Desde sanhattam

Cruzo de nuevo el Atlántico, esta vez con destino a Santiago de Chile para participar en la Conferencia sobre los Desafíos Globales en la Era Digital, organizada por el gobierno chileno, presidente de turno de Regulatel, la asociación de los reguladores latinoamericanos de telecomunicaciones.

El cambio experimentado por la capital de Chile es impresionante. La visité por primera vez a mediados de los 90, invitado por Ricardo Lagos, por aquel entonces ministro de Obras Públicas y Transportes, como yo lo era en España. Desde entonces una nueva ciudad ha nacido a los pies de la cordillera, los barrios de la clase alta de Vitacura y Las Condes que lucen una esplendida modernidad de rascacielos recortándose bajo el perfil de la cordillera de los Andes.

Nada que envidiar a los barrios más prósperos y modernos de cualquier ciudad europea o americana. Cerca de donde Pedro de Valdivia y su amante Inés de Suarez, la “Inés del Alma Mía” de la escritora Isabel Allende (nada que ver con la hija del Presidente víctima del golpe de Pinochet) fundaron Santiago, se levanta el edificio más alto de América Latina. Malls elegantes y supercaros y restaurantes selectos florecen en avenidas y parques de cuidado urbanismo.

Por eso los santiagueños le llaman el sanhattam.  Refleja también el crecimiento explosivo de la desigualdad en Chile, uno de los países más desiguales de América Latina, que el crecimiento económico no ha corregido sino aumentado.

Aunque sin la dualidad étnica que agrava la desigualdad en Guatemala, porque los descendientes de los mapuches no son ni tan numerosos ni mucho menos tan segregados como lo son los mayas en Guatemala, el país ofrece la imagen de una gran dualidad económica y social. Entrando por Vitacura en el túnel que pasa bajo el rio Mapocho y saliendo por el Mercado Central, es como cambiar de mundo en un par de kilómetros. El ecosistema humano y urbano cambia radicalmente, tanto en términos étnicos como económicos.

La popularidad de la Presidenta Bachelet, que llegó al 80 % al principio de su segundo mandato, ha caído al 20 %, una tasa comparable a la del Presidente Hollande en Francia que mientras escribo estas líneas acaba de anunciar que no se representara a la reelección, una première en la política francesa.

Dentro de un año Chile celebrará elecciones presidenciales, y antes las primarias de la Nueva Mayoría, que incorpora los comunistas a la vieja Concertación de socialistas y democratacristianos y de la derecha. Por esta última  parece que repetirá el ex Presidente Piñera, y por la Concertación Ricardo Lagos, que a sus 77 años y 8 años después de haber acabado su primera Presidencia se presenta de nuevo. Todo un ejemplo de renovación de la clase política...

Aunque no es seguro que esos acaben siendo los candidatos presidenciales. Piñera parece afectado por problemas relacionados con la gestión de su fortuna personal y en la Nueva Mayoría ha surgido un nuevo liderazgo, el del senador independiente, aunque elegido por la Nueva Mayoría, Alejandro Guillier, ex comentarista de televisión que goza de un amplio conocimiento social, que podría ganar las primarias a Lagos. Aunque su bagaje político es escaso, el hecho de ser ampliamente conocido juega a su favor de igual manera que el representar al establishment político juega en contra de Lagos, como jugo en contra de H Clinton.

También mientras escribo estas líneas los italianos se aprestan a votar en el referéndum de reforma constitucional que Renzi ha ligado a su suerte política personal. Las encuestas le dan perdedor lo que representaría otro seísmo político en Europa. Habrá que esperar a saber si una vez más los referéndums los carga el diablo y si el apoyo de los medios, de la intelectualidad y de la clase económica dirigente no acaba siendo contraproducente. Lo que ocurra en Italia, y lo que está pasando en Francia, donde la derecha ha preferido un católico-conservador-liberal-antiinmigración como Fillon al centrista Juppé, pueden ser determinantes para el futuro de Europa.

Mientras tanto, lo ocurrido en EE.UU. sigue siendo objeto de la atención mundial a medida que Trump va desgranando sus nombramientos, dejando de lado algunos de sus más desgarrados planteamientos electorales y reafirmándose en otros. En Chile tengo la oportunidad de comentarlo con Daniel Sepúlveda, el Coordinador Internacional de Obama para las telecomunicaciones y la sociedad digital, de ascendencia chilena. Está cerrando las maletas de su cargo y en su intervención señala la necesidad de una mayor integración de las redes de telecomunicación americanas.

