Entre París y Barcelona

Después de la primera vuelta de las elecciones francesas, viajo de Paríss a Barcelona.  Y me pregunto qué debería preocuparnos más, ¿lo que está ocurriendo en Francia o en Catalunya?

Por razones de proximidad, sin duda lo de Catalunya. A fin de cuentas, la principal amenaza sobre un Estado y sus ciudadanos es la pérdida de su integridad territorial. Y de esto es de lo que se trata con la huida hacia delante del independentismo, alentado y dirigido por el Gobierno de la Generalitat, que con una mano pide  dialogo y con la otra manifiesta su firme decisión de convocar un referéndum en contra de nuestro ordenamiento jurídico. Una actitud completamente incoherente e inaceptable como razona acertadamente Antonio Zabalza en un reciente articulo.

Más  grave aún es el comportamiento de algunos de los voceros más esperpénticos del independentismo, entre los cuales destaca últimamente el viejo cantautor Lluís Llach, el del viaje a Ítaca. Amenaza públicamente a los funcionarios que se nieguen a aceptar y aplicar la nueva legalidad catalana, “¡¡patiran molt!!” se permite advertirles en tono de matón de barrio.

Y además, observo que concreta en mi persona sus ataques, acusándome de ser, (¡!¿?junto con Pedro Sánchez??!!) el responsable de la actual situación de España. Me reprocha que “odie” a los independentistas y me desea que “reviente”. Los entrecomillados son citas textuales. No merecería más atención porque a todo el mundo con la edad le pueden patinar las neuronas. Pero este tipo de actitudes es un ejemplo del enfrentamiento civil que desgraciadamente empieza a manifestarse en Catalunya, donde todos los que no comulgan con las ruedas de molino del independentismo son calificados de “fachas”.

Pues sí, la cuestión catalana debería preocuparnos mucho, y más que preocuparnos debería exigir que nos ocupemos de ella antes de que sea demasiado tarde, si es que no lo es ya. La campaña de las primarias del PSOE sería una buena ocasión para que sepamos por fin que es lo que el socialismo español propone para afrontar tan grave problema. Habrá que volver sobre la cuestión de la plurinacionalidad del Estado que últimamente ha provocado reacciones apasionadas.

Desde el punto de vista del futuro de Europa, el resultado de las elecciones francesas es de una importancia fundamental. Curiosamente, van a coincidir casi en el tiempo la elección final, (7 de mayo), de nuestros vecinos entre dos candidatos con visiones radicalmente diferentes sobre Europa, con la celebración del día de Europa (9 de mayo).

Según cuál sea el resultado, esa celebración puede convertirse en el epitafio del proyecto europeo o en una nueva esperanza de relanzarlo. Con Le Pen y su propuesta de que Francia salga del euro, sería el fin de la moneda única y las demás instituciones de la UE caerían una tras otra como las piezas de un dominó. Con Macron, considerado el candidato más “europeísta”, en Bruselas respirarían aliviados. Pero Macron se propone relanzar la UE sin cuestionar las políticas deflacionistas ni el dumping social y fiscal que están en la base de la creciente pérdida de apoyo popular del proyecto europeo.

Y esta pérdida de apoyo es manifiesta en Francia, donde casi la mitad de los electores han votado por partidos antisistema y antieuropeos, por la derecha o la izquierda. Es evidente que el proyecto europeo no puede subsistir sobre bases sociales tan débiles. Aprovechando la probable, pero no segura, presidencia de Macron, la UE debería ser capaz de relanzar el crecimiento y mejorar la situación de una parte cada vez mayor de su población que no cree obtener ninguna ventaja del proceso de integración.

Es evidente la trasformación del sistema político en el que se ha basado la construcción europea desde la postguerra mundial. En Francia, los dos grandes partidos, socialistas y los  hoy llamados “republicanos”, solo han sumado el 23 % del voto y sus candidatos no han pasado a la segunda vuelta. A los socialistas ya les pasó en el 2002, cuando, gracias a las divisiones de la izquierda,  Le Pen padre desbancó al prestigiado primer ministro Jospin. Pero ahora las cosas son muy diferentes. Contra Marine Le Pen se ha roto el frente de todos los partidos que permitieron que Chirac ganara la segunda vuelta con el 82% del voto.

A pesar del rápido llamamiento de los dos grande derrotados, Hamon y Fillon, mucho más el primero que el segundo, está por ver si sus electores no se van a dejar tentar por la abstención. Su decepción es comprensible, pero abstenerse es arriesgarse a situar al frente de Francia a la extrema derecha xenófoba y nacionalista, con todo lo que ello representa para su país y para Europa.

Más preocupante aun es la actitud de Melenchon, el líder de la izquierda alternativa parecida a nuestro Podemos. Por dos veces se ha negado a dar una consigna a sus electores e incluso a decir cuál sería su voto, aunque dejando entender que en ningún caso sería para el Frente Nacional de Le Pen.

Hay que recordar que en el 2002, cuando Jospin fue desbancado Le Pen padre, Melenchon fue de los primeros a pedir un cordón sanitario contra la “peste brune”.  Ahora parece como si no viera gran diferencia, desde el punto de vista democrático, entre lo que representan Macron y Le Pen. Su argumento es que sus electores están divididos sobre cuál de los candidatos es el menos malo para sus intereses, una representando la extrema derecha y el otro la “extreme finance”. Una actitud decepcionante pero que dice mucho de cómo los extremos se tocan en su rechazo al actual sistema político.

