Se acabó el G20… ¡Y seguimos sin Gobierno!

Como estaba anunciado, y a pesar de las fuertes presiones sobre Pedro Sánchez, el pasado viernes 2 de septiembre Rajoy no reunió los votos necesarios para ser investido Presidente del Gobierno. Mientras Sánchez anunciaba que hablaría con todos para buscar otra solución, Rajoy volaba hacia Hangzhou, una ciudad vaciada de la cuarta parte de sus habitantes para hacer más fluido el tráfico, para asistir como invitado al G20

En efecto, después de que la crisis del 2009 diera al traste con la ambición de Zapatero de sorpassar el PIB de Italia y así ocupar su silla entre las veinte economías del planeta, España, como premio de consolación, asiste a las cumbres del G20 como invitada. Rajoy habrá aprovechado la ocasión para contar al mundo sus dificultades para formar gobierno y poner como ejemplo el crecimiento de la economía española, mientras el mundo sufre una grave crisis de anemia económica.

Mientras el lunes Rajoy volvía a casa, los del G20 trataban de mostrar una imagen de unidad al exponer sus acuerdos sobre como aumentar el crecimiento mundial y conjurar los riesgos de una recesión planetaria. Y para ello, según Ángel Gurría, secretario general de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), ha “llegado el momento de aumentar el gasto público, la inversión y los déficits”. Mucho han cambiado las cosas para que la OCDE pida un aumento del gasto público, cuando durante muchos años sus informes alertaban de la necesidad de reducirlo para aumentar el peso del sector privado en la economía. El déficit público ha pasado de ser el enemigo a combatir, el causante de muchos problemas económicos, a ser un recurso necesario para resolverlos.

Vivir para ver. Para ver también como EE.UU. y China se presentaban en Hangzhou como los adalides de la lucha contra el cambio climático, quitándole a la UE su papel de líder en esta cuestión. Ambos países han aprovechado el marco del G-20 en Hangzhou para ratificar el acuerdo de diciembre del 2015 en la COP21 de Paris, para detener el calentamiento global. Es sin duda un gran paso adelante porque, sin ratificación, el acuerdo de París, resultado de veinte años de duras negociaciones, es papel mojado. Para que entre en vigor debe ser ratificado por al menos 55 estados que representan al menos el 55% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Y nueve meses después de la COP21,
sólo lo habían hecho veinte países pequeños países que representan un poco más del 1% de las emisiones globales.

Como China y Estados Unidos, los dos mayores emisores, contribuyen por casi el 40%, alcanzar el umbral del 55 % empieza a ser una hipótesis creíble. Y así Pekín y Washington envían una señal a los 195 países que asistieron a la COP21 y especialmente a Europa, India y Rusia.

Europa no debería necesitar señales de nadie, y menos de los dos grandes países contaminadores, para mostrar con los hechos su compromiso por la lucha contra el cambio climático. Pero la realidad es que los que fuimos promotores del precursor acuerdo de Kioto estamos hoy atrapados en nuestras discusiones de bajos vuelos sobre los esfuerzos que cada Estado está dispuesto a hacer para lograr reducir en al menos un 40% las emisiones para el año 2030, en comparación con 1990, que es el objetivo que se ha fijado la UE.

Pero a estas alturas sólo tres países han completado su proceso de ratificación parlamentaria: Francia, faltaría más, Hungría y Austria. Habrá que esperar a los otros 25, incluido el Reino Unido que afortunadamente ha anunciado que mantendría fuera de la UE los compromisos que había asumido dentro. España todavía no lo ha hecho y no debería servirle de excusa el retraso en formar gobierno porque la ratificación incumbe al Parlamento que está en capacidad de hacerlo.

Mientras la UE no se sume, los actores clave son Rusia e India. Para Rusia, cuya ratificación de Kioto, presionada por la UE, fue clave, el cambio climático es hoy una preocupación de segundo o tercer orden. India sabe que el cambio climático le afectaría muy gravemente pero también que el carbón es el gran motor de su máquina económica. No puede fácilmente renunciar a él y su ratificación será una gran prueba para su sistema político. No lo va a hacer antes de que lo haga Europa, desde luego, y del G20 no han salido más que buenas palabras frente a la realidad de que el 2015 fue el año más caluroso de la historia moderna, mientras los incendios y las inundaciones siguen el EE.UU, las sequías en África, y el aumento del nivel del mar que amenaza la existencia de los países insulares del Pacífico.

