que volvamos de forma inmediata. ¿Consecuencias económicas negativas? Ninguna. En todo caso transitorias. Ampliamente compensadas por los 16.000 millones que se recuperarán al acabar con el “expolio fiscal” que sufren los catalanes. Todos estos tópicos se repiten en estas horas cruciales, en un ambiente entusiasta parecido al de los mítines de Trump.

Puede que al final Puigdemont se eche atrás, ya lo hizo una vez. Pero de momento están calentando los ánimos hasta ponerlos al rojo vivo. Enfriarlos de golpe puede producir deformaciones permanentes.

Este último esfuerzo, admirablemente bien orquestado y organizado, de los independentistas, argumentando que “la gente no se dejo partir la cara por la policía el 1 de octubre para acabar otra vez con unas elecciones autonómicas, sino para conseguir la independencia”, hará difícil una segunda marcha atrás. Y la culpa será de España, presentada como una revival del franquismo.

Pero, como me comentaba hoy mismo un amigo vasco, el problema de los independentistas es que argumentar que el no reconocimiento del derecho de secesión de Catalunya implique opresión, no tiene ninguna aceptación entre la comunidad internacional. Por eso, los secesionistas han cambiado su argumentación por otra, que los que vivieron en el País Vasco la conocen bien, pues es exactamente la línea argumental que desde 1977 sostuvo ETA-Batasuna: España no es una democracia, el franquismo continúa encubierto, y la supuesta democracia española es en realidad una dictadura brutal en la que no se reconocen ni los derechos fundamentales ni muchos otros. Y para librarse de esa dictadura brutal la única solución es la secesión.

Pero si la democracia española fuese en realidad una dictadura brutal encubierta, los secesionistas nunca hubiesen podido disponer de la ingente cantidad de recursos de todo tipo que han utilizado para lanzar su desafío. Ni los Jordi’s hubieran entrado en los juzgados saludando como si fuesen estrellas del rock. En las dictaduras esas cosas no ocurren Y precisamente en sus acciones está la mayor prueba de la falsedad de su argumento.

Como dice el editorial de Le Monde, por muchos que sean los reproches que se puedan hacer al PP y al gobierno de Rajoy, la realidad es que Puigdemont se ha situado fuera de la Ley, es grotesco pretender hacer creer que la España de hoy es como la franquista, y los independentistas han fabricado un mundo de falsas ilusiones  jugando a la estrategia del cuanto peor mejor.

Y finalmente, en estas horas de víspera de un día que puede ser trascendental en nuestra historia, también quiero expresar mi total acuerdo con las tesis expuestas en estas mismas páginas digitales por Juan Francisco Martin Seco, al argumentar que “en la actualidad se produce un proceso asimétrico con direcciones contrapuestas: mientras se pretende la internacionalización de la economía, se busca que la soberanía política quede confinada en contornos progresivamente más estrechos”. Y que así, “el poder político tendrá cada vez más dificultades para poner límites al poder económico, haciendo prácticamente inviable la instrumentación de cualquier política económica de izquierdas”. Aunque los que lo proponen lo hagan en nombre de una izquierda que no merece este nombre.