Del trilema al dilema, o ni pedrista ni pedricista

El aprecio, o la inquina, que podamos sentir hacia una persona puede hacernos más o menos benevolentes a la hora de juzgar sus actos. Pero los comportamientos debieran juzgarse por sí mismos y no por quién los protagoniza.

Así, la simpatía por Pedro Sánchez, o la valoración de su desempeño como secretario general elegido por el voto directo de los militantes, puede sesgar el juicio que nos merezca lo ocurrido en el PSOE durante la semana triste que culminó en el Comité Federal del 1 de octubre.

No le conocía especialmente cuando se presentó a lo que llamamos “primarias” para elegir al secretario general del PSOE, aunque tuvo la amabilidad de explicarme su intención y recabar mi opinión. Ni le voté, ni tuve especial relación con él ni con su Ejecutiva. Acepté formar parte de su equipo asesor, o “Gobierno en la sombra”, en la segunda vuelta de las elecciones generales, igual que lo hubiera hecho con los demás candidatos a las primarias.

Pero no hace falta ser “pedrista” para considerar la gravedad de lo ocurrido, tanto desde el punto de vista del funcionamiento democrático del PSOE como del respeto a sus Estatutos. Salvo que algún acreditado historiador me contradiga, creo que nunca en su historia centenaria había pasado algo así. Como también es difícil encontrar en democracia casos análogos de bombardeo mediático, de descalificaciones e insultos personales y propagación de noticias erróneas por parte de algún medio de comunicación.

Hace bien el Presidente de la actual comisión gestora en pedir disculpas a militantes y simpatizantes por el desarrollo del pasado Comité Federal. Pero eso no impedirá sus consecuencias negativas a medio y largo plazo. La expresión que se le atribuye en su intervención ante el grupo parlamentario “el edificio esta dañado, pero nos queda el solar” puede ser demasiado optimista; todo dependerá de lo que se haga a partir de ahora. Porque ni lo ocurrido se puede zanjar diciendo que lo pasado pasado está, ni el tiempo lo borra todo como algunos parecen esperar.

Esas consecuencias negativas se podrían haber evitado si el sector “critico” con Pedro Sánchez hubiese planteado su acción ateniéndose a los cauces democráticos establecidos en los Estatutos del partido. No solo no lo han hecho, sino que han demostrado que ni siquiera los conocían suficientemente.

Es lícito discrepar de la forma en la que un secretario general o una Ejecutiva cumple sus funciones. Como lo es preferir otros líderes a los que se considere más capacitados para ganar elecciones, aunque también hayan conseguido en sus respectivos territorios los peores resultados de la historia. Pero una organización de la importancia del PSOE debe tener claras sus normas y cómo aplicarlas. Los “críticos”, cualesquiera que fueran sus razones para propiciar la caída de un secretario general, hubieran debido presentar en el Comité Federal una moción de censura, que para eso está prevista y tipificada en los Estatutos.

Quizás la hubieran ganado. Pero prefirieron utilizar un procedimiento oblicuo para evitar el debate abierto en el Comité Federal y la correspondiente decisión democrática de sus miembros. Consiguieron las suficientes dimisiones de los miembros de la Ejecutiva para que, sumadas a las vacantes ya creadas, algunas por mortis causa, alcanzaran la mitad más uno de sus miembros, creyendo que ello implicaba automáticamente la dimisión del secretario general y la sustitución de la Ejecutiva por una comisión gestora.

Pero eso no se deduce de los Estatutos, como al final también tuvieron que aceptar de facto. Lo único que estos establecen es que cuando se produzcan vacantes en número superior a la mitad más uno de los miembros de la Ejecutiva, el Comité Federal deberá, que es un verbo imperativo, convocar un Congreso Extraordinario.

De eso se trataba en el orden del día del pasado Comité Federal y eso es lo que se votó, después de múltiples, largas y bochornosas peripecias. Y eso es lo que apoyé con mi voto. Porque entendía, y entiendo, que la convocatoria de un Congreso Extraordinario era un mandato imperativo que los Estatutos dan al Comité Federal. Y por mucho que se grite, el Comité Federal no tiene competencias ilimitadas, no puede actuar contra los Estatutos ni puede modificarlos, de la misma manera que las Cortes no pueden actuar contra la Constitución.

