Ramblas ensangrentadas

Los terroristas de Barcelona no lo sabían, claro, pero escogieron para su crimen la víspera del día en el que se cumplían 81 años del asesinato de García Lorca. El poeta granadino, buen conocedor de Barcelona, había dedicado unos hermosos versos a la Rambla. No los conocía, pero me han llegado a través de la red, como quizás a muchos de los lectores de estas paginas digitales

“La calle más alegre del mundo, la calle donde viven juntas a la vez las cuatro estaciones del año, la única calle de la tierra que yo desearía que no se acabara nunca, rica en sonidos, abundante de brisas, hermosa de encuentros, antigua de sangre: Rambla de Barcelona”.

Tampoco yo la recordaba, pero la red se ha encargado de informarme de esta coincidencia y de ilustrarla con sus versos. Hoy todo esta en la red social, para bien y para mal, y el uso que se ha hecho de ella durante las horas que siguieron a los atentados, demuestra cuanto de bueno y de malo hay en esa forma de comunicación masiva e instantánea. Espero que ahora algunos aprendan el valor de las palabras y sepan que los turistas no son los verdaderos terroristas.

Los terroristas también están en las redes sociales. Informan y se informan. A través de la red, el Estado Islámico desarrolla una eficaz tarea de radicalización y proselitismo que los servicios de inteligencia conocen bien. No son las mezquitas, como espacio físico y de socialización de la comunidad musulmana, donde este proceso tiene fundamentalmente lugar.

También usan las redes sociales como eficaz fuente de información de los procesos que viven las sociedades occidentales, para conocer sus puntos débiles y escoger sus objetivos en función del momento. Ocurrió en Madrid en el 2004, vísperas electorales, en Francia en plena campaña, y sin duda saben lo que esta pasando en Catalunya y en Barcelona en particular, con respecto a su relación con España y los recientes problemas con la avalancha turística.

Aunque Puigdemont ya se ha apresurado a declarar que el atentado no va a cambiar para nada sus planes independentistas, y aunque algunos en las redes sociales hayan encontrado la ocasión de relacionarlos, esta es, o debería ser, la hora de la unidad frente a un poderoso e inidentificable enemigo común.

Pero, ¿se han fijado en la rueda de prensa conjunta de Rajoy y Puigdemont?. Si Rajoy he puesto el énfasis en la unidad, precisando que se refería a la de todas las fuerzas políticas frente al terrorismo, Puigdemont ha evitado cuidadosamente usar esa palabra. Ha hecho un repaso de todas las virtudes teologales que deben inspirar la acción humana, pero la unidad ha brillado por su ausencia, no fuera que le malinterpretaran.

Y sin embargo, quizás el dolor haga sentir a muchos que los catalanes y (el resto de) los españoles compartimos mas cosas de las que algunos se empeñan en creer o en hacer creer. Que ni nivel autonómico ni a nivel nacional se va a encontrar la solución, o ni siquiera el escudo, contra un problema que tiene hondas raíces sociológicas, culturales y geopolíticas. Que la respuesta debería ser como mínimo europea, y no lo es lo suficiente.

Precisamente la casualidad quiso que de esto estuviésemos hablando un grupo de amigos franceses y españoles a la sombra de un café frente a la catedral de Saint Bertrand de Commenges, después de un descenso por el pacifico y bucólico Garona, justo cuando se estaba produciendo la massacre de la Rambla que revivía su antigüedad sangrienta cantada por Lorca.

Mis amigos franceses reconocían su preocupación por unos atentados ejecutados con el arma más barata posible, un vulgar vehículo, que puede accionarse de forma imprevisible en cualquier momento y lugar, sin necesitar de grandes preparativos que hoy en día serian detectados por los servicios de inteligencia. Lo que el jefe de la policía de Londres califico de “atentado inevitable”, algo que los responsables políticos no osan decir. Y que en el caso de Barcelona, más que inevitable era previsible, porque la amenaza se conocía y porque Barcelona, y las Ramblas reunían todas las características del blanco perfecto de una acción terrorista de esas características.