Para Le Pen, Macron es el rival ideal. Le permite presentarse como la representante del “pueblo” contra las élites, de los “nacionales” frente a los “europeístas”, de los perdedores de la globalización contra los ganadores de la apertura de las fronteras. Macron ha reaccionado rápidamente presentándose como el candidato de los verdaderos patriotas, que rechazan el nacionalismo estrecho, reductor y xenófobo de Le Pen para defender los valores universales de una Republique abierta al mundo. Pero el actual debate muestra bien hasta qué punto la división entre los ganadores y los perdedores de la mundialización es cada vez más importante políticamente y alimenta los populismos de derechas y de izquierdas.

La victoria final de Macron dependerá de la habilidad de Macron de atraerse el voto a su derecha y a su izquierda.  Si al final es elegido Presidente de la República un joven de 39 años, que nunca antes había pasado por las urnas, ministro de Hollande y sin un partido detrás, será la más clara muestra de la desconstrucción de un sistema político. Y a ello habrá contribuido su habilidad personal de representar la “ruptura” con el “sistema”, cuando en realidad es un puro producto de dicho sistema.

La ruptura que predica Macron no tendría el éxito electoral que ha tenido sino tuviera bases sociales y políticas reales. Hay una ruptura generacional, una ruptura entre ciudades y zonas rurales, y una ruptura de los esquemas políticos clásicos asociados al eje derecha-izquierda. Macron ha sabido encarnar juventud y apertura, una especie de Justin Trudeau, el primer ministro canadiense. Otros dicen que se sienten ante Macron como ante una ópera de Mozart, la música te envuelve y seduce, siempre que no prestes demasiada atención a las palabras del libreto.

El ascenso de Le Pen, que ha aumentado la friolera de un 50 % los votos del 2002, muestra también la desconstrucción del sistema político. En cambio, Fillon ha aguantado mucho mejor de lo esperado. Roza por debajo el 20 %, lo mismo que Chirac en el 2002, a pesar de estar investigado por presunto uso fraudulento de fondos públicos. La derecha francesa paga el precio de no haber sabido aceptar que un candidato moralmente desacreditado no podría conseguir el crédito de los electores. Su empeño en seguir a pesar del proceso judicial abierto contra él ha acelerado el abandono de los electores de derecha moderada en beneficio del FN, y reforzado la emergencia de los populismos de derechas. Podría ser el detonante de una derechización de Europa que esta incubándose desde hace ya 10 años.

Pero, además de todas estas razones de fondo, si al final Macron es presidente será gracias a los 2, ó 3, puntos porcentuales decisivos que el “penelopegate”, habrá hecho perder  a Fillon. Un hecho circunstancial que habrá decidido el curso de la historia y de sus personajes. Pero un catalizador solo funciona si actúa sobre una masa reactiva, como es hoy la sociedad francesa.

Los electores han preferido lo viejo a lo nuevo pero el cambio político ha afectado más a la izquierda que a la derecha. El espectro que va de Le Pen a Fillon mantiene los 17 millones de votos que en el 2012. Pero cambia substancialmente el reparto interno, Fillon solo obtiene el 42 %, cuando Sarkozy obtuvo el 60 %,  en beneficio de Le Pen que se lleva el 45 %. Entre el PS y todo lo que hay a su izquierda en cambio, pierden la friolera de 6 millones de votos.

El resultado de las elecciones francesas se leerá también en clave española. Algunos tratan ya de atribuir la derrota del PS a los excesos ideológicos de su candidato Hamon elegido en primarias y de establecer interesados paralelismos con la situación del PSOE. Pero la principal causa de la derrota socialista ha sido la división del PS francés. ¿Cómo podía ganar un candidato abandonado por no decir apuñalado por las personalidades más relevantes de su propio partido? Realmente el PS tenía dos candidatos, el vencedor de las primarias y el de los perdedores que se pasaron a Macron alegando una incompatibilidad moral con el programa de Hamon. Habría que preguntarles cuando descubrieron esa incompatibilidad, ¿antes o después de perder la primarias?

Hamon tenía la difícil tarea de plantear una renovación a fondo de la propuesta socialista sin distanciarse de un partido gastado y desacreditado por su pedida de contacto con la sociedad, sus renuncias programáticas y la gestión de su  gobierno saliente. Por la lógica del “voto útil”, muchos de los que votaron a Hollande se han ido con Macron, que a fin de cuentas era su candidato, y otros han preferido reforzar a Melenchon.

Pero hay que reconocer que Hamon ha tenido el mérito de plantear los grandes temas entorno a los que deberá la izquierda reconstruir un proyecto de futuro, la transición energética, el impacto de la economía digital sobre el empleo, nuevas formas de distribución de la renta, un impulso a la construcción europea que no pase por plegarse a los dictados del ordoliberalismo alemán.

Probablemente no se ha dado a esos temas la importancia que tienen. El PS sale de estas elecciones literalmente destruido y dividido. La cuestión de la unidad de la izquierda se planteará de forma más aguda todavía para dar una repuesta progresista a la cuádruple crisis que sufren las sociedades  europeas, crisis política, económica, ecológica e identitaria. Entre París y Barcelona tenemos buenos ejemplos de ellas.