Vísperas catalanas (IV). El final de la escapada

Nunca más adecuado hablar de “vísperas catalanas”, para referirse a la actualidad de los acontecimientos. Dentro de pocas horas vence el plazo que el Gobierno español ha dado al president de la Generalitat, Sr. Puigdemont, para que aclare si él u otra autoridad institucional ha declarado la independencia de Catalunya.

Aunque parezca una de las hilarantes conversaciones telefónicas de  la guerra de Gila, no es extraño que el Gobierno español se pregunte por la naturaleza y el alcance de lo ocurrido en el pleno del Parlament, y en sus salones aledaños, el pasado martes. ¿Cuál de las diferentes versiones de lo ocurrido es la que debe tomar en consideración? ¿La del periódico Le Monde, que publica en portada “Puigdemont declare l’independance de la Catalogne”?. ¿O la de Finantial Times, que dice: “Yes, no, wait, le’ts talk”? ¿Se ha declarado y luego se han suspendido temporalmente sus efectos, o no se ha llegado a declarar por quien tenía la capacidad, según la nueva legalidad catalana, de hacerlo?

Iceta y Colau, argumentan que de las palabras de Puigdemont no se puede deducir que la haya declarado, y aunque lo hubiera hecho sería irrelevante, porque de acuerdo con las leyes de  “desconexión”, eso solo podía hacerlo el Parlament, al que no se le ha dejado hablar.

Ante esta confusión, voluntariamente generada, la pregunta de Rajoy, que esta vez ha actuado con una moderación que le han reconocido el propio Iceta y las alcaldesas de las dos más grandes ciudades de Catalunya, Colau de Barcelona y Marin de Hospitalet, tiene un carácter tan concreto como omnicomprensivo: ¿alguna autoridad en Catalunya  ha declarado la independencia?

Desde luego, el Parlament no, porque no le han dejado pronunciarse; sí lo han hecho, explícitamente, un grupo de diputados, firmando de forma pretendidamente solemne fuera de la sala de plenos, una declaración de independencia en toda regla, que imita la Declaración de Independencia de EE.UU, pero no constituyen ninguna  autoridad.

El President de la Generalitat sí que es una autoridad, la primera, y de sus palabras se puede deducir lo que se quiera. Por una parte propone suspender los efectos de la declaración de independencia, lo que implica que previamente esta ha tenido lugar. Pero por otra se ha guardado muy bien de pronunciar tales palabras. Y a continuación se acaba el pleno sin que el Parlament, es decir el conjunto de todos sus diputados/as, haya tenido ocasión de contestar a dicha propuesta. Es realmente esperpéntico: dice “les propongo...”, y luego sale corriendo sin esperar la respuesta a su propuesta.

Como señaló Iceta en el debate parlamentario, “no se puede suspender los efectos de algo que no ha tenido lugar”. Y no ha tenido lugar, porque el President de la Generalitat no tiene capacidad para hacerlo, ni siquiera desde el punto de vista de la legalidad de la que se han dotado los independentistas violando para ello el propio Estatut de Autonomía de Catalunya. Pero a los independentistas, saltarse a la torera una Ley más o menos ya no les viene de aquí.

En todo caso, el process, ha llegado al final de la escapada. La ambigüedad no puede mantenerse indefinidamente y las consecuencias prácticas que ya se están produciendo van más allá de la discusión semántica de lo que dijo o se dejó de decir.

La economía catalana está sufriendo un duro golpe, el mal ya está hecho y la confianza tardará en volver. No será que algunos no lo hayamos advertido, y era fácil hacerlo, porque teníamos el ejemplo de Quebec. Mas y Junqueras se han esforzado en negarlo y ahora tratan de quitarle importancia, a veces con argumentos que producen sonrojo intelectual, como el de que se han ido pero como se han quedado en los Paisos Catalans, no pasa nada. Como si el BCE lo fuera tomar en cuanta cuando se trata de saber si se está dentro o fuera de la zona euro.