Con el cambio climático ocurre lo que decía el Presidente de la Comisión, Juncker, “sabemos lo que hay que hacer pero no como hacerlo y además ganar elecciones”. Lo que hay que hacer es una transferencia tecnológica y financiera masiva de los países ricos a los más vulnerables, desarrollar las energías renovables y renunciar a los combustibles fósiles. Pero eso implica, entre otras cosas, dejar en el subsuelo el 70 % de las reservas de esos combustibles, que pasarían a no valer nada. Eso sí que sería una crisis de balances. El planeta necesita un tratamiento de choque, pero hay demasiados y poderosos intereses que se oponen a ello.

La economía mundial también necesitaría un impulso que ya no pueden aportar solos los bancos centrales. El comunicado final reconoce explícitamente que la política monetaria acomodaticia ha llegado a su límite y es cada vez menos eficaz. De ahí la reivindicación unánime de los gobernadores en favor de un estímulo a través de la inversión pública.

¿Es la vuelta a las grandes obras públicas y la resurrección de Keynes? De alguna manera sí. Pero no será tan fácil, ya que es precisamente por el bajo crecimiento por lo que la mayoría de los estados no tienen mucho margen de maniobra presupuestario. Y España menos que ninguno. El bajo crecimiento no permite reducir el ratio Deuda/PIB y la baja inflación no reduce el valor real de la Deuda. Más déficit, es decir más Deuda a corto plazo, es incompatible con las normas europeas. Y está por ver cuán “ricardiano” es el comportamiento de los agentes económicos, es decir cuan cierta es la teoría de que los déficits de hoy son inevitablemente más impuestos mañana, porque no consiguen cebar la bomba del crecimiento económico.

No sé cómo va a cuadrar las cuentas el próximo gobierno, sea cual sea, puesto que tiene que reducir más de 20.000 millones el gasto publico de aquí a finales del 2018. Las invitaciones de la OCDE y las buenas voluntades mostradas en el G20 no van con nosotros, aunque nos gustaría poder hacerlo. De hecho, la economía española sigue portándose bien a pesar de no tener gobierno, o precisamente por eso, porque el déficit publico aumenta y ya hemos acumulado el que se supone que debíamos tener a final de año. Cuando llegue el nuevo Ministro de Hacienda y tenga que empezar el ajuste veremos sus efectos sobre el crecimiento.

Gastar más también le gustaría a Hollande, que está en año electoral y con la economía parada. Y eso que a Francia nadie tiene que darle lecciones en eso de expandir el gasto publico. Pero tampoco puede sin un acuerdo con Bruselas. Por eso todos en el G20 miran a los dos grandes tacaños de la economía mundial que son los Estados Unidos y Alemania.

En EE.UU. la inversión pública como porcentaje del PIB está en el nivel más bajo de los últimos cuarenta años. La mayoría de los economistas reconocen que ello reduce el ritmo del crecimiento. Remediar la situación catastrófica de muchas de sus carreteras no sería un lujo inabordable, y por eso Hillary Clinton propone un plan de inversión pública de 275.000 millones de dólares

Lo mismo se puede decir de Alemania, que además tiene un superávit de 185.000 millones de euros. Hasta ahora muy reticente a aumentar el gasto y menos aun a tener déficit, la Sra. Merkel tiene el pensamiento económico de mi abuela que siempre me decía que no se puede gastar más de lo que se ingresa. Pero esta similitud con una economía familiar no rige para la económica pública y tampoco distingue lo que es gasto corriente de lo que es inversión. Pero no hay mal que por bien no venga y quizás la derrota de la CDU el pasado fin de semana en su propio land puede inducir a la Canciller Merkel a un poco de alegría presupuestaria.

Sería una gran noticia para toda Europa. Después del G20 y mientras esperamos el nuevo gobierno, es cada vez más cierto que la gran prueba para la política económica mundial será el paso, sin turbulencias y de la forma más coordinada posible, del protagonismo de la política monetaria a la política fiscal como motor del crecimiento. Bien pensado, sí puede ser que al final sea la OCDE el que haya resucitado a Keynes en el Lejano Oriente.

Hay muchas más lecciones que extraer de Hangzhou. No solo ha resucitado Keynes, también lo ha hecho Putin que era casi un apestado en el anterior G20 de Sídney. En realidad los que han llevado más la voz cantante, las estrellas de Hangzhou ante un Obama en retirada, una UE dividida y un Reino Unido atragantado por su Brexit han sido los autócratas : Xi Jinping, Putin y Erdogan. Tema para la siguiente crónica, si los avatares de la política española no exigen mayor atención.