Europa, la crisis existencial

Lo ha dicho Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea en su discurso sobre el Estado de la Unión en el Parlamento Europeo en Estrasburgo el pasado miércoles 14 de septiembre: “nuestra Unión atraviesa una crisis existencial”. Es decir, de ser o no ser, o de que se es y que se quiere ser.

La expresión, con sus variantes, está de moda. El primer vicepresidente de la Comisión, el socialdemócrata holandés Frans Timmermans decía “por primera vez, temo que el proyecto europeo puede fracasar”. O Enrico Letta, exprimer ministro italiano : “con la crisis económica sin resolver, el 'brexit', el terrorismo, la crisis de los refugiados, vivimos una situación sin precedentes que cuestiona el propio proyecto europeo”.

Se puede añadir el enfrentamiento Norte-Sur a propósito de las políticas económicas, o el del Este-Oeste por la inmigración, o el resurgir de populismos, nacionalismos y manifestaciones xenófobas que hubieran sido impensables hace pocos años. Y escuchar el diagnostico de Mario Monti, ex comisario europeo de la competencia: “el mecanismo se ha roto, las crisis ya no aportan energías nuevas como en anteriores ocasiones”. O el del Presidente del Parlamento Europeo M. Schultz, denunciando la falta de voluntad política de los gobiernos de los Estados miembros para profundizar en la integración.

En este ambiente poco optimista acerca de la capacidad de la UE de relanzar su proyecto antes de su parálisis definitiva, en la primera quincena de septiembre se han producido tres acontecimientos importantes : el día 9 en Atenas, la reunión de los países del Mediterráneo convocados por Tsipras, el 14 el ya citado discurso de Junckers y el 16 la reunión del Consejo Europeo en Bratislava, la primera vez que, después del Brexit, sólo eran 27 los Estados representados.

Para completar el escenario y contribuir a elevar la tensión, la víspera de Bratislava el Ministro luxemburgués de asuntos exteriores, Jean Asselborn, pedía la salida de Hungría de la UE por su política contraria a la acogida de los refugiados.

Así pues, mucho se esperaba de la reunión de Bratislava. ¿Cómo podemos valorar su desarrollo y resultados?.

Las apariencias son muy positivas, como las de un crucero por el Danubio sobre el que se asoma el blanco castillo de la pequeña ciudad que todavía guarda la huella de la época comunista en algunas partes de su fisonomía urbana.

Merkel y Hollande ofrecieron una rueda de prensa conjunta para presentar los acuerdos de la cumbre y escenificar la voluntad del motor franco-alemán para ejecutarlos. Lo acordado es una nueva “hoja de ruta” que precisa , muy al estilo europeo, las siguientes reuniones en las que se va a concretar, y que pretende “ofrecer a los ciudadanos una Europa atractiva en la que puedan tener confianza y a la que puedan apoyar”.

Es casi una declaración de culpabilidad. Como si se reconociese implícitamente que para los ciudadanos europeos la actual Unión no es atractiva, ni se puede confiar en ella ni merece la pena apoyarla. Es decir, en crisis existencial.

Puede parecer poco, pero muchos no creían poder esperar ni siquiera eso. Bratislava seria el “inicio de un proceso”, que debería concluir en marzo del 2017 cuando se celebre el sexagésimo aniversario del Tratado de Roma, para hacer más atractiva la Unión acercándola a los ciudadanos. Debo reconocer que eso me suena, ya lo he escuchado varias veces en el pasado.