No creo que este sea un objetivo de Trump. Y aunque lo fuese, es más fácil predicar que dar trigo. Incluso los europeos, que llevamos muchos años en un proceso de integración económica regional, y habiendo querido desarrollar un Mercado Único Digital y una Agenda Digital para Europa, tenemos muchas dificultades para superar la fragmentación del marco político, lo que lastra nuestro potencial de crecimiento en un sector clave para el futuro.

Actualmente la economía digital crece en Europa a un ritmo 7 veces más rápido que el resto de la economía.  Pero la integración regional europea no ha conseguido todavía crear redes digitales veloces fiables y conectadas entre países. Para comunicarse entre países los europeos sufrimos costes diferentes, sistemas incompatibles y una conectividad irregular. El comercio electrónico esta poco desarrollado y el transfronterizo solo es el 12 % del total. A pesar del alto nivel de desempleo, no hay suficientes trabajadores cualificados en las Tic. Si no se actúa a nivel nacional y comunitario de aquí al 2020 faltaran 900.000 profesionales informáticos.

El Consejo Europeo no cesa de llamar la atención sobre la necesidad de desarrollar la Agenda Digital para Europa y completar el Mercado Único Digital. Esta es una de las 10 prioridades definidas por el Presidente de la Comisión y no es quizás una casualidad que el comisario responsable de la política digital sea un alemán el Sr. Oettinger, porque Alemania es el país que más en serio se toma el impacto de la era digital sobre sus estructuras económicas y sociales. No hay más que ver la importancia del tema en el acuerdo de gobierno de coalición entre la CDU y el SPD. Algo inédito en nuestros lares, donde de eso ni se habla. Saludemos en todo caso que se haya incorporado en la denominación del Ministerio del ministro Nadal.

Precisamente en la UE estamos esperando una sentencia del Tribunal Europeo de Justicia que será muy importante para fijar los límites del desarrollo de nuevas formas de negocio. Un juez de Barcelona, en julio del 2015, preguntó al Tribunal de Luxemburgo si Uber debe ser considerada como una plataforma digital o como un servicio de trasporte.

Si el tribunal decide que Uber es un servicio de trasporte, tendrá que someterse a la legislación laboral y de otros tipos, que en Europa generan costes elevados. Uber ya las cumple en algunos países pero en otros no y eso limitaría sus planes de expansión.

Si se decide que es una simple plataforma digital que matches conductores independientes con usuarios potenciales, entonces Uber tendrá más capacidad de expansión para ofrecer productos low-cost. Pero produciendo efectos rupturistas en sectores de actividad reglamentados.

Un mundo en cambio impulsado por la tecnología y por las nuevas formas de representación política. En mi último artículo me preguntaba si las políticas de Trump van a beneficiar o a perjudicar a la mayoría de sus votantes, los enfadados con los efectos de la globalización y con el establishment político. Aunque ese fuera de verdad su objetivo, es poco probable que sea la consecuencia de las políticas que previsiblemente va a aplicar.

Eliminar el Obamacare y la mayor parte de las regulaciones del medio ambiente y financieras no es del interés de los trabajadores ni de las clases medias bajas que sufrirán de un peor acceso a la sanidad, más contaminación y un comportamiento más depredador por el sistema financiero. Están por ver los efectos de una política más proteccionista, porque el consumo de muchos de sus votantes depende de la importación de productos de bajo precio.

La Presidencia Trump producirá un aumento de la inversión en infraestructuras, rebajas fiscales regresivas, desregulaciones y cortes en el gasto público federal. Aumentara el déficit, la Deuda y los tipos de interés. Lo que revalorizara el dólar, debilitara a las industrias exportadoras y aumentara el déficit comercial exterior.

Por supuesto, un aumento de la inversión pública en infraestructuras aumentará la actividad de la construcción y el empleo en el sector. A corto plazo puede provocar un aumento de la actividad económica, pero con consecuencias negativas en el medio plazo para el equilibrio económico si reduce los ingresos fiscales. Poco probable que la masa de los votantes de Trump descontentos con el sistema encuentren en sus políticas la solución a los problemas que les movieron a votarle. Agitar el descontento es siempre más fácil que resolver sus causas.

Esperemos a ver cómo votan los italianos.