Así, al dimitir de la Ejecutiva, los “críticos” activaron, sin que al parecer lo hubieran previsto, una norma estatuaria que exigía la convocatoria de un Congreso Extraordinario después de un plazo mínimo reducido a 40 días (60 para un Congreso ordinario). Parece increíble que no lo supieran. Lo único que el Comité Federal podía discutir y decidir era la fecha de celebración del Congreso. La Ejecutiva proponía celebrarlo inmediatamente después del plazo mínimo de 40 días. Y en puridad estatutaria eso es lo que se rechazó. Pero su consiguiente dimisión provocó, ahora sí, la creación de una comisión gestora, que dirija transitoriamente el partido hasta la elección de una nueva Ejecutiva.

Pero eso no quita que siga vigente la obligación de convocar un Congreso Extraordinario, que por su propia naturaleza no puede demorarse sine die. Eso es lo que están pidiendo un número importante de miembros del partido socialista. Y eso es lo que yo he apoyado con mi firma, porque me parece una obligación exigida por los Estatutos que son nuestra legalidad interna.

Así pues, ni “pedrista”, ni “pedricista”. Dadas las difíciles circunstancias por las que pasa el país, y dadas las circunstancias en las que se ha gestado su nombramiento, la comisión gestora no puede prolongar la situación de interinidad creada más allá de los plazos mínimos razonables para organizar la celebración del Congreso Extraordinario.

Hemos llegado a esta situación por la falta de una estrategia (fijación de objetivos y de medios para conseguirlos) clara y asumida por el conjunto de la organización, la dirección central y sus líderes regionales. Ha faltado una discusión abierta y comprometida en la que se analizaran la viabilidad de las opciones, en vez de negarlas todas entre las posiciones de unos y de otros. Y han sobrado maniobras tácticas, silencios insinceros e intentos de quedar bien, intentando endosar a otros los costes de decisiones impopulares y pasarles factura después.

El resultado electoral hizo que el PSOE fuese el único partido que podía liderar la hipotética formación de un Gobierno alternativo al del PP, dejarle gobernar en minoría, o provocar las terceras elecciones. El famoso trilema. Eso daba una gran ventaja política, que hemos desaprovechado hasta que el trilema se ha reducido a un dilema. Ya solo quedan dos opciones, cualquiera de ellas costosa y habiendo provocado la división dentro del partido, la irritación de sus militantes y el desconcierto de los electores.

En realidad quizás el trilema nunca existió. Por la mutua incompatibilidad entre Ciudadanos y Podemos y porque, desde el principio, una parte importante de los líderes territoriales rechazaban el intento de formar un Gobierno alternativo al de Rajoy y asumían pasar a la oposición. Pero sin atreverse a decir cómo.

Y solo había una manera de hacerlo, que era la abstención total o parcial del grupo parlamentario socialista. Por eso, la responsabilidad mayor de esta situación la tiene la aprobación por el Comité Federal del no a la investidura de Rajoy, al tiempo que se criticaba sistemáticamente fuera en declaraciones que daban a entender que la opción que preferían era la abstención que hiciera posible un Gobierno del PP.

La unanimidad del Comité Federal en el rechazo a la abstención era sólo de fachada. Y a medida que Sánchez se comprometía sin retorno en el “no es no”, varios líderes territoriales iban dejando, cada vez más claro y de forma muy pública, que no lo compartían.

Pero, ¿es que no sabían, cuando participaron en la decisión de votar en contra, que “con 85 diputados no se puede gobernar”?. ¿Por qué no extrajeron entonces, ni asumieron después, las consecuencias lógicas de ese planteamiento?. Quizás porque decir claramente que había que abstenerse tenía un coste que podría lastrar futuras ambiciones orgánicas.

No hay nada nuevo que apoye hoy más que ayer dar la llave del Gobierno a Rajoy. Más bien al contrario, con la exposición pública de todas las tramas de corrupción que asolan a este partido y a buena parte de sus dirigentes. Por eso, los que ahora claman por la responsabilidad de la abstención, ¿por qué no lo dijeron antes, cuando tocaba, cuando se tomó la decisión que ahora critican?.