Solo el primer ministro italiano Matteo Renzi, estropeó la apacible foto de familia manifestando su insatisfacción con lo acordado. Las malas lenguas dicen que fue por no haber sido invitado a la conferencia de prensa conjunta de Merkel y Hollande, rompiendo así el triangulo de los grandes países fundadores que había reunido a finales de agosto en Ventotene. O quizás para marcar territorio propio ante el próximo referéndum que se va a celebrar en Italia en octubre y que ha convertido en una prueba para la continuidad de su gobierno. Pero yendo al fondo de la cuestión, Renzi demuestra la insatisfacción de muchos países del sur porque en Bratislava se haya dado prioridad a las posiciones de los países del “grupo de Visegrado” (Polonia, Chequia, Eslovaquia y Hungría) que a las de los países del Mediterráneo expresadas en su reunión del 9 de septiembre

Sobre los temas del crecimiento y de la inmigración, Renzi tiene todas las razones para no sentirse satisfecho con el “espíritu de Bratislava”. Ni una palabra sobre el relanzamiento presupuestario reclamado por Roma y Atenas . Y ésta es una cuestión especialmente sensible para Italia, cuya economía esta parada y que por su alto endeudamiento y fragilidad bancaria constituye el mayor riesgo para la UE en materia económica. Un “no” italiano a Renzi podría ser mas desestabilizador que el Brexit.

La prioridad de Bratislava fueron las cuestiones de defensa y seguridad. Una de las pocas en la que emerge un consenso europeo para aumentar la integración. Y que además es especialmente sensible para los países del Este.

Eso no quiere decir que se vaya a avanzar hacia un "ejército europeo" , idea que sigue siendo tabú para muchos Estados, pero si aplicar las propuestas franco-alemanas sobre la seguridad fronteriza, una cooperación más estrecha, puesta en común de recursos y la creación de un fondo para apoyar la industria europea.

Tampoco se ha prestado atención al problema de la reubicación de los solicitantes de asilo entre los países europeos para aliviar la presión sobre Italia y Grecia. Los países del Este habían digerido muy mal el reparto de cuotas de refugiados que hizo la Comisión. Lo entendieron como una “imposición” inaceptable, cuando en realidad sí que era una imposición pero resultante de una decisión del Consejo, a propuesta de la Comisión y por mayoría de los Estados, que se negaron a aceptar en franca rebeldía, con el primer ministro de Hungría, Viktor Orban a la cabeza, contra las normas y los procedimientos establecidos.

En vez de enfrentarse a Orban como pedía Luxenburgo, , la propia Comisión ha plegado velas y cambiado su discurso, o por lo menos su retorica. En su discurso en Estrasburgo el 14 de septiembre, Juncker no habló de “relocalización” de los refugiados. Habló de una solidaridad que “no se puede imponer”, aceptando casi las tesis del grupo de Visegrado. La retórica suena demasiado hueca cuando hay que replegarse a decir que “las relocalizaciones son necesarias para ayudar a Grecia e Italia pero la solidaridad no puede imponerse sino incentivarse”. Realpolitick a tope. ¿Orban ha ganado su pulso con la Comisión? ¿Las decisiones del Consejo han dejado de ser vinculantes para los Estados? ¿Son decisiones o recomendaciones?.

Quizás sea el simple reconocimiento de que “no se puede imponer a un dirigente nacional una decisión que después no pueda defender y hacer aprobar en su parlamento”, en palabras del primer ministro belga Charles Michel. Pero entonces ¿a que queda reducida la capacidad de decisión de la Unión?. ¿A la permanente unanimidad?.

¿Esa comprensión por las dificultades de un primer ministro vale para todos y para todos los temas?. Porque, imagínense las dificultades de Zapatero en hacer aceptar en las Cortes el programa de ajuste del 2010, que fue aprobado por un voto de diferencia. O las de Tsipras con los continuos planes de recortes… Probablemente esa comprensión no vale para los países a los que sus dificultades financieras les hace imposible resistirse. Pero si se acepta que en los demás casos las decisiones del Consejo no tienen porque cumplirse si es demasiado difícil hacerlas aceptar, hay que preocuparse mucho por el “espíritu de Bratislava”.

El desacuerdo manifestado por Renzi, mientras Rajoy como siempre callaba, demuestra la debilidad de ese “espíritu”, que mas parece las gana de no tocar los temas que puedan agravar las tensiones en una debilitada Unión. Pero, ¿contribuye eso a resolver su crisis existencial?