A vueltas con la deuda y el euro

Pedro Sánchez anuncia que, aunque Rajoy llegara a formar gobierno, no votará sus Presupuestos. Nada nuevo, ya que la oposición nunca vota los Presupuestos del gobierno. Pero para eso hace falta que haya un nuevo gobierno, porque uno en funciones tiene constitucionalmente prohibido presentar Presupuestos.

Pero con nuevos Presupuestos ò con prorroga de los actuales, con un gobierno del PP ò con cualquier otro, cuadrar las cuentas publicas del 2017 no va a ser nada fácil. Mejor dicho, va a ser muy difícil dadas las exigencias de Bruselas. Nos hemos librado de la multa, por la buena razón de que no convenía reforzar el antipático papel represor de Europa en un momento tan delicado para la política española y para la negativa percepción, cada vez más negativa, que los ciudadanos tienen del funcionamiento de la UE. En particular los españoles, que hemos pasado de ver a la UE como una hada buena que repartía subvenciones, financiaba infraestructuras y nos daba credibilidad internacional, a una madrastra mala, como son por definición las madrastras, que exige disciplinas fiscales y nos amenaza con sanciones.

Pero el guante de seda con el que nos han tratado no deja de esconder un puño de hierro con el que se nos exigen ajustes del déficit público, de los que no parece que seamos muy conscientes. Partiendo del 5,1 % del PIB actual, deberíamos acabar el 2016 en el 4,6 %, alcanzar el 3,1 % en el 2017 y el 2,2 % en el 2018. Con todas las incertidumbres asociadas a la evolución del PIB, base de calculo de dichos porcentajes, estamos hablando grosso modo de un ajuste de 10.000 millones de euros al año. Nadie habla de cómo conseguirlo, quizás por eso de que los malos tragos mejor dejarlos para cuanto más tarde mejor.

Es de suponer que en las negociaciones entre el PP y C’s esta cuestión estará sobre la mesa, porque determina cualquier otra estrategia de gasto e ingreso publico. Y ,desde luego, tiene razón Sánchez anunciado que el Presupuesto vendrá con nuevos recortes. Guste o no, habrá que tener en cuanta esas exigencias. El problema es que teclas del gasto o de los ingresos se van a tocar para cumplirlas. Y ahí se supone que debe estar la diferencia entre un gobierno u otro.

El perdón de la multa ha ido acompañado de otras exigencias, como son las revisiones trimestrales de las cuentas públicas por parte de la Comisión Europea, que hace responsable al Gobierno español del comportamiento del conjunto de las Administraciones. Habrá pues también nuevas limitaciones para las CC.AA., lo que hace prever difíciles reuniones del Consejo de Política Fiscal y Financiera. Las CC.AA. administran los capítulos más sociales del gasto –educación, sanidad y servicios sociales– y no va a ser suficiente con congelar o reducir la inversión publica para conseguir una reducción de 10.000 millones anuales del déficit.

Por el lado impositivo tampoco las cosas serán fáciles, Rajoy se despidió con rebajas en el IRPF que tendrían que revertirse. Bruselas pide que revisemos, al alza claro, los IVA’s reducidos con su correspondiente impacto social. Y ya nos podemos despedir de un IVA súper-reducido para el turismo, que sigue siendo el verdadero motor de la economía española en estos momentos, a pesar del buen comportamiento de las exportaciones en el primer semestre del año.

Así pues, gobierne quien gobierne, los años 2017 y 2018 van a ser muy difíciles para la economía pública española. Y la contracción de la cuentas publicas penalizará el crecimiento económicos en esos años, aumentando el ratio Deuda/Pib., lo que exigirá nuevos recortes. Esas dificultades provienen de que, en el fondo y a pesar de la engañosa sensación de relajamiento de la disciplina que podría interpretarse de la no-multa, en la UE siguen predominando las actitudes duras en lo que a políticas de austeridad se refiere.

