Un gran salto en lo desconocido

La victoria de Trump representa un gran salto en lo desconocido. Y no sólo para los Estados Unidos. El mundo entero se enfrenta a un periodo de incertidumbre en el que todo lo que parecía irrealista pude ser posible.

La decisión de los votantes americanos se inscribe en la ola de protesta que sacude las democracias occidentales en los dos lados del Atlántico y refleja las consecuencias del contrachoque de la globalización en las sociedades desarrolladas.

Estas líneas no podrán aportar mucho más a los ríos de tinta de análisis y comentarios que ya se han escrito tratando de explicar sus causas y cuáles pueden ser sus consecuencias. Me conformaré con pasar en revista a las que me parecen más relevantes.

Trump decía que su elección sería un “Brexit al cubo”. Tenía razón. Comparte muchas causas con la decisión de los británicos de dejar la UE, pero la dimensión de sus consecuencias puede ser mayor. Primero por la propia dimensión económica de EE.UU. Y segundo porque el Brexit tardará al menos dos años en producirse y de una forma que no está nada clara todavía, mientras que en EE.UU deberán tomar decisiones económicas importantes desde principios del próximo año.

La referencia al Brexit era también una forma de decir que lo que ocurra desde ahora en Washington nos afectaría mucho a los europeos. Así será desde múltiples puntos de vista, empezando por la propia unidad política de lo que llamamos mundo occidental y los valores en los que se sustenta.

En su mensaje al Presidente electo Trump, la canciller Ángela Merkel citaba esos valores: democracia, libertad, respeto al Derecho y a la dignidad del hombre, con independencia de origen, color de la piel, religión, sexo, orientación sexual o ideario político. Y dice que “Sobre la base de tales valores ofrezco al futuro Presidente de Estados Unidos Donald Trump una estrecha colaboración”. Ningún Canciller alemán había hablado así nunca a un Presidente norteamericano. Pero tampoco hubo nunca un Presidente como Trump. El lenguaje directo de Merkel y la advertencia que contiene, contrasta con las diplomáticas felicitaciones de circunstancia de otros gobiernos europeos, empezando por el nuestro.

Para el académico alemán Jakob Augstein, el triunfo de Trump es la última prueba de que la democracia liberal está inmersa en una crisis existencial y que el concepto del “occidente” político se resquebraja. No es el único, el Canciller de Oxford y ex Comisario Europeo C. Patten y el profesor de Harvard J. Nye manifiestan parecidas preocupaciones sobre el papel de un occidente fracturado por lo que Trump representa. Mark Leonard, director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, teme que los EE.UU dejen de ser un aliado fiable ante los conflictos geopolíticos que afectan en particular a los europeos.

Es desde luego preocupante que los americanos hayan podido elegir como Presidente a un demagogo que basa sus argumentos en falsedades, que no solo miente sino que incita al odio contra otras religiones y grupos étnicos, agrede la dignidad de la mujer, es un negacionista del cambio climático, simpatizante de Putin y que promete encarcelar a su oponente si gana.

Podemos lamentar que un millonario histriónico de estas características, que se precia de no haber pagado nunca impuestos, pueda acceder por la voluntad del pueblo al puesto político más poderoso de la tierra. Pero todos los Presidentes americanos ganan las elecciones porque son capaces de agregar una amplia coalición de electores que tienen intereses identificables.

Y con Trump ha pasado lo mismo, sino no hubiera ganado. En su campaña arremetió contra las instituciones, contra las políticas de apertura comercial y el temor a los flujos migratorios incontrolados, y contra una clase política desacreditada por las dos grandes problemas, por no decir catástrofes, que han marcado a la sociedad americana: el fracaso de las intervenciones militares en Oriente medio y las consecuencias de la crisis económica y financiera que empezó en el 2008.

Y así consiguió el apoyo de nuevos votantes que eran básicamente blancos, de zonas rurales y con niveles de estudios relativamente bajos, que se sentían alienados del establishment político que no se había preocupado por ellos.

Es un diagnostico ampliamente compartido por analistas de prestigio. Stiglitz, por ejemplo, señala que una de las razones más claras de la victoria de Trump es que muchos americanos, especialmente hombres, blancos y afectados negativamente por las trasformaciones económicas causadas por la globalización se sentían “left behind”, es decir abandonados. Y que un sistema económico que no satisface a una parte importante de la población es un sistema fallido contra el que se rebela una coalición de perdedores. La ironía de la historia es que ha sido precisamente el partido republicano el que ha impulsado esta globalización, sin poner en marcha mecanismos compensatorios para aquellos a los que afectaba negativamente.

