El mundo 15 años después de aquel 11 de septiembre

Han transcurrido 15 años desde que el 11 de septiembre del 2001 los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York sacudieron al mundo. Y ya llevamos 5 de manifestaciones independentistas con ocasión de otro 11 de septiembre, lo que fue 'la Diada' nacional de Cataluña, que ha perdido su significado de fiesta unitaria de un pueblo en torno a su historia para ser secuestrado por los que tienen una determinada visión de la misma.

Prefiero referirme al 11 de septiembre neoyorquino, no porque el de Cataluña no sea importante, sino por el aluvión de comentarios y análisis que el primero ha producido y por su mayor trascendencia para nuestro mundo. Un mundo que, a pesar de lo que dijo el triunfante Bush, y Blair ha repetido recientemente para justificar su incondicional apoyo a la guerra, no es un lugar más seguro que cuando el ejercito americano entró en Bagdad para vengar los ataques terroristas contra Nueva York.

Ese 11 de septiembre tuvo un fuerte impacto en la psicosis colectiva americana y sus efectos perduran. Quizás porque esos ataques dieron al traste con el sentimiento de invulnerabilidad que tenían los EEUU. Un país en cuyo territorio no había caído una bomba extranjera desde 1813, con la excepción de Pearl Harbor en el lejano Hawai. Y que tampoco se había sentido amenazado durante esos 200 años, aparte de la amenaza difusa y un tanto abstracta de un ataque nuclear durante la Guerra Fría que fue desvaneciéndose a partir de finales de los 60 y después de la crisis de los misiles con Cuba.

Es normal que un país con esta historia desarrolle una actitud poco tolerante frente a la posibilidad de que un acontecimiento tan dramático pueda producirse de nuevo de forma imprevisible. El temor de que se repitiesen los ataques del 11 de septiembre ha marcado la actitud de la sociedad americana y justificado las derivas de la “war against terror”, desde la limitación de las libertades cívicas hasta el uso de drones para asesinar a sus enemigos, sin riesgos ni demasiadas preocupaciones legalistas ni morales sobre lo que ocurría allí donde el dron caía.

A diferencia de otros países en los que acontecimientos trágico-bélicos como los del 11 de septiembre se han producido una y otra vez a lo largo de su historia, y se han acostumbrado a la posibilidad de que se repitieran, los americanos se habían instalado en un sentimiento de seguridad absoluta y la han cambiado bruscamente por un estado de temor permanente.

Por otra parte, la “war against terror” no ha sido ni inocente ni neutral desde el punto de vista de las oportunidades que ha creado ni de los intereses que ha servido entre la clase política y el conglomerado industrial-militar. Lo que en lenguaje técnico-político los americanos llaman las “budget appropriation” que distribuyen el dinero federal.

La amenaza existía y existe, ciertamente. Pero no es seguro que fuese tan grave y probable como se hizo creer en tiempos de Bush, e incluso en los de Obama. Las manifestaciones de esa amenaza terrorista de raíz islamista se han producido más bien en Europa, mucho más que en EEUU. Han sido países del tercer mundo, muchos de ellos con mayoría de población musulmana y los del Viejo Continente como España, Reino Unido y Francia los que más las han sufrido y las están sufriendo. Y aunque las sociedades europeas sienten un lógico temor por lo que pueda pasar, si la repetición de atentados mortíferos que se han producido en Francia se hubiese producido en EEUU, el estado de psicosis social sería mucho mas grave.

Obama ha continuado la dinámica heredada de Bush con pocas modificaciones. Su promesa de salir de Irak se acompañó de una escalada en Afganistán y de la aceptación de dejar una fuerza residual en Irak, hasta que la llegada de ISIS fue la justificación para volver a desplegar tropas americanas en ese país y participar tangencialmente en el conflicto de Siria. Allí al menos, Obama no quiso empezar otra guerra abierta y se tragó su amenaza de atacar al régimen sirio si Asad traspasaba la línea roja de utilizar armas químicas contra su pueblo, como efectivamente hizo. Y en esa ocasión, Putin le ayudo a salvar la cara frente al manifiesto incumplimiento de sus compromisos.

