Mr. Trump en Malta

Evidentemente, el  nuevo Presidente de los EE.UU, Mr. Donald Trump, no estuvo el pasado viernes 3 de febrero en la reunión del Consejo Europeo en Malta. Ni tenía por qué asistir a una cumbre europea convocada para tratar de los problemas de la inmigración a través del Mediterráneo y para preparar el manifiesto con el que se conmemorará el 60 aniversario del Tratado de Roma el próximo 25 de marzo.

Pero tras la agenda oficial, parece como si la cuestión más importante fuese la respuesta europea a la actitud hostil manifestada por Trump hacia la UE, y en especial a Alemania, y a las medidas antiinmigración que había dictado a través de una de sus últimas executive orders.

Después de un silencio que empezaba a ser embarazoso, el Presidente del Consejo, el exprimer ministro polaco Donald Tusk, el Donald europeo,  había criticado duramente esas medidas en la carta de convocatoria al Consejo de Malta, calificando a Trump como un “peligro” para Europa al mismo nivel que el de la Rusia de Putin o el Estado Islámico.

Pero al final de la reunión, también parece que la respuesta europea, y en especial la de Alemania, ha sido muy prudente y Tusk, junto con Hollande, se han quedado más bien solos en esa actitud crítica.

El Consejo ha preferido aplicar paños calientes y hacer gala de reserva y prudencia. El propio Presidente de la Comisión J. C. Juncker, declara que “no ve a Trump como una amenaza”. Y  Merkel ha sido la que más ha tratado de evitar una confrontación, adoptando la vía pragmática de “colaborar en lo que se pueda, sabiendo que en algunas cuestiones vamos a discrepar porque tenemos intereses y valores diferentes”.

Algo parecido ha sido la posición española representada por Rajoy muy en su estilo: “tenemos que preservar nuestra identidad y defender nuestros valores, pero también queremos tener unas excelentes relaciones con EE.UU., como siempre”.

Debe de tener un límite eso de defender nuestros valores y mantener excelentes relaciones con quien no sólo no los practica sino que los ataca. ¿Cuál es el límite a partir del cual las relaciones no pueden seguir siendo “excelentes” A juzgar por el “pragmatismo” con el que la UE ha administrado, y sigue administrando sus relaciones internacionales, ese límite da para mucho? Véase sino las excelentes relaciones que mantuvimos con las dictaduras del Norte de África, hasta que se produjo la llamada primavera árabe, y como no nos hemos atrevido a calificar de golpe de Estado la reimplantación de un gobierno militar en Egipto. Por no hablar de las excelentes relaciones que mantenemos con regímenes autocráticos, verdaderas tiranías feudales religiosas como las monarquías del Golfo. Es difícil imaginar un régimen político cuyos valores y principios estén más alejados de los que proclamamos los europeos como nuestras señas de identidad. A pesar de lo cual nuestras relaciones son “excelentes”.

Sin haber estado en Malta, pero  teniendo  en cuenta cómo son las relaciones de los europeos con Arabia Saudita a pesar de las características de su régimen político, Trump puede tener un gran margen de acción antes de que sus relaciones con los europeos dejen de ser “excelentes, como siempre”.

Solo el Presidente francés Hollande levantó la voz para juzgar inaceptables las presiones de Trump sobre lo que Europa debe ser o no ser. Pero Hollande está de retirada, estando todavía Obama en la Casa Blanca ya se había apeado del Tratado de libre comercio con EE.UU., y nadie cree que el próximo Presidente de Francia sea un socialista. Lo menos que se puede decir es que en estos momentos el peso de Francia en el  debate sobre las relaciones trasatlánticas es más bien escaso.

Bueno, dejémoslo en que “Trump “no es una amenaza pero sí un desafío” ha concedido el Donald europeo, Donald Tusk. También es difícil situar la frontera entre lo que son amenazas y lo que no pasan de desafíos. Cuestión semántica que  no oculta la realidad: a Trump no le gusta la Europa de la Unión Europea y los europeos tienen que decidir cómo reaccionar ante su actitud hostil. De momento han  escogido la prudencia y decidido no echar más leña al fuego, pero Europa no puede ceder ni demostrar una actitud vacilante ante Trump, porque no es la clase de personalidad que atienda  a estas actitudes.

Hay que reconoce que Trump está haciendo exactamente lo que dijo durante la campaña electoral: los EE.UU. van a cerrar la puerta de su país y se van a replegar en defensa de sus propios y únicos intereses. Desde un punto de vista comercial-económico, diplomático, y ahora humano, Trump ha empezado a organizar el repliegue de la primera potencia mundial dentro de sus fronteras. Su último decreto para prohibir la entrada al territorio de Estados Unidos a los refugiados y los nacionales de siete países de Oriente Medio se deriva de la misma lógica, aunque ésta vez se aplica a seres humanos, muchos de los cuales ven como de repente su green card (tarjeta de residencia) o su visado de entrada no les sirve para nada.