Pero no son la solo las grandes empresas del Ibex, todo el tejido económico catalán se está viendo afectado. Por una parte por el boicot que están sufriendo sus productos y por otra por la caída de actividad y los problemas de financiación que se están  produciendo en cadena. Hagan algo, me dicen angustiadamente muchos de los mensajes que recibo después de mis palabras en la gran manifestación de Barcelona. Hagan algo, que esto nos está afectando muy negativamente y mucho tiempo no podemos aguantar.

Aprovecho estas páginas digitales para pedir que cese el boicot contra los productos catalanes. No sirve de nada más que para aumentar el desafecto y enviar al paro a  algunos trabajadores que no tienen ninguna culpa de la actitud de unos dirigentes políticos, que han conseguido que una parte importante de la sociedad catalana se crea que la independencia solo tiene ventajas y está justificada por la mala relación entre Catalunya y el Estado español.

Conteste lo que conteste Puigdemont a la pregunta de Rajoy, tardaremos mucho tiempo en resolver esta situación, porque tiene hondas raíces psicológicas. Lo prueban los comentarios que han proliferado en la red después del desgraciado accidente que costó la vida al piloto del Eurofighter que regresaba del desfile del pasado día 12. También quiero aprovechar estas líneas para expresar mi pésame a su familia y a sus compañeros de armas. Y la pena y repugnancia que me producen esos comentarios, que algunos descerebrados han presentado como un triunfo de la causa independentista, con un mensaje de odio y de falta de compasión humana digno de los peores tiempos de la Historia europea.

No lamentaremos suficientemente la equivocada decisión de enviar a la Policía Nacional y a la Guardia Civil a intentar evitar por la fuerza el desarrollo de la votación, ciertamente ilegal, del pseudoreferéndum del 1 de octubre. Hemos regalado a Junqueras todas las fotografías que necesitaba y que andaba buscando. El coste en términos de imagen ante las opiniones públicas europeas ha sido enorme. Y el Gobierno tenía que haberlo sabido. Los 900 heridos, aunque esa cifra no tenga ningún contraste que la valide, pasarán a la Historia mítica del independentismo como una nueva e indeleble razón para justificar la voluntad de separación de un Estado represor.

Pero el resultado de esa consulta no constituye un hecho legitimador de la independencia unilateral. Votaron, según los organizadores, 2,3 millones de catalanes, menos de la mitad de los convocados. Pero se llevó a cabo sin garantías y sin el aval de una junta electoral imparcial, y con todas las irregularidades que se han producido, esa cifra no conlleva mandato alguno.

Pero ese argumento pertenece al mundo de la razón, que hace tiempo que hemos abandonado. Ahora son las emociones las que están al timón, desbordando a algunos que las alimentaron creyendo que nunca se llegaría tan lejos, y animando a otros que ven la Tierra prometida al alcance de la mano y no van a permitir una retirada.

La situación es crítica. En mi opinión será Junqueras el que decida el rumbo a seguir. Si el Parlament tuviera ocasión de votar, seguramente se impondría la cordura porque hay varios diputados de PDeCat que no votarían la DUI. Por eso no se votó el pasado martes. Pero ya no se trata de decidir lo que se va a hacer sino de dar cuentas de lo que se ha hecho.

Aceptar las tesis de los radicales, que a estas horas deben estar haciendo toda la presión sobre Puigdemont, reclamando activar ahora mismo la independencia, no es sino agudizar el conflicto. Es no dejar al Estado otro remedio más que aplicar el artículo 155. Es el “cuanto peor, mejor”, y provocar un conflicto civil en el espacio público. La catástrofe política y económica estaría asegurada. Lástima que algunos lo descubran demasiado tarde, y después de haber jaleado el process y demostrado con el toda la condescendencia posible, ahora piden freno y marcha atrás.

La única solución es que Puigdemont reconozca que no declaró la independencia, y que los que lo hicieron no tenían capacidad para ello, y como eso le va a convertir en un cadáver político, que convoque elecciones. No es un camino sin riesgo, por la enorme frustración que va a producir, pero cualquier otra solución sería mucho peor.

Esperemos, sin demasiado esperanza, que la cordura se imponga en estas ya escasas horas de las vísperas catalanas.