Diez años de crisis

A punto de empezar el éxodo vacacional, la actualidad está demasiado llena de acontecimientos. Todos ellos importantes. Algunos trascendentales, como la modificación del reglamento del Parlament de Catalunya que permitirá aprobar a hurtadillas la Ley de “desconexión” con España, presunta base legal al anunciado referéndum del 1 de octubre. Y otros más coyunturales, como la declaración ante los jueces del Presidente del Gobierno español sobre los problemas de corrupción del PP.

Pero, tiempo habrá durante el cálido verano de fijar la atención y analizar con detenimiento estos acontecimientos del rabioso presente. Hoy prefiero echar la vista atrás, para recordar cual fue el punto de partida del más largo período de estancamiento económico que ha vivido el mundo occidental, y Europa muy en particular,  desde el que comenzó en 1929 con las turbulencias bursátiles de Wall Street, y terminó con el estallido de la Segunda Guerra Mundial diez años después.

La actual crisis está cumpliendo también sus 10 años de duración. Empezó, aunque no nos lo parezca, en julio-agosto del 2007. Fue entonces cuando oímos por primera vez la palabra subprime. Y aprendimos que era eso de la securitication, o los ABS (asset backed securities) que en poco tiempo se hicieron famosos y entraron en nuestro léxico financiero e incluso cotidiano.

En el imaginario colectivo, la crisis que rápidamente bautizamos  como la de las subprime, estalló en septiembre de 2008 con el colapso y la quiebra de Lehman Brothers. Guardamos en la retina colectiva las imágenes de los empleados de Lehman, despedidos súbitamente al amanecer, saliendo de sus oficinas  del banco con las cajas de cartón  llenas de sus efectos personales, y por eso datamos el inicio de la crisis con ese espectacular acontecimiento.

La quiebra de L&B se explicó entonces por el uso desproporcionado de estos productos altamente especulativos. Otros dicen que fue utilizada como un escarmiento para que los financieros supieran que también ellos podían pagar sus excesos. Pero en cualquier caso, la quiebra de L&B tuvo un efecto detonante que amplifico la crisis, provocando una onda de choque en el sistema financiero mucho mayor de lo que las autoridades federales americanas habían imaginado. Desde entonces acuñamos el concepto de “riesgo sistémico” o el de too big to fail  para referirnos a los efectos que sobre el conjunto del sistema pueden tener la quiebra de una gran institución financiera. Lo malo es que el numero de los bancos too big to fail, ha aumentado, y sí antes eran too big, ahora son mucho más bigs.

La crisis tuvo su origen en la burbuja inmobiliaria estadounidense que fue posible gracias a una política monetaria flexible y un apoyo excesivo a dos instituciones paraestatales - Fannie Mae y Freddie Mac – que se dedicaban a financiar el acceso a la vivienda a las familias de renta media americanas. Una especie de “keynesianismo” privado por el cual, en vez de sostener la demanda mediante políticas publicas de inversión , la administración americana prefirió facilitar el acceso al crédito de las familias para financiar su vivienda y sus gastos de sanidad y educación.

Los salarios no aumentaban, o lo hacían mucho menos que la productividad, y en lugar de distribuir rentas, el sistema estaba organizado para proporcionar crédito. Como dicen que dijo María Antonieta ante el pueblo de Paris hambriento, “si no tienen pan que coman croissants”, se pudo decir “donde no les llegue la renta de su trabajo que tengan crédito fácil y barato”, concedido con la alegría suficiente para poner en marcha un proceso auto sostenido de aumento de precios inmobiliarios que permitiría devolver el crédito con las plusvalías.

Una especie de contrato social por el cual se financiaba el consumo con deuda y se delegaba en el sistema financiero, en Wall Street para simbolizarlo, la resolución de los problemas sociales, prestando dinero a gente que tenia muy pocas posibilidades de devolverlo si el precio de sus activos no subía sin parar. Y como los arboles no crecen hasta el cielo, hubo un momento en que los precios dejaron de aumentar y las hipotecas de pagarse.

Para los europeos, la crisis empezó a ser noticia cuando el 19 de agosto del 2007, el BNP, Banco Nacional de París, anunció que el valor de varios de sus fondos basados en bonos hipotecarios, supuestamente los más seguros, se había evaporado y no podía devolver a los participes sus inversiones. Entonces nos enteramos de que esos bonos hipotecarios estaban basados en prestamos de baja calidad ,“sub-prime”, a gran escala.

Pero para los americanos había empezado un poco antes, ya a finales del 2006 las primeras entidades de préstamo hipotecario estaban quebrando. Se puede culpar a la innovación financiera de haber sacado el genio malo de la botella al inventar productos titulizados y complejos que al final fueron activos tóxicos desperdigados por todo el sistema financiero. Pero también existieron practicas  fraudulentas a gran escala que afectaron sobre todo a los mas débiles y peor informados de la sociedad americana, y en particular a las comunidades latinas y afroamericanas.

La lección de la crisis es que el fraude, el fraude de guante blanco, tiene consecuencias sistémicas sobre el conjunto de la economía y que puede tener efectos sociales devastadores.

Y lo grave es que lo de hace 10 años no era la primera vez que ocurría. A finales de 1980, los Estados Unidos ya experimentaron una crisis de este tipo, la llamada crisis de las cajas de ahorro y préstamo (savings and loans), durante la cual más de 1 600 de ellas fueron a la quiebra. Una verdadera hecatombe.

En su origen, las prácticas tenían la misma raíz fraudulenta: sobrevaloración de la propiedad, registros fallidos o falsificados de préstamos, fraudes contables ...Más de 800 directivos y altos funcionarios de esas instituciones de crédito acabaron en la cárcel.

Pero no se aprendió la lección. Al contrario, se avanzó en la desregulación del sistema financiero como reflejo de una ideología ferozmente opuesta a la intervención estatal, la ideología del fundamentalismo de mercado que  desde los primeros años 80 dominó la acción política.

Esa ideología dominante resultó de la contra-revolución monetarista de Thatcher-Reagan, contra la economía keynesiana que había sido fue incapaz de resolver las crisis inflacionarias de los años setenta.

Desde entonces la ciencia económica se instaló en la creencia, que hoy sabemos que es una falacia,  de que los mercados son siempre racionales y eficientes, que los bancos centrales deben simplemente ocuparse de la inflación y que la política fiscal solo debe ocuparse   deequilibrar los presupuestos, renunciando a jugar un papel de estabilizador macroeconómico. Estas falacias han perdurado incluso después de que la crisis que empezó hace 10 años demostrase la debilidad del sistema capitalista financiarizado y globalizado para hacer frente a un proceso que ha hecho aumentar la desigualdad social y minado el sistema político heredado de los años de prosperidad de la postguerra.

Pero ese fundamentalismo de mercado esta sucumbiendo a sus propias contradicciones internas, como el keynesianismo sucumbió ante las crisis deflacionistas en economía abierta. Hoy se abre un gran campo de análisis y aplicación practica de políticas progresistas para recuperar los 10 años perdidos desde aquel verano del 2007.