Una actitud bien distinta de la que expresaba Ronald Reagan en 1988 en su discurso de despedida después de dos períodos presidenciales, con su analogía de los EE.UU. como “la ciudad brillante en la colina”, el faro del mundo libre. En sus propias palabras:”Si esa ciudad tuviera que tener paredes, estas paredes tendrían puertas. Y las puertas estarían abiertas a todos aquellos que tienen el corazón y la voluntad de venir.” Aunque a Trump le guste compararse con su ilustre predecesor republicano, en realidad tiene una visión radicalmente diferente de la que tenía Reagan de los Estados Unidos como tierra de acogida de la gente que busca la libertad. Y lo viene demostrando desde que hace 15 días empezó a firmar órdenes ejecutivas en el despacho oval de la Casa Blanca.

Muchos americanos apoyan su último decreto que limita drásticamente la posibilidad de acceso al territorio americano a los ciudadanos de algunos países musulmanes,  porque consideran que es una medida que les protege del terrorismo. Pero  también se ha encontrado con la oposición de amplios sectores de la sociedad americana que se levantaron en contra de una medida que representa una contradicción muy simbólica con la esencia de un país hecho por inmigrantes. Aunque también hay que reconocer que Obama no se había distinguido mucho por su abrir sus puertas a los refugiados.

En los EE.UU. ha ocurrido una movilización de la sociedad civil contra una medida de gobierno, que es raro que ocurra en Europa. Decenas de miles de ciudadanos se movilizaron en los aeropuertos y se manifestaron en las principales ciudades, abogados ofreciendo sus servicios a los viajeros afectados, magistrados que intervinieron para suspender la aplicación de parte del decreto en el ámbito de su jurisdicción,  medios de comunicación respondiendo, líderes de las principales compañías de tecnología en Silicon Valley, muchos alcaldes, entre ellos el de Nueva York, autoridades académicas y muchos parlamentarios tomando posición en contra.

Al final, probablemente Trump recibirá con esta medida su primera gran derrota jurídica porque es evidente que atenta contra el principio constitucional de no discriminación por razones religiosas. Y así parece que va a ser, porque cuando estoy enviando a la “imprenta” digital estas páginas, un juez federal acaba de suspender temporalmente la aplicación de la orden ejecutiva del Presidente Trump prohibiendo la entrada de refugiados y de personas naturales de 7 países de mayoría musulmana. La diferencia con otras decisiones judiciales que se habían dictado previamente es que sus efectos están limitados al territorio de la jurisdicción del juez que la dictaba. Pero ahora debe aplicarse en todo el país, y el juez federal  precisa que la admisión de refugiados no debe tomarse en función de sus creencias religiosas, en contra de lo dispuesto por Trump.

El conflicto entre ejecutivo y legislativo está servido. Trump puede declarar que la opinión del juez federal es “ridícula”. Pero de momento los funcionarios de aduanas tendrán que cumplirla mientras no sea recurrida y suspendida. Vaya, si esto ocurre en cualquier otro país no dudaríamos en calificarlo de republica bananera, pero resulta que es en EE.UU. donde está servido el conflicto entre poderes para saber algo tan importante como quien puede o no entrar en el país. Claro que eso de la separación de poderes es algo que a Trump le debe costar entender. Sería interesante estudiar y explicar cuáles son sus capacidades ejecutivas, cuales son los limites de sus executives orders y quien puede impedir que se apliquen.

Lo que está ocurriendo antes, durante y después de la cumbre de Malta demuestra que los europeos deberían también mantener una actitud firme en la defensa de sus principios en los distintos frentes que Trump ha abierto con su actitud nacionalista-xenófoba-proteccionista-anti cambio climático.

Pero la UE no lo tiene fácil, y las actitudes manifestadas en Malta así lo demuestran. Con respecto a los EE.UU, entre los europeos todavía subsisten las divergencias traumáticas que produjo la guerra de Irak en el 2003. Trump tiene en Europa a gobiernos de países como Polonia y Hungría que están muy cerca de sus posiciones. A un Reino Unido muy debilitado por el Brexit que necesita su apoyo. Los gobiernos de los países bálticos están desconcertados por la especial relación que Trump quiere establecer con Putin. Los populistas de derecha y de izquierda que contestan el sistema de democracias liberales y la propia construcción europea le hacen el juego, algunos sin saberlo y otros encantados de ello. Siempre encontrará a los representantes del apaciguamiento  de los tiempos de Munich que piensan que más vale condescender que enfrentarse, como señala bien Arnaud Leparmentier en sus crónicas desde Bruselas.

Pero este es el momento en el que Europa tiene que unirse más para defender sus intereses e influir en el mundo. Los ataques a los valores sobre los que se basa la UE pueden ser un electroshock más potente para hacerla reaccionar que el propio Brexit.