Pero Obama ha aumentado y extendido el ámbito geográfico de aplicación de la guerra subterránea, aunque se libre desde el cielo, y multiplicado el uso de los drones. En el frente interior, sus críticos argumentan que en lo que se refiere a la vigilancia y las actividades de espionaje ha ido más lejos que Bush en la falta de respeto a los derechos civiles.

Lo que es evidente es que 15 años después del 11 de septiembre, la sociedad americana profesa un “hiperpatriotismo acrítico” envuelto en su omnipresente bandera. Y probablemente no acepta, tanto como las europeas, que el privilegio de vivir en una sociedad libre implica un coste en termino de los riesgos que se asumen, porque no se puede reducir a cero la probabilidad de que ocurran.

Este estado de animo y su explotación política es lo que explica en buena medida el fenómeno Trump, que no nos ha acabado de sorprender. Al mismo tiempo que Europa y Turquía reciben el efecto retardado de las guerras de Irak que, lejos de democratizar Oriente Medio, como pretendía ingenua o hipócritamente Bush, han desestabilizado toda la región y amenazan hacerlo con sus vecinos.

Esta es la herencia del 11 de septiembre de 2001, que se inscribe, en un mundo donde los lideres autoritarios o autocráticos parecen tener un mayor apoyo de sus ciudadanos y un mayor empuje político que sus homólogos del mundo democrático. Y en todo caso un mayor protagonismo. Eso es lo que se deduce, como apuntaba en mi anterior crónica, del desarrollo de la pasada reunión del G 20 en la que las estrellas mas mediatizadas fueron, además del anfitrión chino Jingping Xi, el presidente ruso Vladimir Putin y el turco Recep Tayyip Erdogan.

Frente a ellos, varios de sus homólogos occidentales o asiáticos están en el final de su carrera, empezando por Obama. Y otros tienen difíciles citas electorales en el 2017. François Hollande se enfrenta a una más que improbable reelección en mayo, Ángela Merkel tiene elecciones difíciles en septiembre después de los recientes reveses electorales de su partido y el líder de Corea del Sur, Park Geun-hye, en diciembre del 2017.

No hace falta hablar mucho de China, que con un crecimiento de casi el 7% es cortejada por todos por su capacidad inversora y sus reservas de capital. Además, 15 años después de aquel 11 de septiembre, las dos crisis geopolíticas más acuciantes del momento, la de Siria y Ucrania, a las que podría añadirse el conflicto por las islas del sur del Mar de la China, no tienen a los EEUU como protagonista directo.

Y ahí está Putin, a quien Trump dice admirar, protagonista de la crisis de Ucrania y un actor imprescindible e inevitable para resolver la de Siria. Y amigo personal de Xi Jinping, con quien se debe haber entrevistado veinte veces desde 2013 y con quien mantiene un apoyo mutuo frente a occidente.

Junto a Putin está Erdogan, que salía por primera vez de su país después del golpe fallido de julio y de la represión que ha desatado. En Hangzhou las autoridades chinas ofrecieron el escenario para una reconciliación entre Rusia y Turquía después del derribo de un caza ruso por Turquía en el 2015. Ahora Erdogan envía tropas a Siria con el consentimiento tácito de Moscú como parte de su proyecto de establecer una zona de seguridad en la frontera entre los dos países.

Y Putin muestra públicamente su solidaridad con China en el conflicto del sur del Mar de China, incluso con ejercicios navales conjuntos. Le clava una banderilla a Washington denunciando como "contra-productivas" las interferencias de cualquier actor "no regional" en la disputa marítima con Filipinas y asegura el apoyo a Pekín contra el veredicto del Tribunal de Arbitraje de La Haya, muy desfavorable a China.

Es el mundo multipolar que ha sucedido a la hegemonía americana resultante del fin de la Unión Soviética. La mayor catástrofe histórica para Rusia, como la califica Putin con un afán indisimulado de revancha. El mismo que China siente con respecto al occidente de la Revolución Industrial que le arrinconó en un extremo del mundo y en un rincón de la Historia humillándola con las guerras del opio. Un mundo nada parecido a como era hace 15 años, en el día que hoy recordamos.