Quizás a mi se me notó que en España no teníamos esa preocupación, como si el problema no fuese con nosotros, y sólo afectara a Francia, Reino Unido, Bélgica, y Alemania. Fundamentalmente países centroeuropeos, y además activos con sus fuerzas militares en la lucha contra la yihad, desde Siria al Mali. O como si la matanza de Atocha, de las primeras y la más grave hasta la fecha de las que ha perpetrado en Europa el terrorismo llamado “islamico”, y los 13 años de tregua que le siguieron nos hubiesen hecho creer en nuestra inmunidad.

“Pues no estéis tan tranquilos, que ya os llegara el turno, porque “ellos” no distinguen ni agradecen que no estéis involucrados militarmente, en Siria ni en Mali ni en ningún otro frente, o sólo como fuerzas auxiliares,  o que ni siquiera tengáis al respecto una activa política exterior”. Y lo decía, premonitoriamente, justo cuando la camioneta empezaba a rodar hacia la Rambla.

Y tenia razón. Esta no es la guerra de unos, de la que otros puedan zafarse. Como si cada uno respondiese a sus atentados, como puede y en función de sus capacidades militares. No, este es uno de los grandes problemas de Europa, un desafío que común a todos sus Estados y que no la combaten con la suficiente unidad, más allá de las retóricas declaraciones de solidaridad, gratuitas y huecas cada vez que la historia se repite.

Es imprescindible una respuesta cohesionada de todos los Estados europeos, que hayan sido agredidos o no,  una determinación permanente para prevenir, combatir y neutralizar las redes terroristas por encima de las fronteras, mediante una coordinación cada vez más estrecha entre sus policías y servicios de inteligencia. Las derrotas militares que el Estado islámico ha sufrido en estos últimos tiempos en Irak y en Siria no han impedido la metástasis de las operaciones low cost, descentralizadas y buscando la forma más espectacular y salvaje posible contra centros del turismo y de fiesta, como Barcelona hoy y Niza ayer, tratando de traumatizar a la población.

Y de despertar tensiones y emociones xenófobas y racistas, como se han empezado a producir, parece ser, en Barcelona. O a obligar a los gobiernos a tomar medidas y a  impulsar políticas antiinmigración y anti integración dirigidas especialmente contra la comunidad musulmana, como ha empezado a proponer el gobierno holandés. Conseguir esa clase de reacciones es el principal objetivo del terrorismo.

Frente a cada uno de sus atentados, las manifestaciones de solidaridad están bien, son necesarias y reconfortantes.  Pero, como bien dice Álvaro Frutos, quien fue Director de la primera oficina de gestión de crisis que tuvo el gobierno español durante los gobiernos socialistas, algo que entonces se tomo más bien a broma porque el fin de la guerra fría anunciaba un mundo sin crisis, no hay que dejarse llevar ni por el dolor ni por la impotencia ante un problema que a corto plazo no tiene solución, esta bien proclamar que no tenemos miedo, pero es necesario algo mas que lamentaciones y proclamas de futuras victorias.

Además hay que decir que vamos a hacer. Y para ello hay que preocuparse también por lo que ocurre mas allá de los países occidentales, y de las consecuencias de la crisis económica dentro de ellos. Que se explique lo que se va a hacer, desde las grandes a las pequeñas cosas. Desde la gran geopolítica, a los simples pilotes que, de haber existido, habrían impedido el acceso de la camioneta asesina al río humano que es la Rambla, hoy más que nunca la “calle mas alegre” que Lorca conoció.

Ya se que a toro pasado es fácil encontrar remedios, pero puestos a recordar vivencias personales que ilustran esta dramática realidad, tengo familiares que viven cerca de la Rambla y, paseando por ella, me habían comentado que era el escenario ideal para causar una masacre atropellando una multitud. Porque no hay ninguna barrera que impida el acceso de un vehículo al río humano que inunda la zona peatonal, basta con saltar el bordillo desde la calle, y no hay ningún obstáculo que lo frene durante un largo recorrido, mientras se lleva por delante a la multitud que disfruta entretenida de una soleada tarde de verano.

Debió haber alguna razón para desechar la instalación de una simple barrera. Ahora es tarde para lamentarlo y es la hora de la unidad más que de los reproches. Pero sepamos que esta será una guerra larga y difícil, en la que habrá que activar todos los resortes, grandes y pequeños, para que nuestras sociedades desarrolladas y abiertas la ganen sin romperse ni cerrarse.