Los “halcones”, encabezados por el Bundesbank no se han inmutado por los recientes informes del FMI donde se admite claramente que los recortes impuestos a Grecia la precipitaron en una recesión de la que no ha salido. Según el propio FMI, que no es precisamente el portavoz de los partidos antisistema, esos ajustes tenían como objetivo esencial satisfacer a los bancos alemanes y franceses que eran los principales acreedores de Grecia. Ya no lo son, porque esos créditos han pasado a ser asumidos por los gobiernos europeos, en un claro ejemplo de conversión de deudas privadas en deudas públicas. Los accionistas se han quitado el muerto de encima y se lo han pasado a los contribuyentes.

Lo malo, o lo peor, de esas políticas de ajuste intenso es que ni siquiera consiguen los efectos para los que fueron concebidas. El problema, se dijo, es de un excesivo endeudamiento público en los países del Sur que había que reducir para garantizar la estabilidad del euro. Pues bien, dejando de lado el caso griego, basta con ver lo que nos ha pasado a nosotros. La Deuda publica española ha pasado del 35,5 % del PIB en el 2007, justo antes de que empezara la crisis, al 100,5 % que hemos alcanzado en junio del 2016.

Hemos vuelto así a los niveles del año 1910. Casi un siglo después estamos donde estábamos. Y en menos de diez años hemos casi triplicado el nivel de endeudamiento público. Pues menos mal que el objetivo de las políticas de austeridad era disminuir el endeudamiento…. Visto lo visto, hay que reconocer que son un absoluto fracaso.

El fracaso no es solo económico, también es político. Cada vez hay más temores de que ver desvanecerse el alma del proyecto europeo, porque se aplican diferentes varas de medir. Alemania y Francia, esta ultima arrastrando los pies, exigen a sus socios comunitarios de la periferia lo que ellos no practicaron cuando incumplieron las reglas que ahora exigen que se apliquen sin tener en cuenta la espiral recesiva que crean.

En esta pausa veraniega, seria bueno que los “halcones” europeos hubiesen tenido tiempo de practicar algunas lecturas, como “Hall of mirrors”, (Oxford University Press, 2016) de Barry Eichengreen, economista e historiador americano que analiza de forma comparativa lo ocurrido en su Gran Depresión y nuestra Gran Recesión. Concluye que la dureza de la UE repite los errores que se cometieron a raíz de la caída de Wall Street en 1929, y que engendraron graves problemas sociales y económicos. O “El triunfo de las ideas fracasadas. Modelos del capitalismo europeo en la crisis” de Steffen Lehndorff, (La Catarata, 2015) donde se analiza como, desde 1929, las drásticas medidas de equilibrio presupuestario no han aportando la recuperación del crecimiento y han debilitado la cohesión social.

El texto más reciente al respecto es el de J. Stiglitz, el conocido Premio Nobel americano “El euro, una amenaza para el futuro de Europa” (traducción de su titulo en ingles) , en el que analiza como se suponía que el euro debía generar una prosperidad sostenible y compartida para los pueblos europeos y ser el instrumento de su solidaridad. Y yo añado que también el de la creación de una mayor confianza mutua que abriese el camino de la unión política.

Su análisis no es muy original en lo que se refiere a los conocidos problemas originales del euro, que hacen muy difícil que un país afectado por un shock pueda aplicar políticas que le permitan adaptarse, y tiene que aplicar ajustes salariales muy dolorosos. La cuestión no es tanto repetir el diagnostico como prescribir terapias. Y Stiglitz propone la solución radical, que tampoco es nueva, de crear un euro para el Norte y otro para el Sur de Europa, porque ,según él, una moneda única no es necesaria ni suficiente para establecer la cooperación económica y política que Europa necesita.

Como el propio autor reconoce, es más fácil decirlo que de hacerlo. El argumento de Stiglitz merece un análisis mas detallado si en las siguientes crónicas de este final de verano podemos sobreponernos a los avatares de la política española. Pero es seguro que hay que repensar el proyecto europeo, antes de que los mercados pierdan la confianza y los ciudadanos la paciencia.