Y la reacción debería producirse simultáneamente en varios frentes. Y el primero es el de la inmigración. En Malta, frente a las costas de una Libia desestabilizada por donde van a pasar los flujos de inmigrantes a los que Turquía cierra el paso, mientras el acuerdo con la UE no se rompa, este tema era el plato fuerte del orden del día. Y aunque los europeos tengamos que desolidarizarnos de Trump por sus métodos, también tenemos que limitar el número de inmigrantes que vienen de África porque son tan numerosos que pueden desestabilizar políticamente a la sociedad europea.

Por eso la Declaración de Malta empieza proclamando el compromiso europeo de actuar respetando los derechos humanos, las leyes internacionales y los valores de la Unión en colaboración con las agencias de la ONU especializadas en migración y refugiados (ACNUR y OIM). Pero al final, lo que proponemos es fomentar la creación de zonas tampón en Libia para que esta retenga en sus campamentos a los que intentan llegar a Europa. Y son muchos, en el 2016 más de 180.000 inmigrantes usaron la vía del Mediterráneo central para intentar llegar a Italia y 4.500 murieron en el empeño. En los días previos a la conferencia de Malta 3.000 de ellos fueron rescatados del  mar.

Por eso en Malta no fue difícil que el Consejo se pusiese de acuerdo en validar el acuerdo para conceder al gobierno libio de Faiez Sarraj una ayuda de 200 millones de euros para la formación de sus guarda costas y la lucha contra los contrabandistas de seres humanos. No se sabe cuál es exactamente la parte del territorio libio que controla ese gobierno, pero es el interlocutor que hay mientras no se consiga la formación de un gobierno de unidad nacional, a lo que la UE ayuda en lo que puede.

Aunque se quisiera, en las actuales circunstancias, no es realista intentar firmar con Libia un acuerdo como el que se firmó con Turquía, pero lo que se ha acordado es lo más parecido.  Por eso, aunque no se diga con palabras tan claras, el objetivo de los acuerdos de Malta es cerrar la ruta del Mediterráneo central como el acuerdo con Turquía ha permitido cerrar la de las islas griegas. Para Leparmentier, en Malta la UE ha hecho una especie de soft-Trump, al mismo tiempo que mantiene un  discurso anti-Trump en el respeto a las leyes, los derechos y la acogida al refugiado.

Pero esas declaraciones de principios no parecen haber convencido mucho a las organizaciones a los que iban dirigidas, que han contestado los acuerdos de Malta exigiendo a los dirigentes europeos que no permitan que se encarcele sistemáticamente a los inmigrantes en condiciones infrahumanas. Para el director adjunto de la UNICEF, las decisiones de Malta constituyen un asunto de vida o muerte para miles de niños bloqueados en su tránsito por Libia.

Europa debe también mostrar sus diferencias con Trump en lo que respecta a la actitud frente al Islam. Evitar la guerra de civilizaciones vaticinada por Samuel Huntington y practicada ahora desde la Casa Blanca. Y para ello relanzar la  Unión por el Mediterráneo que en su día nos propuso Sarkozy y al que no hicimos caso porque los dictadores que sosteníamos nos aseguraban la estabilidad perdida de nuestra frontera sur.  Y, por supuesto, si Washington desplaza a Jerusalén la embajada de Estados Unidos en Israel, la UE tendrá una ocasión para mostrar cuáles son sus capacidades de acción en política exterior.

En materia de política comercial y de cambio climático, la UE deberá también marcar sus posiciones frente a las de Trump. Porque, nos guste o no. el mundo se enfrenta a una vuelta al nacional-proteccionismo y al rechazo del cambio climático como una amenaza a la que hay que hacer frente de forma urgente y concertada al menos como se acordó en la Cop 21 de Paris. Si esos acuerdos se rompen la UE tendrá que ver si es capaz de establecer un impuesto sobre el carbono.

Y finalmente, si Mr. Trump hubiera ido a Malta, o cuando sea que se reúna con los europeos, tendrán que tratar  de los asuntos de la defensa, es decir de la OTAN y de quien paga por ella, y en eso tiene razón Trump en exigirnos un mayor esfuerzo. Una ocasión para relanzar la Europa de la defensa.

Y de las políticas monetarias, es decir de la relación euro dólar. De igual manera que Trump se pelea con el poder judicial, también entrara en guerra abierta con otro poder independiente que es la Reserva Federal. Esta tendrá que elevar sus tipos de interés para hacer frente a sus políticas inflacionistas, lo que hará caer al euro y subir nuestros tipos. Otra ocasión para avanzar en la consolidación de la unión monetaria y en el saneamiento del sistema bancario europeo.

Después de la retirada británica, ambas cuestiones están en las manos de Francia y Alemania, sobre todo de esta última. Ojala que los europeos nos organicemos en torno a ella antes de que Mr. Trump vaya de verdad a Malta.