La realidad socieconómica y el voto a Trump

Invitado por el Fondo Monetario Internacional, participo en la ciudad de Antigua, Guatemala, en la Conferencia Regional de Gobernadores de Bancos Centrales de América Central. El tema inevitable es cómo afectará a la región la nueva andadura de los EE.UU. cuando Trump asuma su Presidencia. Muy en particular a México, pero también a Guatemala donde las remesas de los emigrantes a EE.UU. son su primera fuente de ingresos y equivalentes a su déficit comercial.

La perspectiva de la deportación de unos cuantos centenares de miles de esos emigrantes no es algo tranquilizador para un país con una sociedad étnicamente dual y los mayores índices de, desigualdad, pobreza e inseguridad del mundo. Y que ha pasado recientemente por un cambio político muy del aire de los tiempos, con el destape de una red de corrupción que ha acabado con el anterior Presidente y su Vicepresidenta en la cárcel, el líder del primer partido de la oposición huido y un ex Ministro de Hacienda enfrentado a tiros con la policía.

Ante el consiguiente derrumbe del tradicional sistema de partidos, un popular cómico, estrella de los programas de televisión y sin ninguna experiencia política, gana por goleada las elecciones y se convierte en el nuevo Presidente de la República. Aupado, según dicen, por la asociación de antiguos militares de clara tendencia derechista.

Durante uno de los interminables atascos que bloquean las precarias carreteras del país, el conductor reflexiona con sabiduría popular sobre los terremotos políticos que vivimos diciendo que “en Guatemala ha ganado un cómico y en EE.UU. un loco, pero al menos el cómico nos ha hecho reír mientras que el loco americano insulta y agrede”.

Me río y prometo citarle en la introducción de este mi próximo artículo en estas pagina digitales, en el que me proponía analizar más de cerca la realidad socioeconómica americana para comprender como el descontento con el sistema ha propiciado que el “loco” acceda a la Presidencia del país más poderoso de la Tierra.

En efecto, como decía en mi anterior crónica, las grandes cifras macroeconómicas no parecen justificar un empuje “populista”, en EE.UU. En todo caso menos que en Europa, aunque con la palabra “populismo” nos refiramos a cosas muy diferentes que tienen en común el rechazo al sistema político establecido y la rebelión del “pueblo” contra las “elites”.

Desde el 2008 el PIB de los EE.UU. ha aumentado el 13 %, mientras que en la zona euro solo el 2 %, y en España un optimista Rajoy nos anuncia que en el 2017 recuperaremos el nivel de antes de la crisis. Y desde el punto de vista del desempleo, los EE.UU. han reducido su tasa de paro al 5 %, la mitad del 10 % de eurolandia.

¿Por qué pues, a pesar de esta bonanza macro, el enfado micro de los americanos les ha impulsado a entregar el gobierno de su país a alguien como Trump?

Pues porque esos datos macro, como suele ocurrir, encubren una realidad micro menos brillante. Y la encubren porque los indicadores que utilizamos no son los pertinentes y nos hacen comulgar con ruedas de molino sin ofrecer demasiada resistencia intelectual. Los datos que utilizo en el análisis que sigue a continuación están en su mayoría obtenidos de la revista francesa Alternatives Economiques y de su homóloga española Alternativas Económicas

En primer lugar, debería parecer obvio que lo que cuenta no es el crecimiento del PIB sino del PIB per cápita. Y la población de Estados Unidos está creciendo más rápido que el de la vieja Europa. Mientras que la población de la zona euro aumentó en 7 millones (el 2,1%) entre los años 2008 y 2016, la de EE.UU. lo hizo en 20 millones (6,5%). En consecuencia, el aumento del PIB per cápita en esos nueve años fue “sólo” del 5,8 %. Es mucho mejor que en Europa, desde luego, donde el PIB per cápita aún no ha vuelto a su nivel del 2008, pero es menos de la mitad del aumento del PIB total. Y comparándolo con los años anteriores se observa que el crecimiento se ha ralentizado mucho, porque el 0,65 % del aumento anual medio del PIB per cápita entre el 2008 y el 2015, es tres veces inferior al 1,9 % de la media del periodo más largo del 1990-2008.

