Votar tres veces (¿!?)

Confieso que el título tiene truco. O algo de mercadotecnia para atraer la atención del lector, que creerá que se refiere a la situación española y a la perspectiva de que, sin mayoría suficiente para formar Gobierno, tengamos que acudir a unas terceras elecciones.

Pero no. Este estas líneas están escritas en Viena, en la madrugada del lunes 26 de septiembre, cuando ya se conocen los resultados de las elecciones autonómica que han reforzado la posición del PP en Galicia y del PNV en el País Vasco y debilitado la de PSOE y Ciudadanos en las dos comunidades. ¿El resultado hace más o menos probable desbloquear la formación de Gobierno? De momento no parece, pero hará falta esperar a ver cómo se asimilan e interpretan los resultados.

¿Hubieran sido mejores para el PSOE si previamente hubiera abierto la puerta del Gobierno al PP con su abstención? Francamente, no lo creo. Pero nunca lo sabremos.

Lo de votar tres veces se refiere a la curiosa situación por la que pasa un país como la ultracivilizada Austria, cuyo Presidente de la República debía haber sido substituido en junio, al llegar al final de su mandato, y no lo será, con suerte, hasta el 4 de diciembre después de que los austriacos hayan tenido que votar tres veces.

Lo ocurrido refleja la emergencia de fuerzas populistas de extrema derecha con ramalazos xenófobos, alimentadas por la crisis de los refugiados, y algunos episodios rocambolescos que producen sonrojo en mis amigos austriacos. Merece la pena comentarlo para ver que en todas partes cuecen habas.

En abril, en la primera vuelta de las elecciones presidenciales con seis candidatos, ninguno obtuvo la mayoría absoluta y los representantes de los grandes partidos tradicionales de centro derecha y centro izquierda fueron eliminados. Como se ve el bipartidismo no solo está en crisis en España. Ser el más votado no implica ganar, como aquí pretende Rajoy, porque cuando hay que escoger entre seis candidatos, el voto no expresa completamente las preferencias del elector. Para eso se ha inventado la segunda vuelta, a la que pasan los dos candidatos más votados. Pero hay otros sistemas, como el del País Vasco, donde no se puede votar en contra de ningún candidato y gana el que más votos obtiene aunque pueda estar lejos de la mayoría absoluta.

En la segunda vuelta se enfrentaron los candidatos de dos fuerzas emergentes, Hofer por el partido nacional-liberal, populista de derechas, y van der Bellen por los Verdes. Ganó van der Bellen por una diferencia mínima de 30.000 votos. Pero las reclamaciones por distintas irregularidades procedimentales de menor cuantía que afectaban a 300.000 votos, y en particular porque se difundieron encuestas antes del cierre de las urnas, llevaron al Tribunal Constitucional a anular la votación.

Pero cuando se empezaron a repartir los sobres para el voto por correo se descubrió que la goma no pegaba ¡!... y el departamento de investigaciones químicas de la policía no sabía por qué...

Para evitar hipotéticas manipulaciones del voto hubo que aplazar la votación. Pero hete aquí que la Constitución no permitía aplazarlo hasta disponer de sobres que pegaran bien. Y el Parlamento tuvo que votar en urgencia una ley de rango constitucional para posponer la repetición de las elecciones hasta diciembre.

Decimos que las elecciones se repiten, pero toda repetición tiene algo de novedad, no solo porque algunos electores se cansan de votar y otros se animan a hacerlo, sino porque el cuerpo electoral cambia por razones biológicas, algunos han muerto y otros habrán alcanzado la edad que les permite votar. Y en casi un año, como podría ser en nuestro caso, el efecto tendría su importancia.

Si la historia de la goma que no pega nos pasa a nosotros, la sonrisa de superioridad de los nórdicos estaría garantizada. Pero aquí se lo toman con bastante tranquilidad. Cierto que no es tan grave, porque el Presidente de la República tiene solo limitadas funciones representativas mientras que la Presidencia del Gobierno está bien asegurada desde el pasado mayo por el joven socialdemócrata Christian Kern.

Y además el país tiene unas envidiables condiciones de estabilidad socioeconómica. Con menos del 6 % de paro, no ha sufrido los efectos de la crisis y se ha consolidado como la plaza financiera del Este de Europa, los Balcanes y Rusia. Lo único que parece preocuparles es el problema de los refugiados, que les llevó al cierre de fronteras, aunque su actitud se parezca más a la de la Alemania de Merkel que a la de la Hungría de Orban.

Viena es una ciudad tan cosmopolita como Londres y los inmigrantes sirios se manifiestan abiertamente. En la plaza de la catedral de San Esteban, que ya estaba allí cuando los turcos asediaban la ciudad, exponen un gran mosaico con las fotografías de los niños muertos en los bombardeos de Assad y sus aliados rusos. Las pancartas acusan a Putin de ser el verdugo de esas víctimas inocentes. El día coincide precisamente con la alevosa destrucción, presumiblemente por la aviación rusa, de un convoy de ayuda humanitaria a las poblaciones civiles cercadas por los combates en Alepo.

La laboriosa tregua forjada por el Secretario de Estado americano Jhon Kerry ha saltado por los aires. En realidad nadie parecía creer en ella. Kerry, que deja el puesto dentro de 4 meses, ha hecho todo lo que ha podido, pero ni Obama tiene la intención de implicarse más en el conflicto de Siria, ni al Pentágono le parece una buena idea la colaboración con Rusia, ni Moscú quiere, o puede, hacer que el régimen de Assad cumpla con su parte del acuerdo.

El martirio de los sirios continúa ante la indiferencia de las sociedades occidentales, de la europea y más aún de la americana, cansada de aventuras bélicas en el lejano Oriente. Para nosotros está más cerca, pero nuestras sociedades bien estantes han perdido la empatía por el dolor ajeno. Es decir, según las raíces etimológicas de la palabra, la capacidad de experimentarlo como sí estuviésemos en su lugar, de sentir el dolor ajeno como propio, algo que debe ser una dimensión esencial de la humanidad. Pero en el corazón de la Europa rica y estable, los turistas babean las vitrinas de las tiendas de súper lujo en las que la gran mayoría no puede entrar, y pasan indiferentes por esa exposición de horror, cuando no la rehúyen con su mirada.

Y en Viena deben saber lo que son bombardeos y niños muertos. Porque los austriacos pagaron muy caro su entusiasta colaboración con la Alemania nazi, aunque ahora pretenden aparecer como una más de sus víctimas. Pero han superado ese trauma histórico. Para los jóvenes europeos la paz ya no es un elemento motivador porque la guerra parece imposible. Pero la Paz Europea, que ha evitado las guerras entre nosotros, no nos protege de los conflictos sociales que la crisis y la globalización han exacerbado, ni de las nuevas amenazas interiores del terrorismo, ni la de los conflictos en nuestras fronteras. Y eso explica el resurgir del nacional-populismo. Veremos que votan los austriacos cuando tengan sobres que cierren. Pero antes tendremos que decidir en España si vamos o no a votar tres veces. Y parece que eso va a depender mucho de lo que ocurra en el PSOE en los próximos días.