Agnes Benassy-Quéré, Presidenta del Consejo de análisis económico francés, señala lo mismo cuando dice que la victoria de Trump se explica por la exclusión de las clases medias bajas de los beneficios de la globalización. Más aún, lo ocurrido ilustra lo que algunos hemos venido argumentando desde hace tiempo, que la mundialización no es sostenible en países que se niegan a redistribuir sus efectos a través de los impuestos y de los servicios públicos. Hay países más abiertos al mundo que los EE.UU, como los escandinavos, y los efectos de esa apertura no desestabilizan la sociedad. Pero tienen un gasto público del orden del 50 % del PIB mientras que en EE.UU son del orden del 37 % y con una componente mucho menor de gasto social.

Pero el triunfo de Trump no se debe al voto de los más pobres, sino de las clases medias bajas de las regiones más desindustrializadas, los Estados del “rust belt”, Ohio, Wisconsin, Pennsylvania, que no tienen nada que ver con la imagen de éxito de la América simbolizada por Silicon Valley. Y en EE.UU. el aumento de la desigualdad ha sido enorme, el 40 % de la riqueza creada en los últimos 40 años se lo ha apropiado el 1 % de la población, y esta tendencia se ha acelerado en los últimos años.

La sociedad americana es mucho más desigual que la de los países europeos donde más ha crecido con la crisis, como es el caso de España. Pero hay una relación, en términos de sociología política, con lo que está ocurriendo en Europa. El fenómeno Trump es la traducción política de un movimiento de fondo que afecta a las sociedades occidentales, la revuelta de las clases populares y de las pequeñas clases medias que se sienten desestabilizadas en su identidad y en sus condiciones de vida, tanto las presentes como en las perspectivas de futuro, por una mundialización que ya había desestructurado a lo que llamábamos “clase trabajadora”.

Se dice, con razón, que la globalización ha reducido a la mitad la pobreza extrema en el mundo. Pero también ha producido perdedores concentrados en las clases populares y medias del mundo occidental, que se ha desindustrializado, y que sienten amenazadas o disminuidas sus rentas y referencias culturales.
¿La solución es el cierre de fronteras como propone, al menos hasta ahora, Trump? Sería una elección de los americanos, como los británicos han optado por el Brexit con todos sus costes. Si se es incapaz de redistribuir la ganancia generada por los intercambios y el progreso técnico, el cierre de fronteras puede ser una forma de proteger o de intentar recrear el empleo industrial. Pero es una solución ineficaz que hará bajar la renta global y no es nada seguro que la distribuya mejor.

La nueva actitud y el nuevo papel que van a jugar los EE.UU de Trump pueden representar una oportunidad para Europa. Lo ocurrido debería reforzar el sueño europeo, como contrapuesto a la versión caricatural del “american dream” según el cual todos podemos ser millonarios si trabajamos duro y que las grandes revoluciones tecnológicas se fabrican en los garajes de los chicos listos.

El sueño europeo es la combinación de democracia real, es decir participación efectiva de los ciudadanos sin substituirla por demos plebiscitarias y neodemocracias autoritarias, un sistema de protección social sostenible basado tanto en la solidaridad como en la responsabilidad, un crecimiento económico que tenga en cuenta los limites ambientales y que no lo fíe todo al crecimiento del PIB. Un posicionamiento internacional comprometido con la seguridad de todos, lo que implica aceptar la intervención en conflictos mundiales por razones humanitarias y comprometido con los problemas ambientales globales. No es seguro que haya en Europa la voluntad política de avanzar en esa dirección, porque nosotros tenemos también nuestros propios demonios, pero sería una ocasión para hacerlo.

Finalmente, hay que analizar con más cuidado los datos económicos de los EE.UU. para entender porque el enfado contra el sistema ha empujado a tantos americanos a votar a Trump.

A primera vista, todo parece ir bien. El PIB ha aumentado el 13 % desde el 2008 (2 % para la zona euro) y el paro está por debajo del 5 % (10 % en Europa). Una situación que no parece justificar un empuje populista. Pero el populismo es un término poliédrico que quiere decir diferentes cosas en diferentes momentos y lugares. Hoy está presente desde la placida y prospera Suecia a la empobrecida Grecia. Y mirando más de cerca la realidad económica americana se ven razones para que el descontento con el sistema haya propiciado escuchar los cantos de sirena de quien ofrece soluciones milagrosas y falsas a problemas reales.

Tema para tratar en sucesivos análisis.