Bien contada y bien comparada, la realidad no es tan brillante como parece. Y, sobre todo, como también ocurre en España, la mayor renta creada ha sido muy mal distribuida. Citemos solo dos de los muchos datos que lo corroboran: el 85% de la mayor renta creada entre2009 y 2013 se lo ha apropiado el 1 % más rico de la población. La renta mediana (la que divide a la población en dos, una mitad que ganan más, y la otra menos) de las familias era de 57.423 dólares en el 2007 y ha disminuido a 56.516 dólares en el 2015, a pesar del significativo aumento experimentado en el 2014.

El resultado de esta desigual distribución de la renta ha sido un aumento de la pobreza: del 13,5% en 2009 al 15,5% en 2014. Y, aunque ha empezado a disminuir en el 2015, sigue siendo significativamente más alto de lo que era en el 2009.

A mediados de este año, 43,4 millones de estadounidenses recibían ayuda alimentaria del programa federal de Cupones de Alimentos (Food Stamps Program creado en 1933) , después de haber alcanzado en el 2013 casi el doble de los 26,3 millones del 2007. Es decir, casi uno de cada siete estadounidenses come gracias a programas de ayuda estatales. No es sorprendente que el valor absoluto y el rápido crecimiento del número de personas en esa situación límite haya hecho crecer el sentimiento de inseguridad económica y de “desclasamiento” social en un país globalmente próspero.

Algo parecido ocurre con el empleo. Aparentemente, con un 5 % de paro, los EE.UU. casi han alcanzado el pleno empleo. Desde el 2011, el punto más bajo de la crisis, se han creado más de 12 millones de nuevos puestos de trabajo, mientras que sólo 2 millones en la zona del euro. Comparándolo con la situación precrisis, desde el 2007, los estadounidenses tienen ahora 6 millones de puestos de trabajo adicionales, mientras que la zona euro ha perdido 500.000.

Pero en realidad no hay un milagro laboral en EE.UU. Una vez más la variable relevante no es tanto la tasa de paro sino la de empleo (la relación entre las personas empleadas y la población en edad de trabajar, entre 15 y 64 años). Era de casi el 72 % en el 2007 y ha caído al 68,7 % en el 2015, después de haber pasado por un mínimo en el 2011. Es decir, ha disminuido 3,3 puntos, más que en Europa. La principal causa es la de una baja participación de la mujer en el mercado laboral, más de 4 puntos menos que en Europa, además de una proporción mucho mayor de población carcelaria.

En otras palabras, si la tasa de desempleo americana es tan baja se debe en buena parte a la caída de la tasa de participación de la población activa en el mercado laboral, a su vez debida al desanimo ante las dificultades de encontrar un empleo y las bajas retribuciones.

También hay que considerar que esos resultados en materia de empleo, peores de lo que aparentan, se han conseguido con políticas fiscales muy expansivas, mucho más que en la Europa de la austeridad, que han aumentado la deuda pública americana hasta el 107% del PIB, 15 puntos más que en la zona del euro.

La economía americana ha soportado mejor que la europea un mayor endeudamiento público gracias a que la Reserva Federal ha aplicado una política monetaria muy expansiva y desde mucho antes que en la zona euro. Pero la producción industrial americana se ha recuperado más lentamente que en Europa y sigue sin alcanzar su nivel del 2008. El fantasma de la desindustrialización que ha agitado Trump no era tan fantasmagórico, sino más bien una realidad que ha afectado a muchos trabajadores especialmente en los Estados en los que se ha producido el vuelco desde el voto demócrata al republicano y han sido decisivos en la victoria de Trump. Una realidad, aunque no lo parezca, más grave que la europea, donde también se escuchan, cada vez más, demandas de políticas reindustrializadoras.

Ante una recuperación más débil de lo que parece y sustentada por fuertes estímulos monetarios, la gran cuestión es cuales serán los efectos de la restricción monetaria tantas veces anunciada y siempre retrasada, pero que el esperable aumento de la inflación que deberían producir los planes económicos de Trump harán inevitable. Salvo que se limite la independencia de la Reserva Federal para evitarlo. Lo que requeriría presionar a su actual Presidenta para que se retire antes del año que le queda de mandato. Y eso son palabras mayores.

La siguiente gran cuestión es sí esas políticas que Trump se propone aplicar ayudaran a mejorar la situación de los votantes encolerizados con el sistema político y con la degradación de su situación económica, o por el contrario van a perjudicarles. Importante cuestión para ellos y para nosotros, porque si dentro de unos años están peor, estarán todavía más enfadados y las consecuencias serán peores. Tema para próximos análisis.