14 de julio

Como siempre que puedo, asistí el pasado 14 de julio a la recepción que ofrecía el embajador Francia para celebrar su Fiesta Nacional. Me unen muchos lazos afectivos e intelectuales con nuestros vecinos, y me siento muy agradecido al presidente Chirac por haberme hecho Comendador de la Orden de la Legión de Honor. Aquí damos poca importancia a estas cosas, pero para los franceses es un símbolo de su identidad colectiva, mucho más fuerte que la nuestra.

Produce una cierta envidia oír a los franceses cantar a coro la Marsellesa. Un himno que tiene una letra que se puede cantar, aunque sus versos sean terribles “con la sangre de nuestros enemigos, regaremos los surcos de nuestros campos…”, y lindezas por el estilo. Refleja las circunstancias de su tiempo, pero también las de un sentimiento de pertenencia que desgraciadamente nos falta a nosotros.

Especialmente en estos tiempos en los que la dinámica secesionista en Catalunya se acelera y se dirige hacia una situación que, según el ex conceller Mas-Colell, obligará al gobierno español a escoger entre aplicar el artículo 155 de la Constitución para impedir que se celebre el referéndum anunciado para el 1 de octubre, o aplicarlo después de que el Parlament de Catalunya declare la independencia.

En efecto, el gobierno catalán que formalmente preside Puigdemont, pero que en la práctica lo conduce el vicepresidente Junqueras, se ha comprometido con la celebración de ese referéndum, sin fijar un nivel mínimo de participación para validar su resultado. Y Rajoy asegura que no se celebrará.

Por eso, durante la recepción en los jardines de la residencia del embajador francés, la cuestión catalana, “¿qué va a pasar en octubre?”, era la que más me interpelaba. Como si yo lo pudiera saber o conociera la fórmula para evitar el choque de trenes anunciado.

Me hubiera gustado más conversar sobre la visita del presidente Trump a Paris, invitado de honor de Macron, flamante nuevo Presidente de la Republica, y de las posibilidades de que esa visita cambiase algunas de las posiciones de Trump, en particular sobre su anunciada retirada del Tratado de Paris para luchar contra el cambio climático.

No creo que Trump cambie esa decisión, por mucho que le haya gustado el desfile de 14 de Julio, pero en todo caso, para los que conocemos la letra pequeña del Tratado, esa retirada no es para mañana, por mucho que quiera darle esa apariencia de efectividad al anuncio de sus decisiones.

En efecto, según el art 28 de ese Tratado, un Estado firmante no puede denunciar su participación antes de tres años de su entrada en vigor y su salida no sería efectiva hasta un año después. Es decir, en el mejor de los casos a finales del 2020. Con esto no quiero quitarle importancia a la decisión de Trump, sino señalar que no es para mañana, mientras que los acontecimientos que se anuncian en Catalunya son para la vuelta del verano.

En realidad, también cuando se conoce la letra pequeña de las cosas, la aplicación del famoso artículo 155, requiere tal cantidad de trámites y de procedimientos que sería ya muy difícil poder aplicarlo antes del 31 de octubre. Rajoy debe tener en cabeza otras soluciones para evitar la celebración de ese sucedáneo de referéndum, pero me temo que las decisiones judiciales no basten.

Como muy bien argumenta Isabel Coixet en un reciente artículo, los catalanes no independentistas, que son muchos pero han estado excesivamente silenciosos, se han quedado atrapados entre el desafío del soberanismo que busca sobre todo una escalada de la tensión y está dispuesto a un “martirio a bajo precio”, y la sordera del gobierno central que ha dejado que el problema se hiciese cada vez más grande, sin ni siquiera hacer un esfuerzo de pedagogía para contrarrestar las mentiras y las fabulaciones de los independentistas.

Cierto es que estos, con Junqueras a la cabeza, son inasequibles al razonamiento y se han instalado en una especie de “realismo mágico”, proclamando que las cosas son como les gustaría que fueran y sin atender a ninguna clase de contradicción ni desmentido.

Por ejemplo, la pertenencia a la Unión Europa. Me he esforzado, en multitud de ocasiones y a través de todos los medios a mi alcance, entre ellos el libro “Las cuentas y los cuentos de la independencia”, en explicar que una Catalunya que declarase la independencia por las bravas la margen del ordenamiento constitucional del Estado español, quedaría automáticamente fuera de la UE.