Por supuesto, nadie en el PSOE esta cómodo con un Gobierno del PP y el objetivo de todos es ofrecer una alternativa. Estoy de acuerdo con los que ahora dicen que “abstención” no puede ser una palabra impronunciable, como lo fue la palabra “crisis” en los tiempos de Zapatero. Pero los que consideraban que un Gobierno alternativo no era viable porque no tenía apoyos suficientes, o no se querían aceptar los posibles, hubieran debido evitar llegar a una situación en la que hemos perdido todo margen de maniobra.

Después de las pasadas elecciones fui de los primeros en expresar mi temor, por las razones antes apuntadas, de que ya no fuese posible un Gobierno alternativo al del PP. Y que, en ese caso, el PSOE debería negociar su abstención antes de decidirse a nuevas elecciones. Darla sin condiciones, mediante la calculada ausencia de algunos diputados, me parecía una mala solución. Al contrario, creía que se podrían exigir a cambio medidas urgentes económicas, sociales e institucionales. El inicio de un proceso de reforma constitucional o cómo repartir el coste social del ajuste que Bruselas nos pide. O incluso un candidato alternativo a Rajoy. Hubiésemos podido aprovechar la ocasión para influir y condicionar, que es el rol de una oposición responsable. Y para acabar como hemos acabado, hubiera sido mucho mejor hacerlo así desde el principio. Porque ahora difícilmente estamos en condiciones de negociar nada

Cuando el Comité Federal decidió no apoyar la investidura de Rajoy pensé que debían creer en la posibilidad de un plan “B”, en la formación de un Gobierno alternativo liderado por el PSOE o en la de un Gobierno en solitario con apoyos puntuales. Porque de lo contrario, no se entendía que se dijese al mismo tiempo no a Rajoy y a terceras elecciones.

Después de su “no” a Rajoy, Sánchez debía ya ser consciente del escaso apoyo real que su “no es no” tenía entre muchos dirigentes territoriales. Hubiera debido plantear inmediata y abiertamente la cuestión en un Comité Federal. Poner las cartas sobre la mesa y hacer que todos enseñaran las suyas, asumiendo las consecuencias de lo que decían o insinuaban en sus declaraciones publicas. Pero optó por buscar el apoyo directo de la militancia. Y convocó un proceso de primarias-congreso, que concluyese antes del fin del plazo para convocar elecciones. Una decisión estatutariamente legítima, pero políticamente de discutible oportunidad y personalmente muy arriesgada.

Después de lo ocurrido, la decisión de abrir la puerta del Gobierno al PP o ir a nuevas elecciones es todavía más importante. Tanto que en mi opinión no hubiese sido malo una consulta a los militantes. Una opción que ha sido descartada tajantemente por la comisión gestora y que según algunos es incompatible con la “cultura” del socialismo y signo evidente de la “podemizacion” que nos acecha. No comparto esas apreciaciones. Más bien creo que la verdadera razón para no consultar a los militantes una decisión de tanta trascendencia es por el temor de que estos rechacen rotundamente la abstención para dar el Gobierno a Rajoy, que en este caso sería totalmente gratis, sin posibilidad alguna de negociar contrapartidas. Y no deja de ser curioso que el Comité Federal decidiera consultar a los militantes el acuerdo con Ciudadanos para intentar formar un Gobierno alternativo al del PP y ahora se niegue la posibilidad de una consulta ante una cuestión de mucha mayor trascendencia.

Se pueden producir nuevas brechas dentro del PSOE, entre la opinión de sus militantes y la de sus dirigentes y entre el PSC y el PSOE. ¿Cuál será la capacidad real de hacer la oposición dura y exigente que se propone hacer?
Si realmente la hacemos, por ejemplo rechazando los próximos presupuestos, el dilema real puede ser evitar ahora terceras elecciones a costa de tenerlas que enfrentar en un futuro próximo si el PP las convoca apelando a garantizar la gobernabilidad.

Aparte de las luchas internas por el poder, el análisis de cómo hemos llegado a esta situación y de cómo se sale de ella, hay que inscribirlo en el marco más general de la crisis de la socialdemocracia europea. Y de las diferentes respuestas que desde Eslovaquia al Reino Unido, pasando por Italia y Francia, se están dando a una mayor fragmentación política consecuencia a su vez de las trasformaciones sociales producidas por la globalización y la crisis. Tema de futuras consideraciones.