Esfuerzo inútil. Junqueras y sus acólitos continúan asegurando lo contrario. A pesar de que estos días el mismísimo Presidente de la Comisión Europea, el Sr Juncker, haya contestado a la pregunta de una europarlamentaria, la Sra. Becerra, repitiendo claramente lo que viene diciendo la Comisión desde  el año 2004: “Una nueva región independiente, por el hecho de su independencia, se convertirá en un tercer Estado en relación a la Unión y, desde el día de su independencia, los tratados ya no serán de aplicación en su territorio”. Y que su hipotética admisión debería ser aprobada por los procedimientos que establecen los Tratado y que requieren la unanimidad de todos los Estados.

Pero tampoco esa advertencia servirá para nada. Junqueras seguirá diciendo que los catalanes no deben preocuparse porque eso él lo arreglará, ya que la UE no puede pasarse de un contribuyente neto a su Presupuesto como sería Catalunya.

Como tampoco sirve de nada señalar las falsificaciones de la realidad en la que el independentismo incurre continuamente. Por ejemplo, El texto del borrador de “Llei del Referèndum d’Autodeterminació” presentado el 4 de julio por Puigdemont y Junqueras se inicia con una referencia, a través de la cual pretende encontrar un apoyo legal a su convocatoria, al “Pacto sobre derechos civiles, políticos, económicos y culturales” aprobado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en el año 1966, en el que se reconoce “el derecho de los pueblos a su autodeterminación”. Y como España ha ratificado un Acuerdo que reconoce el derecho a la autodeterminación, Cataluña tiene derecho a ejercerla.

Pero se trata de un argumento de cuya insolvencia advirtió el propio  Consell Assessor per a la Transició Nacional. De nuevo la letra pequeña, en la página 13 del Informe de dicho Consell, en el que se analiza precisamente esos Acuerdos de la ONU, se señala  que:

“El derecho de secesión unilateral solo está regulado explícitamente por el derecho internacional en casos de descolonización”.

En efecto, una nueva Declaración de las Naciones Unidas sobre los Principios de Derecho Internacional Relativos a las Relaciones y Cooperación Amistosas entre Estados de 1970 (Resolución 2625) precisó que el derecho de autodeterminación se refería a situaciones coloniales, es decir, a aquellos “Estados que no se rigen por un gobierno representativo de todo el pueblo perteneciente al territorio sin distinciones de raza, religión o color”.

¿Alguien puede argumentar seriamente que ese es el caso de Catalunya, y por lo tanto le asiste el derecho a la autodeterminación?

De manera que, si en su texto de Ley, hacen caso omiso de las advertencias de su propio Consell Asessor, y falsean la realidad de las disposiciones de las Naciones Unidas,   ¿qué cabe esperar de los promotores de ese referéndum?

Hay que señalar algunos hechos positivos, como la Declaración de Barcelona, aprobada en la reunión conjunta que mantuvieron en Barcelona las ejecutivas del PSC y del PSOE, mientras yo estaba degustando los canapés del embajador de Francia. Es un intento de abrir una vía de diálogo que puede llegar demasiado tarde, pero que era difícil imaginar, después de lo que ocurrió en el PSOE en octubre del 2016, que pudiera producirse.

Lo que ocurra, dependerá de la reacción de la sociedad civil catalana, y por eso es también positivo que  más de 200 personas inscritas como miembros de Catalunya en Comú, organización que se ha instalado en la increíble ambigüedad de negar validez al referéndum pero llamar a participar en él,  han firmado un manifiesto en el que anuncian que no participarán porque “la convocatoria no tiene ni la legalidad ni la legitimidad de representar a la mayoría”, y porque “ ni es efectivo, ni refleja la pluralidad de la sociedad catalana, ni tiene reconocimiento internacional, ni garantías democráticas”. Pero también recuerdan que una gran mayoría de los catalanes desea que se celebre un referéndum legal y pactado que cumpla con esas condiciones.

Quizás encontremos en la pausa veraniega ocasión para analizar lo que significa la salida de los EE.UU del Acuerdo de Paris, que quizás no sea tan dramática como parce. Pero es más probable que la inmediatez de los acontecimientos en Catalunya nos ocupen las vacaciones.